59. Hayden
Hayden
—D espués de la rueda pinchada, la avería del depósito y el motor quemado, me atrevería a decir que tu coche no está muy fino —le comento mientras constato la muerte del vehículo.
Sofía y yo observamos el motor difunto con el capó abierto.
—Estamos en California, no en la tundra siberiana; habrá algún servicio de asistencia en carretera, ¿no? —propone ella—. Busca el número y llama.
—¿Y por qué no llamas tú?
—Porque tengo el teléfono descargado, la aplicación del navegador ha consumido la batería y el cargador…
—Déjame adivinarlo: no funciona.
Sofía se encoge de hombros.
—El encendedor del coche nunca ha funcionado y, como no fumo, no tenía sentido repararlo.
—Ahora sí tiene sentido —concluyo, mientras contacto con el servicio de asistencia en carretera.
Envío la ubicación, indico el problema y, al cabo de un momento, me llega la confirmación de que han recibido mi solicitud.
—¡¿Estarán aquí dentro de cuatro horas?! —exclamo—. Es una locura. No podemos quedarnos tirados en esta carretera hasta las cinco de la madrugada.
Estamos en medio de la nada: ya hace mucho que hemos dejado Fillmore atrás, pero Santa Clarita aún queda más lejos, y nos encontramos en el centro del valle.
—Esperaremos a que pase alguien y le pediremos ayuda —sugiere.
—Igual no te has fijado en que durante todo el trayecto éramos el único coche que circulaba por esta carretera y, si pasara alguien, fingiría que no lo ve: no confío lo suficiente en la humanidad como para subirme al coche de un desconocido en plena noche.
Llamaré a Corey; a estas horas ya habrá terminado su cita.
—Pobrecillo. Espero que le pagues bien —comenta Sofía, sentándose en el capó.
—Pues claro, si gana más que yo.
Pero no contesta la llamada, hasta que salta el buzón de voz. Tiene gracia que, justo la noche que más lo necesito, Corey haya decidido poner fin a su abstinencia de estrés.
—No responde.
—¿Y no puedes llamar a otros números?
—La mitad de los nombres que hay en mi agenda pertenecen a personas a las que he perjudicado exponiendo sus secretos y violando su privacidad, y la otra mitad es gente que, si tuviera la oportunidad de hacerle un favor a Hayden West, me exigiría uno de mis órganos a cambio.
El único con el que podría contar es mi primo Nate, pero no regresa a Los Ángeles hasta mañana. Estamos jodidos.
Sofía estira los brazos, mira a su alrededor y todo es oscuridad, salvo por el haz de luz de los faros.
—Desde luego, aquí no hay nada.
—Ni siquiera uno de esos simpáticos moteles de las películas, en los que siempre queda una única habitación libre y, casualmente, la cama es de matrimonio.
—Sin embargo, siempre suceden cosas divertidas —señala Sofía.
—Sí, hasta que te pasa a ti de verdad. Creo que nos tocará dormir en el coche —anuncio, rindiéndome a la evidencia.
—Sube por el lado del pasajero, Hayden, así, al menos podrás estirar las piernas —me propone ella mientras ocupa el asiento del conductor.
Pero la idea, que hasta hace un instante parecía buena, resulta pésima en cuanto acciono la palanca para reclinar hacia atrás el asiento. Al contrario de lo que me esperaba, me veo catapultado hacia delante, con la cara casi incrustada en el salpicadero.
—El respaldo está roto, ¿verdad?
—Creo que montaron el mecanismo al revés —me explica—. Pero el asiento de atrás sí es reclinable y se convierte en una especie de colchón, si te sirve de consuelo.
—Me parece una información útil. Disculpa que te haga una pregunta: ¿funciona?
—No lo sé, nunca lo he probado. Averigüémoslo.
Sofía y yo volvemos a bajar del coche y, tras abrir el maletero, trasteamos con las palancas hasta que logramos desbloquear las sujeciones del respaldo con un chirrido siniestro.
