78. Sofía
Sofía
L e cuento la historia de nuestra investigación desde el principio; desde el incendio hasta nuestra larga noche recopilando datos, desde el expediente presentado a la FDA hasta la tentativa del doctor Folger de crear un protocolo de extracción del dispositivo.
Cuando termino, estoy sin aliento.
La doctora Paulsen asiente en silencio, con el rostro impasible.
Nosotros estamos sentados en el sofá, ella de pie, con los brazos cruzados.
En el salón blanco y beis reina el orden, la limpieza y el frío de un aire acondicionado puesto al máximo.
—¿Qué opina, doctora? —le pregunto, presa de la ansiedad.
—No sois del periódico universitario, ¿verdad?
—Somos dos exestudiantes de la USC. Yo fui directora del Trojan durante mi etapa universitaria. Actualmente, trabajamos como periodistas.
—¿Habéis hablado con alguien de la Lesser-Lachance o de la Whitaker Chemical acerca de vuestras investigaciones? —nos pregunta.
—No —le confirmo.
—¿Por qué? —inquiere Hayden—. No parece haberla sorprendido nada de lo que acaba de contarle Sofía.
—Me habéis pedido que os escuchara, y os he escuchado —responde sin concretar.
—Y le agradecemos que nos haya prestado su atención, pero ahora la pelota está en su campo.
Tiemblo solo de pensar que se despida de nosotros y nos pida que nos marchemos.
—Quiero que entienda que su ayuda podría resultar determinante para la salud de muchas mujeres.
Necesitamos confirmar que existe una posible correlación entre las patologías de las pacientes y el dispositivo Nomyra, y la única que puede saberlo es usted.
No tiene por qué responder, pero nosotros seguiremos adelante igualmente, aunque sin su ayuda todo resultará más difícil.
—No se nos ha pasado por alto el hecho de que su jubilación coincidió con la presentación del expediente del Nomyra, y no es por hacerle un cumplido, pero usted parece bastante joven para llevar tiempo jubilada.
En el salón reina un silencio tan tenso que podría cortarse con un cuchillo.
—Apagad los móviles y dejadlos encima de la mesa —nos ordena—. Quiero asegurarme de que no me estáis grabando a escondidas.
Hayden y yo intercambiamos una mirada de incredulidad: ¡esto es un «sí»! Ha decidido hablar.
La doctora comprueba que las puertas y las ventanas estén cerradas, coge su móvil y los nuestros, los lleva a otra habitación y se sienta en la butaca, frente a nosotros.
—El expediente que se presentó a la FDA lleva mi firma, sí, pero no lo redacté yo.
Por aquel entonces, yo trabajaba para la Lesser-Lachance y, cuando empezábamos a desarrollar el Nomyra, Whitaker Chemical se mostró interesada en adquirir la empresa.
De todo el personal científico en plantilla, yo era quien tenía más experiencia, y además era mujer, de modo que probablemente los directivos quisieron darle un toque pinkwashing a la compañía, agregando un lazo rosa al cuadro directivo.
Así fue como la Whitaker me puso al frente del Departamento de Investigación y Desarrollo.
El proyecto aún era prematuro, pero los directivos del consejo presionaban para comercializar el dispositivo lo antes posible, y así rentabilizar enseguida lo que habían invertido en la adquisición.
—Y obtener mayores bonificaciones al cerrar el año —sugiere Hayden—. ¿Sufrió presiones para acelerar el desarrollo?
—Los primeros datos eran buenos, pero no lo suficiente. El material de fabricación elegido solo era adecuado para el prototipo, pero no era el mejor. Nos dieron un año, y pasado ese tiempo habría que lanzar el producto al mercado.
—¿Y las pruebas a largo plazo? —pregunto—. ¿Las portadoras beta no tendrían que haber estado bajo observación para evaluar los efectos secundarios?
—Estaba previsto un periodo de pruebas de al menos cinco años, pero les pareció demasiado. El dispositivo era mecánico, no farmacológico, por lo que no se consideraba necesario monitorizarlo durante tanto tiempo ni con tantos sujetos.
—Así pues, no se testó lo suficiente, ni con una muestra lo bastante significativa —concluye Hayden—. Cuando antes hablaba de materiales, ¿a qué se refería? ¿El Nomyra no es de titanio?
—El Nomyra está compuesto por una aleación de níquel-titanio y fibras de polietileno, lo que se conoce como PET. En el documento presentado a la FDA solo se menciona el titanio.
