67. Hayden #2
—Pero Nate, a diferencia de mí, ha pasado a formar parte de los mecanismos tóxicos de mi familia; deberíamos haberlos denunciado por el modo en que nos criaron.
Puede que se deba a que él es el mayor de los dos, pero siempre ha intentado ganarse la aprobación y la atención de mis padres.
Vive totalmente volcado en los objetivos profesionales y en la consecución de una serie de éxitos, inalcanzables para cualquier ser humano, que exigen en nuestra casa.
Lamento que hayas tenido que escuchar todo lo que han dicho de ti, y que hayas pensado que yo estaba de su parte.
Y no sabes hasta qué punto habría deseado que siguieras escuchando, porque me habrías oído decir que eres mi primera oportunidad de ser feliz en mucho tiempo, y que no pienso renunciar a ti solo porque no cuento con su aprobación.
—Observo el rostro de Sofía, y en él percibo decepción—.
Y me odio a mí mismo por cada palabra que has tenido que escuchar, pensando que yo estaba de acuerdo con lo que decían.
Me odio por haber guardado silencio demasiado tiempo, a fin de evitar un conflicto, por haber sucumbido una vez más a la influencia que mi padre y Nate ejercen sobre mí, y por haber reunido el valor de enfrentarme a ellos demasiado tarde.
—Me marché cuando ya no podía más. Me estaban haciendo demasiado daño. —La voz de Sofía tiembla de rabia—. Si sabías que iba a ser así, ¿por qué me trajiste?
—Porque eres la única persona que he conocido en toda mi vida lo bastante audaz como para estar entre leones y demostrar que no les tienes miedo.
—Pero sí que lo tenía.
—Tú no tienes nada que envidiarle a ninguno de los que estaban en la fiesta.
—¿Y qué pasa con Madison? —inquiere—. Me dijiste que entre vosotros ya no había nada.
—Y es la verdad. No la he tocado ni a ella ni a ninguna otra mujer desde el día que caíste del techo del ascensor disfrazada de fontanero.
—De técnico del aire acondicionado —precisa—. ¿Por qué debería creerte?
—Porque no tengo motivos para mentir.
Sofía me mira y suspira.
—Estoy enfadada contigo.
—Lo comprendo.
—¿Y entonces por qué quiero besarte igualmente?
—Si no lo haces tú, lo haré yo.
—Hazlo tú, porque yo ya no soy capaz de sentirme más tonta de cómo me siento.
—No eres tonta —discrepo, con mi rostro a un soplo del suyo.
—Sí que lo soy, y cuando menos debería ser capaz de rechazarte, teniendo tantos motivos como tengo para hacerlo.
—Entonces tendré que darte muchos más motivos para que no lo hagas.
La beso, aprisionándola contra la puerta del baño, con mi cuerpo pegado al suyo. Cuando mi lengua penetra en sus labios, Sofía deja escapar un gemido.
Al fin se rinde y me deja hacer: apoya las manos en mis hombros y me abraza.
Respira afanosamente, con rabia, clava las uñas en la tela de mi chaqueta y me atrae hacia sí.
—Te odio cuando me tienes a tu merced de este modo —me susurra directamente en los labios.
—De este modo, ¿cómo?
—De rodillas.
—No —disiento, acompañando mi respuesta con un gesto. Me arrodillo, y la miro desde abajo, como un pecador rezándole a una santa—. Si aquí hay alguien que debe arrodillarse, ese soy yo.
Le cojo el tobillo y apoyo su pie en mi rodilla.
Le quito el zapato de tacón con pedrería y mi mano empieza a ascender por la pantorrilla.
Me inclino para besarle la rodilla, a través del velo traslúcido de las medias.
Sigo por el muslo, la cara interior, y avanzo cada vez más arriba, hasta donde me lo permite la raja del vestido.
Ella me mira con los ojos húmedos y oscuros, baja la mano hasta la ingle para apartar la tela, pero yo la interrumpo. Pinzo con los dedos el encaje del elástico de las medias y lo bajo, dejando su pierna al desnudo.
—El otro pie —le ordeno.
Sofía lo posa de nuevo en mi rodilla y repito la operación, desabrochándole la tira que sujeta el zapato al tobillo, para besarle cada milímetro de sus piernas.
—Deja que te demuestre cuánto te adoro —le susurro en cuanto llego al vértice de sus muslos, cubierto con el velo traslúcido de seda roja, a través del cual aspiro con avidez su perfume, que llega directo a mi bajo vientre y me atraviesa como una espada, deseoso de poseerla inmediatamente.
Pero antes tengo que hacerme merecedor de Sofía.
Mi índice se insinúa bajo la tela para acariciar su excitación, ardiente y húmeda. Al sentir que la estoy tocando, entrecierra los párpados y reclina la cabeza hacia atrás con mi nombre prendido en los labios.
—Hayden —suspira apenas.
Arquea la pelvis y se contonea contra mis dedos, adelante y atrás, emprendiendo una carrera en pos del placer.
Apoyo mi boca en su cuerpo, lo siento latir en mis labios a través de la seda, y con cada estocada de mi lengua se sucede un gemido tras otro, hasta que el dulce abrazo de su orgasmo se estrecha alrededor de mis dedos. Sofía se abandona contra la puerta y las piernas apenas la sostienen.
Podría quedarme aquí de rodillas hasta que aterrizásemos en Los Ángeles.
Sofía me pone una mano en la frente, obligándome a parar.
—Te quiero ahora, Hayden —me suplica—. No quiero esperar más.