64. Sofía
Sofía
E n la pista de despegue nos recibe un pelotón de asistentes, incluida la famosa Arleen, una señora de la edad de mi madre con las maneras de un militar.
—Señor Edgerton, señor West, señorita —nos saludan mientras subimos por la escalerilla del Aeroscape Legacy blanco y plateado.
«Mi casa es su casa», nos dice Nate en español cuando entramos en la cabina: un salón superlujoso que parece el interior de un club privado para selectos miembros de la élite, que es lo que son exactamente Hayden y Nate.
Los dos parecen salidos del mismo molde, pero sometidos a dos procesos de fabricación distintos.
Nate posee una elegancia felina, casi amedrentadora, una mirada que te traspasa, una vaga expresión de desprecio hacia cualquiera con el que se cruce y una actitud expeditiva, propia de quien no tiene tiempo que perder, y, si se lo haces perder, lo pagarás caro.
Sin duda comparten la misma cadena de ADN; la belleza parece una característica propia de la familia, pero la de Nate resulta altiva e impenetrable.
—¿Champán? —nos ofrece la azafata, que ya trae consigo tres copas servidas en una bandeja.
—Después —le ordena Nate—. Antes de que se sienten, es mejor que se den una ducha y se cambien.
—Menos mal que «mi casa es su casa», ¿eh? —bromea Hayden.
—A ver si acabarás yendo a pie a San Francisco —le replica su primo, que acaba de acomodarse en una butaca de cuero color crema y ha abierto su portátil.
—¿Tú no tienes un jet, Hayden? —le pregunto en tono jocoso.
—Los West los alquilamos. Somos la facción pobre de la familia.
—¿Existe un multiverso en el que a los West se los considera pobres? —pregunto en broma—. Se cuentan entre los primeros que descubrieron oro aquí, en California.
—Ferrocarriles, rascacielos, coches… —enumera Nate empleando los dedos—. Prácticamente todo aquello que transformó el mundo en el siglo xx . El acero vence al oro por tres a cero.
—Ah…, Edgerton, como los Edgerton del acero. Ahora todo cuadra.
—¿Ahora entiendes por qué él se dedica a la política y yo a los cotilleos? —replica Hayden.
—Porque me gradué en Stanford —explica Nate.
—No, yo iba a decir que es porque eres un poco capullo, pero tienes razón, también es por eso.
—De los metales a la política —señalo—. Un radical cambio de sector.
—Menos de lo que crees —objeta Nate—. Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma; es el principio de cons…
—… de conservación de la masa, de Lavoisier —lo interrumpo, y a continuación me dirijo a Hayden—: ¿Siempre es así?
—Tranquila, no tiene por qué caerte simpático.
—Te devolveré a la cárcel, Hayden.
—Vale, chicos, os dejo con vuestra competición familiar y aprovecharé para ducharme —les indico, al tiempo que cojo una de las dos bolsas con el logotipo de Armani, llena a rebosar.
Ignoro qué superpoderes debe de tener la asistente de Nate, pero realmente ha pensado en todo: desde hilo dental hasta crema hidratante, pasando por maquillaje de base, perfilador de ojos, medias autosujetables finísimas y casi invisibles, un vestido rojo tan suave que me lo comería y…
¿Cómo narices ha acertado con mi número de zapato?
Ha de ser cosa de magia negra, no hay otra explicación.
Un momento, ¡¿y este tanga compuesto por tres tiras elásticas delgadísimas y un triangulito minúsculo?!
—Hum, disculpa… —digo asomando la cabeza por la puerta del baño—. Nate, cuando le dijiste a Arleen que nos proporcionara «todo lo necesario», ¿también te referías a la ropa interior?
—Obviamente —me responde sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.
—Estupendo. ¿Y le diste instrucciones específicas sobre cuál debía elegir?
—La que a mí me gusta.
—Te felicito por tu capacidad de síntesis.
Termino de vestirme, me abrocho el corpiño del vestido —las copas también me van perfectas; necesito una Arleen en mi vida—, me pongo los zapatos de tacón y salgo.
