Escándalo en Hollywood 61. Hayden
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61. Hayden

Hayden

L as horas que transcurren mientras esperamos la asistencia pasan volando entre dulces besos, instantes de ternura y confesiones medio embarazosas, alternadas con momentos de pasión desbordante que nos obligan a frenar, recobrar el aliento y enfriarnos.

Al menos yo necesito hacerlo.

Cuando Sofía está encima de mí, siento todo su cuerpo; ella guía mis manos hasta sus pechos y yo aprieto la pelvis entre sus muslos. Estoy a punto de levantarla lo justo para bajarle las bragas y hacerla gritar de placer, pero no…

Ya no soy ese hombre.

¿Desde cuándo me he vuelto tan mojigato?

Jamás había vivido una noche tan excitante como esta —que a la vez ha sido una prueba de resistencia olímpica—, pero no me arrepiento de nada.

Cuando la grúa ilumina la oscuridad con sus faros, ni una sola sensación del tipo «Ha sido un error, no tendríamos que haberlo hecho» llama a la puerta de mi conciencia.

Y creo que tampoco a la de Sofía, que durante el trayecto al taller se queda dormida con la cabeza apoyada en mis rodillas, en el asiento trasero de la cabina del vehículo de atención en carretera que lleva su Cady a remolque en la plataforma.

El vehículo necesita mucho trabajo de reparación, y parece que habrá que sustituir algunas piezas, así que me decido a pedir un vehículo de alquiler para regresar a Los Ángeles.

—La reparación me costará un riñón —suspira Sofía a mi lado cuando vamos de regreso.

—Lo mejor será llevarlo a un taller especializado en Cadillac. He encontrado algunos mientras dormías y me he tomado la libertad de contactar con ellos para pedirles presupuesto. Pueden dejarlo como nuevo.

—En realidad, yo me conformo con que funcione. No aspiro a mucho más.

—Como se ha estropeado durante una salida que formaba parte de nuestra investigación, incluiré la reparación en mi cuenta de gastos.

—No digas tonterías. El coche es mío y lo arreglaré con mi dinero —me suelta.

—¿Has vuelto a ponerte los calcetines de Ruth Bader Ginsburg?

—Sí, pero RBG no tiene nada que ver. Te agradezco que hayas buscado a los mecánicos, pero yo me haré cargo de la cuenta de mi Cady.

—Piensa que ahora yo también le he cogido cariño. —Me vuelvo hacia ella y le guiño un ojo—. Conservo muy buenos recuerdos de ese asiento trasero.

—Cuando lo hayan reparado (pagando yo), podremos crear otros. —Sofía trastea con los botones de la radio—. Son casi las seis; llegamos a tiempo para las noticias de la mañana.

—¿Ya quieres volver a tu papel de profesional en primera línea de fuego? Esperaba que al menos pudiéramos disfrutar de un desayuno.

—Las viejas costumbres se resisten a morir —responde. Acerca su mano a la mía, que descansa en el cambio de marchas, la desplaza hasta su pierna, caldeada por el sol matutino, e indica—: Pero puedo añadir otras nuevas.

Le acaricio la zona interior del muslo, dibujando pequeños círculos con el índice.

—Esta me gusta mucho.

Después de la información internacional, la de política interna, economía y deportes, llegan las noticias locales.

—Esta noche, Hayden West ha sufrido un accidente en Bel Air —anuncia la voz del cronista.

—¡¿Qué?! —exclamamos Sofía y yo al mismo tiempo.

Ella sube el volumen al máximo.

—El vehículo del periodista, un Porsche 911, ha chocado con una furgoneta que estaba aparcada en un arcén —siguen informando en el noticiario—.

Se supone que el rey del chismorreo, que iba al volante, sufrió una indisposición, y ha sido trasladado por los servicios de emergencias al Ronald Reagan Medical Center. Se desconoce su pronóstico…

—Si tú estás aquí, vivito y coleando, ¿de quién hablan entonces?

—Aunque esta noche ha habido varias veces en que pensaba que iba a morir, estoy seguro de que no se trata de mí. Le presté mi coche a Corey y… ¡Joder! —exclamo—. ¡Probé a llamarlo cuando nos quedamos tirados y no respondía! ¡Entonces el de la indisposición es él!

Seguro que me he ganado un montón de multas por exceso de velocidad, pero la que llevábamos cuando hemos llegado al hospital solo era equiparable a la del Concorde.

En Admisiones nos informan de que Corey está ingresado en Cardiología, lo cual no hace sino acrecentar mi preocupación.

—¿Tiene algún problema de salud? —me pregunta Sofía mientras entramos en el ascensor.

—No lo sé. ¿El estrés es una enfermedad?

—Hombre, saludable no es.

—¿Crees que puede tener problemas de corazón? —le pregunto—. ¿No es demasiado joven para eso?

—No lo sé, pero una indisposición mientras conducía, seguida de un ingreso en Cardiología, me induce a pensar que sí.

Lo encontramos en uno de los boxes, protestando para que le den el alta lo antes posible porque tiene trabajo que hacer, mientras un enfermero con aspecto de estar agotado le toma la tensión.

Corey lleva vendas y apósitos en varias partes de su cuerpo, pero está bien despierto, y se vuelve hacia mí, acongojado.

—Creo que he destrozado tu coche —se lamenta.

—Lo importante es que tú estás de una pieza…, más o menos. ¿Qué ha pasado?

—Acababa de acompañar a Andy a su casa y he empezado a sentirme raro: náuseas, calambres, pesadez de estómago, sudores fríos, palpitaciones…

Parecía una indigestión, de modo que he acelerado para llegar cuanto antes a casa y tomarme un antiácido, pero de pronto se volvió todo oscuro, y me he despertado aquí.

