Escándalo en Hollywood 68. Sofía
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68. Sofía

Sofía

H ayden me sujeta las nalgas, se incorpora y me toma en brazos.

—Pues vayamos a un lugar más cómodo y que esté insonorizado.

Recorre el pasillo del salón entre las dos filas de asientos, abre una puerta corredera y me deposita en una superficie horizontal ancha y mullida.

—¿Este avión también tiene un dormitorio? —pregunto alucinada.

—A los Edgerton les gusta viajar cómodos. ¿Quién puede culparlos por ello? —responde cerrando la puerta corredera tras de sí.

Lo cojo por la corbata de lazo y lo arrastro conmigo hasta la cama.

—No he tenido ocasión de decírtelo antes, pero estás guapísimo con tu uniforme reglamentario de West Wing. —Le desato el nudo y tiro de la cinta gris plata que rodea su cuello—. Pero sin él estás aún mejor.

—A ti te corresponde el privilegio de quitármelo.

Desabrocharle la camisa resulta ser una empresa más ambiciosa de lo previsto, pues los botones son pequeños, los ojales estrechos y me tiemblan los dedos de excitación e impaciencia.

—Arráncamela, joder —me implora.

—¿Bromeas? Es de Armani.

—Mira cuánto me importa.

Hayden coge los bordes de la raja de mi vestido y los rasga dando un tirón seco, que desgarra el vestido desde la cadera hasta el escote. La prenda cae, y yo me quedo desnuda delante de él.

—Si nos ponemos así…

Lo imito, tiro de los faldones de la camisa y los botones de nácar salen disparados por todo el dormitorio.

—¿Ves qué fácil era, Sofía?

—Pero aún vas demasiado vestido.

El cinturón sale volando contra un ojo de buey, seguido de los pantalones, y Hayden, una vez libre del traje, se abalanza sobre mí con su erección tensando los bóxers.

Lo provoco, tal como él ha hecho conmigo, acariciando por encima de aquella insulsa pieza de algodón que lo oculta todo y nada a la vez.

—¿Te los quitas tú, o tendré que arrancártelos yo? —le apremio.

—Y tú, ¿qué? ¿Te desnudas de una vez o tendré que hacerlo yo?

—Yo no llevo nada encima, ya estoy desnuda.

—Eso no es verdad.

—¿Y qué se supone que llevo puesto todavía?

Hayden alarga la mano hasta mi nuca y, con un toque rápido, libera mi pelo del recogido y hace oscilar mi tanga en el aire.

—Esto.

—Eso no cuenta.

—Ya lo creo que cuenta, desde que lo usaste para recogerte el pelo, la idea de que no llevabas nada bajo el vestido me ha estado rondando por la cabeza durante toda la velada, hasta el punto de que casi no podía pensar en otra cosa.

—Se lo enrolla alrededor de la muñeca dándole dos vueltas—. Ahora es mío —me informa.

—Basta de juegos —le digo tomando su rostro entre mis manos.

Me devora con un beso que no es deseo, sino pura necesidad, y que me entra directamente en el alma, volviéndomela del revés.

No preciso comer, ni beber, ni tan siquiera respirar, solo necesito sentir a Hayden dentro de mí, ser un solo ser con él.

—Veamos si conozco bien a mi primo —dice, estirándose para alcanzar uno de los compartimentos que hay al lado del cabecero. Lo abre, palpa el interior con la mano y saca una ristra de preservativos—. Pues sí que lo conozco.

Sus bóxers desaparecen, pero, mientras desenrolla el condón, una vocecita dentro de mí susurra «Míster 911», provocándome una vaga sensación de alarma que me oprime el estómago.

Pero él no me da tiempo a preocuparme: una vez más, se apodera de mi boca y dibuja la silueta de mi cuerpo con sus manos, que finalmente se detienen en mis caderas para guiarlas y luego entrar en mí.

Llena de él, gimo entre una punzada de placer y otra de dolor, mientras él penetra en mi cuerpo embistiendo lentamente.

Inmóviles, nos miramos a los ojos, como si fuéramos incapaces de asimilar lo que está sucediendo. Él y yo. Hayden West y Sofía Cortez.

—Eres perfecta —me susurra.

Guía mis piernas con sus manos hasta que rodeo su cintura con los muslos, y empieza a moverse despacio para que me habitúe.

La punzada de dolor se disipa enseguida en forma de éxtasis, y yo también empiezo a dejarme llevar por ese movimiento ondulante que hemos creado, como una marea que nos mece adelante y atrás.