—Cuando hablamos de PET, nos referimos a plástico —simplifico—. En cambio, el níquel, que presenta una alta reactividad alérgica, no se menciona durante la visita para el implante.
—En mi documentación sí se hace constar. En la que se presentó a la FDA, no —concluye la doctora.
—¿Está diciendo que existen dos documentos distintos?
—Cuando estaba a punto de vencer la fecha límite para presentar la solicitud de aprobación del Nomyra, mi documentación no se consideró adecuada.
De modo que redactaron otros documentos en los que se sostenía que el dispositivo estaba fabricado con materiales seguros y no presentaba ninguna clase de contraindicaciones, pero lo cierto es que ni siquiera poseíamos datos que permitieran excluirlas.
—Entonces ¿por qué firmó la solicitud?
La doctora carraspea, nerviosa.
—Creo que este es el momento en que me convierto en la mala de la película. —Suspira y desvía la mirada—. Digamos que fueron persuasivos.
—¿Cedió a un chantaje? —sugiero.
—Acepté llegar a un acuerdo económico. —La doctora traga saliva y nos mira como si esperase ser juzgada—.
Mi marido había muerto hacía seis meses.
Era subcontratista y su empresa hacía aguas; el banco le había embargado una obra y nuestros ahorros se esfumaron tratando de cubrir las deudas que había contraído.
Mi hija aún iba a la universidad, y eso también costaba una fortuna: me ofrecieron una jubilación anticipada, remunerada con una cifra que resolvería todos mis problemas, a cambio de firmar el expediente para la FDA, junto con un acuerdo de confidencialidad.
Acepté, y se presentó un expediente «limpio» a la FDA.
—Usted no podía saberlo —afirmo.
—Pero tendría que haberlo previsto; soy científica, no juego a los dados.
Antes me preguntaste por qué no parecía sorprendida: me consta que hubo médicos que exigieron explicaciones a la Whitaker Medical, y, de entre ellos, los que se mostraron más alarmados fueron los de la Avila’s Clinic, pero no obtuvieron respuesta.
Una investigadora contactó conmigo, pero la Whitaker Medical la trasladó a Chicago con la excusa de un ascenso muy favorable.
—Imagino que para impedir que fuera más allá con sus preguntas —concluyo.
—En cuanto a los problemas que sufren todas las pacientes que llevan el Nomyra, no puedo asegurar que los haya causado el dispositivo, pero tampoco puedo afirmar lo contrario.
Si de dos mil ochocientas mujeres que llevan el Nomyra, más de dos mil presentan trastornos, no me atrevería a descartar que exista una correlación. Y eso solo en Los Ángeles.
—Una mujer se ha hecho extirpar el Nomyra —le explica Hayden.
La doctora abre los ojos de par en par.
—Pero si no se puede.
—Corrió el riesgo, y ahora está bien. Los trastornos han desaparecido —añado yo.
—¿Usted tiene una idea aproximada de cuántas pacientes se lo han implantado? —le pregunta Hayden.
—¿En Estados Unidos o en todo el mundo?
—¿En ambos?
—En Estados Unidos debemos rondar las cuatrocientas mil unidades implantadas. En el resto del mundo, un millón. —La doctora agacha la cabeza bajo un peso invisible. Se cubre los ojos con mano temblorosa—. Un millón de mujeres que en este momento sufren por mi culpa.
—Podemos revertir la situación. Podemos pararlo todo —le digo para tranquilizarla, inclinándome hacia ella—. Estamos aquí para eso. No somos enemigos, somos aliados.
—Pero no sé cómo, sin acabar en el banquillo de los acusados.
—¿Cómo podríamos demostrar que los datos fueron manipulados? —le pregunta Hayden.
—Cinco minutos después de que firmase mi baja en la empresa, los hombres del Departamento de Seguridad «limpiaron» mi despacho, y después hicieron lo mismo en mi casa.
Se lo llevaron todo. Ordenadores, tabletas, memorias USB, móviles, carpetas…
Incluso el cubo de la basura. «Protección de datos de la empresa», lo llamaron.
—Se pone en pie y nos hace una seña para que la sigamos—. Venid conmigo.
La seguimos al sótano y, aunque la doctora Paulsen no da la impresión de ser una persona peligrosa, cuando nos detenemos frente a una larga cámara frigorífica, siento cierta inquietud.
