44. Sofía
Sofía
M is últimas palabras aún vibran en el silencio de la habitación.
No me atrevo a mirar a Hayden.
¿Cómo hemos llegado a esto? Estábamos hablando de Ashley y de él, y ahora estamos hablando de Rafael y de mí.
En realidad, más de mí.
—¿Tú querrías?
—No sé lo que quiero. —Trago saliva, atenazada por la tensión del momento y también porque me siento culpable—.
Te aseguro que no quería ser la tercera en discordia en tu relación, en caso de que hubiera sido a la inversa, porque sé perfectamente lo que se siente al saber que siempre hay otra mujer al lado de tu compañero de vida, y necesito cada gramo de confianza para no dudar de él.
Yo tenía la certeza de que había una presencia femenina estable en tu vida, pero no sabía que era Ashley.
—Pues ahora ya sabes que es mi hija, y no una pareja que se consume de celos al vernos juntos, de modo que el círculo de los motivos ya se ha reducido —insiste Hayden—. Y no me vengas con el cuento de lealtad, porque Rafael no es leal contigo.
—Si te estás refiriendo a tu «exclusiva», has de saber que aún no tienes nada que la fundamente. Vale, se fue de vacaciones a los trópicos con la familia de Lynette… Hace meses que trabajan juntos, y eso es algo que los amigos suelen hacer.
—¡¿Amigos?! —exclama Hayden con expresión escéptica—. Muy bien, pues entonces siéntate en mis piernas como hacía Lynette con Rafael en la foto, si es algo tan normal entre amigos —me desafía.
—Nosotros no somos amigos, Hayden.
—¿Ah, no? ¿Y entonces qué somos?
—No lo sé, pero seguro que amigos no. Los amigos no deberían hacerme sentir así.
—¿Así, cómo?
—Como si estuviera suspendida del borde de un precipicio con los dedos, pero, en lugar de tener miedo de caerme, estuviera ansiosa por soltarme.
—Hazlo. ¿Qué te lo impide?
—El miedo a descubrir que me gustaría demasiado.
—No soy psicólogo, pero permíteme que te diga una cosa: Rafael no es tu padre.
No volverá contigo solo porque sigas aferrándote a las míseras atenciones que te brinda, ni porque estés ahí cuando te necesite y te utilice, ni porque hagas la vista gorda ante sus escapadas.
Abandona esa fantasía irracional y ten el valor de aceptar las cosas como son.
—No tienes derecho a entrometerte en mi relación.
—Pero te apuesto lo que quieras a que, desde que publiqué el artículo sobre Lynette, todos los días estás pendiente de sus redes sociales, ¿no es así?
Es más, te sientes más interesada por las de ella que por las de Rafael.
—La voz de Hayden suena desafiante y autocomplaciente.
Tiene razón, y lo sabe—. ¿Hoy ya le has echado un vistazo?
—He estado muy ocupada,
—Enséñame el teléfono.
—Ni hablar.
—Muy bien, en ese caso me lo tomaré como una confesión
—Vale, está bien —claudico. Hundo la mano en el bolso y saco el móvil. Abro la aplicación y en la barra de búsquedas, como era de esperar, la última cuenta visitada es la de Lynette—. ¿Ya estás contento?
Hayden cliquea el nombre y abre su perfil. Hay una nueva serie de fotos.
La primera es un primer plano de ella, aunque sin la menor duda alguien la abraza por detrás y apoya el mentón cubierto de una barba oscura en su hombro izquierdo.
En el pie de foto pone «Caliéntame». La segunda foto del álbum muestra el interior de una tienda de campaña, desde donde dos personas con las piernas entrelazadas contemplan la puesta de sol.
La mochila que se ve en la esquina me resulta familiar, y su propietario no debería tener las piernas entrelazadas con nadie.
Duele, pero donde debería. No duele en el corazón, duele en las vísceras, en el orgullo.
—Ahí tienes la recompensa por tu esfuerzo mental —comenta Hayden.
