67. Hayden
Hayden
L a casa familiar siempre ha sido una especie de suelo sagrado con el poder de suscitarme un terror reverencial hacia la jerarquía parental, que me impide cuestionar a cualquiera que pueda ejercer una mínima autoridad sobre mí.
Pero Scott, Nate y, sobre todo, mi padre se están propasando con Sofía mucho más de lo que soy capaz de tolerar.
—Ve a buscar a esa fugitiva que has traído contigo, antes de que empiece a meter las narices donde no debe —me ordena mi padre, apuntándome con el cigarrillo que sostiene entre el índice y el dedo corazón—. Y recuerda que la familia West es lo primero.
—Te estás volviendo paranoico, tío —tercia Nate—. No deberías preocuparte tanto por una muesca más de Hayden en su cinturón.
—Llévatela a la cama y haz realidad mi sueño —me dice Scott desternillándose de risa—. Y ya me contarás cómo ha ido.
—No pienso contarte nada.
—Pues igual podrías enseñármelo —me propone guiñándome un ojo, en alusión a los vídeos que tanto le gustan.
—¿Sabes por qué no pudisteis hacéroslo con Sofía ni tú ni los demás miembros de la Tríada, la noche del Sacrificio de la Vestal? Porque yo le impedí que viniera a la fiesta.
Scott me mira incrédulo.
—¿Lo dices en serio?
—La eliminé de la lista de invitados de la fraternidad, y le dije al encargado de la puerta que la echara.
Lo hice a propósito para ahorrarle ser víctima de tus perversiones —afirmo con orgullo—.
Volvería a hacerlo, y pienso emplear todas mis energías para mantenerla fuera de tu alcance.
En cuanto a ti, deberías plantearte ir a un psicólogo para hablar de por qué mantienes esa relación tan enfermiza con las mujeres, especialmente con las que te rechazan.
—Escucha, Hayden, lo de antes iba en broma —alega en su defensa—. No hay necesidad de enfadarse.
—No, por desgracia te conozco y sé que no bromeas. Y, en cuanto a ti —ahora me dirijo a Nate—, solo vives para trabajar. Estás seco por dentro. Para ti, las mujeres son un mero complemento ornamental. Dejas que tu asistente seleccione a las candidatas que saldrán a cenar contigo.
—Es mucho más cómodo y eficiente.
—Eres incapaz de reconocer lo que hay entre Sofía y yo, ni cualquier otra cosa que tengas delante de tus ojos que no sean intrigas políticas y estrategias electorales. Has perdido el contacto con la realidad. ¡Despierta de una vez!
—¿Estás borracho, Hayden? —me pregunta mi padre, mirándome perplejo—. No sabes lo que dices.
—Estoy totalmente sobrio, y también tengo algo que decirte a ti.
Sofía no es una «fugitiva»; entre ella y yo, el que más motivos tenía para huir de casa era yo, que me he pasado años sufriendo los desajustes emocionales de esta familia disfuncional.
¿Crees que no sé que mamá y tú dormíais en la misma cama, pero después os apuñalabais mutuamente por la espalda?
Lo sé desde que tenía trece años. No sabía si erais dos padres o dos adversarios.
—Los altibajos de la relación entre tu madre y yo no son cosa tuya.
—Lo eran, pero ahora (gracias a Dios) ya no lo son. Y, si tengo la oportunidad de construir mi felicidad con una persona que me haga sentir mejor cada día cuando abro los ojos, puedes estar seguro de que no renunciaré solo porque a ti no te gusten sus ideas políticas o sus orígenes.
—Yo te doy asco, pero todo cuanto te rodea no, ¿verdad? —me replica mi padre provocándome, con los brazos extendidos.
—Ya que no me has dado afecto, al menos me has dado dinero. Estamos a la par —le respondo—. Por suerte, el afecto sé dónde buscarlo, sin tener que pedírselo a quien no me lo ha brindado en treinta y un años.
—Pues ve a hacerte el héroe enamorado si eso es lo que quieres, pero que sepas que tarde o temprano entre vosotros surgirán diferencias que os enfrentarán y os acabarán separando —me advierte mi padre—. Y ese día me darás la razón.
—Ese día puede que sí. Pero hoy no.
Encuentro a Sofía en el salón donde han dispuesto el bar, debatiendo sobre salud pública ante un corrillo que se ha congregado a su alrededor y la está escuchando con interés. Su temor de hace apenas un momento parece haberse disipado por completo.
—Siento interrumpir —me disculpo por cortar su discurso—, pero tenemos un vuelo esperándonos. ¿Vamos, Sofía?
Ella me lanza una mirada pétrea.
—Me lo preguntas como si tuviera elección.
—No me había parecido que tuvieses ganas de quedarte, pero si has cambiado de idea…
—Sé fingir muy bien cuando quiero. Aunque no soy tan buena como tú.
