50. Sofía
Sofía
—M i alternativa de llamar a un mecánico sigue estando en pie —comenta Hayden entre resoplidos, agachado delante de la rueda averiada, mientras desenrosca las tuercas con la llave de cruz. Yo estoy a su lado, pasándole las herramientas.
—Ya han cerrado todos, así que nos lo cobrarían como horas extras, cuando es un trabajo que podemos hacer nosotros perfectamente —discrepo.
—De momento, soy yo quien lo está haciendo.
—Había empezado yo, pero tú me interrumpiste con tu necesidad de afirmar tu rol de macho alfa.
—No trataba de afirmar mi rol. Estabas desenroscando las tuercas antes de levantar el coche con el gato, Sofía.
—Vale, nunca había cambiado una rueda, pero así se aprende. Tú tampoco me pareces muy experto, en vista de que me has hecho buscar un videotutorial —le hago constar, mientras en mi móvil tengo en pausa un vídeo titulado «Cambio de neumáticos para principiantes».
—No me extraña que hayamos pinchado. ¿Has visto qué delgada está la banda de rodamiento?
Hemos tenido suerte de que no estallara por el camino —me reprende mientras saca el neumático pinchado de la llanta—.
Una pregunta: ¿has repuesto alguna vez los neumáticos, o son los originales de antes de la guerra?
—Los repuse hace poco —respondo.
—¿Qué entiendes tú por «hace poco»?
—Unos tres años. Casi cuatro. Y medio. Máximo cinco. ¿Y eso qué importa? Tengo la de repuesto, ¿no? ¡Está todo en orden!
—Es una cuestión de seguridad, Sofía —me replica Hayden—. Cada veinte mil kilómetros deberías cambiar todo el juego, o bien cuando la banda de rodamiento es más delgada de tres milímetros; de lo contrario, el menor golpe se convierte en un riesgo.
—Todos no somos Míster 911, que cambia de ruedas como si cambiara de zapatos.
—¿Quieres parar de una vez con la historia de Míster 911? ¿Por qué te empeñas en llamarme así?
—Todos te llaman así —señalo—. ¡No me digas que no lo sabías!
—No soy el único propietario de un Porsche 911 en Los Ángeles. La rueda de recambio, gracias.
Hago rodar el neumático hacia él.
—Es por eso, pero no solo por eso.
—Eres una periodista, deberías ser la primera en dudar de lo que dicen por ahí. No todo lo que se cuenta de mí es cierto.
Quizá esto sí le gustaría que fuera cierto, pero ¿quién soy yo para contradecirlo?
—Puede que tengas razón.
Recojo las tuercas del suelo para que vuelva a atornillarlas; se las paso de una en una, y ese gesto provoca que nuestros dedos entren en contacto. Es un roce casi imperceptible, como el de nuestros labios ayer por la noche.
Cuando me dijo que no me besaba, sentí que me precipitaba en el vacío.
Nunca había caído a tanta profundidad. Casi no pude dormir de los nervios.
Acabé descargándome MatchMe, la aplicación de citas, y me puse a evaluar los perfiles de todos los hombres de Los Ángeles mayores de veinte años y menores de cincuenta.
Los descarté a casi todos salvo a Brighton —bombero, treinta y siete años, de Sherman Oaks—, con quien hice un match poco después.
Iba a quedar con él ayer, pero tenía guardia, así que nos hemos citado esta noche en El Cielo.
Se ve majo, pero, aun a riesgo de parecer superficial, no me interesa su personalidad.
Y sospecho que a él tampoco le interesa la mía, así que estamos a la par.
—Deberías tener otro tornillo. De lo contrario, tenemos un problema —dice Hayden.
Se lo paso.
—Ten.
Y ya estamos de nuevo, nuestros dedos se tocan otra vez. Aparto la mano enseguida para no prolongar el contacto.
En cuanto Hayden baja el gato, estamos listos para partir.
—Yo diría que como mínimo me he ganado el privilegio de escoger la emisora de radio, ¿no?
—Te lo concedo.
Él se frota las manos para limpiárselas, sin resultado.
—Tengo toallitas húmedas —le indico mientras las saco del bolsillo de la puerta—. Pero quizás podríamos parar en la primera estación de servicio que tenga baño.
—Y restaurante. ¿No te apetece comer algo? —me pregunta entrando en el coche.
—No, porque llegaríamos a Los Ángeles demasiado tarde —respondo mientras me pongo al volante.
—A tu cita —precisa él.
—También.
—Estaba pensando que, ya puestos, yo también podría pasarme por El Cielo.
—Ni hablar —exclamo, inamovible.
—Resulta divertido que te creas capaz de impedírmelo —comenta.
Al diablo con ello. Mejor.
—Pues ven, no hay problema. Disfruta de tu velada, que yo disfrutaré de la mía.