—Estoy segura de que debe de haber una explicación —replico, defendiendo a Rafael solo por defender mi dignidad.
—Siempre habrá una explicación, aunque sea la más estúpida de todas, si tú estás dispuesta a creerla.
Brutal pero honesto.
Y, aunque me corroe el estómago hasta perforármelo, su teoría de que me conformaría con las migajas mientras esperaba su regreso, como cuando de niña y de adolescente creía que, si era lo bastante buena, mi padre se presentaría en la puerta de casa, tal vez para bailar conmigo el primer baile de mi quinceañera, tiene su fundamento.
Pero mi padre, aunque no sea digno de tal título, no es más que un mero donante de ADN, un cobarde. Y Rafael no es mejor.
—Cuando vuelva, hablaré con él…
—Hazlo ahora —me incita Hayden—. ¿Para qué esperar?
Como si quisiera salvarme en el último instante, la batería de mi móvil, siempre al límite, se ha agotado.
—Mira, tengo el teléfono sin batería.
—Usa el mío. —Inamovible, me pasa su móvil—. Seguro que te sabes el número.
—No discutiré una cuestión tan importante en tu presencia.
Hayden enarca una ceja.
—Eso me lo dice la que se ha presentado en mi casa hace una hora sin avisar, irrumpiendo en mi privacidad y en la de mi familia, y obligándome a contarle algo que para mí es tan privado como lo suyo.
—¿Me estás proponiendo un intercambio?
—No lo sé. ¿El respeto hacia ti misma tiene algún valor?
—Niega con la cabeza, molesto—. ¿Sabes lo que más me cabrea de ti?
Que cuando estás metida en una investigación eres capaz de mover montañas para que la verdad salga a la luz.
No comes ni duermes hasta que no obtienes lo que buscas; no te importan los peligros, ni tu salud, ni quebrantar la ley, pero cuando se trata de tu vida privada, de ti misma, te sitúas en el último lugar. Incluso en lo referente a tu relación.
—No es cierto.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste seis horas seguidas? ¿O que tomaste una comida sana, completa y equilibrada? ¿Has arreglado la jodida puerta?
No.
—¡Tú ganas! Dame eso —le ordeno, arrebatándole el teléfono.
Tecleo el número de Rafael y pulso «llamar».
La pantalla parece estar helada al contacto con mi mejilla ardiente, mientras pasan los segundos y el tuut-tuut de la línea me martillea el oído.
¿Qué le digo? ¿Cómo empiezo? ¿Qué tono de voz empleo? ¿Exigente, enfadado, decidido, decepcionado?
El tuut-tuut se interrumpe, y un rumor al otro extremo me confirma que alguien ha respondido, pero, antes de llegar a abrir la boca, un arrebato de ansiedad me impulsa a colgar.
Hayden me fulmina con la mirada. «Ni se te ocurra», parece advertirme amenazante, así que vuelvo a llamar.
Esta vez, la respuesta es inmediata, pero, yo titubeo unos segundos, antes de llenar el silencio.
—Hola, Rafael.
Pero al otro extremo oigo una voz distante de mujer.
—Amor, te están llamando desde un número desconocido. Ya es la segunda vez: ¿les digo que estás en la ducha y que llamen más tarde?
«Amor».
A lo lejos se escucha el sonido amortiguado de un chorro de agua.
—Sí, Lynny. Pregunta quién es y qué quiere, por favor. Después, ven conmigo, que así no desperdiciaremos el agua.
Pulso con un gesto de hastío el botón de fin de llamada y le devuelvo el teléfono a Hayden.
—Rafael está ocupado —le digo sin entrar en detalles.
—Sí, duchándose con Lynette —me responde.
—¡Me has estado espiando! —lo acuso.
—¿No te has dado cuenta de que lo tenías en «altavoz»? Lo activaste cuando te acercaste tanto el teléfono a la cara.