—¿A qué te refieres?
Pero ella no me responde, me da la espalda y se dirige directamente a la salida.
En el portal, nuestro coche espera en silencio, y, cuando el chófer nos abre la puerta, en vez de sentarse detrás conmigo, ocupa el asiento del pasajero.
—¿Ha pasado algo, Sofía? —le pregunto inclinándome hacia delante, pero ella pulsa el botón del cristal que aísla el espacio del conductor del asiento trasero.
Pulso el botón que está en mi lado y vuelvo a bajar la mampara.
—¿Puedes hablarme, por favor?
—No.
—¿Podrías argumentar ese «no»? —insisto.
—Vete a la mierda, Hayden. ¿Así está mejor?
—No creo haberlo entendido —le replico.
— V-E-T-E-A-L-A-M-I- E-R-D-A , Hayden.
—Lo haría encantado, si al menos supiera el motivo.
—Prueba a adivinarlo —me desafía.
—En estos momentos no me apetece jugar. —Intento apoyar la mano en su hombro, pero ella se aparta—. Muy bien, ¿cuál es el problema?
—Escuché lo que dijisteis cuando hablabais tu padre, Scott, Nate y tú mientras yo estaba en el baño. La ventana estaba abierta, y vosotros charlabais en el jardín, justo debajo del alféizar.
—Ah.
Sofía me dedica otra falsa sonrisa.
—Que te jodan, Hayden. De todo corazón.
—Puedo explicártelo.
—No me interesa —concluye, y cierra de nuevo la mampara.
Sofía hace como si yo no existiera durante todo el trayecto, y, una vez que subimos al avión y despegamos, se desabrocha el cinturón y se dirige al baño.
—No tengo intención de pasar contigo más tiempo del necesario —exclama.
Le cierro el paso.
—Ahora vas a escucharme.
—Ya te he escuchado bastante. ¿Sabes qué? Puedes irte a practicar el misionero con Madison.
Maldito sea Nate, y maldito sea el día que le dije que estuve a punto de acostarme con Madison.
—Dejando aparte que no me acosté realmente con ella, reconozco que fue un error y, sobre todo, de eso hace más de un mes.
—¿Por qué debería creerte?
—No lo sé. A lo mejor haces bien en no creerme, pero al menos deja que me explique, y entonces decides si prefieres tu verdad o la mía.
—Me han menospreciado, me han humillado, y tú has permitido que tu padre y Nate echaran pestes de mí. Les has permitido que se mofaran de mí.
—Eso no es cierto.
—La muesca en el cinturón, el misionero, pasarme a Scott cuando hayas acabado conmigo. Oí cómo os tronchabais de risa.
En su voz distingo notas de dolor y de traición.
—Scott es un imbécil, tiene el cerebro en la bragueta, y lo he mandado a tomar por culo.
—¿Y a tu padre y a Nate también? La familia West está por encima de todo y de todos, ¿no es así? —me replica Sofía encogiéndose de hombros.
Me adelanta, ignorándome, y reemprende el camino al baño.
Pero yo coloco una mano en la puerta revestida de nogal y le impido abrirla.
—Me parece bien que no quieras escucharme, eso que me ahorro en aliento, pero no puedes hacerme preguntas y negarte a escuchar las respuestas. Así que no me des la espalda ni te vayas mientras te hablo, ¿está claro?
—Dispones del tiempo que dure el vuelo para decirme lo que tengas que decirme, pero en cuanto aterricemos no pienso concederte ni un segundo más.
Puede que yo sea el último eslabón de la cadena alimentaria editorial, pero también tengo amor propio —me suelta, con la barbilla alzada y llamas en los ojos.
—Mi padre odia a cualquiera que le resulte desconocido, y se le han disparado todas las alarmas desde el instante en que nos ha visto juntos, porque, antes de ti, ninguna otra mujer que estuviera conmigo había cruzado el umbral de West Hill Manor.
—¿Ni siquiera Madison?
—Sobre todo Madison —afirmo enfatizando las palabras—. Y mi padre apenas confía en mí; no tardaría ni dos segundos en encargar un informe sobre ti y en poner a tres detectives privados pisándote los talones para rebuscar en tu pasado o en el de tu familia.
—Mi familia y yo no tenemos nada que ocultar, ni siquiera nuestra evidente inferioridad económica, aunque puede que para algunos la pobreza pueda parecer una culpa —me responde con los brazos cruzados—.
Y, si pretendes demostrar así que me has defendido en lugar de humillarme, lo estás haciendo fatal.
—Estábamos allí por la investigación, no sabía que iba a encontrarme al cretino de Scott. Si por mí fuera, le habría arrancado los ojos desde el instante en que se atrevió a mirarte.
—Sois todos una panda de asquerosos. Tú, tu padre, Scott y Nate.