¿Me ha rechazado? Estupendo, porque no pienso esperarlo.
—Lo importante es que lo avises de que volverás a llegar tarde.
—Él ya sabe lo de la rueda pinchada.
—No lo digo por eso, es que, por si no te has dado cuenta, has tomado el camino que no es. Te has pasado el desvío a la Estatal 102, y ahora vamos en dirección a Santa Clarita.
—¡Oh, Dios mío! ¿Esa era la salida a la Ventura Free Way?
—Sí —asiente complacido—. Llegaremos igualmente a Los Ángeles, pero una hora más tarde de lo previsto.
—¿Y no adivinas quién tiene la culpa? Tú, West.
—Yo no estoy al volante.
—Me distraes con tu cháchara inútil. Hazme un favor: ¿podrías estar callado el resto del viaje?
—No lo sé. ¿Me lo preguntas para saber si soy capaz?
—El condicional es un tiempo de cortesía, West. Cállate.
—¿Puedo cantar?
—No.
—¿Silbar?
—Tampoco.
—¿Tamborilear con los dedos en el canto de la puerta?
—Solo si prefieres que te los corte subiendo la ventanilla.
No puede saber que el botón está estropeado y no cierra del todo.
—Como quieras.
Y todo ha ido bien hasta que, pasado Fillmore, de pronto, mi coche ha empezado a traquetear y a toser, y se detiene.
—¡No, no, nooo! —gimoteo, agarrada al volante con todas mis fuerzas.
—Puede que te hayas fiado demasiado de la aguja rota del indicador.
—Habíamos quedado en que te estarías callado, creo recordar.
—Me ha parecido un buen momento para romper el silencio.
—Pues te ha parecido mal.
—En cualquier caso, eso no cambia el hecho de que nos hemos quedado secos.
—Imposible.
—No lo digo yo, lo dice tu coche.
—Vale, pensemos. Acabamos de pasar una gasolinera, ¿no? En el maletero llevo dos bidones: voy hasta allí a pie, los lleno (bastarán para volver a la gasolinera y llenar el depósito), y nos ponemos en marcha de nuevo —anuncio, la mar de optimista.
—¿Quieres ir andando sola hasta la gasolinera? —me pregunta extrañado.
—Alguien debe quedarse vigilando el coche, no sea que lo roben.
—Desde luego, el riesgo es altísimo —comenta con sarcasmo.
—Podrían venderlo por piezas —discrepo—. Si quieres ir tú, yo me quedaré vigilando.
—De eso nada, iremos juntos a la gasolinera —responde categórico, zanjando el tema.
—De acuerdo, pero con una condición: que no abras la boca hasta llegar a la gasolinera.
—¡¿Solo acepta metálico?! —exclamamos Hayden y yo al mismo tiempo delante del surtidor.
Hemos caminado casi media hora, y estamos como al principio.
—Yo solamente llevo tarjetas —indica él.
—Yo también.
—Pues tenemos un problema —anuncio con un resoplido—. Ojalá hubiera un cajero automático para sacar dinero.
—O bien… —empieza a decir él— entramos en ese bar, nos tomamos algo (ya que de todos modos necesitamos ir al baño), pagamos con la tarjeta y que también nos den algo de efectivo. ¿Qué te parece?
No es mala idea, pero ni puedo reconocérselo directamente.
—Por probar, que no quede.
Que esa caja de zapatos abandonada a su suerte en medio de la nada, al otro lado de la carretera, es un bar solo es posible intuirlo por el estilizado cartel de neón que representa una copa de cóctel en cuyo interior parpadean dos aceitunas de color rosa, y por el ir y venir de coches en el aparcamiento.
El gorila de la puerta nos mira de arriba abajo y pregunta:
—¿La chica está aquí por el open stage ?
—¿Eh? —pregunto sin entender nada.
El portero señala el cartel que hay a su espalda y en el que se puede leer, compuesto con grandes letras llamativas, el siguiente texto:
«10.00 p. m. Open stage . Setlist prefijada».
—Hum… Sí, sí. El open stage —le confirma Hayden.
—Muzzy, aquí hay otra para el open stage . Díselo a Steve —le grita el gorila a un tío que debe de estar al otro lado de la puerta, y se vuelve de nuevo hacia nosotros.
—Seguid a Muzzy,
—¿Para qué ha dicho que estoy aquí? —le susurro a Hayden.
—No tengo ni idea, pero estamos en medio de la nada: entremos y a ver qué pasa
—Este bar me parece muy raro —le susurro, pero, como dice Hayden, está en medio de la nada, así que debemos contentarnos con lo que hay.
Más allá de la puerta hay un corredor oscuro y estrecho, a través del cual nos llega amortiguado un sonido de música dance .
— ¿Open stage? —nos pregunta un tipo que debe de ser Muzzy—. ¿Cómo te llamas, señorita?
