Escándalo en Hollywood 49. Hayden #2
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49. Hayden #2

—Yo soy Benjamin. Nada de doctor Folger ni demás formalidades.

—Gracias por recibirnos —le responde Sofía y se sienta en una de las butacas que hay en su inmaculada consulta.

Me he fijado en que el doctor ha cerrado la puerta principal con doble vuelta de llave y ha conectado la alarma.

—He sido yo quien los he invitado a venir, porque no me parecía adecuado tratar este asunto por teléfono o, peor aún, por email. Señorita Cortez, ¿insinúa usted que el caso es mucho más amplio?

Sofía saca de su bolso un montón de carpetas, las abre y las dispone sobre la mesa.

—Mi colega y yo hemos logrado identificar a otras pacientes de la Avila’s Clinic a las que se les ha implantado el Nomyra, y les hemos hecho rellenar un cuestionario sobre su estado de salud.

Son doscientas veinticuatro mujeres, de entre veintiuno y cuarenta y cinco años, y todas ellas describen molestias y trastornos crónicos similares o relacionados con los de las ocho pacientes del Livingston Inn a las que usted visitó.

—Todo lo cual confirmaría que ha habido cierta negligencia por parte de la clínica y del doctor Herbst en el seguimiento de las pacientes —concluye Folger.

—Ahora bien, una amiga mía a la que le implantaron el Nomyra hace unos meses, desde entonces también padece algunos de estos trastornos.

—Sofía le pasa al doctor una lista con numerosas entradas que llevan trazada una X—.

Y lo curioso del caso es que no le implantaron el dispositivo en la Avila’s Clinic.

—La teoría de mi colega —intervengo yo, copiándole el término a Sofía—, y que también comparto, es que el problema no es la ineptitud de Herbst al implantar el Nomyra, sino el Nomyra en sí.

Folger inspira y se aclara la garganta.

—No resulta descartable.

—De hecho, nuestro propósito es ampliar la lista de pacientes —le explico—. Identificar a todas las pacientes que llevan el Nomyra debería ser labor de la compañía farmacéutica que los fabrica, basándose en la información que le proporcionasen los médicos que los han implantado.

—Pero nosotros nos las hemos ingeniado por nuestra cuenta para poder recopilar los datos y acelerar los plazos —dice Sofía atenuando la voz.

—Para denunciar el mal funcionamiento de un dispositivo sanitario se precisa una muestra muy amplia —objeta el doctor.

—¿Todos los hospitales de Los Ángeles bastarían?

—aventura ella—. Es que, en mi opinión, muchas mujeres están padeciendo trastornos similares, pero no son conscientes de que el Nomyra puede ser la causa.

Cuando le planteé esta hipótesis a mi amiga, ella minimizó el problema, alegando que sus trastornos son muy comunes.

Pero yo diría que no es así. Si está sucediendo lo que me temo, muchas mujeres como ella están sufriendo sin saber por qué.

—Hay que ayudarlas a sumar dos más dos —añado—. Sobre todo, si los médicos que las tratan no son capaces de relacionar los síntomas con la causa.

—Tenemos dos grandes problemas ante nosotros.

El primero —explica Folger— es que el propio Nomyra es presentado como un dispositivo seguro y carente de efectos secundarios, por lo que ningún ginecólogo está en condiciones de asociar los dolores, desmayos e incluso pérdida de visión con el dispositivo y, por consiguiente, de informar al fabricante de la existencia del problema.

—Además, en ese caso, habría que crear un procedimiento de extracción —se anticipa Sofía.

—Este es el segundo (aunque no por ello menor) problema: estamos hablando de un dispositivo permanente; una vez insertado, no se prevé su extracción.

No existe un protocolo de extirpación y, por tanto, si a un cirujano se le pide que retire el Nomyra, en caso de que acepte, estará asumiendo un riesgo sanitario descomunal.

—Entonces ¿las pacientes deberían someterse a una histerectomía para librarse del Nomyra? —pregunta Sofía.

—En medicina se suele desaconsejar la extirpación de un órgano sano: el útero, además de su función reproductiva, desempeña un importante papel en la producción y regulación de las hormonas. Una salpingectomía laparoscópica, para los profanos una extirpación de las trompas, es más conservadora.