—¿Lo ves? Es perfec…
¡CRAC!
El respaldo se desploma y el asiento se abre como un libro.
—Como puedes ver, la buena noticia es que ahora ha quedado un buen espacio para tenderse.
La mala es que probablemente el respaldo nunca volverá a recuperar la posición vertical, pero ¿sabes qué te digo?
Que así también me gusta —afirma, y a continuación da la vuelta al coche y vuelve al asiento del conductor.
—¿Qué haces? —le pregunto.
—Me acomodo mientras esperamos a la grúa, ¿no lo estás viendo?
—Es decir, ¿que yo estaré tumbado cómodamente, mientras que tú tendrás que permanecer encaramada a un asiento hecho polvo durante cuatro horas? No digas burradas. Aquí hay sitio para los dos.
Sofía me mira escéptica.
—¿Ahí detrás? ¿Contigo?
—Es posible que ya no te acuerdes, pero no hace ni una hora estabas meneando el culo medio desnuda encima de mis piernas, así que este repentino pudor me resulta paradójico.
—Sí, pero allí no estábamos solos —objeta.
—Te aseguro que no pienso comerte, Sofía.
Ella resopla, alza los ojos al cielo y asiente.
—Apártate.
Sofía coge de la guantera los aperitivos que compramos en la estación de servicio y me los lanza. Trata de salir, pero su puerta está bloqueada.
—¡Qué oportuno!
Suelta una maldición.
—A la mierda, échame una mano.
Se inclina entre los dos asientos y la sujeto para arrastrarla a la parte de atrás conmigo.
—¡Ay! —se queja tras golpearse la cabeza contra el techo y encender la luz de cortesía, darle una patada a la radio, que hace sonar «Love’s a Loaded Gun» de Alice Cooper, y encajar un pie entre el asiento y el reposabrazos, con la consiguiente pérdida de la bota—. Maldita sea.
—Me parece que tendrás que plantearte cambiar de coche —le comento mientras se acomoda a mi lado.
—Eso nunca.
—Arreglarlo te costará mucho más que comprar uno nuevo.
—Lo sé, pero le tengo cariño a mi Cady —me responde mientras acaricia el techo descolorido—.
Era el coche de mi madre y el medio de transporte de mi infancia; me llevó al primer día de colegio, con el que me saqué el carnet de conducir, donde vomité después de celebrar la graduación…
No te preocupes, lo hice limpiar —me explica, cruzando las piernas.
—¡No me lo puedo creer! ¿Estás de broma? —exclamo cuando me fijo en su pie.
—¿Qué es lo que no te crees, si puede saberse? ¿Que lo hice lavar?
—¡¿Llevas bordada la cara de Ruth Bader Ginsburg en los calcetines?!
Ella se quita la otra bota y me muestra el pie con orgullo.
—¿Te gustan?
—¡Has hecho un estriptis con los calcetines de Ruth Bader Ginsburg puestos! —insisto—. ¡¿Qué habría pensado ella?!
—¿Una jueza del Tribunal Supremo que siempre luchó por la igualdad de género y los derechos de las mujeres? Creo que me habría dicho: «¡Tú puedes, nena!».
Sofía coge la bolsita de cacahuetes tostados y se lleva uno a los labios.
—¿Y aún llevas a Katharine Graham de salvapantallas en el móvil?
—Ningún periodista, hombre o mujer, ha tenido las agallas que tuvo ella cuando publicó en el Post los Papeles del Pentágono, o los reportajes sobre el escándalo Watergate.
¡Logró que Nixon dimitiera! Yo le dedicaría un mural en casa con su rostro —responde con gran convicción—.
Toma, come. —Me pasa la barrita de Twix—.
Llénate la boca de azúcar antes de dedicarte a cuestionar los modelos que tanto me han inspirado.
