Escándalo en Hollywood 66. Sofía
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66. Sofía

Sofía

—S eñorita, ¿le apetece un canapé de salmón Chinook? —me pregunta uno de los camareros del catering.

—Sí, por favor.

—¿Acompañado de caviar rojo o negro?

Buena pregunta.

—Hum, ¿en qué se diferencian?

—El rojo es de huevas de salmón, y el negro, de esturión —me ilustra un hombre con esmoquin que está a mi lado.

Tiene el pelo rubio cobrizo, largo, pero bien peinado, los ojos negros y una barba esculpida durante horas por un peluquero. Su loción para después del afeitado desprende un aroma exótico y más bien denso, posiblemente caro, tipo sándalo y oud .

—El primero tiene un sabor más suave y delicado; el segundo, más rico e intenso —sigue explicándome.

—Usted parece saber mucho del tema, así que me fiaré de su consejo.

Aunque apenas es un poco mayor que yo, me apetece dirigirme a él en tono formal.

—Me encanta el contraste entre el dulzor del salmón y el carácter del caviar negro. —Y, para dejar clara su preferencia, se lleva una cucharadita a la boca, dejando a la vista sus dedos adornados con anillos.

—Probaré el negro —le digo al camarero.

—En cualquier caso, no me siento tan mayor como para que me trate de usted —me dice el hombre—. Empezaré a considerarlo cuando cumpla los cuarenta.

—Me ha salido así, sin pensarlo. Supongo que es debido a que se trata de un evento tan formal —me disculpo, y cojo el plato con el canapé.

—Creo que somos los más jóvenes de la sala —comenta él—. Y lo digo sin ánimo de ofender. De quienes hoy se encuentran aquí, solo podemos aprender.

—Yo me conformo con que no se note demasiado que soy una intrusa.

—Así, con la copa en la mano, lo estabas haciendo muy bien. Disculpa, aún no me he presentado: Scott Preston.

Por poco se me cae el plato de porcelana al suelo. ¿Scott Preston? ¿De la Eta-Delta-Theta? Mi primer impulso es darme a la fuga, pero, tan apretujados como estamos por la multitud, no tengo vía de escape. Maldita sea, con la barba no lo había reconocido.

Ahora me doy cuenta de que en el índice lleva el mismo sello de plata que Hayden, con las iniciales griegas de la fraternidad, HΔ Ɵ , grabadas. No hay error posible.

—Sofía Cortez —digo con la voz ahogada—. Puede que me equivoque, pero creo que ambos coincidimos en la USC.

Él pone unos ojos como platos, incrédulo.

—¡No puede ser! ¡Sofía Cortez! ¡Eres tú!

La forma en que me repasa de arriba abajo con la mirada me recuerda lo que había planeado hacerme en el pasado, y me entran tales náuseas que me veo obligada a dejar el canapé en el plato. El Sacrificio de la Vestal.

—Estás cambiada. Para mejor, quiero decir. ¿A qué te dedicas? ¿Has decidido meterte en política?

—Eso no es lo mío. Sigo fiel al periodismo —respondo sin concretar—. ¿Y tú en qué andas metido?

—Soy miembro de la comisión de la FDA.

«Oh, mierda. MI-ER-DA».

—Estupendo —balbuceo.

—¡Scott Preston! —exclama Hayden a su espalda, pasándole un brazo por encima del hombro—. ¿Quiénes son tus padrinos?

Scott se vuelve e intercambia con Hayden el saludo de la hermandad.

—Yo tengo santos que velan por mí en el cielo; y, por cierto, ¿dónde están los tuyos? A estas alturas deberías estar en el Congreso, en lugar de hurgando en las infidelidades de alguna estrella. ¿Cuántos años hacía que no nos veíamos?

—Desde tu graduación.

—Y, hablando de la graduación, ¿has visto quién está aquí? —le pregunta Scott señalándome—. ¿Te acuerdas de Sofía Cortez?

—Por supuesto, ella y yo hemos venido juntos.

Scott se nos queda mirando y levanta la ceja derecha en plan pícaro.

—Juntos, ¿eh?