—¿Es lo que le practicó a Casey Jameson? —pregunta ella de nuevo.

—Sí, pero el hecho es que, al no estar demostrado que existe una relación entre los trastornos y la implantación del Nomyra, se consideraría una intervención innecesaria, las aseguradoras no la cubrirían y, por consiguiente, resultaría demasiado cara para que la paciente pudiera sufragarla.

—Sin embargo, la intervención que le practicó usted a Casey resolvió el problema —señalo yo.

—Casey fue muy valiente, confió en mí y asumió todos los riesgos.

—Y ahora está mucho mejor —afirmo.

El doctor asiente, pero añade:

—Una paciente no hace estadística.

—¿Aunque se haya recuperado por completo de los trastornos que padecía desde que empezó a llevar el Nomyra? La relación es evidente —insiste Sofía—. ¿Según usted, doctor, la hipótesis de que la causa esté en el dispositivo es plausible?

—Más que plausible.

—Entonces díganos cómo debemos proceder.

—Ante todo, deben verificar a través de la Food and Drug Administration que el Nomyra fue aprobado para su comercialización; obtener la documentación y los estudios presentados, además de comprobar si hubo denuncias.

Aquí estamos en California, pero el dispositivo se comercializa en todo Estados Unidos.

De hecho, en todo el mundo, y es posible que haya denuncias presentadas en otros lugares.

—Yo me encargo de la FDA. —Mi familia conoce a todo el mundo en las altas esferas administrativas. No será difícil pedir que nos devuelvan algún favor—. ¿Quién fabrica el Nomyra?

—La Lesser-Lachance, una compañía de Seattle adquirida por Whitaker Chemical —responde el doctor, al tiempo que saca un folleto informativo del cajón—. Bastante influyente.

—La Whitaker Chemical es toda una potencia —señala Sofía.

—No estarán muy dispuestos a que metamos las narices en sus asuntos —admite el doctor.

—Él es bastante bueno en eso de meter las narices en lo ajeno —comenta Sofía señalándome—. ¿Y qué más?

—Datos. Se necesitan muchos datos, testimonios de pacientes, informes médicos.

Yo puedo poner a su disposición mi consulta y a mis colaboradores, pero no bastará solo con nosotros.

Doscientos veinte pacientes son muchos. Imagínense si añadimos más.

Sería mejor que todo fuese oficial, pero imagino que están actuando a nivel «informal» —sugiere Folger.

—Si la cosa no fuera ilegal, ella ni siquiera se levantaría de la cama —comento.

—Reuniremos a todas las mujeres que lleven el Nomyra y que hayan acusado trastornos.

Las convocaremos con la excusa de celebrar una fiesta y les explicaremos el caso —explica Sofía, entusiasmada—.

También contaremos con el apoyo de Casey, y esperamos que muchas pacientes participen en la investigación.

De este modo habría motivos suficientes para interponer una demanda contra la empresa y reclamar una indemnización.

—Y sin duda usted se encargará de todo ello, ¿verdad, señorita Cortez? —bromea Folger.

—Hasta tal punto que no hay quien le siga el ritmo —añado yo.

—Cuenten con mi colaboración, pero les ruego que sean discretos; mientras los asesoro, debo seguir ejerciendo mi profesión y atender a mis pacientes con toda tranquilidad. Me quedan pocos años para jubilarme, y me gustaría pasarlos sin ser expulsado de la profesión.

Sofía se pone en pie y le tiende la mano para despedirse.

—No podemos prometérselo, pero haremos todo lo posible por evitarlo. Gracias por su ayuda, lo mantendremos informado.

El doctor nos hace salir tan cautelosamente como hemos entrado, por la puerta de servicio.

—Perfecto. Tareas precisas y bien diferenciadas: la FDA para ti y las pacientes para mí —señala Sofía mientras se dirige hacia el coche—. Rápido e indoloro.

Pero yo me percato de un detalle que a ella se le ha escapado.

—Lo de «indoloro» no lo sé, pero lo de «rápido» está por ver —le replico.

—¿Por qué?

Apunto con el dedo en dirección al neumático trasero izquierdo, que está desinflado a ras de suelo.

—Espero que tu amigo de El Cielo no tenga prisa.