Perfecto, una humillación en directo, y encima con público.
—Bien, no tengo nada que decirle. Somos personas adultas. Al parecer, la ha elegido a ella, aunque podría haberse molestado en comunicármelo, en lugar de aprovechar la distancia para hacer ver que no pasaba nada. Ya has tenido el espectáculo que querías, por lo que supongo que estarás contento.
Me pongo en pie, me cuelgo el bolso del hombro. La correa me tira del pelo, pero finjo que no me ha dolido.
Hayden también se pone en pie de un salto.
—No estoy contento, ¿me crees tan sádico?
—Yo había venido aquí a hablar de trabajo, pero hemos acabado hablando de cosas personales.
—Tal vez porque entre tú y yo existe una relación más personal de lo que creemos, Sofía.
—No quiero nada personal contigo.
—Esta vez repítelo creyéndotelo, porque ayer no me lo pareció, ni mucho menos —me replica.
—¿Y a ti qué más te da? Te gustaba cuando éramos estudiantes de primer año, pero ese tiempo pasó. Ahora ya da lo mismo. —Cada vez elevo más el tono de voz.
—No da lo mismo, porque he comprendido que me sigues gustando, y verte así me parte el corazón, joder —exclama de repente.
—¿Yo… te gusto? —repito desconcertada, y pregunto—: ¿Te sigo gustando?
Hayden acerca su mano a mi rostro y lo levanta. No sé si tiemblo yo o si son sus dedos. Pasea la mirada por los rasgos de mi cara, como si estuviera estudiando cada detalle.
—Me gustas tanto que me pasé una noche entera escuchando tu respiración, que había quedado grabada en el vídeo.
Hayden apoya su cabeza en la mía, entreabro los labios y…
Corey entra por la puerta con Ashley en brazos, dormida.
Los dos retrocedemos un paso y volvemos a guardar la distancia adecuada.
—Después de tomarnos un helado, la he acompañado a saltar a las camas elásticas.
De regreso, me ha pedido que la llevara a caballito porque le dolían los pies, y se ha quedado dormida como un tronco —nos explica jadeante mientras la deja en el sofá—.
No sé cómo decirle que ya ha crecido demasiado para cargarla a caballito dos kilómetros.
—Le pongo el pijama y la llevo a la cama —indica Hayden, recuperando la compostura.
—Me voy. Tú y yo ya nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos. Y puede que más —me despido, aliviada hasta cierto punto por la presencia de Corey, y hasta cierto punto… ¿decepcionada?
Me dirijo a la puerta de entrada y Hayden me sigue en cuanto empiezo a avanzar.
—Espera, te acompaño al ascensor.
Recorremos el pasillo uno al lado del otro en silencio, hasta el ascensor.
—Lo has hecho muy bien —me dice en cuanto pulso el botón de subida.
—No tanto. Al final podría haber dicho muchas cosas y no lo he hecho.
Podría haber hablado con Lynette, dejarle claro que sé lo suyo con Rafael y que, para su alegría, se lo cedo todo a ella.
Que no quiero a un hombre que no me quiera, que le deseo lo mejor para el futuro, y que ya le tendré preparados sus efectos personales para que pueda llevárselos. Sin embargo, he optado por huir.
—Me refería a lo de pedirle a tu compañera de piso que hackeara el sistema hospitalario para obtener los nombres de las mujeres que llevan implantado el Nomyra.
—Ah, eso. Fue lo primero que se me ocurrió hacer; debería habértelo consultado antes.
—Habría estado de acuerdo. Ya he asumido que, en cuestión de investigaciones, tú siempre tienes razón. Quizá debería tratarte de verdad como a una consejera delegada.
El ascensor se abre ante nosotros y entro en la cabina.
Hayden me mira desde el rellano.
—Hasta mañana, Sofía.
Las puertas se cierran antes de que pueda responder y, mientras bajo, pienso que no deberíamos despedirnos así. No después de todo lo que nos hemos dicho antes.