—Por trabajo —respondo con sequedad—. Hayden, ¿sabes qué he descubierto hablando con Scott? Resulta que es un miembro de la FDA —le explico forzando una sonrisa.

—Acaba de decírmelo mi padre hace un momento.

—Pero esta noche no estoy aquí como representante oficial; acompaño a mi tío, que apoya a Johanne.

—Es una lástima, Scott, porque te necesitábamos precisamente a ti —le comenta Hayden.

—Un dólar por cada vez que han dicho eso mismo desde que estoy en la comisión.

¡Dame el nombre! ¿A quién tengo que ponerle las cosas difíciles?

¿Alguna investigación que deba encallar en un mar de papeleo?

¿O acaso debo darle un empujoncito al proyecto de alguien? —nos pregunta Scott sin ningún pudor.

—Nada de eso —lo interrumpe Hayden—. Necesitaríamos un expediente, de forma más bien confidencial y con cierta urgencia.

—Ese es un trabajo para mí —comenta con arrogancia.

—La licencia de comercialización del Nomyra, un dispositivo que fabrica la compañía farmacéutica Lesser-Lachance, filial de la Whitaker Chemical —le explico.

—Toda la documentación que haya presentado la empresa: el diseño del producto, los test de materiales, estudios clínicos sobre su eficacia, efectos secundarios documentados… Todo lo que tengáis —sigue enumerando Hayden.

—¿Y por qué, si puede saberse?

—Sospechamos que ha habido alguna omisión —añado yo—.

Muchas mujeres están sufriendo trastornos incapacitantes y todas llevan implantado el Nomyra.

Al principio pensábamos que era consecuencia de la ineptitud de la clínica a la que habían acudido, pero ahora tenemos motivos para pensar que el problema está en el propio dispositivo.

La misión de la FDA es proteger y promover la salud pública, apoyando las innovaciones que dan como resultado productos médicos y eficaces.

Por consiguiente, su interés primordial y su deber es impedir que una compañía siga produciendo un producto que está perjudicando a un gran número de ciudadanas sin que estas lo sepan.

Scott asiente.

—Yo no lo habría dicho mejor. A ver, me estáis pidiendo un favor extraordinario, al límite de lo permitido, pero si no nos hacemos esta clase de favores entre hermanos de la fraternidad —dice, guiñándole un ojo a Hayden.

—¡Eta-Delta-Theta por siempre! —exclama él.

—Estoy en el distrito, aquí, en Alameda.

El lunes pasaré por la oficina y ya te comentaré.

De hecho… —Scott se dirige a mí—, quizá podríamos intercambiarnos los números, Sofía.

Me ha parecido entender que se trata de un tema de mujeres, y tú podrás prestar más atención a ciertos detalles del expediente.

—Puedes comunicarte perfectamente con Hayden, no convirtamos esto en una cuestión de género —le replico, procurando salirme por la tangente.

—Además, si te quedaras en la ciudad, podrías venir conmigo a la sede y llevar a cabo tus indagaciones tranquilamente.

—Esta noche debemos regresar a Los Ángeles —se apresura a decir Hayden—. Mi primo ha puesto su jet a nuestra disposición.

—No me digas que Nate también está aquí. ¡Vamos a saludarlo! —exclama Scott entusiasmado.

—Anda por ahí, discutiendo con la diputada Clark —le explica Hayden.

—Id vosotros, a mí me huelen las manos a caviar, así que iré un momento a los aseos —les digo, aprovechando la circunstancia para esfumarme.

—Escaleras, primer piso, pasillo izquierdo, última puerta, al fondo —me indica Hayden, antes de que Scott tire de él y se lo lleve.

—Hasta luego.

Mármoles, cristal, mosaicos… El baño de la mansión también es una apoteosis de «la Edad Dorada», y parece estar gritando «¡Hemos encontrado oro!» desde cada rincón.

Lo digo con envidia, pero sobre todo con cierta aprensión, porque Hayden creció entre estas paredes, y para él esto es de lo más normal, mientras que yo… Bueno, hasta apenas hace un cuarto de hora ni siquiera sabía que existiera el caviar rojo.

