65. Hayden
Hayden
—¿A quién vota? —me pregunta mi padre.
—¿Quién?
—¿Cómo que «quién»? Pocahontas —responde—. Esa que has traído.
—Sofía. Y no es de ascendencia nativa americana, es costarricense.
—¿Inmigrante legal?
—De tercera generación.
—Eso es irrelevante. ¿A qué partido vota la tal Sofía? —repite.
—¿Cómo quieres que lo sepa? No se lo he preguntado —le respondo molesto. Sospecho que no al nuestro, pero me lo callo.
—¡¿No lo sabes?! —inquiere escandalizado—. ¿Te presentas con una periodista de investigación en un acto del partido y ni siquiera sabes a quién vota?
—No estamos aquí por política, sino para hablar con un representante de la FDA que está entre los invitados. Ella te lo estaba explicando antes de que la interrumpieses.
Él lanza un resoplido, visiblemente enfadado.
—Se trata de un evento importante, estamos a las puertas de las primarias, el partido va por delante en las encuestas porque en la Casa Blanca está ese fantoche de Merrick, al que su vicepresidente le da la vuelta como a un calcetín cuando quiere.
Con nuestra representante como candidata, tendremos allanado el camino a Washington.
No debería tener que explicarte estas cosas, porque tú has crecido con ellas, pero por esa puerta solo entra gente de confianza sobre la cual tenemos un expediente de diez páginas como mínimo en un archivo.
—Nicole Clark también es de la oposición, y sin embargo está entre los invitados —señalo.
—Porque su tío es de los nuestros y la tiene atada en corto. Y porque, si se pasara a nuestro bando, nos apuntaríamos un buen tanto: es la diputada más joven de la historia, y es muy querida.
«Sueña con ello».
—Esa tal Cortez… —masculla enojado mientras le lanza una mirada recelosa.
—Eh, soy tu hijo. Yo confío en ti, confía tú en mí.
Mi padre la observa desde la distancia.
—Lleva escrito «socialista radical» en la frente.
—¡¿Pero qué ocurrencias son esas, papá?! A Sofía le importa un pimiento esta velada. Solo le interesa la investigación que estamos llevando a cabo. Por cierto, dime dónde está el miembro de la FDA; hablaremos con él y nos iremos sin que tengas que preocuparte más por nosotros.
—Está justo a su lado, en el bufet de los canapés de salmón.
Enfoco al hombre entre las cabezas que abarrotan el salón. Es joven. Me resulta familiar.
—Creo haberlo visto antes.
—Claro que lo has visto, es Scott Preston.
—¿Scott Preston, el expresidente de los Eta-Delta-Theta?
En efecto, sus rasgos faciales son los mismos.
Mi padre toma un sorbo de champán
—El mismo. Ha hecho carrera.
Mientras trato de asimilar la información, veo que Scott está hablando con Sofía, y un escalofrío de rabia me corre por la sangre al rememorar que él quería convertirla en la Vestal del sacrificio a la Tríada.