Escándalo en Hollywood 43. Hayden
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43. Hayden

Hayden

M i hija me mira como exigiéndome que le responda de inmediato, y Sofía me observa consternada. Atrapado entre ambas, me siento desarmado y torpe. Y solo veo una única alternativa posible.

—Mi hija Ashley —indico—. Ashley, ella es una compañera de papá, se llama Sofía. ¿Qué te parece si la saludas?

Sofía reacciona al instante con una amplia sonrisa, se agacha para estar a su altura y le tiende la mano.

—Hola, Ashley, ¿cómo estás?

Mi hija se la estrecha a su vez.

—Yo bien, gracias. ¿Sabes hacer pulseras de la amistad?

—¿De esas con cuentas de colores? —le pregunta.

—Quiero hacer una para mí y otra para cada amiga del centro ecuestre, con los nombres de nuestros caballos —le explica Ashley—. ¿Me ayudas?

—¿Por qué no terminas de colorear los unicornios que te he dibujado?

—Ya no me apetece, quiero hacer las pulseras con Sofía.

—Hum, vale —acepta Sofía—. ¿Cómo quieres hacerlas? ¿Todas con los colores del arcoíris o cada una de un color en concreto?

—Te enseño las cuentas que tengo en la caja. Si saco una «A» en el examen, papá también me regalará estrellitas doradas para ensartarlas con las otras.

Sofía me mira y comenta en tono jocoso:

—Yo creo que tu papá te las regalará igualmente.

—Entremos —digo, y lanzo un suspiro—. Ya te lo explicaré más tarde —le susurro a Sofía, que ya sigue a mi hija al interior del apartamento.

—Siéntate conmigo en la alfombra, Sofía —le indica Ashley.

—Corey, tú ya conoces a Sofía, ¿verdad? —le pregunto.

—La consejera delegada, querrás decir —lo corrige, y me tiende la mano—. Es todo un honor.

—Corey es mi representante, y ocasionalmente mi canguro —le explico a Sofía, a modo de presentación.

—¿En el sentido de que tienes que cuidar de Hayden? —le pregunta Sofía con sarcasmo.

—Exactamente —le responde él entre risas.

—A lo sumo, soy yo quien cuida de ti, Corey, no al revés. Pero en días como el de hoy, cuando surge una emergencia, me echa una mano con Ashley.

—Tengo siete años. No necesito un canguro, sé cuidar de mí misma —puntualiza Ashley, ofendida.

—Tienes razón —la apoya Sofía—. Yo a los siete años ya dirigía un periódico: el Eastlake Avenue Echo . Lo financiaba con mi paga semanal.

—Pues yo quiero crear una marca de joyas —le explica mi hija, que ahora está ocupada amontonando cuentas en las manos de Sofía, dispuestas en forma de cuenco—. Usaré mi fondo fiduciario.

—A mí también me habría venido de perlas.

—¿Tu padre no te ha abierto uno? —pregunta Ashley con desparpajo.

—Eso no es asunto tuyo, princesa —la reprendo.

—Por desgracia, no —le responde igualmente Sofía—. No debió de acordarse.

—Vale, pero deberías decírselo. ¿Cuánto tiempo has tardado en dejarte crecer así el pelo? —Ashley abandona las pulseras —que Sofía sigue ensartando pacientemente— y coge un cepillo de su baúl de los juguetes—. ¿Puedo cepillártelo? Corey lo está perdiendo, y a él no puedo hacérselo.

—¡Eh! —protesta Corey desde el sofá, donde anda ocupado en terminar los deberes de Geografía de Ashley—. No lo estoy perdiendo. Es solo una ligera alopecia, debida al estrés.

—Tranquilo, que en Navidad te regalaré un trasplante —me burlo con cariño.

—Mi madre es peluquera. No me preguntes cómo lo ha hecho, pero, con un tratamiento de su invención, ha logrado reducir la calvicie de nuestro vecino —le explica Sofía—. Si quieres, te paso su número.

—Gracias, me será de más utilidad que las puñaladas de estos dos.

—¿Sabes, papá? Deberías hacerle trenzas también a Sofía, le quedarían de maravilla —sugiere Ashley.

Intrigada, Sofía me lanza una mirada de soslayo.

—¿Trenzas?

—A lo largo de los años he desarrollado diversas habilidades sociales —digo a modo de justificación.

—Papá, me las hace cada vez que me acompaña a equitación. Ven aquí, papá, házselas a ella con las gomas azules que tienen mariposas —me ordena.

—¡Helado! —exclamo—. ¿Qué te parece si vas con el tío Corey y os tomáis una copa gigante de helado?

—Pero si siempre refunfuñas cuando como cosas dulces por la noche, y me dices que luego no duermo —me echa en cara Ashley.

—Hoy puedes.

Le lanzo una mirada implorante a Corey, que la pilla al vuelo y se pone en pie.

—Yo siempre me apunto a un helado. ¿Vamos, Ashley?

Mi hija nos mira a Sofía y a mí.

—¿Vosotros no venís?

—Tenemos que hablar de trabajo, cosas aburridas —le respondo mientras le paso mi tarjeta de crédito a Corey—. Volved dentro de una hora.

Me despido de ellos y me quedo a solas con Sofía, que sigue sentada en la alfombra con las piernas cruzadas, jugando con las cuentas de Ashley.

