49. Hayden
Hayden
A la mañana siguiente, llevo a Ashley a Laguna Beach. Durante todo el trayecto habla alegremente del colegio, de caballos, de una fiesta de disfraces con sus amigas, de cómo le gustaría decorar su habitación.
En cuanto Madison nos abre la puerta de casa, Ashley la saluda con un abrazo y luego desaparece en la sala de juegos para coger su mochila.
—¿Quieres entrar? —me pregunta Madison—. Podemos acompañarla a la escuela y después nos tomamos un café o un té.
—No, gracias. Tengo que volver a Los Ángeles.
—A Ash le gustaría que la lleváramos los dos —insiste. Apoya una mano en mi brazo y añade, como si me hiciera una confidencia—: Y a mí también.
—No es necesario —respondo concluyente—. Así confundiríamos a Ashley, y no hay más que hablar.
Madison deja escapar una risita sarcástica.
—Hace un mes no te pareció tan mala idea.
Hace un mes casi acabamos acostándonos. Esa noche, después de un torneo de equitación de Ashley, me quedé charlando con Madison después de haber llevado a la niña a la cama. Me besó y acabamos en la habitación. Pero, cuando ya había empezado a desnudarme, recobré la lucidez y me detuve.
—Lo que pasó fue un error, y no una tentativa de acercamiento —le dejo claro.
Justo en ese instante, aparece Ashley e interrumpe la conversación.
—Mamá, ¿sabes que papá tiene una amiga que parece una Barbie gigante? Se llama Sofía e hicimos pulseras juntas. Mira —le explica, mostrándole la muñeca rodeada por una sarta de cuentas de colores.
—Es bonita —comenta Madison con frialdad—. ¿Una amiga, has dicho?
—¡Sí! Tiene el pelo largo hasta aquí. —Ashley se señala la base de la espalda—. ¿Puedo dejármelo crecer como el de ella?
Y yo que pensaba que su mente, tan veloz y selectiva, ya habría borrado el episodio.
—Ya veremos. —Madison esboza una sonrisa—. Y ahora sube al coche, que hemos de ir al colegio. Mamá irá enseguida.
Me agacho para despedirme de mi hija, que me estampa un beso en la mejilla.
—¿Me comprarás el disfraz de hada de los unicornios para la fiesta de Misha?
—Ahora mismo lo pido.
—¡Gracias! ¡Tengo tantas ganas…!
Pero, en cuanto Ashley se aleja, Madison me está incinerando con la mirada.
—¿Qué pasa?
Mi pregunta es meramente formal, porque ya sé que está a punto de armarse una trifulca.
—Eso no es lo que habíamos acordado tú y yo. Nada de mujeres en casa cuando estés con Ashley. Ya que apenas la ves, lo mínimo que podrías hacer es prestarle toda tu atención. Por no hablar de lo de permitir que jueguen juntas…
—En siete años no he incumplido jamás nuestro acuerdo, fue un imprevisto. Igual que tu llamada de ayer, a la que respondí de inmediato.
—Eso es distinto, yo tenía una entrevista.
—Y yo no puse ninguna pega. Antes de partir para Europa, quiero pasar todo el tiempo posible con Ashley, y tus imprevistos también son bienvenidos.
—Perfecto, entonces me iría bien que la recogieras el lunes por la tarde: toma nota. A propósito de Europa, he encontrado esto en la casita de las Barbies de Ashley —me dice, dándome un golpecito en el pecho con mi pasaporte—. Puedes usarlo para irte a hacer puñetas, ya puestos.
—Gracias, seguiré tu consejo —le indico, haciendo caso omiso de su provocación, y emocionado por el intento de mi hija de evitar que me marche—. El lunes tendré a Ash. Puede quedarse a dormir en mi casa y al día siguiente la llevaré a la fiesta de cumpleaños con disfraces de Misha.
—¿El lunes también estará la tal Sofía? —me pregunta en tono hostil.
—Eso no lo sé. Podría ser.
—En vista de que es una mujer que interactúa con nuestra hija, creo que lo más correcto sería que la conociera. Debo cerciorarme de que no sea una persona problemática.
—La conoces —afirmo.
Madison sacude la cabeza, sorprendida.
—¿La conozco?
—¿Te acuerdas de Sofía Cortez, de la USC?
Su expresión pasa de la sorpresa al desconcierto.
—¿Esa Sofía Cortez? ¡Dios mío, qué bajo has caído! Hayden, si no eres capaz de encontrar nada mejor, es que estás en las últimas.
—Deberías recordar que ya hace mucho tiempo que tus opiniones me importan un bledo, y, aunque no sea asunto tuyo, estamos trabajando en una investigación.
—¡Pues peor aún! —me suelta ella, riéndose—.
Si se tratara de un polvo, aún podría entenderlo; todo el mundo pasa por periodos de aburrimiento, pero, si has acabado trabajando con la adalid de las causas perdidas, señal de que Wild Wild West no debe de andar muy boyante. ¿O es que ahora te dedicas a mendigar?
— Wild Wild West goza de una excelente salud y, a estas alturas, ya deberías saber que yo solo invierto mi tiempo en proyectos que valen la pena.
Si te hubieras molestado en intercambiar cuatro palabras con ella, en lugar de darle órdenes en la cafetería cuando estábamos en la facultad, te habrías percatado de que Sofía posee una mente aguda y brillante.
A decir verdad, no creo que hubieras sido capaz de sostener ni cinco minutos de conversación con ella, ni entender siquiera de qué te estaba hablando.