—¿El pelo recogido o suelto? —le pregunto al comité masculino mientras giro sobre mí misma.
—Recogido —decreta Nate, impasible.
—Suelto —dice Hayden, sin aliento—. No hace falta que te diga por qué.
—Un poco de dignidad, primo.
Hayden también coge su bolsa y, cuando pasa junto a mí, besa mi espalda desnuda.
—Yo también voy a darme una ducha. Pero fría.
Durante el vuelo y el trayecto en coche hasta la fiesta, descubro que Nate es el hijo de la hermana del padre de Hayden, de modo que es medio West, tiene cuatro años más que él y crecieron juntos como hermanos, cómplices y aliados.
En efecto, bajo una aparente hostilidad, se oculta un afecto sanguíneo.
Antes de bajar del coche, en el camino que conduce a una imponente mansión de comienzos del siglo xx , Nate le ajusta la corbata a Hayden.
—Si es posible, esta vez no la líes —le ruega—. Ahora te abandono a tu destino; tengo que asegurarme la financiación de ciertos inversores antes que la muy zorra de Nicole Clark se me adelante. Nos vemos más tarde.
—Solo por saber en qué estamos a punto de participar, ¿de qué va esta cena? —le pregunto a Hayden en cuanto nos quedamos solos.
—Las primarias están al caer; el partido debe mostrarse unido y leal, pese a que se presentan dos candidatos que hasta ayer estaban enfrentados a muerte, como si tuvieran ante sí al peor de los enemigos.
Dependiendo de lo que se vote, uno de los dos será el candidato a la Casa Blanca, y el otro se convertirá en el perdedor.
Hasta hoy, ambos contaban con el soporte económico de distintos patrocinadores; el objetivo de esta cena, y de otros muchos eventos, es asegurarse el apoyo de todos los patrocinadores, aunque el candidato al que ellos apoyan no salga elegido.
—El dinero, ante todo, por supuesto —resumo de la forma más concisa posible—. ¿Cómo estoy? ¿Me ves bien?
—Estás perfecta. No sé dónde mirarte, y me estoy planteando si realmente debemos acudir a esta fiesta.
Hayden me aparta el pelo, hunde el rostro en mi cuello y lo devora con un beso.
—No tengo que estar bien para ti —le replico, quitándomelo de encima—, me refiero a tu familia.
—Ah, ¿lo decías por ellos? Nadie les parece lo suficientemente bueno, nunca. Fíjate en mi primo, ¿no has notado que es como si llevase un palo en el culo?
—Gracias, ahora ya estoy más tranquila.
A los pocos segundos de haber bajado del coche, me percato de que todas las mujeres que se dirigen a la entrada no solo llevan doscientos quilates de joyas encima, sino que además van peinadas a la perfección. Yo, en fin, parezco recién salida de una manifestación callejera.
—Mierda —refunfuño.
—Primero espera a conocer a mi madre —bromea Hayden.
—Conque el pelo suelto, ¿eh? En mala hora te he hecho caso. Mira eso. No me dijiste que sería una gala por todo lo alto. Debería haberme fiado de Nate.
Suspiro al ver mi pelo revuelto en el reflejo de la ventanilla. Si al menos tuviera una goma elástica…
—¡Al diablo! —exclamo.
Me levanto la falda por encima de los muslos y pinzo el elástico del tanga con los dedos.
—No sé si te había dicho que dentro hay baños —me susurra Hayden.
—No necesito ir al baño —le replico, mientras me desprendo de ese cordoncillo que algunos llaman «prenda íntima».
Vale, al final la asistente de Nate ha acertado, aunque sigo preguntándome cómo sabe cuáles son las preferencias de su jefe en materia de lencería…
Me recojo el pelo en una cola, la enrosco sobre sí misma en la parte superior de la cabeza creando un moño «despeinado» y finalmente lo sujeto utilizando el tanga como goma para el pelo.
