Escándalo en Hollywood 58. Sofía
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58. Sofía

Sofía

C uando me veo la cara bajo la luz del baño, noto que estoy colorada por la vergüenza. Lo he hecho de verdad. Me he desnudado. En un escenario. Delante de Hayden.

Sí, ya lo sé, había otros muchos hombres, pero yo solo percibía su mirada.

¿A quién quiero engañar? «Quería» sus ojos.

Me refresco mojándome las mejillas con agua, me recojo el pelo y me visto, aunque me cuesta ponerme el corpiño de nuevo, porque aún me tiemblan los dedos por la descarga de adrenalina.

Renuncio tras el tercer intento y lo guardo en el bolso.

Jamás lo admitiré, ni bajo tortura, pero, si Hayden no hubiera subido al escenario, no sé si habría sido capaz de dejarme llevar como lo he hecho.

Me miro una última vez al espejo para asegurarme de que estoy presentable y regreso al bar, donde Hayden y Steve están intercambiando dos fajos de billetes.

—Son ciento ochenta dólares para ti, y ciento veinte para mí —cuenta Steve—. Vuelve cuando quieras, Sophie.

—Me lo pensaré —le respondo.

Una vez fuera del bar, nos dirigimos a la gasolinera y llenamos los bidones para regresar a mi coche, con la esperanza de que siga donde lo habíamos dejado.

—Después de todo, no ha sido tan difícil —comento—. Ciento ochenta dólares por cuatro minutos bailando no está nada mal. Podría planteármelo como una carrera alternativa.

Hayden se ríe.

—¡Por supuesto!

—He demostrado que tengo aptitudes, admítelo —le replico.

—De acuerdo, tienes aptitudes. Pero entonces tú has de admitir que eres una hipócrita —me comenta.

—¿Hipócrita, yo? ¿Por qué?

—¿Qué hay de todos esos discursos feministas tuyos? —inquiere desafiante—. ¿Recibir dinero a cambio de hacer un estriptis no te parece una terrible mercantilización de la mujer? ¿No es menospreciar tus valores?

—Visto así, desde luego, podrías tener razón —reflexiono mientras medimos nuestros pasos sobre el asfalto.

—Lo sé —afirma complacido.

—Pero no la tienes.

—A ver, ¿por qué no? Te recuerdo que yo también estaba en aquel escenario, y lo he visto todo.

—Entonces también te habrás percatado de que, antes de que eligiera subir al escenario, he sido yo quien ha decidido desnudarse, y ha sido una decisión autónoma y consciente.

La base del feminismo es justamente esta: una mujer es libre siempre que elige por sí misma y está en plenas facultades físicas y mentales.

Por tanto, yo no he sufrido ningún abuso.

Y, en segundo lugar, aquí siempre hay dos partes implicadas: la mujer que se desnuda y el hombre que paga por verla desnuda, pero el dedo siempre apunta a la mujer.

¿Por qué no les preguntas a tus colegas machos a santo de qué están dispuestos a pagar una fortuna por ver bailar a una chica desnuda?

¿Por qué el hecho de desnudarme por dinero me desmerece, y en cambio pagar por ver a una mujer desnuda a ellos no los desmerece en absoluto?

—Visto así…

—Es la única manera de verlo —puntualizo—.

El hecho de que yo haya bailado y me haya desnudado en aquel escenario, en cualquier caso, no era una señal de disponibilidad para nadie.

No implicaba un consentimiento tácito. Las reglas del juego son pocas, pero claras; si todos las respetan, nadie es culpable de nada.

Ni yo, que lo he hecho una sola vez, ni una bailarina erótica que lo hace todas las noches.

Por suerte, mi Cady aún sigue allí, inmóvil en la oscuridad, de modo que vertemos la gasolina en el depósito.

—¿Te has divertido?

—La verdad, mucho.

—¿Qué sentías?

—Me he puesto a prueba. Al principio ha sido difícil, porque, como no lo había hecho nunca, no sabía qué esperar, pero después me he sentido más segura y me he dejado llevar. Y a partir de ese momento ha sido casi… liberador.

—¿En serio?

—¿Sabes? El cuerpo también tiene su lenguaje y esta noche lo he dejado hablar.

—¿Y qué le has hecho decir?

—Lo que quería —respondo, cerrando la tapa del depósito con un golpe seco—. Nos vamos.