—Me imagino que ahora es cuando te explico la historia —le digo azorado, rascándome la cabeza mientras me mira sin ocultar su curiosidad.

—No me debes ninguna explicación. Además, yo diría que está todo muy claro: tienes una hija.

—Sí, pero tengo la sensación de que, sin el contexto, puede parecer una situación extraña.

Sofía me da la razón:

—Un poco, sí.

—No sé por dónde empezar. Para ser alguien bastante bueno contando las historias de los demás, me sucede lo contrario a la hora de contar las mías.

—Empezar por el principio podría ser una buena estrategia —me aconseja en plan burlón—. Aunque puedes saltarte la parte del engendramiento: no necesito que me expliques cómo se hacen los niños.

—Tengo un chablis excelente en la nevera, ¿te apetece una copa?

—Eso podría ayudar, desde luego.

—Gracias por tu comprensión. —Cojo la botella y la descorcho—. Ashley tiene siete años, lo cual quiere decir que nació un año después de nuestra graduación, de modo que…

—Las matemáticas no son opinables —constato mientras sirvo el vino—. ¿El cambio de planes al que te referías cuando te pregunté por qué no te habías trasladado a Washington es ella?

—En efecto. —Me siento en la alfombra, a su lado, y ambos nos acomodamos apoyando la espalda en el sofá—. Piensa que ya había sacado el pasaje.

—Así pues, no fue un embarazo deseado.

—En absoluto.

Me bebo más de media copa de un solo sorbo para infundirme valor.

—¿Yo conozco a la madre de Ashley?

Asiento sin titubear.

—Es Madison.

—Ah.

En ese escueto monosílabo está concentrado todo el desprecio que Sofía siente hacia ella, y muy probablemente también hacia mí.

Agito el vino en mi copa, como si, a través de ella, estuviera viendo pasar el flashback de mi historia.

—El último año, la relación entre Madison y yo ya se había deteriorado, y estaba considerando seriamente la posibilidad de mudarme al este. Cuando se lo dije, discutimos y rompimos de forma definitiva.

—Eso ya lo sabía. En realidad lo sabía todo el campus. El rumor de que Hayden estaba libre se extendió con rapidez, y todas las estudiantes solteras de la USC pasaron a engrosar la lista de candidatas.

—Todas menos tú —señala.

—Yo no estaba libre.

—Ah, sí… Estabas con… ¿Cómo se llamaba?

—Guilford. Estuvimos saliendo casi todos los años de la universidad.

—¿Y al final qué pasó?

—Él estaba más interesado en el mundo de la diplomacia. Le surgió una oportunidad en Europa y nos despedimos como buenos amigos.

—Estupendo, lo contrario de lo que me ocurrió a mí. O, mejor dicho, yo era libre de irme a Washington, hasta que Madison y yo tuvimos una serie de «reencuentros». Ya sabes, cuando sois ex pero acabáis en la cama por costumbre.

—Amigos con derecho a roce.

—Algo así. Yo fui muy claro: para mí aquello era mera «diversión», y no una posibilidad de retomar lo que habíamos dejado atrás. Según me decía Madison, le parecía bien. Tres días después de la graduación, cuando volvimos de la fiesta de Hawái…

—¡Tu celebérrima megafiesta! La West Blowout Fest —me dice en tono jocoso—. Todo el campus llevaba meses hablando de ello.

—Te invité.

—Invitación que rechacé con mucho orgullo. Aquel no era mi sitio.

—En cualquier caso, estaba haciendo las maletas para volar a Washington cuando Madison me dijo que estaba embarazada.

—¿Y no os planteasteis otras alternativas? —El tono susurrante de su voz, al pronunciar la última palabra, me deja claro que se refiere a la interrupción del embarazo.

—Estaba en el cuarto mes.

—¡¿En el cuarto?!

—Sí. Según me dijo, no había tenido síntomas y, con el estrés de la graduación, no había controlado el periodo, que, por lo demás, hacía cierto tiempo que no le venía debido a las dietas a las que se sometía.

Solo fue al ginecólogo para que le controlasen unas pérdidas, y allí se enteró de que estaba embarazada de varios meses.

—Todo claro. No te interrumpo más, continúa.

—En ese momento me porté como un auténtico cabrón, no me avergüenza reconocerlo. Le dije que no contara conmigo, que yo seguiría con mi vida, como si nada hubiera pasado, pero que podía contar con mi familia para recibir el soporte económico que precisara.

»Después, ya en el avión, pensé que no sería justo para la niña que yo desapareciera, demostrando con ello que no me importaba lo más mínimo.

He tenido unos padres ausentes, y no me vi capaz de hacer pasar a mi hija por lo mismo.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía tres años, y mi padre estaba más en Washington que en San Francisco.

Solo hablaba con él por teléfono y apenas lo veía en las festividades.

No pensaba repetir el mismo patrón que tanto sufrimiento me había causado. Así que volví con Madison.

—Como hija de un hombre que se esfumó sin dejar rastro, te agradezco que optaras por quedarte.

—He pensado muchas veces en la decisión que tomé, sobre todo cuando descubrí que el incidente, en realidad, no había sido un incidente.

Sofía se vuelve de golpe y me mira perpleja.

—¡¿A qué te refieres?!

—Cuando acompañé a Madison a la revisión, a la doctora se le escapó el siguiente comentario jocoso: «Felicidades, no todas dejan de tomar la píldora y se quedan embarazadas al primer intento».