—¿Mejor así? —le pregunto a Hayden, mostrándole mi nuevo estilismo improvisado.
A Hayden casi se le salen los ojos de las órbitas.
—Espera, ¿eso quiere decir que ahora no llevas nada debajo del vestido?
—No hay tanta diferencia, puedes creerme.
Hayden abre la puerta del coche y me tiende una mano para ayudarme a bajar, con la mirada puesta en las dos aberturas laterales de mi vestido, que se juntan un milímetro antes de revelar mi desnudez.
—Me vas a matar, Sofía.
Me siento intimidada, pero procuro que no se me note. El mundo de la política no es lo mío, y menos aún la de las altas esferas.
A Hayden, en cambio, se lo ve totalmente a sus anchas, saluda a todo el que encuentra a su paso y se sabe los nombres de todos los presentes.
—Hogar, dulce hogar —comenta mientras pasamos del atrio a un salón donde hay una mesa para al menos veinte personas donde se ha dispuesto un banquete digno de un rey: ostras, cigalas, langostas, caviar y copas de cristal llenas de champán hasta donde alcanza la vista.
—¿Esta es tu casa?
—Era la casa de mi abuelo, pero resulta demasiado grande y anticuada para vivir en ella. Solo la usan para celebrar grandes eventos, pero era perfecta para jugar al escondite.
—¡Así que Nate no bromeaba cuando dijo que vendrías! —exclama una voz femenina a nuestra espalda.
Hayden se vuelve, le sonríe a la mujer y esta lo abraza.
—Mamá, a estas alturas ya deberías saber que Nate no bromea nunca. No es capaz de hacerlo.
«¡La madre de Hayden!».
Trago saliva ante semejante magnificencia: es alta, atlética, luce un largo vestido negro con los hombros descubiertos, un pañuelo de seda alrededor del cuello y unos guantes blancos hasta los codos.
Tiene una edad indefinida y el pelo rubio plateado recogido en un moño muy apretado, que acentúa sus ojos felinos y sus pómulos altos y carnosos.
—Estoy tan cansada de esta campaña electoral que no veo la hora de que concluya y pueda irme de vacaciones.
—Pero si tú odias las vacaciones —observa él.
—Tienes razón: dos días sin hacer nada, y ya me aburro. ¿Has saludado a tu padre?
—¿Él también está?
—Por supuesto, ¿quién crees que le ha escrito el discurso a Johanna? Oh, ahí está. —Alza un brazo—. ¡Daniel! Ven a saludar a Hayden.
—A propósito de saludar, ¿puedo presentarte a Sofía Cortez? Estamos trabajando juntos en una investigación —se apresura a decir.
—Buenas noches, señora West. Gracias por su hospitalidad —me presento.
—Susan. —Me estrecha la mano con firmeza—. «Señora West» suena demasiado a «esposa».
—Nunca has vuelto a utilizar tu apellido de casada —señala Hayden.
—Eso habría afectado trágicamente a mi trabajo, y lo sabes —le replica ella, dándole una palmada en el brazo.
A continuación, se dirige a mí:
—Dime, Sofía, ¿eres periodista? ¿En qué ámbito trabajas?
—Trabajo para una publicación de tirada reducida, llamada Hollywood y Alrededores , cubro las noticias de actualidad y publico algún que otro reportaje de investigación —le explico, sintiéndome cada vez más pequeña entre tantos peces gordos.
—Sofía está muy comprometida con los derechos civiles, la igualdad de oportunidades y las injusticias sociales —interviene Hayden, elogiando mis supuestos méritos—. Precisamente, hoy ha participado en la manifestación que reivindicaba los derechos de Hannah Lawson, la chica que fue violada y…
—… que ahora ha sido obligada a reconocer la paternidad del violador, ¿no es así?
—lo interrumpe Susan—. Es una historia terrible; si no hubiera tenido que organizar la fiesta, yo también habría ido a la manifestación, aquí, en San Francisco…
Ah, Daniel, aquí estás —exclama en cuanto se nos acerca un hombre que a primera vista parece una fotocopia de Hayden, y por un momento me desconcierta.