—Yo no era consciente de hasta qué punto te deseaba —suspiro mientras siento cómo se aproxima el segundo orgasmo.

—Yo, en cambio, siempre lo he sabido, Sofía. —Hayden desciende para besarme el cuello, los hombros, los pechos—. Siempre.

—¿Y si lo nuestro no es pasajero?

—Si no es pasajero, seguimos adelante.

—¿Y si lo es?

Es como si no me llegara la sangre al cerebro; no sé lo que me digo.

—No. —Una potente embestida casi me hace perder el sentido de tan intensa que ha sido—. Lo. —Otra. Creo que voy a desmayarme—. Es. —La última me arrastra a un punto de no retorno.

Tomo su rostro entre mis manos y me pierdo en sus ojos.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Sus labios posados sobre los míos tienen el poder de apagar cualquier pensamiento y activar todo lo demás.

Mis sentidos nunca hasta ahora se habían mostrado tan receptivos, mientras mi vientre se colma de placer.

Me embarga una sensación de éxtasis, y justo después él se permite ceder, siguiéndome hacia el olvido.

Si el avión se precipitase, no me importaría en absoluto. Igualmente sería una bonita forma de morir.

Devastados por la potencia del orgasmo que nos ha aniquilado, yacemos envueltos en una maraña de piernas, brazos, sábanas y jirones de ropa; en la cabina solo se escucha el rumor de nuestras respiraciones y el zumbido de los motores.

—¿Estás seguro de que esta cabina está insonorizada? —le pregunto.

—Creo que sí.

—¿Qué quieres decir con lo de «creo»?

—Confío en el buen juicio de mi primo.

—¿Sabes qué dicen? Que uno se acostumbra enseguida al lujo: así que, ahora que nuestra primera vez ha sido en una suite de lujo de un jet privado, no sé si podré conformarme con menos —bromeo.

—Puedo alquilar uno cada vez que te apetezca, pero te prometo que no sabrás dónde te encuentras, si en un jet privado o en un cuarto de las escobas.

—Hayden West, ¿en serio quieres hacerme pasar de esto a un trastero? —exclamo, haciéndome la ofendida.

—En los espacios estrechos es donde uno mejor se lo pasa, estimulan mucho la imaginación.

—Algo me dice que sabes de lo que hablas.

—Los caminos de la experiencia me han conducido hasta ti.

Le lanzo la almohada con la funda dorada que lleva bordada la inicial «E».

—Golfo.

—Déjame gozar del instante, antes de torturarme con mis pecados del pasado —me responde mientras se acomoda la almohada tras el cuello—. Aún estoy asimilando que esto haya sucedido de verdad.

—Pues entonces empiezo yo con las confesiones: nunca lo había hecho en un avión.

—Ah, si es por eso, yo tampoco —me replica Hayden.

—¿De verdad? —le pregunto sorprendida.

—Hasta hace poco, éramos dos vírgenes del sexo a gran altura. Al menos podemos decir que en algo sí lo hemos sido. Y, una vez más, me alegro de que haya sucedido ahora, y no en la facultad. De lo contrario, no habría durado ni lo que tardases en tumbarte en la cama.

Me tiendo a su lado y apoyo la cabeza en su pecho.

—Siempre nos hemos hecho la guerra.

—Yo diría que también somos buenos haciendo las paces.

—Me gustaría quedarme aquí arriba para siempre —digo con un suspiro—. Aquí no somos Sofía Cortez y Hayden West, no existen los problemas de ahí abajo, no existen las investigaciones, no existen las familias tóxicas… Solo estamos tú y yo.

—¿Te gustaría volar toda la noche?

—Puede que solo un par de horas más, pero ya debemos de estar llegando a Los Ángeles.

—Este es un vuelo privado, podemos hacer que dure lo que tú quieras —me recuerda.

—Depende. ¿Cuánto puede durarnos la reserva que Nate ha dejado en el compartimento de la mesita?

Hayden se lleva mi mano a la entrepierna y compruebo que ya está dispuesto y duro.

—Teniendo en cuenta todo lo que aún quiero hacerte, me temo que poco.

—¿Y si nos quedáramos de verdad aquí arriba? —le pregunto sentándome a horcajadas encima de él, yo también dispuesta a acogerlo de nuevo dentro de mí.

Hayden señala el interfono que hay en la pared.

—Basta con apretar el botón y avisar al comandante.

Me inclino para besarlo, con la cortina de mi pelo cubriéndolo como un telón.

—Llámalo.