—Su amigo ha tenido mucha suerte —interviene el médico, que acaba de entrar en la sala—.

Presentaba todos los síntomas que preceden a un infarto.

Si no llega a tener el accidente y vuelve a casa, el antiácido habría mitigado momentáneamente los síntomas, pero, con toda probabilidad, habría sufrido el infarto más tarde, por la noche, cuando estuviera solo en la cama, y habría fallecido mientras dormía.

Cuando los paramédicos lo trajeron al hospital y se le hizo el electrocardiograma preceptivo, detectaron anomalías en el ritmo cardiaco, y los niveles de troponina en sangre indicaban que tenía un infarto.

—No tengo palabras, me siento culpable por no haber estado allí —indico, dejándome caer en la silla que hay junto a la cama.

—El accidente te ha salvado la vida —tercia Sofía—. Estoy segura de que Hayden está más contento de saber que estás vivo que preocupado por un par de arañazos en el Porsche.

—Me han dicho que ahora parece una fotocopiadora con ruedas —admite él.

—No me hace gracia, pero mejor el Porsche destrozado que tú muerto.

—La ecografía Doppler registra dos obstrucciones importantes en las arterias cardíacas, en las que hemos intervenido insertando estents.

Además, los niveles de colesterol en sangre son preocupantes, y no digamos los de glicemia —nos explica el doctor—.

Tiene apenas cuarenta años, pero su edad biológica es de sesenta y cinco.

Es fundamental que se replantee su estilo de vida, señor Lambert

—Se acabaron los nachos con queso —le digo—. Y nada de Europa. O, al menos, puedo ir solo.

—Olvídalo —me dice Corey, fulminándome con la mirada.

—¿Qué, lo de los nachos o lo de Europa?

—Las dos cosas —gruñe Corey.

De pronto, se nos queda mirando fijamente a Sofía y a mí, y a mí y a Sofía.

—Un momento… ¿Qué ha pasado aquí?

—¿A qué te refieres? —pregunto sorprendido.

—¿Hayden, por qué tienes los labios del mismo color que el pintalabios de Sofía?

—Es la sedación del estent la que habla por ti —respondo para despistar.

—No, es Chanel Rouge Allure —me replica—. ¿Acaso me tomas por tonto?

—¿Sabes qué te digo, Corey? Que ahora pasaré por tu casa y te prepararé una bolsa con algo de ropa.

—No trates de distraerme, reconozco a dos que se han enrollado en cuanto los veo.

—Creo que os dejaré que charléis tranquilamente de vuestras cosas —dice Sofía, batiéndose en retirada—. Yo tengo que irme a casa, a… prepararme para la manifestación de hoy.

—Claro, vete, ya cuido yo del paciente. Pero antes te acompaño a la salida —me ofrezco—. Vuelvo enseguida, Corey.

—Al menos tened la decencia de no echar un polvo en el ascensor, que estamos en un hospital —nos grita mientras salimos de su habitación.

—No se lo tengas en cuenta; cuando está nervioso, se le agria el carácter.

—¿Y a quién no se le agriaría después de un infarto?

Las puertas de la cabina se cierran y, en cuanto pulso el botón de la planta baja y estamos solos, abrazo a Sofía.

—Siento que tengamos que separarnos así; esperaba que pasáramos la mañana de otro modo, juntos, después de esta noche.

—De otro modo, ¿cómo?

—Tú y yo, en la playa, un chapuzón en el mar, almorzar en el paseo marítimo y después volver a mi casa para disfrutar de la puesta de sol en el jacuzzi.

—Me gusta tu plan. —Asiente con una sonrisa y me besa—. ¿Mañana?

—Ya estoy contando los minutos que faltan.

La estrecho de nuevo entre mis brazos y nos besamos de un modo no muy apropiado para un hospital, pero a ninguno de los dos nos supone un problema; ni siquiera cuando suena un ding anunciando que hemos llegado a la planta baja y se abren las puertas.

—¡¿Sofía?! —exclama una voz masculina.

Nos separamos. El hombre que acaba de entrar no me resulta familiar, pero al parecer a Sofía sí.

—¿Trey? —Ella también parece desconcertada—. Hum, he pasado a saludar a un…, a un… Él es Hayden West, ¿lo conoces? —Me señala—. Trey Heller, el marido de mi compañera Cindy.

—Encantado. ¿Todo bien?

—Mi representante vive al límite, y hoy casi la palma, pero lo han pillado a tiempo —le explico.

—¿Y tú qué haces aquí? —le pregunta Sofía.

—Es por Cindy. Ayer cenamos fuera de casa, pero le entró un fuerte dolor de barriga, la ingresaron por si era apendicitis, y entonces descubrieron que tenía un embarazo extrauterino y la han operado de urgencia —nos informa Trey—. No entiendo cómo ha podido pasar, porque le habían implantado…

—Un Nomyra —concluye por él la frase Sofía, lanzándome una mirada.

Asiento en silencio, pues no necesito añadir nada más.

—¿Puedo subir contigo a visitarla?

—Claro —asiente Trey—. Le gustará verte.

Sofía se vuelve hacia mí de nuevo, y en sus ojos refulge aquella chispa suya de cazadora de noticias.

—Me voy. Ya te contaré.

Hace el gesto de irse, pero la retengo, pues nuestros dedos aún siguen entrelazados.

—Eh, eh… —La atraigo hacia mí, le alzo la barbilla y acerco mi rostro al suyo—. Nuevas costumbres, ¿recuerdas?