Escándalo en Hollywood 39. Hayden #2
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39. Hayden #2

—Yo era joven, estaba sola, no hablaba inglés y tenía una niña pequeña…

Fue difícil, pero Grancito contaba con muchos amigos aquí, buenas personas que nos ayudaron.

Me encontraron trabajo en los estudios: empecé de limpiadora y después hice de costurera.

Hacía todos los trabajos de bordado más difíciles, porque yo era la más precisa.

Por la sastrería en la que trabajaba pasaron Jane Fonda, Diane Keaton, Meryl Streep…

—Señala las fotos colgadas en la pared, y que confirman sus palabras.

La mujer de pelo oscuro que aparece junto a las divas rubias debe de ser ella de joven.

—Entonces, Sofía debía de ser la niña con los vestidos más bonitos de Lincoln Heights.

—La más guapa y la más inteligente. Creó un periódico de barrio donde cada semana publicaba las noticias de nuestra calle: a Gonzalo se le ha roto el cortacésped, la misteriosa desaparición del correo de Paloma, Olavo ha pintado la valla de rosa… ¡Espera!

Blanca se levanta, abre un armario, empieza a rebuscar en su interior y saca una hoja de papel rayado, doblada por la mitad.

—He guardado uno de sus borradores.

Me lo pasa y, como si fuera un periódico de verdad, había encolado las cabeceras y los titulares en los textos de cada una de las cuatro páginas. También las ventanas para las imágenes, el artículo de relleno, el sumario… Leo: Eastlake Avenue Echo .

—Se inventaba hasta la publicidad —comento, señalando un recuadro en el que pone: «Roxana, cabello y uñas a domicilio».

—Con su paga semanal hacía veinte fotocopias que después doblaba e introducía en los buzones de todos los vecinos.

Lo abro y veo el primer artículo: «¿De quién es la alarma que suena cada mañana a las cinco?» —leo en voz alta, y continúo—: «Coche verde abandonado hace una semana sin que aún haya aparecido el propietario. Se sospecha que ha sido robado».

Ya le gustaba investigar.

—A Sofía siempre le fue bien en la escuela. Nunca tuvimos que regañarla por no hacer los deberes o distraerse. Ojalá hubiera tenido la vida así de fácil con mi hija Roxana.

»Al menos, las tardes que pasé controlando que estudiase me sirvieron para aprender inglés. ¡Aunque menudo esfuerzo! Eh, que mi Roxy es un rato lista, pero no es inteligente. Sofía es inteligente, aunque no tiene picardía. La buena noticia es que la picardía se puede adquirir.

—¿Y el padre de Sofía?

—Un gallito que se creía un gran hombre, pero que desapareció el día que Roxy dio a luz. Mejor así. Sofía no se ha perdido nada. Ese cabrón no tenía nada que enseñarle. Nos las hemos apañado sin él. ¿Quieres patatas dulces, Hayden?

—La verdad es que ya estoy lleno.

—¿Hayden? —La voz pastosa de Sofía nos sorprende desde el sofá. Nos observa parapetada tras el respaldo—. ¿Qué haces aquí?

—Te he traído a casa mientras dormías como un tronco.

—Ven a comer tú también —le ordena la abuela.

Sofía se despereza y se nos une.

—Veo que te has puesto las botas —me dice señalando mi plato.

—No he podido negarme, tu abuela ha sido categórica al respecto.

—¿Cómo están sus tortitas?

—Son una auténtica locura.

—¿A qué esperas? —la regaña Blanca pasándole el plato rebosante—. Y no te levantes de la mesa hasta que hayas acabado.

—Abuela… ¿Has sacado la vajilla de las grandes ocasiones? —inquiere Sofía, señalando la porcelana que hay sobre la mesa. El borde de los platos está decorado con una elaborada fantasía de rosas, al estilo azulejo.

—¿Acaso querías que usara la de diario?

—Esta la conservas como si fuera una reliquia. Solo la hemos utilizado para la quinceañera y por mi graduación, porque tienes miedo de que se rompa.

—Pues entonces trátala bien.

—Esta vajilla formaba parte de su ajuar de boda.

Lo envolvió todo y lo metió en una maleta cuando vino a Estados Unidos, pero una vez que aterrizaron mamá y la abuela, solo habían sobrevivido estas cuatro piezas —me explica Sofía, señalando los platos en los que estamos cenando—.

Como es el único recuerdo que conserva del abuelo, los tiene expuestos en el aparador.

—Es un honor —digo.

—«Cada rosa tiene su espina» —indica Blanca, complacida—. ¿Quieres que te lea tus conchas, Hayden?

—¡No! —la frena en seco Sofía.

—¿Qué quiere leerme? —le pregunto.

—Es un ritual adivinatorio de la santería. No queremos traumatizarlo de buenas a primeras, ¿verdad, abuela?

—Las conchas siempre dicen la verdad —le replica la señora, ofendida.

Sofía se levanta con su plato.

—Haremos lo siguiente: meteré la comida que ha sobrado en un táper, me lo llevo y me lo como en casa, ¿vale? Hayden, ya puedes irte, no te sientas obligado a quedarte.

—Tengo todos tus vaqueros en el coche —le recuerdo.

—Ah, sí… Ahora los cojo.

—Ya te los llevo yo.

—No hace falta —insiste.

—Tienes las manos ocupadas con las fiambreras, ¿cómo te las apañarás?

—De verdad, Hayden, no es necesario. Déjame la caja en la acera y haré dos viajes —me indica mientras Blanca le apila un táper tras otro en el regazo. Son tantos que se ve obligada a emplear la barbilla para sujetarlos.

—Vamos, hazle caso, querida —la exhorta su abuela—. Permite que te ayuden, aunque sea una vez en la vida.

Sofía suspira y deja caer los hombros en señal de rendición.

—Vale, llévamelas tú —transige al fin.