Escándalo en Hollywood 60. Sofía
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60. Sofía

Sofía

L o he dicho. Lo he admitido

—Y no creo que salgas de ella, después del estriptis que me dedicaste —añade él tumbándose a mi lado, a mi derecha, el uno frente al otro, iluminados por la tenue luz azulada del habitáculo.

Es lo único que funciona de Cady, además de la radio, en la que ahora suena «Style»:

«Ven a buscarme a medianoche. Con los faros apagados, emprendemos un largo viaje que podría conducirnos a las llamas del infierno o al paraíso».

—Ese estriptis no iba dedicado a ti.

—Embustera.

—Vale, tal vez un poco.

—Tu pintalabios. —Me acaricia los labios con el índice—. Estoy obsesionado con tu pintalabios.

—Es un pintalabios rojo de lo más normal —respondo bajando los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.

Hayden extiende el brazo detrás de mi nuca y siento que el corazón se me precipita en el estómago. Libera el pasador con un clic y el moño se me desparrama sobre los hombros.

—¿Por qué? —le pregunto apenas con un susurro.

—Tu pelo me vuelve loco, Sofía. Me paso la mitad del tiempo preguntándome cómo sería hundir las manos en él.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre —musita—. Desde el primer día que te sentaste delante de mí en clase, en la universidad.

No escuché ni una sola palabra de lo que dijo el profesor Clarkson por esa melena tuya que te rozaba la curva del trasero, y cada vez que te movías me llegaba una ráfaga de tu champú.

Casi se me ponía dura bajo los vaqueros.

—Yo de esa clase solo recuerdo que te me acercabas al oído y me soltabas: «¿Quieres dejar de moverte, por favor? Me estás mareando» —le refresco la memoria.

—Ahora ya sabes por qué, Sofía.

Me encantaría responderle con un comentario mordaz, pero no se me ocurre ninguno, pues mi cerebro está obnubilado de tanta autocomplacencia.

—Ya que hemos decidido ser sinceros el uno con el otro, llegados a este punto debo confesarte que no tengo gato.

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes?

—Sé que esa noche no me enviaste las pruebas del gato por equivocación. Seguro que me enviaste aquella foto por error, eso no lo dudo, pero no eran pruebas veterinarias

«Dios mío, por lo que más quieras, ¡haz que me evapore!».

—¡La viste! ¡Y te estuviste burlando de mí todo el tiempo, fingiendo lo contrario!

Hayden asiente.

—Justo dos segundos antes de que la borrases.

—¡Mierda!

Él apoya el índice bajo mi barbilla, invitándome a mirarlo.

—Fueron dos segundos de puro éxtasis.

—Era para Rafael —balbuceo.

—Si después de verla no tomó el primer vuelo disponible y volvió a casa para revolcarte hasta el alma, es un pobre imbécil.

—Me envió un pulgar hacia arriba.

Los ojos de Hayden recorren mi cuerpo en la penumbra, como si estuviera teniendo una visión mística.

—Lo confirmo: es un pobre imbécil. Yo habría irrumpido en tu casa y te habría besado de la cabeza a los pies y, a continuación, de los pies a la cabeza.

—Lo tuyo es mera palabrería —le reprocho—. Ayer podrías haberlo hecho, y me rechazaste.

—No quería convertirme en el instrumento de tu venganza. No quiero que me beses para ajustar las cuentas por una traición. Quiero que me beses porque ya no puedes seguir resistiéndote.

Y, como si la fuerza que regula el universo quisiera hacerme saber que nos hallamos en un punto de no retorno, en la radio Meredith Brooks canta «What Would Happen», una canción que él y yo ya habíamos escuchado.

—¿La recuerdas? —le pregunto a Hayden—. Sonaba en la radio cuando volvíamos de la Avila’s Clinic.

—Claro que la recuerdo. Recuerdo cada detalle de cada segundo que hemos pasado juntos.

—¿Qué crees que sucedería si ahora nos besáramos? —le susurro.

—No lo sé, pero me gustaría descubrirlo.

Pruebo a inspirar, aunque el aire parece negarse a entrar en mis pulmones.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada. —Hayden acerca más su rostro al mío y siento su respiración en mi piel, el aroma de su aftershave , el calor de su cuerpo—. Pero puedes hacer todo lo que quieras.

—¿Todo? —le pregunto con mis labios rozando ya los suyos.

—Todo.

—No quiero venganza. Te quiero a ti, Hayden —le confieso, estremeciéndome.

No sé qué me pasa en cuanto poso mis labios en los suyos, pero ahora ya tengo la prueba de que la combustión espontánea existe.

Los labios de Hayden son tan cálidos y suaves que casi me entran ganas de morderlos, y su lengua me busca y me encuentra, ahora ya totalmente rendida a él.

—Antes dije que no te devoraría —me susurra en mitad del beso—, pero he cambiado de idea.

Me tumba de espaldas en el asiento, se pone encima de mí y me besa de nuevo, como si no tuviera otro propósito en la vida, como si viviera para ello.

