Escándalo en Hollywood 40. Sofía
46%

40. Sofía

Sofía

P uedo sentir la mirada de mi abuela taladrándonos la espalda, semioculta tras la cortina de la ventana del salón. Ahora irá detrás de la cocina para ver cómo doblamos la esquina.

Antes de que salga detrás de Hayden, me agarra del codo con sus dedos huesudos y me susurra:

—Mira qué te digo: Hayden es una espina. —A continuación me guiña un ojo, entusiasmada.

—¡Oye, Rockefeller, tu coche sigue aquí! —exclama Doris dirigiéndose a Hayden—. Suelta el resto.

—Cincuenta más si te esperas hasta que acompañe a Sofía a su casa, que está en la calle de atrás.

—De acuerdo, pero espabila.

Hayden saca la caja del maletero.

—Vamos.

—¿Qué quiere Doris de ti? —le pregunto mientras caminamos hacia mi casa.

—Tenemos un acuerdo de custodia. ¿Por qué has querido salir por piernas de la cena en cuanto tu abuela me ha propuesto…? ¿Cómo era? ¿Leerme las conchas?

—Porque no necesitas tener más motivos para considerarnos extravagantes a mí o a mi familia.

Ella es una seguidora de la santería, un culto sincretista que combina elementos del catolicismo y de la cultura yoruba.

La lectura de las conchas es uno de los muchos rituales adivinatorios que se emplean para leerle el futuro a una persona.

—¿A ti te las ha leído?

—Sí.

—¿Y qué ha predicho?

—Que soy una rosa sin espinas, expuesta a las mordeduras de los parásitos, pero que pronto llegaría mi espina. Nada particular.

—¿Y tú te lo crees?

Suelto un resoplido.

—Me limito a seguirle la corriente para hacerla feliz. Te ha contado la historia de ella y de mi abuelo Grancito, ¿verdad?

—Sí.

—Se la cuenta a todo el mundo.

—Entonces ¿tu familia sois ella, tu madre y tú?

—Sí, solo nosotras tres.

—No debe de haber sido fácil.

—Siempre hemos sido independientes, y la comunidad latina de Heights está muy unida. Aunque, claro, nunca se es lo bastante prudente, y la abuela ponía cada noche unos zapatos de hombre fuera de la puerta. O colgaba algún mono de trabajo en el tendedero para hacer creer que había un hombre en casa.

—Muy lista.

Llegamos frente a la verja, que sigue rota. Nos dirigimos a la puerta de entrada y Hayden deja la caja de Casey en el suelo.

—Muchas gracias, y disculpa por el ridículo de antes —le digo, un poco avergonzada.

—¿Qué ridículo?

—Por haberme quedado dormida, por haberte sentido obligado a llevarme a casa, por haberte visto forzado a comer, a escuchar el parloteo de mi abuela… —le enumero.

—Ha sido agradable, y la comida muy rica. Además, Blanca me ha contado muchas cosas de ti.

Dios mío.

—¿Qué clase de cosas?

—He visto tu Eastlake Avenue Echo —me anuncia, con una sonrisa cantarina.

—Por favor, no me digas que lo ha hecho de verdad —gimoteo mientras busco las llaves en el fondo de mi bolso con una mano, y con la otra mantengo los tápers en un precario equilibrio.

—¿Al final se descubrió de quién era la alarma que sonaba todas las mañanas a las cinco?

Apoyo la pila de fiambreras en el suelo y me siento en los escalones del porche para buscar las llaves de casa, que parecen haber sido engullidas por los meandros de mi bolso.

—No.

—¿Sospechabas de alguien?

—Era una alarma inquietante, ¿vale? Parecía una de esas sirenas de evacuación, pero con un sonido fatigoso y arrastrado, de película de terror.

—¿Y dejó de sonar de un día para otro? —insiste Hayden.

—¿Y eso qué importa? ¡Es una historia de hace más de veinte años, que excitaba la imaginación de una niña!

Hayden se sienta a mi lado en el escalón.

—Yo también habría querido ser tan apasionado cuando era pequeño. Tú ya sabías lo que querías hacer; yo, en cambio, he tardado un poco más en darme cuenta.

—Quizá haya sido mejor así, puesto que, de los dos, tú eres el que ha triunfado indiscutiblemente. Cuestión de suerte. Tú sabes que eres bueno —señalo.

—¿Tú me consideras bueno?

—Aunque me cueste mucho admitirlo, sí. Siempre he despreciado el cotilleo, pues me parecía un género frívolo y superficial, pero no me percataba de hasta qué punto tenía que ver con la psicología de la gente.

Para escribir sobre cotilleos, para comprender a qué vale la pena dedicarle una columna y a qué no, para contar una historia, para dilucidar la verdad entre las mentiras, la sustancia entre las apariencias, hay que saber entrar en la cabeza de las personas.

Y tú eres capaz de hacerlo —le confieso, incapaz de mirarlo directamente a la cara.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Y entonces por qué me parece que no soy capaz de entrar en la tuya? —El tono de su voz ha cambiado, ahora suena más grave, casi ansioso.