—Oh, ¿y tú, en cambio, sí?
—He conversado más con ella en tres semanas que contigo en tres años.
Madison alza las manos.
—¡Perdona! Menos mal que entre vosotros solo existe una relación profesional. ¡No quiero ni imaginarme cómo la defenderías si os acostarais!
—Sería curioso descubrirlo. Si se da el caso, te lo haré saber, por si te interesa. —Le doy la espalda y me dirijo hacia el coche, que tengo aparcado en la acera—. Hasta la próxima, Mads.
Ella se limita a responderme dando un portazo, lo cual me produce cierta satisfacción por el simple hecho de haberla cabreado.
Mientras regreso a Los Ángeles, Sofía me informa, mediante un mensaje gélido y escueto, de que la cita en Montecito será a las siete, y que espera que sea puntual.
Le respondo que esta tarde he de prestarle el coche a Corey —tiene una cita, ¡gracias a Dios!
— y ella me contesta que pasará a buscarme y que la espere delante de mi edificio, a la hora acordada.
Le respondo: «A sus órdenes, consejera delegada», pero ella, aunque ve el mensaje, no me contesta.
Vale, puede que ayer se cabreara de verdad. No es que yo lo dudase, pero esperaba que ya se le hubiera pasado.
He visionado tres mil veces la película mental de nosotros dos en aquel puñetero rellano, y cada vez que he probado a imaginarme que hacía las cosas de otra manera, al final todo acababa jodiéndose: ella arrepintiéndose; ella acusándome de haberme aprovechado de un momento de debilidad por su parte; ella sintiéndose culpable por ese gilipollas que está en Nicaragua o en las quimbambas, dejándolo todo colgado y marchándose… No habríamos salido bien parados.
Si yo fuera una persona inteligente, o cuando menos con una inteligencia media, debería esperar a que concluyéramos la investigación, a fin de que ya no nos uniera ningún vínculo profesional.
Y, puesto que ella ha decidido mantenerse a distancia de cualquier zona gris que hubiera entre nosotros, lo mejor que puedo hacer es adoptar un perfil riguroso e inflexible.
Mi resolución dura hasta que Sofía pasa a buscarme con un vaporoso conjunto de dos piezas blanco con vuelo, hombros escotados, un corpiño de ante que le ciñe la cintura, un dobladillo de encaje a la altura de los muslos y unas botas de montar con tacón.
Cuando bajo, la veo apoyada en su Cadillac rosa, esperándome con los brazos cruzados.
—Te dije que estuvieras abajo —me dice a modo de saludo.
—Me han entretenido al teléfono.
—¿Quieres subir o no? —me pregunta malhumorada—. ¿Qué estás mirando?
—Hum… Bonitas botas.
—Gracias, son nuevas. Las he cargado en tu cuenta de gastos, ya que hemos de ir a Montecito por la investigación —me indica, y se sube al coche dando un portazo—. Otra cosa: no soy tu chófer, así que, si vas a llegar con retraso, avísame.
Subo por el lado del pasajero, y la puerta chirría tanto que temo que me quede con ella en la mano.
—No eres mi chófer, pero yo sigo siendo tu patrocinador, puesto que el espacio para el reportaje te lo cede generosamente Wild Wild West .
—Ponte el cinturón —refunfuña, al quedarse sin argumentos con los que replicar.
—Supongo que escucharemos tus pódcast hasta Montecito.
—Supones bien.
—¿Has llenado el depósito? —le pregunto.
—Sí.
—La aguja indica que está por la mitad —la aviso.
—No funciona. Lo he llenado, pero, si no fuera así, existen gasolineras, West.
—¿Hemos vuelto a los apellidos?
—Es más profesional.
—Estoy de acuerdo. En cuanto a lo de «profesional», no creo que tu vestido encaje demasiado con esa definición, Cortez —le hago notar.
—No veo por qué tienes que opinar sobre mis vestidos, ni sobre ninguna otra cosa que no sea estrictamente profesional, pero resulta que he elegido este conjunto porque después tengo una cita —me informa complacida—. Cuando volvamos a Los Ángeles, he quedado con alguien.
—Montecito está casi a dos horas en coche; llegaremos tarde para cenar.
—No importa, y, en cualquier caso, no voy a cenar con él. Ah, hemos quedado en El Cielo, así que gracias por devolverme el pase.
«Con él». Luego, es un hombre.
—¿Lo conozco?
—No tengo ni idea. Puede. Aunque tampoco creo que te importe.
—La verdad es que no me importa.
Es mentira, pero, si ha de jugar a «un clavo saca otro clavo», mejor que lo haga con un tío elegido al azar.
Sofía pulsa un botón y la voz de las dos podcasters llena el habitáculo, impidiendo cualquier conversación, aunque, en vista de cómo está el ambiente, es mejor que permanezcamos callados, o no llegaremos vivos a Montecito.
Sofía tiene instrucciones de entrar por la puerta trasera, en lugar de por la puerta principal de la consulta de Folger.
Cuando pasamos, observo que no hay nadie más aparte de nosotros, ni siquiera en la recepción, salvo un hombre de unos cincuenta años, canoso y bronceado, que nos da la bienvenida.
—Cortez y West —nos presenta Sofía.
—Extremadamente puntuales. Pasen, si son tan amables.
El hombre nos indica que lo sigamos a través del pasillo de la sobria y elegante clínica.