Escándalo en Hollywood 63. Hayden
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63. Hayden

Hayden

—E n mis treinta y un años de vida jamás había estado entre rejas. Y, gracias a ti, aquí me tienes —reprendo a Sofía.

Estamos sentados el uno al lado del otro, esposados; una reja separa a los hombres de las mujeres en el calabozo.

—No te preocupes, siempre hacen igual —le digo para tranquilizarlo—. Cuando hay alborotos, tienen que encerrar a alguien para hacer el paripé.

—¿Cómo lo sabes? ¿Ya te ha pasado antes?

—Un par de veces —me confiesa como si nada.

—Estupendo, ahora me quedo más tranquilo.

A ver si Nat llega de una vez. En cuanto puse un pie en la comisaría, ejercí mi derecho a hacer una llamada.

En otras circunstancias habría telefoneado a Corey, pero, como él está fuera de servicio, el único salvavidas disponible es mi primo.

Y ya sé que se estará burlando de mí hasta el día del juicio final.

—Conque Hayden West, ¿eh? —comenta un agente mientras se pasea por delante de las rejas—. Hoy tenemos con nosotros a una celebridad. ¿Ahora te ha dado por el activismo político?

—Es que me aburría —le replico.

—Por si te sirve de consuelo, has estado fenomenal con el megáfono —me felicita Sofía—. Has nacido para hablar ante las multitudes.

—Gracias, pero no me parece que hayamos obtenido un gran resultado.

—Buenas tardes. Diputado Nathan Edgerton, estoy aquí para obtener la libertad bajo fianza de Hayden West y… de Sofía Cortez —anuncia mi primo, acercándose al mostrador de la comisaría con aire autoritario.

—¡Aleluya, Nate! ¿Cómo es que has tardado tanto en llegar? ¡Llevamos aquí dos horas! —le digo levantándome del banco de un salto.

—Cambia ese tono o te dejo a la sombra. Puede que a ti te parezca absurdo, pero yo tengo una vida —me comenta mi primo, lanzándome una mirada de desprecio—. ¿Qué demonios llevas puesto?

—Ah, sí, me la dieron en la manifestación —le explico mientras me desato la bandera de Ruth Bader Ginsburg.

—«Manifestante activista detenido». La tía se volverá loca de alegría cuando sepa cómo has acabado —comenta con sarcasmo, sin alzar los ojos del cheque que está firmando.

—No todos somos tan perfectos como tú —le replico.

—¿Quién es Sofía Cortez?

—Yo —responde ella al instante, tendiéndole una mano esposada a través de la reja—. Soy periodista de Hollywood y Alrededores ; Hayden y yo estamos trabajando juntos en un reportaje.

Nate asiente perplejo.

—Ah, ¿entonces ella es la chica de la que me hablaste a propósito de la investigación sobre la FDA?

—En efecto —confirmo.

—Con la que irás a San Francisco para asistir a la cena del partido que se celebra esta noche —sigue atando cabos.

—Sí.

—La reportera de investigación que te ha hecho levantar el culo del sofá.

—La misma.

—Encantado de conocer a la persona que ha sido capaz de despertar la perezosa conciencia de mi primo —comenta Nate con ironía mientras un agente nos hace salir de la celda.

—¿Tu jet ya está listo? —le pregunto.

—¿Pensáis presentaros así en la cena? —pregunta, mirándonos escéptico.

—No hemos tenido tiempo de cambiarnos —me excuso.

Nate resopla.

—Llamaré a mi asistente, haré que os traigan ropa adecuada al aeropuerto y os cambiáis en el avión. Yo me quedaré en San Francisco, pero supongo que vosotros necesitaréis el avión para regresar.

—Si nos lo prestaras, nos harías un favor —le digo.

—Pues entonces espabilad, porque ya vamos con retraso —nos apremia, y a continuación se pega al móvil.

—Arleen, ¿podrías acercarte a la tienda de Armani, en el mismo aeropuerto, y comprar un traje oscuro de hombre de la talla cuarenta y ocho, y un vestido largo de mujer…

? —Examina con precisión radiográfica a Sofía—.

De tu talla. Trae también ropa de recambio, maquillaje, un kit de afeitado…

Todo lo necesario. Lo quiero todo en el avión dentro de media hora.

—¡Guau, estamos a punto de tomar un vuelo privado! —me susurra Sofía, emocionada.

—Yo de ti no estaría tan contenta.

—¿Por qué, si puede saberse?

—Porque estás a punto de conocer a mi familia.