—¡Dios mío! Ya creo que lo consigues, y puede que demasiado. Estás mucho más adentro de lo que debería permitirme.

—Pues a mí no me lo parece.

—Hayden… —No sé cómo continuar la frase.

Eso por no hablar del frasco de agua perfumada de coco de Victoria’s Secret que está al fondo de la guantera, que sin duda no es suyo, y que esta noche me ha recordado que también hay alguna parte que confía en que el hecho de que Hayden esté conmigo no supone un peligro. Cuán equivocada está.

Me recoge el pelo detrás del hombro.

—¿Qué hago en tu cabeza, Sofía?

—Temo que una parte de mí ya no recuerda lo capullo que fuiste conmigo en la universidad —le indico.

—O que esa parte me haya perdonado —sugiere—. Aunque no quieras aceptarlo.

—No es que no quiera, es que no puedo.

—¿De verdad no puedes superar aquella estupidez de no haberte dejado entrar en la fiesta de la fraternidad?

—Si hubieras sentido la humillación que yo sentí, lo sabrías.

En un impulso de hallar consuelo, tomo el táper que está encima de la pila y retiro la tapa: galletas rellenas de dulce de leche, lo que necesitaba.

—Hay algo que debes saber —me dice con voz culpable—. No sé si jugará a mi favor o agravará más las cosas, pero, si la opinión que tengas de mí ha de depender de ello, más vale que sepas toda la historia.

—¿Qué historia?

—La fiesta a la que fuisteis invitadas tú y tu grupo de amigas era la primera en la que participaba como miembro de la fraternidad. Yo aún no conocía los ritos de la Eta-Delta-Theta y ese día descubrí qué era el «Sacrificio de la Vestal a la Tríada». Justo antes de que comenzaran las celebraciones.

—¿La qué?

—La Tríada está compuesta por el presidente, el vicepresidente y el tesorero de la fraternidad; la Vestal es una chica de primer curso, virgen, que pasa la noche con ellos y, sin que ella lo sepa, se graba un vídeo que más tarde se proyecta en exclusiva para los miembros de la hermandad.

La Vestal que el presidente, Scott Preston, había escogido para aquella noche eras tú, Sofía.

Al oír esa frase, casi se me atraganta el trozo de galleta.

—¡¿Yo?!

Hayden asiente.

—En las duchas, le oí decir a Scott: «Nos cepillaremos a Cortez por delante y por detrás».

Por eso, en el último minuto, desconcertado por aquella información, lo mejor que se me ocurrió para evitarte aquella barbaridad fue impedirte que participaras en la fiesta.

Le dije al encargado de la puerta que no estabas invitada, y que las pobretonas de los barrios populares no tenían cabida en la hermandad.

—No sé qué decir.

—Siento haber sido tan brutal, pero utilicé el arma que mejor sabía usar, la desigualdad social, consciente de que, si te humillaba, te alejaría de allí inmediatamente.

—¿Cómo narices sabían que yo era virgen? —balbuceo, tratando de reprimir una especie de vergüenza retroactiva.

—Los Eta-Delta-Theta lo sabían todo de todos los estudiantes.

Tenían un archivo con el retrato robot de cualquiera que despertara su interés.

Como en la mayoría de las fraternidades, en realidad.

El traspaso de poderes entre el presidente saliente y el nuevo presidente también incluye la transferencia de dicho archivo.

Mientras asimilo la información, un malestar oscuro y frío se abre camino en mi pecho.

—Tú fuiste presidente de los Eta-Delta-Theta —susurro con un hilo de voz.

—Sí, ¿y aquel año sabes qué sucedió unas horas antes de la fiesta inaugural? ¿Te acuerdas?

Tengo la mente en blanco.

—En este momento me resulta imposible.

—La inundación de la biblioteca —me recuerda—.

A propósito de la cual llenaste páginas y páginas de tinta sobre mi ignorancia con respecto a la libre disponibilidad de las personas para acceder a la cultura.

Porque yo, gracias a mi dinero, podía permitirme comprar todos los libros del mundo, y, por eso, para mí una biblioteca solo era un espacio atestado de volúmenes polvorientos que podía utilizar como mi sala de juegos personal —recita como si se hubiera aprendido de memoria mi artículo del Trojan .

—¿Lo hiciste a propósito para no participar en el Sacrificio de la Vestal? —me pregunta.

—Sí, y el plan funcionó. Como puedes imaginarte, me pasé toda la noche compareciendo ante el rector, recibiendo amenazas de expulsión y toda clase de represalias, pero en mi fuero interno estaba convencido de que un cheque firmado por Daniel West lo arreglaría todo.

—¿Y el año anterior, cuando el presidente era Kovac? —inquiero—. ¿Fue aquella famosa fiesta en la que todos acabasteis en la enfermería por intoxicación alimentaria?