—Sofía.
—Por aquí.
Y, en cuanto Muzzy abre la segunda puerta, lo entendemos: es un bar, sí, pero para adultos.
En el local centellean unas luces estroboscópicas que giran en el techo; varios grupos de mesas y butacas bajas rodean un escenario con una barra de lap dance , donde unas chicas bailan semidesnudas.
—¡Steve! —Nuestro anfitrión agita la mano para llamar la atención del camarero y me señala—. Esta es la del open stage , se llama Sofía. Ponla en la primera franja disponible y que baile.
Así que esto era el open stage .
—La verdad es que yo…
Pero no me deja terminar y apunta a Hayden con el dedo.
—¿Tú eres su chico? Búscate un sitio y no crees problemas. Consumición obligatoria.
—En realidad, el coche nos ha dejado tirados…
—¿Tengo pinta de mecánico? —le gruñe y se marcha—.
Conque Sophie, ¿eh? Hay un hueco después de este número —me dice el tal Steve, vestido de cuero de pies a cabeza mientras agita una coctelera en el aire—.
Este es el trato: tienes todo el escenario para ti mientras dure la canción, y de las propinas que consigas, un sesenta por ciento será para ti y un cuarenta para el local.
Nadie te tocará; los gorilas se asegurarán de que tengan las manos quietas.
—Por cierto, soy Sofía, no Sophie, y en cualquier caso lo habéis entendido mal. Yo no estoy aquí para bailar —grito para que me oiga de una vez—. Nos hemos quedado sin gasolina y necesitamos repostar, pero la gasolinera no acepta tarjetas de crédito.
—Pues usad dinero en efectivo. ¿Qué queréis de nosotros? —inquiere.
—Si tuviéramos, no estaríamos aquí —le dice Hayden—. ¿Qué te parece si te pagamos una consumición con tarjeta, y tú nos devuelves el cambio en efectivo? Te compro el champán más caro que tengas y te pago el doble por él.
Steve se echa a reír.
—¿Acaso llevo escrito «Reserva Federal» en la frente?
—No, pero un poco de altruismo tampoco estaría de más —le sugiere.
—Conozco muy bien a las parejas de timadores como vosotros: fingís que estáis en dificultades, mendigáis ayuda y luego estafáis a quien os la presta.
Puede que las tarjetas sean robadas, o que anuléis la transacción en cuanto tengáis la pasta en el bolsillo.
Pero, si quieres tomar algo, puedo destaparte una estupenda botella de Guyana Diamond, amigo.
—¿Y tú no podrías anular la transacción igualmente? —lo desafía Hayden.
—Mi barra, mis reglas.
—Sirve el ron, al menos; mientras tanto pensaremos en algo.
Steve coge una botella de la estantería de licores selectos, sirve un poco en un vaso de cristal y se lo pasa a Hayden.
—Son sesenta dólares.
—Es ron, no una medicina que salva vidas.
—En ese caso, el precio ha subido a setenta.
Hayden le tiende la Visa.
—Ladrón.
El disc jockey anuncia el cambio de número.
—Y ahora despidamos con un caluroso aplauso a Martha y a Sue, y recibamos a la siguiente artista: ¡Sophie!
Ojalá se me tragase la tierra.
—Te están llamando a ti —me apremia Steve.
Me vuelvo hacia el escenario con disgusto. Dos chicas están bajando y un empleado que acaba de barrer la pista les entrega un puñado de billetes.
—¡Hola, chicas, qué gran noche! —las saluda el camarero.
—Estos son tuyos. Te tocan cien —responde una de ellas, poniéndole el dinero en la mano.
—¿Disculpa, eso son cien dólares? —le pregunto estupefacta—. Si esto es el cuarenta por ciento, significa que ellas se han llevado doscientos cincuenta dólares en propinas.
—Entre las dos, sí —me confirma Steve.
Entonces, una sola podría ganar ciento veinticinco dólares, que, una vez descontado el porcentaje del bar, quedarían en setenta y cinco. Con sesenta lleno el depósito de mi coche.
—Ten —le digo a Hayden, encajándole mi bolso en el pecho—. ¡Y dame el ron!
Le arranco el ron de las manos y me lo bebo de un trago.
—¿Qué significa esto? —inquiere él.
—Oye, Steve, ¿tengo que desnudarme del todo? —le pregunto al barman.
Este se encoge de hombros.
—Haz lo que quieras. Cuanto más te desnudes, más dinero.
—Sophie —me reclama el que ya está pinchado la base de fondo—, te estamos esperando.
—¡Ya voy! —grito, y le devuelvo la copa a Hayden.
—¿Adónde vas?
—A sacarnos de este embrollo —le respondo, mientras doy media vuelta y subo al escenario.
—Por cierto, me llamo Sofía —le grito al disc jockey .