42. Sofía
Sofía
—T ienes cara de alucinada —observa Cindy desde su puesto—. Y no me digas que no es verdad, porque ahora llevo gafas. Por lo que esta vez no me lo trago.
—No he dormido —mascullo, mientras sacudo la enésima ficha que ha cumplimentado una paciente de la Avila’s Clinic.
—Mira a la cámara tres segundos, Sofía —me pide Kim desde la puerta, apuntándome con el móvil.
—¿Por qué?
—Es un tema de tendencias, para las redes sociales. «Trabajar en periodismo no es nada estresante: Sofía Cortez, treinta y un años» —tuitea satisfecha, y me muestra la foto, alterada con un filtro de envejecimiento.
—Tú sí que sabes levantarme la autoestima… —le digo, pero ya me da la espalda, directa hacia su próxima víctima.
—La muy zorra… —exclama Cindy—. Kim es mordaz, pero hoy se la ve más agitada de lo habitual. ¿Tienes problemas en casa?
—No, todo en orden.
—¿Con Rafael?
—No.
Aparte del hecho de que me llamó para decirme que estaba pensando en adelantar su regreso —lo cual debería hacerme feliz, y en cambio solo me ha arrancado un escueto «ah»—, no hay nada nuevo en ese frente.
—¿Andas falta de fuentes que te consigan chismorreos sensacionalistas? —sigue indagando.
—Hoy también hemos salido al paso en la sección con una presunta pelea entre influencers que, al menos hasta hace dos días, eran inseparables.
—Apoyo la frente en el escritorio para ocultar el rostro.
No sé cómo contarle lo de la confesión que me hizo Hayden, y que casi nos besamos—.
Debe de estar a punto de bajarme la regla, porque me siento desfasada.
—Yo llevo tres días de retraso. Si no fuera por el Nomyra, ya habría entrado en pánico.
Vuelvo a repasar la ficha en la que estoy trabajando e introduzco los datos de la paciente y sus síntomas en la base de datos.
Cora Pratt, cuarenta y seis años, dos hijos. Nomyra implantado hace veintidós meses: migrañas, dolores en las articulaciones, rigidez muscular, náuseas y drástica disminución de la vista.
«¿Drástica disminución de la vista?».
—Cindy, ¿cuándo te pusiste el Nomyra? —le pregunto.
—Hace seis meses, ¿por qué?
—¿Y desde cuándo has empezado a notar que has perdido vista?
—Nunca he sido un lince. He pasado por alto una leve miopía durante muchos años, y con los sucesivos embarazos ha ido empeorando —responde sin concretar.
—¿Y dolores de cabeza? ¿Aún sufres dolores de cabeza?
—Acabaría antes si tuviera que decir cuándo no los tengo, pero con cinco criaturas en casa reto a cualquiera a no tenerlos.
—¿Y qué tal va el dolor de espalda?
—Tengo días buenos y días malos. Imagínate, todos los días con un bulto de trece kilos en brazos…
—Cindy —le digo inclinándome hacia ella, mientras una sospecha se abre paso en mi mente—, ¿nunca has contemplado la posibilidad de que tus dolencias estén relacionadas con el Nomyra?
Ella me mira, y alza los ojos al techo en busca de una respuesta.
—No sabría decirte, son malestares comunes.
—Es verdad, ¿pero todos a la vez?
—Nos vamos haciendo mayores, tenemos que aceptarlo. Los treinta no son los nuevos veinte, por si alguien te ha dicho lo contrario.
—Hum… —murmuro poco convencida.
La segunda pista empieza a martillearme la cabeza con tanta insistencia que no hay manera de acallarla.
Le envío un mensaje a Michelle, pues con ella es más fácil comunicarse por escrito que de viva voz, y a partir de entonces me paso el resto del día contando los minutos que faltan para salir. En cuanto el monitor marca las 17.00, salto de la silla y vuelo a ver a Hayden.
Es la primera vez que entro en el elegante complejo residencial de The Palm y los conserjes, tras saludarme, no me ponen trabas cuando me dirijo a buen paso hacia los ascensores. Bueno, me dirijo más bien corriendo.
En cuanto llego al piso de Hayden, pego el dedo al timbre y no lo retiro hasta que me abre la puerta.
—¡¿Sofía?!
Me mira consternado, asomando la cabeza por el resquicio.
—Hiciste que incluyeran mi nombre en la lista de accesos autorizados, por si no lo recuerdas —le refresco el dato.
—Sí, por supuesto —asiente, aún perplejo, con cara de haber sido pillado in fraganti.
—Dime.
—Tengo una teoría, y en mi opinión tiene sentido. Quería exponértela.
—¿Ahora?
—Sí. También porque he tomado una iniciativa que podría considerarse medio ilegal, y por tanto necesito hablar contigo. Hum, ¿puedo entrar? —le pregunto, hecha un manojo de nervios.
Me desconcierta su actitud reticente. No parece el mismo hombre que ayer me cogió un dedo y lo chupó como si no existiera otra cosa en el mundo.
Hayden cruza el umbral y ajusta la puerta tras de sí, cauteloso.
—Este no es un buen momento. Tal vez podríamos vernos más tarde, ¿dentro de una hora y media, por ejemplo? Ya pasaré yo a buscarte.
De pronto, como si se encendiera un letrero de neón ante mí, lo entiendo.
—No estás solo, ¿verdad?
Hayden niega con la cabeza.
Ashley. ¿Cómo no me he dado cuenta antes?
Estúpida de mí, he puesto en duda una relación de dos años por alguien que está jugando con la confianza de su propia pareja.
Porque, si bien es cierto que yo tampoco estoy libre de culpa, él me está diciendo que, cuando ella está presente, se comporta como un compañero «fiel».
Lástima que, en cuanto Ashley dobla la esquina, vuelve a estar disponible para coquetear conmigo.
—Lo entiendo. Disculpa. Tendría que haberte avisado antes de irrumpir aquí. Además, pensándolo bien, no es nada profesional que quedemos en tu casa o en la mía —le digo mientras doy un paso atrás, con el corazón aplastado por una losa con la siguiente inscripción: «No debería estar aquí».
—No te preocupes. No pasa nada, pero es que en este momento me encuentro en una situación algo delicada, es un tema privado y…
De pronto, se abre la puerta a su espalda.
—Papá, por favor, ven a ayudarme a dibujar los unicornios. Tío Corey no sabe.
En ese instante asoma una cabecita rubia, y dos grandes ojos del mismo color turquesa que los de Hayden me miran con aire interrogativo.
¿Ha dicho «papá»?