Escándalo en Hollywood 62. Sofía
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62. Sofía

Sofía

—M e temo que no estoy al día. ¿Hayden es el nuevo Rafael? —aventura Trey, mientras llegamos a la planta de Obstetricia y Ginecología.

—No es que no estés al día, es que la cosa es muy reciente —le explico—. De esta noche.

—¡Enhorabuena!

—Y Hayden, por suerte, no es el nuevo Rafael. No se parece en nada a Rafael.

Trey suspira.

—Ahora ya te lo puedo decir: nunca me gustó Rafael.

Cuando vinisteis a la barbacoa en nuestra casa, no sabía de qué hablar con él.

Fuera cual fuese el tema de conversación que yo sacaba, él se apresuraba a precisar que pensaba distinto, y soltaba un monólogo para demostrar que mi opinión era infundada.

—Muy propio de él —le confirmo.

Cuando llegamos a la habitación de Cindy, entro como un vendaval y le echo los brazos al cuello.

—Lo siento muchísimo. ¿Cómo te encuentras? ¿Mejor?

Ella asiente.

—Ahora ya sí, pero debo reconocer que ha sido todo un shock. Embarazada de nuevo. Nadie se lo podía imaginar.

—Cariño, después de todo por lo que has pasado, he decidido hacerme una vasectomía —le anuncia Trey con voz solemne.

Me siento en la cama, al lado de ella.

—Cindy, ya sé que el tacto no es mi fuerte, y que este no es el mejor momento, pero…

—No —me interrumpe—. He estado reflexionando y creo que tenías razón con lo del Nomyra. Fui una estúpida por no hacerte caso.

—Hay otras dos mujeres que han tenido embarazos extrauterinos, según los cuestionarios que he recopilado de las pacientes de la Avila’s Clinic —le confirmo.

—Debe de haber algo que no funciona en el Nomyra —concuerda conmigo—. Te ayudaré con la investigación.

—No es necesario. Me basta con saber que crees en lo que estamos haciendo.

Cindy enarca una ceja.

—¿Estamos?

—Hayden y yo —preciso.

—Hayden, que, gracias a Dios, le ha dado una patada en el culo a Rafael —añade Trey.

—¿Hayden West? —Mi amiga me mira con los ojos como platos—. Pero ¿no lo odiabas?

—Por supuesto, si un beso de «hasta luego» que dura diez minutos puede definirse como una señal de odio, entonces sí, se odian muchísimo —bromea Trey.

—Conque Míster 911, ¿eh? —se burla Cindy—. Creo que la próxima vez seré yo quien tenga que venir a visitarte al hospital.

—¿Qué quiere decir «Míster 911»? —pregunta Trey, intrigado.

—Nada —respondemos ambas al mismo tiempo.

—Me temo que hoy no podré ir a la manifestación por Hannah Lawson —me dice ella, señalando la aguja de la vía que tiene clavada en el brazo—. Grita también por mí.

—Dalo por hecho.

El punto de encuentro con el colectivo por los derechos de las mujeres y la igualdad de oportunidades es Pershing Square, y de allí la marcha parte hacia el ayuntamiento.

Somos muchísimas, pero, lamentablemente, siempre somos solo mujeres.

Protestamos por una chica que sufrió una violación, quedó embarazada y el estado donde vive no solo no permite el aborto, ni siquiera cuando el embarazo es consecuencia de una violación, sino que incluso concede al violador el derecho a ejercer la paternidad.

Y, aunque cada vez que ponemos sobre la mesa el problema de la desigualdad, nos responden que «¡somos demasiado exageradas! No todos los hombres son violentos»; aquí, en la manifestación, solo hay mujeres.

Siempre mujeres, solo mujeres.

¿Dónde están esos que dicen que «no todos los hombres…»?

—Amigas, madres, hijas, aliadas… —exhorta la organizadora de la protesta, Leandra O’Connor, a las participantes—.