—Ya eras así en la facultad —le recuerdo mientras desenvuelvo la golosina.
—¿Así, cómo? ¿Aburrida?
—Apasionada —respondo—. Siempre he envidiado esa chispa que brillaba en tus ojos cada vez que tomabas la palabra.
Y eres de las que se juegan el todo por el todo: te metes en los conductos del aire acondicionado, te lanzas de cabeza a un incendio, haces un estriptis; si tu trabajo lo exige, no te detienes ante nada.
—Suena a cumplido, pero gracias igualmente.
—Te infiltras entre los guardas forestales, acampas con los sintecho de Skid Row… Joder, Sofía, ¿no pensaste en ningún momento que igual no salías viva de allí esa noche? Podrían haberte drogado, violado, apuñalado.
Ella parpadea, estupefacta.
—¿Y tú cómo sabes que dormí en una tienda, en Skid Row?
—Leí tu reportaje en Insider —le confieso.
Ella abre la boca de golpe, pero la cierra al instante.
—Ah.
—Toxicómanos, delincuentes, traficantes, asesinos… ¿Cómo se te ocurrió?
—Quería hablar con quienes viven esa normalidad. Todo el mundo puede escribir de la degradación vista desde fuera. Yo quería hacerlo desde dentro. Hasta entonces, mirarlo desde fuera no me había servido de nada.
—Es la zona más peligrosa de la ciudad. Nadie que viva allí duerme por las noches, para no correr el riesgo de no despertar al día siguiente.
—De hecho, no dormí. Pero mentiría si te dijera que no pasé miedo.
Tuve gastritis durante un mes de la angustia que sufrí aquella noche.
No les dije ni a mi madre ni a la abuela que pensaba ir allí, porque se habrían opuesto y las habría preocupado.
—Sofía se tiende en el lado izquierdo, con la cabeza apoyada en la palma de la mano.
—¿Y Rafael?
—Estaba en Honduras.
¡Dios mío! Sofía pasó una noche sola en la zona con la tasa de delincuencia más elevada de la ciudad sin que nadie lo supiera.
—Estás loca.
—Pero estoy viva —replica encogiéndose de hombros.
—¿Y cuando te hiciste pasar por prostituta en Figueroa Street?
En la ciudad hay tres calles donde se concentra el negocio de la prostitución: Sepulveda Boulevard, Western Avenue y Figueroa, pero esta última es la más peligrosa.
—¡También has leído ese!
—He leído todo lo que has escrito.
—Quería hablar con las chicas para averiguar quién las explotaba, cómo habían llegado a Los Ángeles, sus condiciones de vida, de salud; muchas de ellas son menores… No habría obtenido ni media respuesta si me hubiera identificado como periodista, y los proxenetas no me habrían permitido acercarme.
—Nadie es capaz de hacerme sentir un inútil como tú lo haces —admito.
—No es cierto que seas un inútil —niega Sofía.
—Es imposible vencer a alguien como tú, cuando te implicas en todas las causas justas.
—He leído El Un-Holywood —me confiesa de repente.
—¿Mi libro?
—Lo terminé en una noche. En cada capítulo decía: «Después de este, me voy a dormir», y me quedé hasta el amanecer.
—Son historias de estrellas caprichosas que tratan de mostrarse mejores de lo que son, para ganar aplausos y dinero —le explico, restándole importancia.
—Posees la extraordinaria e innata capacidad de despertar el interés de las personas. Daría un brazo por poseer una décima parte de lo que tú tienes. Las comprendes, sabes lo que quieren y logras que te escuchen.
—Ojalá —discrepo, negando con la cabeza—. A mí me da lo mismo lo que desee la gente; solo me importa lo que tú quieres. Yo sí que daría un brazo por saberlo, porque cada día ocupas más mis pensamientos —le digo de corrido— y no sé cómo salir del atolladero.
—Entonces, Hayden, tenemos un problema, porque tú ocupas los míos.