Y en el espejo del lavabo veo reflejada a una que querría, pero no puede.

Me lavo las manos con uno de los pequeños jabones artesanales que hay en una cesta, y que no sé si debería estropear, y me seco con una de las toallas que están enrolladas en otra canastilla.

Debería volver abajo, pero no me apetece porque no conozco a nadie y, por primera vez en mi vida, me da vergüenza conversar con cualquiera de los presentes.

Podría ser un magnate de una gran empresa tecnológica o un pez gordo de las finanzas.

Ruth Bader Ginsburg y Katharine Graham sabrían qué hacer si estuvieran en mi lugar.

Me siento en la butaca tapizada de damasco que hay junto a la ventana para tomar el aire, a la espera de que sea una hora aceptable para pedirle a Hayden que nos vayamos de la fiesta.

Si bien el hecho de que Scott y él se conozcan puede agilizar nuestra investigación, por otro lado, no soy capaz de verlo como una suerte. Scott me repugna, y sí, estoy segura de que entró en la comisión gracias a algún contacto personal.

—¿Dónde la has dejado? —pregunta una voz masculina en tono severo. Viene de fuera, del jardín.

—En el baño.

—Siempre has de asignar a alguien que vigile a los desconocidos —sigue diciendo la voz.

—No me parece que el baño sea un lugar tan propicio al espionaje como para tener que enviarle un guardián.

Esta es la voz de Hayden.

Me levanto apenas de la butaca y me asomo al alféizar: abajo están Daniel West y Nate fumando, junto con Hayden y Scott.

—Yo la habría acompañado de mil amores —indica el baboso de Scott.

—Ponte en la cola —lo advierte Nate—. Primero está Hayden.

—¿Te estás follando a la Cortez? —le pregunta este.

Hayden no responde, pero Nate y Scott se ríen.

—Entonces, no es solo una compañera con la que compartes una investigación.

—Podemos ser compañeros con derecho a roce —responde Hayden, dejándolo en el aire.

—He examinado el periódico para el que escribe Sofía: es el último eslabón de la cadena alimentaria editorial —comenta Nate—. ¿Cómo es posible que pierdas el tiempo yéndole detrás?

—¿Quién dice que estoy perdiendo el tiempo? —le replica Hayden—. ¿Es que por una vez no puedo ayudar a una persona que conozco?

—Ahora eres un misionero —comenta Nate.

—Seguro —dice Scott entre risas—. El único misionero que le interesa a este es el de la posición.

—¿No tendrás envidia? —le pregunta Hayden en tono provocador.

—Un poco, sí, pero te perdono si me prometes que me la pasarás cuando hayas terminado.

Esta vez son Scott y Nate los que se ríen.

—Diviértete una semana o un mes, pero no la traigas más aquí —le advierte su padre—. Este no es lugar para ella.

—Yo creía que seguías acostándote con Madison —deja caer Nate.

Por si aún no hubiera oído bastante, esta última frase me traspasa el corazón.

—A lo mejor planeas montártelo a tres bandas —comenta Scott en plan grosero, lanzando una risotada—. No sería la primera vez.

—Ve a buscar a esa fugitiva que has traído contigo, antes de que empiece a meter las narices donde no debe —masculla su padre—. Y recuerda que la familia West es lo primero.

—Te estás volviendo paranoico, tío —tercia Nate—. No deberías preocuparte tanto por una muesca más de Hayden en su cinturón.

Él no replica, no objeta, no me defiende, y desde el jardín se eleva un coro de risas.

Una mancha oscura se extiende por mi vestido, en el centro del muslo, seguida de otra y otra más.

Son lágrimas.

El último eslabón de la cadena alimentaria editorial. Una muesca en el cinturón. Madison. Es demasiado de una sola vez, y me siento tan humillada que apenas puedo respirar.

Ese cabrón no me merece. No se merece mis lágrimas. No se merece mis pensamientos ni mi tiempo. Hasta mi capacidad de autolesionarme tiene un límite. Cojo otra toalla, me limpio las manchas de rímel y salgo, con el firme propósito de que no me traicione ni la menor sombra de emoción.