Nosotras, que gozamos del privilegio de vivir en un estado que reconoce nuestra libertad y nuestro libre albedrío, tenemos el deber de darle voz a una mujer, una hermana, que, aunque se encuentre a muchos kilómetros de aquí, debería vivir protegida por las leyes de nuestra nación.

Sin embargo, por desgracia, estas no son iguales para todas las personas, y ella se ha visto privada de su libertad y de su dignidad.

¡Y ahora le imponen que críe a su hijo con el mismo hombre que la violó!

—El móvil me vibra en el bolsillo, pero estoy demasiado ocupada aplaudiendo como para responder—.

Hoy hay quienes, al otro lado de la calle, han organizado una manifestación paralela y contraria a la nuestra, porque quieren que a nosotras también se nos apliquen esas mismas leyes.

¡No permitiremos que nos arrebaten nada de lo que hemos conquistado!

¡Hagamos que nos oigan! ¡Que entiendan que no nos dan miedo sus hogueras, no nos dan miedo sus tribunales, no nos dan miedo sus prisiones!

Partimos a buen paso con nuestras pancartas, banderas, silbatos y sirenas, hasta que tenemos que detenernos a medio camino, cuando nos topamos, como era de esperar, con la facción ultraconservadora, que avanza en sentido contrario.

Aprovecho el parón para atender el teléfono, que vibra de nuevo.

Es Hayden, que ya me ha llamado cuatro veces y me ha dejado tres mensajes.

—Dime —respondo a gritos, mientras me tapo la otra oreja con el índice derecho.

—¿Dónde estás, Sofía?

—¡En la manifestación, ya te lo dije!

—Eso ya lo sé, me refiero a tu ubicación precisa en términos de latitud y longitud.

—Ah… Entre la Quinta Oeste y Spring Street. Estamos parados porque una marcha ultraconservadora nos ha bloqueado.

—Perfecto, yo estoy en Broadway, dentro de cinco minutos estoy contigo. Quédate donde estás, que paso a buscarte.

—¿Por qué?

—Después te lo explico. ¿Cómo vas vestida?

—Llevo una camiseta roja con la cara de Ruth Bader Ginsburg y el lema «Yo disiento».

—Pues claro, qué bobo soy por hacerte semejante pregunta. Ya llego.

Mosqueada, cruzo los brazos a la espera de Hayden, mientras en el otro extremo veo carteles con consignas como «Tu cuerpo, mi decisión», «Generación tradicional», «Feministas asesinas» o «Proabortistas, arderéis en el infierno».

—Pues prendednos fuego —mascullo.

—¡Ahí estás! —exclama Hayden cogiéndome del hombro—. Ya he parado a cuatro chicas con tu misma camiseta de la Ginsburg y me han tomado por un acosador.

—Ruth Bader Ginsburg se lleva mucho en este ambiente. ¿Qué estás haciendo aquí?

—He venido a llevarte conmigo, tenemos que ir a San Francisco.

—¡¿Ahora?! ¿A hacer qué? ¿Y cómo iremos?

—Aunque las cosas hayan cambiado entre nosotros, tu falta de confianza en mis iniciativas sigue estando intacta: esta noche mis padres han organizado una cena «de apoyo».

Léase «financiación», para su candidato a las primarias, y mi primo me ha dicho que contarán con la presencia de un representante de la Food and Drug Administration, y he pensado que, en lugar de enredarnos en una maraña de burocracia para solicitar los expedientes relativos a Nomyra, podríamos acudir directos a la fuente.

Pero tenemos que irnos ahora mismo; el avión de Nate ya está en el aeropuerto, listo para despegar en una hora.

—Pero yo quería acabar la manifestación —protesto.

—Ya lo sé, Sofía, y no te habría interrumpido si no fuera importante.

—Eh… —berrea una mujer a nuestro lado—: ¿Has venido a llevarte a tu mujer a casa y volver a encerrarla en la cocina?

—¡¿Quién, yo?! —se defiende Hayden alzando las manos—. Si Sofía apenas oye lo que le digo, ¿cómo quieres que haga lo que le pido?