La doctora abre la portezuela y aparece una cubeta llena de bandejas de aluminio.
—¿Es usted una apasionada de la cocina? —le pregunta Hayden.
—Tengo mucho tiempo libre.
La doctora aparta pilas y pilas de bandejas hasta que accede a una que estaba en el fondo, cerrada con una tapa roja con una etiqueta desvaída en la que pone «Macarrones con queso – 12 raciones».
—Menuda abundancia —comento.
—No tenemos tanta hambre —añade Hayden.
Pero ella destapa la bandeja y, a continuación, coge un martillo, rompe la costra superficial de macarrones con queso y extrae una bolsa de plástico sellada al vacío.
—Es una copia que hice de mi documentación. La auténtica. No la perdáis.
Tiendo la mano hacia la bolsa, mojada por la condensación.
—¿Puedo?
—¿Existe algún modo de utilizarla sin decir que la habéis obtenido de mí?
—No se preocupe. Los buenos periodistas siempre protegen a sus fuentes —afirmo.
—¿Y tú eres una buena periodista?
—No es una buena periodista —interviene Hayden, mirándome a mí, y a continuación a la doctora—. Sofía es la mejor.
De nuevo en el taxi, paralizados en pleno Strip por el intenso tráfico que ha provocado un megacombate de boxeo, a Hayden y a mí nos embarga una sensación de plenitud y de victoria al mismo tiempo.
—No estoy acostumbrada a recibir tantos halagos de ti —le digo—. Deberías volver a mortificarme con tus aires de superioridad y tus ocurrencias sarcásticas.
—Bueno, pues vete acostumbrando, porque no puedo evitar admirarte: una vez más, has apuntado y has dado en el blanco.
—Sin tu apoyo, habría abandonado a los dos días.
—No ha sido mi apoyo lo que te ha impulsado a continuar, sino tu necesidad de demostrar que eres mejor que yo.
—Eso también es verdad —admito.
—Desde que volviste a entrar en mi vida, no sabría decirte la última vez que dormí ocho horas seguidas, tomé tres comidas al día con regularidad y pasé más de cuarenta y ocho horas en el mismo lugar sin recorrer un montón de kilómetros en coche o en avión.
—Eso suena a una pésima calidad de vida.
—Pero no puedo ni pensar en volver a la vida de antes.
—Siento haber saboteado tu día de celebraciones, que habías planificado tan cuidadosamente, con este vuelo improvisado a Las Vegas, pero ahora sí que tenemos algo que celebrar —le digo señalando mi bolso, que estrecho con afán protector, y en cuyo interior guardo los documentos de la doctora.
Pero, antes de eso, yo ya tenía algo que celebrar: nosotros dos.
—¿Qué clase de efectos especiales tenías en mente? Resulta difícil superar lo de Hawái.
—Tú y yo en mi casa, cenando en el jacuzzi de la terraza… Pero me alegro de haber venido aquí, porque este cambio de programa también me ha hecho cambiar de perspectiva. —La voz de Hayden se vuelve más contenida, casi tímida.
—Empiezas a preocuparme.
—Le he encargado unos regalos, para ti, tu madre y tu abuela, a una chica que crea joyas con fragmentos de porcelana.
Siempre me está diciendo que quiere devolverme el favor, desde que difundí la foto de una modelo con uno de sus colgantes, lo cual le dio mucha visibilidad a su trabajo.
Esta mañana le llevé unos fragmentos de los platos rotos por los que tu abuela sentía tanto aprecio, y ha hecho esto con ellos.
Hayden saca del bolsillo de sus vaqueros una bolsa de terciopelo de la que deja caer en la palma de mi mano una cadenita con un colgante, una pulsera y un anillo.
—¿Estás de broma?
Me los acerco para verlos mejor: tallados en forma de óvalo, fresados y engastados en plata, ahí están los mismísimos fragmentos del ajuar nupcial de mi abuela.
—Así, los platos no se perderán para siempre. Para tu abuela —me dice señalando la cadenita—. Para tu madre. —Señala la pulsera—. Y para ti.
—No tengo palabras —balbuceo, conmovida por la generosidad de su gesto.
—A mí me basta con una. —Hayden coge el anillo; un aro plateado sobre el cual descansa un camafeo de porcelana con la decoración floral de los platos de la abuela y del abuelo, y me lo pone—. Cámbiame la perspectiva para el resto de mi vida: cásate conmigo, Sofía.