Siento su beso por todas partes, hasta en las rodillas, y menos mal que estoy recostada, porque no sería capaz de sostenerme en pie.

Lo ciño rodeándole las caderas con las piernas, para que no se le ocurra separarse de mí ni un centímetro. ¿Cómo he podido vivir sin esto?

—Mmm… —musita como si estuviera en éxtasis—. Tus labios saben a cacahuetes tostados.

—Y los tuyos a caramelo.

Apresa mi labio inferior y lo succiona con avidez.

—Recordaré este sabor mientras viva.

Entonces acerco las manos a su rostro y lo miro, lo contemplo, maravillada.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

—Quiero enviarle esta imagen a mi yo de diecinueve años, donde quiera que se encuentre en mi memoria, para que alucine. Si le dijera que estamos besando a Hayden West, no se lo creería.

—Yo, en cambio, me siento feliz por mi yo de diecinueve años, pero estoy contento de que esto no hubiera sucedido entonces.

—¿Por qué?

—Podríamos decirlo así: por lo que respecta al autocontrol, habría quedado fatal. —Las manos de Hayden se cierran alrededor de mis caderas y, al apretarme contra las suyas, percibo su creciente excitación—. Y no habría tenido ni idea de qué hacer.

—Eso no me lo cre… —Me besa el cuello y un escalofrío me recorre la columna vertebral, desconectando todas las sinapsis de mi cerebro—. Creooo.

—Pues es verdad. Yo también era virgen cuando llegamos a la facultad —me confiesa.

—¿De verdad? ¿Lo dices en serio?

—Después empezaste a despreciarme, y desvié mis intereses hacia otros frentes, pero sería un cobarde si no reconociera que tú siempre has sido mi punto débil, Sofía.

—Pues yo detestaba las clases a las que tú no asistías —le revelo—.

Eran de lo más aburridas, y me hacía feliz saber que te vería en el aula.

Me repetía a mí misma que era porque estimulabas mi competitividad, pero la verdad es que en realidad nunca me permití reconocer que quizá también me atraías.

Hayden arquea la ceja, adoptando una expresión pícara.

—¿De verdad?

—Me gustaba verte cuando entrabas recién llegado de los entrenamientos de remo con el pelo mojado y hacia atrás, y la camiseta blanca del equipo.

En una ocasión, una gota de tu pelo cayó encima del trabajo que estaba a punto de entregarle a la señora Fuller, y en el punto donde aterrizó la gota, se corrió la tinta.

Lo guardé en el escritorio de casa; le dije a mi madre que estaba orgullosa porque era mi primera A+ en la facultad, y quería conservarlo como amuleto de la suerte.

En realidad, tocaba la mancha de tinta todas las maña…

De pronto, Hayden enmudece mi boca con la suya.

—Estoy cansado de hablar, Sofía. —Posa los labios en mi barbilla, en mi garganta, y baja hasta el escote—. Tengo demasiados besos pendientes que reclamarte.

Me desabrocha los botones del top con los dedos, depositando un reguero de besos entre mis pechos, pero sin descubrirlos, y sigue bajando por el vientre.

Levanta los volantes de mi falda, dejando a la vista mis bragas, posa su boca ardiente en la prenda y recorre mi ingle, llevándome al borde de la locura.

Sigue incitándome; a continuación, recorre la cara interna del muslo en toda su longitud, la rodilla izquierda, la pantorrilla.

Se sienta, me levanta la pierna, sujeta el extremo superior del calcetín, me lo quita, lo lanza lejos y hace lo mismo con el otro.

—Su señoría Ginsburg, le ruego que me disculpe, pero ahora estoy ocupado.

—Podrías habérmelos dejado puestos.

—Como te he dicho antes, quiero besarte de la cabeza a los pies —me dice, posando los labios en el tobillo, en el empeine…— y después volver a empezar.

Hayden cumple lo prometido y recorre mi cuerpo de abajo arriba hasta llegar a mis labios, que lo reclaman ávidos.

Apoyo las manos en sus hombros y lo obligo a tumbarse, para que ahora sea yo quien se suba encima de él.

—¿Vamos a pasarnos toda la noche besándonos como dos vírgenes el primer día de colegio? —le pregunto apretándome contra él, para aliviar la tensión que sus atenciones han provocado en mi bajo vientre.

—Me encantaría decirte que no, pero dentro de poco llegará la grúa, tener los minutos contados y hacerlo deprisa y corriendo, o con la ansiedad de que nos espíe cualquier mirón…

—Me observa con la mirada de alguien que no está de acuerdo con sus propias palabras—.

He estado esperando demasiado como para desperdiciar nuestra primera vez de este modo.

—Casi pareces romántico, Hayden.

Se incorpora hasta quedarse sentado y me aprisiona contra su cuerpo, apretándome las nalgas con sus manos.

—No te hagas ilusiones, Sofía, en cuanto surja la primera ocasión descubrirás que puedo ser tan romántico como despiadado, y me suplicarás que pare, porque no podrás seguir resistiéndolo.

—Yo podría hacer lo mismo contigo.

—No veo la hora de que llegue el momento.