—Mira, guapo, la manifestación patriarcal es la que hay al otro extremo —le grita otra desde un poco más atrás.

—Estoy bien aquí, gracias. Yo estoy de vuestra parte. ¡Aunque no lleve ninguna prenda con la cara de Ruth Bader Ginsburg, estoy con vosotras!

Las allí presentes lo miran con escepticismo.

—Yo creo que es un infiltrado.

—Es un topo.

—Quieren reventar nuestra manifestación desde dentro.

—Sofía, ayúdame, no me creen —me ruega.

—Amigas, él es legal. Os lo garantizo. Le hago escuchar todas las entregas de Salem Survivors —les aseguro.

La más alta lo escruta, suspicaz.

—¿Y quién lo presenta? —lo interpela.

—Leandra y Ossy O’Connor —responde él al instante.

—No es un espía, es un aliado —insisto.

—Su cara me suena de algo —rumia la más joven—. ¿Eres famoso?

—A mí también me suena. Eres ese periodista… West —añade otra con voz de desprecio.

—Solo se le parece. Él se llama Richard —me adelanto, antes de que surja el nombre de Hayden West, que no es precisamente alguien estimado en este segmento social.

—Richard Carson, encantado —se apresura a confirmar—.

Estoy profundamente convencido de que Hannah Lawson está siendo víctima de una injusticia.

Estados Unidos nunca estará unido de verdad hasta que todos sus ciudadanos no se encuentren bajo el amparo de las mismas leyes y disfruten de los mismos derechos.

—En efecto —convienen todas.

—Y también creo que hoy en día las mujeres siguen siendo víctimas de un desequilibrio y una desigualdad intolerables —prosigue, congregando a su alrededor un corro de manifestantes interesadas—.

Ningún ser humano, ya sea hombre o mujer, debería tener que pedir permiso para poder decidir sobre su propio cuerpo.

—¡Sííí! —gritan todas.

—¡Tú, el de la camisa! —vocifera Leandra O’Connor a través del megáfono—. Te lo digo a ti, el hombre de la camisa azul.

—¡Es un aliado, June! —grita una del corro—. Bandera verde. Se llama Richard.

—¿Un aliado? Guau, Richard, sube aquí, al escenario móvil, y dales caña a esa panda de ultraconservadores.

Hayden me mira con unos ojos como platos.

—¿Qué tengo que hacer?

—Un discurso desde la tarima.

—¡¿Yo?!

El pequeño grupo de seguidoras improvisadas corea al mismo tiempo: «¡¡¡Sííí, sube, Richard!!!», infundiéndole ánimos.

—¿A qué esperas? ¡Adelante! —lo incito.

—Nunca he dado un discurso sobre derechos civiles —me responde, presa del pánico.

—Tengo ante mí al mejor alumno de las competiciones de Debates, con las mejores notas en Oratoria de la Escuela Annenberg de Comunicación y Periodismo, ¿o no es verdad?

Coge ese megáfono y hazme soñar —le digo, y añado susurrándole al oído—: Estaré ahí abajo mirándote, como hiciste tú conmigo en el club de estriptis.

—El escenario es tuyo, Richard —lo anima Leandra desde la plataforma de la furgoneta.

—¡Ri-chard!, ¡Ri-chard! —gritan al unísono sus nuevas seguidoras.

La multitud le abre paso y yo lo acompaño hasta la furgoneta descubierta que hace las veces de escenario y encabeza la manifestación. Le plantan el megáfono en la mano y, en cuanto pulsa el botón, el amplificador deja escapar un agudo silbido que se expande por el aire.

—Hum… Hola a todas, mujeres de Los Ángeles. Y alrededores —se apresura a precisar.

—¿Por qué te encuentras hoy aquí con nosotras? —le pregunta Leandra de entrada, sin darle tregua.

—Escoger es un derecho fundamental en sí mismo y yo lo ejerzo todos los días desde que nací.