—Hola, papá —lo saluda Hayden con un frío apretón de manos.
—No te has afeitado, Hayden —le dice sin más.
—He llegado con el tiempo justo —se excusa—. ¿Puedo presentarte a Sofía Cortez? Es una compañera periodista.
—Encantada de conocerlo —le digo, rígida de tan azorada que me siento.
Daniel West es la proyección en el futuro de Hayden: el mismo físico esbelto y sólido, la misma estructura ósea del rostro, los mismos iris color turquesa y el mismo pelo de un negro azabache, salvo por un mechón canoso.
Pero él es serio, sobrio, suspicaz, sin ese ademán irónico tan característico en Hayden.
—Bienvenida —me dice a modo de lacónico saludo.
A diferencia de Susan, no me estrecha la mano ni muestra el menor interés en entablar una mínima conversación, dejando que se interponga un muro de silencio entre los cuatro.
—Estamos aquí porque entre sus invitados se encuentra una persona con la que desearíamos intercambiar unas palabras —empiezo a decir yo, tratando de contextualizar mi presencia—. Investigamos un caso de negligencia en el que podría estar implicada una gran compañía farmacéutica y…
—Hayden, ven. Tenemos que separar a tu primo y a Nicole Clark, que están discutiendo delante del bufet de canapés —me interrumpe Daniel West, llevándose a su hijo consigo e internándose entre la multitud.
—¿Decías, Sofía? —inquiere Susan, tratando de retomar la conversación.
—Nada que sea oportuno discutir aquí —respondo, dando marcha atrás con respecto a lo que había empezado a referir.
—¿Qué clase de negligencia médica? —insiste ella.
—Anticoncepción femenina. Pero me he dado cuenta de que estamos fuera de contexto.
Estoy tan cortada que cojo al vuelo una copa de champán de una de las bandejas que pasan por mi lado y me la llevo a los labios.
Susan parece sorprendida.
—Mi hijo se dedica a las crónicas mundanas.
—De hecho, los dos andábamos tras la misma pista, pero por motivos distintos: yo, por una noticia de actualidad, y él por ciertos rumores sobre una estrella.
Pensamos que, si uníamos mi actividad como investigadora y su red de contactos, podríamos obtener respuestas.
Él y yo éramos los mejores en todas las asignaturas.
Cuando él quedaba el primero, yo quedaba la segunda, y viceversa.
—¿Estudiaste en la USC? —me pregunta impresionada.
—Sí.
—Sofía Cortez —repite mi nombre remarcando las sílabas—. Entonces tú eres esa Sofía Cortez.
—Acaban de presentarnos hace un momento.
—Quiero decir, «esa» Sofía Cortez. —Susan niega con la cabeza y esboza una sonrisa—. Nunca pensé que podría existir una persona capaz de sacar de quicio a mi hijo más que yo misma. Y por fin puedo ponerle cara.
—No la sigo, Susan —le confieso desconcertada.
—Cuando Hayden me hablaba de la universidad, en sus conversaciones siempre salía tu nombre. Siempre. Nadie lograba exasperarlo tanto como tú.
—No crea que ahora la cosa es muy distinta.
—Si te ha traído aquí, es que ha de haber algo distinto —me dice con una sonrisa indescifrable en los labios—. Ah, y mi enhorabuena por el juego de palabras «West-Waste». Te lo he robado para guardar el número de mi exmarido en la agenda.
Y, como si quisiera dar fe de lo que me dice, saca el móvil del bolsito y me muestra la pantalla abierta por la lista de llamadas. Las tres últimas son de «Daniel Waste».
—Para ser su ex, la llama a menudo.
—Resulta inevitable, trabajando juntos. Me ha encantado conocerte. Espero verte de nuevo, Sofía.
Susan se despide haciendo un gesto con la mano que solo le he visto hacer a la familia real británica y se aleja entre la multitud.
La madre de Hayden me gusta; su padre no.