Escándalo en Hollywood 43. Hayden #2
50%

43. Hayden #2

»En la consulta se impuso un silencio glacial, porque Madison me había asegurado que seguía tomando la píldora.

Desde luego, fui un estúpido, reconozco mi culpa, pero confiaba en la persona con la que había estado saliendo tres años.

Además, antes de que volviéramos a acostarnos, le pregunté si debía usar preservativo, y ella me respondió: “Tomo la píldora, ¿acaso no lo recuerdas?”.

Lo siento, es demasiada información de golpe.

—Es tu historia, tú decides cómo contarla. ¿Pero por qué lo hizo?

—Madison estaba convencida de que nuestra separación no era más que un capricho momentáneo por mi parte, y pensó que un hijo nos uniría de nuevo. Lo cual fue cierto hasta que supe la verdad.

—¿Madison y tú os seguís relacionando?

—Mantenemos una relación fría pero estable, en régimen de coparentalidad.

—¿Y nunca has vuelto a reincidir en uno de esos «encuentros entre ex»?

—¿Te refieres a si hemos vuelto a acostarnos? —le pregunto sin andarme por las ramas—. ¿Eso te interesa, Sofía?

—Solo en aras del interés periodístico.

—La respuesta es «no». Y que conste que te respondo en aras del interés periodístico.

—Así que Hayden West es un papá —concluye.

—¿Crees que no me pega?

—Para poder decidirlo, primero tendría que ver qué tal haces las trenzas —bromea—. Perdóname por haberos arruinado la velada familiar. Me he dejado llevar porque debía hablar urgentemente contigo.

—Ahora ya estás aquí, dispara.

—He tenido una intuición que podría ser correcta o errónea. Si es errónea, no pasa nada, pero, si es correcta, entonces es una buena y una mala noticia al mismo tiempo.

—¿Cómo es posible?

—Si es correcta, nuestra investigación podría convertirse en algo gigantesco.

Hoy estaba catalogando otros cuestionarios y me he dado cuenta de que Cindy, mi compañera de Hollywood y Alrededores , presenta los mismos síntomas que muchas pacientes de la Avila’s Clinic.

A ella también le han implantado el Nomyra, pero lo hizo su ginecólogo.

Eso podría significar que los trastornos no son imputables al doctor Herbst, sino a los propios efectos colaterales del Nomyra.

Hayden asiente.

—Entonces ¿eso significa que nuestro imputado sería la empresa que lo produce?

—Para confirmar mi sospecha, necesitamos respuestas, y aquí es cuando llegamos a mi iniciativa.

—¿Esa que «podría considerarse medio ilegal»? ¿El «podría» significa que aún debes ponerla en marcha o que ya lo has hecho?

—Ya está en marcha —me confirma.

—Sería de tontos pensar lo contrario. ¿Y consistiría en…?

—Mi compañera de piso es programadora informática y le he pedido (a cambio de condonarle el alquiler de los próximos dos meses) que entre en el sistema hospitalario de Los Ángeles y obtenga los nombres y direcciones de las mujeres que se han hecho implantar el Nomyra. También que les envíe el cuestionario.

—Para tu información, eso es totalmente ilegal, no solo medio ilegal —puntualizo.

—Lo sé, pero no quería alarmarte.

—En cualquier caso, ya que es tarde para detenerte, vayamos a todo gas.

Ella me mira sorprendida.

—Me esperaba un «¡¿Te has vuelto loca, Sofía?! Acabaremos en la cárcel».

—He aprendido a fiarme de tu instinto.

—Gracias. También he pedido cita con el doctor Folger, el ginecólogo al que acudió Casey, para preguntarle cómo deberíamos proceder en caso de que mis sospechas fueran fundadas. Nos atendería mañana por la tarde en Montecito.

—Resulta irónico que estemos trabajando en un caso relacionado con un dispositivo anticonceptivo, cuando mi vida se ha visto condicionada por la decisión de Madison de no utilizar uno sin que yo lo supiera.

—Pero ahora que tienes Ashley, ¿podrías decir que vivirías mejor sin ella?

—De ningún modo. Ashley es lo más valioso que tengo en el mundo.

—Entonces ¿por qué la mantienes «en secreto»? Ciertamente, lo tuyo fue un tropiezo de juventud, pero no eres el único al que le ha sucedido. Puedes estar orgulloso de ella. Te adora.

—Y lo estoy. Pero no la oculto por vergüenza, sino porque quiero protegerla.

Hay mucha gente que me odia porque he desvelado sus secretos, eclipsado sus carreras y desenmascarado sus mentiras…

La lista de personas que querrían ajustarme las cuentas, atacando mi punto débil, es larga, y, si supieran que tengo uno, no dudarían en usarlo.

Registramos a Ashley con nuestros respectivos apellidos, pero acordamos emplear el de Madison, por el momento.

Cuando sea mayor, ya decidirá si también quiere usar el de West. Ella y su madre viven en Laguna Beach, lejos de aquí, y suelo ir más yo a donde ella vive que al contrario.

—No lo había pensado, pero me parece una buena decisión.

—En Hollywood no hay nada sagrado. Ni siquiera los niños.

En el mejor de los casos, son explotados por los padres para satisfacer su afán de lucro y su codicia; en el peor, se convierten en mercancía de intercambio.

No quiero que crezca aquí. Todos los referentes están tergiversados, y la percepción de la realidad está…

—¿Deformada?

—Es como si todo se viera a través del culo de un vaso. Me gustaría que tuviera una infancia lo más «normal» posible. Si es que la normalidad puede definirse.

—Severo pero justo.

—No tengo nada de severo. Ashley me tiene en el bolsillo desde el primer gimoteo, y lo sabe.

—Entonces sí que hay una mujer que puede obtener lo que quiera de Hayden West —comenta sarcástica.

—¿Acaso tú no obtienes todo lo que quieres de mí?

—¡Qué menos, con todo el trabajo que me das!

—Si cediera a la primera, no tendría gracia.

Sofía me mira como si estuviese ofendida.

—Entonces ¿me pones las cosas difíciles por mera estrategia?

—Ponme a prueba, pídeme algo.

Niega con la cabeza.

—Creo que me reservaré esta posibilidad para otra ocasión, gracias por la oferta.

—¿Sabes? Lo cierto es que, de los dos, tú eres la difícil.

—¿Yo?

—Primero lo quieres todo, y después no quieres nada. Me confundes.

—¿A qué te refieres, Hayden?

—¿Le respondiste a Rafael, ayer por la noche? —Sofía guarda silencio. Estira las piernas sobre la alfombra y toma un sorbo de su copa, que ahora ya está casi vacía, para ganar tiempo—. ¿Le has respondido? —insisto con firmeza.

—Sí.

—¿Por qué? —La pregunta suena más virulenta de lo que pretendía.

—¿Cómo que por qué? Es mi novio.

—¿Por qué sigues con él? ¿Por qué lo ayudas con sus tareas? ¿Por qué respondes a las llamadas que te hace con cuentagotas? ¿Por qué te conformas con las migajas?

—Es una relación a distancia. Mantenerla viva resulta difícil. Exige compromiso, exige esfuerzo.

—¡Oh, sí, ya me imagino el esfuerzo que debe de suponer enviarse un email o un wasap! —le replico.

—Me refiero al esfuerzo mental de echarse de menos, de pensar el uno en el otro…

—Un esfuerzo que solo haces tú, por lo que veo —le espeto.

—O al esfuerzo mental de no besarte.