Nadie ha impedido o cuestionado mis decisiones, no me siento juzgado, no me siento infravalorado, no siento que corra peligro si me tomo una copa de más; cuando escojo cómo me visto, no me pregunto qué pensarán de mí los demás; si salgo a correr por la noche con los auriculares, no me siento una presa…

—De pronto se alza un murmullo de protesta entre la multitud.

Todas saben de lo que habla—. Tengo una hija y, aunque todavía es pequeña, cuando crezca, sé que ella no gozará de la misma libertad que yo.

¡La libertad y la seguridad no pueden ser un privilegio, y estoy aquí con vosotras para que deje de ser así!

No quiero quedarme despierto por las noches, preguntándome si volverá a casa; no quiero sentarme en una comisaría mientras le hacen preguntas incómodas sobre cómo iba vestida, o si estaba sobria, o si le había sonreído más de la cuenta a un chico que decidió ponerle las manos encima; no quiero que nadie la obligue a seguir adelante con un embarazo fruto de una violación, y de ninguna de las maneras quiero ver a su lado al hombre que abusó de ella ejerciendo un derecho que no le corresponde.

Reconocerle el derecho de paternidad a un violador equivale a concederle un premio.

En Luisiana, una familia debe soportar esta situación, y ver cómo su propia hija se enfrenta a semejante trauma, sin posibilidad de superarlo.

¡Tenemos el deber de emplear todos los medios a nuestro alcance para cambiar esta situación y hacerlo desde ahora mismo!

La multitud estalla en aplausos.

—¿Quién es ese hombre? —pregunta extasiada la chica que tengo al lado.

—Es mi hombre —murmuro para mis adentros, mientras él me guiña un ojo desde la tarima.

Leandra coge una bandera con el rostro de Ruth Bader Ginsburg y se la anuda al cuello como si fuera una capa, mientras la multitud lanza gritos de aprobación y corea la frase «¡Adelante, Richard!».

—¡Pues entonces enséñale a tu hija a tener las piernas bien cerradas! —grita alguien desde la otra manifestación—. ¡ Feministo de pacotilla!

—O también podemos aprender a tener el pájaro guardado dentro de los calzoncillos.

—Suponiendo que tengas uno —grita otro, arrancando una carcajada general.

—¿Le gritarías a tu madre que mantuviera las piernas cerradas? ¿De dónde naciste tú, entonces, de una piedra? —replica Hayden.

—Ni se te ocurra mencionar a mi madre —se oye, y al cabo de un instante una bengala estalla en el aire, reduciendo la visibilidad casi a cero.

Se suceden los gritos, los estallidos de petardos, y de pronto la calle se convierte en un campo de batalla, con objetos de todo tipo volando de un lado al otro, acompañados de insultos y provocaciones. En cuestión de minutos, lo que empezó como una manifestación pacífica se va al traste.

—¡Hayden! —grito al vacío, sin saber en qué dirección camino. Ni siquiera sé si Hayden sigue en el escenario.

Trato de abrirme paso entre la multitud; por todas partes me llueven patadas y codazos, cuando de pronto siento que me agarran del brazo y me levantan.

—¡Socorro, bájame! —grito, sin saber a quién se lo estoy diciendo.

Y entonces, entre la neblina que ha creado el humo, distingo a Hayden: ha sido él quien me ha tomado del brazo y me ha subido a la furgoneta.

—Siento arruinarte la fiesta, pero ahora sí que debemos marcharnos.

Me coge de la mano y saltamos juntos por el lado de la caja que queda más cerca de la acera, buscando una vía de escape; él me lleva pegada a su lado para no perderme de vista y protegerme de los objetos contundentes que vuelan por los aires.

De pronto, estamos empapados de pies a cabeza, pero el humo empieza a disiparse lentamente.

La policía está dispersando a los manifestantes con agua a presión. Gracias a Dios. Ya casi hemos llegado al margen de la calzada cuando un cordón de agentes nos da el alto.

—¡Estos son los agitadores! —anuncia uno de los policías.

—¿Agitadores? —pregunta Hayden—. Debe de tratarse de un error.

—Están detenidos por provocar disturbios, por favor, acompáñennos a la comisaría.