—¿Qué te parece si conduzco yo? Tú has recuperado el dinero para llenar el depósito, y lo menos que puedo hacer para contribuir es dejarte descansar el resto del viaje.

—No necesito descansar, no estoy cansada.

—Y además te has bebido mi ron con el estómago vacío.

Ah, es verdad.

—Conduce tú —le concedo.

Subimos al coche y él mira a su alrededor.

—¿Este asiento no se puede echar hacia atrás? ¿No hay una palanca en alguna parte?

—Sí, pero está rota.

—¿Y no has pensado en hacer que la arreglen, como con la verja de tu casa?

—No, porque la distancia entre el asiento y el volante es la adecuada para mí.

—Me parece bien. Vale, ya estamos listos para regresar; ahora ya puedes relajarte, Sofía.

Volvemos a la gasolinera para repostar, pero, al poco de empezar a hacerlo, el depósito ya está lleno.

—¿Lo ves? —exclamo dirigiéndome a Hayden—. Ya te dije que lo había llenado y que no podíamos estar sin gasolina. Desconfiado.

—Eso significa que también tienes rota la boya del depósito y, aunque te quede gasolina, por debajo de cierto nivel, indica que está vacío. Yo de ti lo llevaría al mecánico.

—Ya veremos.

Está claro que tarde o temprano tendré que llevarlo al mecánico.

—¿Tienes hambre? —me pregunta, señalando una máquina expendedora de aperitivos en una esquina de la estación de servicio—. Efectivo no nos falta.

—Casi que sí, en vista de que nos espera un viaje de regreso más largo de lo previsto.

La máquina expendedora está medio vacía, y lo que queda, desde luego, no es una alternativa a una cena sana y nutritiva, pero necesitamos alimentarnos.

—¿Dulce o salado?

—¿Por qué escoger, cuando podemos tenerlo todo?

Hayden pulsa sucesivamente los botones de todos los productos disponibles y en el dispensador caen cacahuetes tostados, pretzels , Reese’s con mantequilla de cacahuete, dos paquetes de M después de la cena somos los últimos en abandonar el restaurante y seguimos charlando hasta que los camareros empiezan a recoger…

Y, a partir de ahí, seguimos viéndonos sin darnos cuenta.

—Qué romántico —comenta con sarcasmo.

—Pues sí, ¿y tú acaso quieres hacerme creer que a todas las mujeres con las que has salido las has invitado a una cena con luz de velas y te has presentado con un ramo de rosas de tallo largo, y con un violinista tocando una serenata para vosotros?

¿Nunca has practicado sexo salvaje en los lavabos de un club, después de haber tomado solo un par de copas, conociendo únicamente el nombre y poco más, el uno del otro? —le pregunto desafiante.

—¿Qué pregunta quieres que te responda? ¿La de la cena a la luz de las velas o la del sexo «salvaje» en los lavabos? —me pregunta Hayden, provocándome a su vez.

—Las dos.

—Sí, ha habido cenas con luz de velas en restaurantes exclusivos. Y sí, también ha habido sexo «salvaje»…

—¿Puedes dejar de repetir la palabra «salvaje » con ese tono?

—¿Qué tono?

—Alusivo.

—Sofía, has sido tú quien has hecho alusión al sexo salvaje. Ahora bien, si quieres que cambie el tono, dime qué entiendes tú por «salvaje».

—¡Como si tú no lo supieras!

—Quiero oírtelo decir a ti con tus propias palabras.

—Me refiero al sexo que es fruto de una pasión violenta e incontrolada, al sexo feroz y sin sentimientos de por medio, propio de quien siente tanta urgencia por hacerlo que no le preocupa que alguien entre y lo vea, de quien no quiere perder ni un segundo en desnudarse, sino que tiene suficiente con apartarte las bragas, de pie, contra la pared…

—Eres muy específica, Sofía. ¿Cuándo fue la última vez que te pasó?

—Pues… nunca.

—Para no haberlo experimentado nunca, describes la imagen con una nitidez fotográfica. ¿Por casualidad no sería ese tu plan para esta noche?

—Puede ser.

Pero, a los tres segundos de responderle, mi Cady protesta, avanza a trompicones, traquetea y se para en medio de la carretera, soltando una humareda proveniente del capó.