—La pasión de los Eta-Delta-Theta por organizar bufets de marisco me proporcionó la cobertura perfecta para verter jarabe de ipecacuana en los cócteles. No resultó agradable (imagínate una sala con casi ciento cincuenta personas, yo incluido, vomitando por todas las esquinas), pero sí eficaz.

—Me suena que también escribí un artículo sobre el tema: «El karma castiga al elitismo de los Eta-Delta-Theta».

—Las fraternidades tienen una tendencia irracional a la superstición, y, tras aquellos dos años funestos, se decidió suprimir la fiesta inaugural. Incluidos todos sus rituales —concluye Hayden.

Le paso el táper.

—¿Una galleta? El dulce de leche es una crema láctea parecida a la leche condensada.

—¿Es tu modo de decirme que me perdonas?

—La humillación la padecí igualmente, pero, ahora que sé cuál fue la intención de fondo, duele un poco menos.

—Lo tomaré como un «sí».

—De todos modos, impedirme la entrada no libró a otras chicas del Sacrificio de la Vestal a la Tríada —señalo.

—Ya, pero a mí me gustabas tú.

Su frase me impacta como una bala entre los ojos, como si me hubiera atropellado un camión a doscientos kilómetros por hora, como si me hubiera incinerado un lanzallamas. Me lo quedo mirando con la boca abierta.

—¿Yo te…?

—Me gustabas —confirma—. Siempre te sentabas en la primera fila en todas las clases, y yo detrás con los folloneros, y me pasaba las mañanas mirándote. Al menos hasta que abriste tu guerra personal en mi contra.

—No… No tenía ni idea

¿Hubo realmente un momento en el que fui objeto de la atención de Hayden West?

—Fui muy bueno disimulándolo.

—Mucho.

—En cualquier caso, tampoco te habrías fijado en mí.

—Hayden me observa con esos increíbles ojos suyos, y yo me pierdo en el turquesa de sus iris, buscando un asidero para no ahogarme—.

Además, me sentía culpable porque yo fui quien hizo que te enviaran, a ti y a tus amigas, la invitación para asistir a la fiesta inaugural.

Por esa razón, aún me sentí más mierda cuando te prohibí la entrada.

—Me hubiera gustado saberlo —se me escapa.

—¿Habría cambiado algo? —me pregunta al instante, como si quisiera que mis palabras brotaran ininterrumpidamente de mi boca.

—No lo sé —divago—. ¿Habría cambiado? —inquiero, esforzándome en reprimir un «sí» que pugna por salir de mi garganta—. Tal vez.

—No me has dejado ni una galleta —protesta, señalando la fiambrera vacía.

—Estaba tan absorta escuchándote que no me he dado cuenta.

—Te has manchado de dulce de leche —me dice—. En el labio superior.

Heme aquí: Hayden West me hace la confesión más desconcertante de mi vida y yo lo miro todo el tiempo con la boca pringada de relleno de galletas. Memorable.

—¿Aquí? —pregunto, pasándome el índice por el contorno de los labios.

—Sí.

—¿Ya no hay?

—No queda nada.

Estoy a punto de limpiarme con la servilleta que hay en el fondo del táper, pero Hayden toma mi mano y acerca mi índice manchado de dulce de leche a la boca.

—En vista de que te has acabado todas las galletas, solo me queda una forma de probarlas.

Podría retirar la mano, pero no lo hago. Dejo que Hayden capture mi dedo entre sus labios, lo envuelva con voracidad y haga girar la lengua a su alrededor. Despacio, en una caricia lasciva. Todo ello sin apartar sus ojos de los míos.

Retiro el índice milímetro a milímetro y dejo la yema apoyada en su labio inferior, que se tensa esbozando una pícara sonrisa.

—¿Está bueno? —le pregunto, susurrante.

—Lástima que se haya terminado.

—Puedo ofrecerte otra degustación, si quieres.

—¿Cómo?

Me acerco un poco más a él, inclino la cabeza y ahora mi boca está peligrosamente cerca de la suya.

—Si quieres descubrirlo, tendrás que acercarte un poco tú también.

Hayden no espera a que repita la invitación, y se inclina hasta que nuestro aliento nos cosquillea los labios.

—¿Así? —me susurra.

El último milímetro me lo cede a mí.

Estoy a punto de besar a Hayden West, y no hay una sola partícula de mi cuerpo que se resista.

Y, justo cuando ya siento el calor de su boca en la mía, nos interrumpe el molesto sonido de mi móvil. A través del bolso abierto, en la pantalla puede leerse en letras mayúsculas la palabra «RAFAEL».

—Mierda —murmuro para mis adentros, mientras Hayden se retira sacudiendo la cabeza, pues él tampoco da crédito a la estupidez que hemos estado a punto de cometer.

Ashley, Rafael, la investigación…

Hayden se incorpora de los escalones y enfila el camino hacia la verja.

—Hayden… —lo llamo sin saber qué decir, mientras el teléfono sigue sonando.

—Buenas noches, Sofía.