Escándalo en Hollywood 39. Hayden
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39. Hayden

Hayden

—Y a sé que es difícil, pero haz un esfuerzo —me dice Mark, al poco de que Sofía y Casey hayan salido.

—Disculpa, ¿en qué debo esforzarme?

—En no arrodillarte como si la estuvieras adorando, cada vez que Sofía abre la boca.

—Tú alucinas, ¿no?

—Si ella dijera que la Tierra es plana, tú le darías la razón.

Me echo a reír.

—Si existen dos personas incompatibles en este mundo, somos ella y yo.

—Sois el vivo retrato de la incompatibilidad.

—Y yo te digo que te equiv…

Casey y Sofía salen del ascensor; esta última con una gran caja entre los brazos que casi le tapa la vista, y enfundada en unos vaqueros que casi me dejan sin respiración.

—Lo que yo te decía —murmura Mark.

—Pásamela, ya te la llevo yo —me ofrezco a ayudarla.

Nos despedimos de Casey y de Mark. Eve se pone a mi disposición para ayudarme a organizar la «fiesta» y nos vamos.

—¿Dónde te dejo? —le pregunto a Sofía—. ¿En tu casa o en la de tu madre?

—En casa de mi madre me va perfecto. Si tengo suerte, aún quedarán tortitas. El club del cupón las hace buenas a morir.

—¿El club del cupón?

—Mi abuela y sus amigas se reúnen todas las semanas para recortar los cupones de la compra que salen en periódicos y revistas.

—Si te apetecen unas tortillas, podemos parar en un take-away .

—Las costarricenses son distintas de las mexicanas: más gruesas, más esponjosas. No se encuentran en ninguna parte.

—Veo que has hecho un cambio de look —le comento.

—Casey me ha regalado más vaqueros y pantalones de los que podría llegar a comprarme en toda mi vida, pero ha insistido mucho cuando ha visto que tenemos casi la misma talla, y no he podido decirle que no. También me ha dado los zapatos.

—Te quedan muy bien. Podrías ponértelos para la fiesta de El Cielo Club. Digamos que me gustaría volver a vértelos puestos. No importa cuándo ni cómo.

—En la caja aún hay cosas mejores, te lo aseguro, pero por desgracia no podré ir.

Su respuesta me deja perplejo.

—¿Por qué? ¿Ya tienes otro compromiso? Podemos cambiar el día.

—No me va bien ningún día de la semana porque resulta que me expulsaste, ¿no te acuerdas? Les dijiste a los porteros que me echaran, y me rompieron la tarjeta.

—Ah, sí, te refieres a aquel pequeño malentendido…

La provoqué con aquel artículo sobre Lynette y Rafael, y ella se puso furiosa, con razón.

—Ya lo he solucionado. Mira en la guantera del salpicadero.

Sofía se inclina hacia delante y abre la tapa. Duda un instante, alarga la mano y coge un sobre estampado con el logo color plata de El Cielo.

—¿Te refieres a esto?

—Ábrelo.

Ella obedece y saca una tarjeta de miembro.

—¡¿Platino?!

—Con esta puedes traer a todos los invitados que quieras, sin avisar con antelación.

Habrá una mesa con una botella de champán a tu disposición cada vez que vayas, un coche de cortesía que te recoge y te lleva a casa, y un día de tratamientos de salud para dos personas en El Cielo Spa por tu cumpleaños.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada. Es mi manera de pedirte perdón por el mal rato que te hice pasar aquel día.

—¡«Sofía» está bien escrito! —comenta encantada, como si fuera un caso extraño—. No pone «Fophia». Siempre se equivocan cuando digo «Sofía con “f”», porque entienden que me refiero a la inicial y no a la «ph».

—Lo sé. Me acuerdo del primer día en la universidad: estábamos en el mismo grupo de bienvenida para la visita al campus y en la etiqueta que te entregaron, para que te la pegaras en la camiseta, habían escrito «Fophia» —le cuento.

—¿Estábamos en el mismo grupo de bienvenida? —pregunta, sorprendida—. No me acuerdo.

—Ya me lo imagino, estabas muy atareada anotando cualquier indicación, norma, regla, obligación o prohibición. No levantaste la vista de la página o del guía en ningún momento.

—Estaba tensa. Ni siquiera había desayunado porque se me había cerrado el estómago.

Creo que es una sensación común en muchos becarios: no resulta nada agradable saber que te encuentras entre los estudiantes de primer año casi de milagro, y vivir con la pesadilla de poder perderlo todo por notas bajas, por rezagarte en los cursos o por comportamiento indebido.

Mi familia no disponía de sesenta mil dólares al año para pagarme la matrícula.

—Debes de ser el orgullo de la casa.

—Mi madre y mi abuela siempre me han apoyado incondicionalmente. Incluso se hicieron una camiseta con mi foto y la frase «La primera graduada de la familia», el día de la graduación.

—Lo sé, he visto la foto. Muy tierna.

Sofía gira la tarjeta entre sus dedos.

—Gracias. También por haber hecho que escribieran mi nombre correctamente.

—No hay de qué.

Mientras conduzco, Sofía se relaja en el asiento, y al cabo de poco veo que se ha quedado dormida a mi lado. No la despierto hasta que estamos de nuevo frente a la casa de su madre, pero debe de encontrarse en una fase de sueño profundo porque no me responde.

—Ya hemos llegado —le susurro.

—Mmm… —balbucea.

—Tenemos que bajar.

—Mmm…

—Ya veo.

Abro la puerta y salgo.

—Eh, amigo —me dice una mujer bajita, que camina torcida y lleva la ropa muy sucia—. Qué coche tan bonito. ¿No tendrás un par de monedas para la vieja Doris?

—La verdad es que no…

—Vamos, Rockefeller, suelta la pasta

—Solo llevo tarjetas de crédito, lo siento.

La mujer gruñe alguna cosa y se aleja.

Me desplazo al lado de Sofía, abro su portezuela, le rodeo la cintura, la cojo en brazos y me dirijo hacia la entrada de la casa.

Es suave, cálida y perfumada, y detesto pensar que Mark tenga razón. Estoy de rodillas y sin la menor dignidad.

Toco el timbre con el codo, y al poco una señora con el pelo blanco, como algodón de azúcar, me abre la puerta.

—Buenas noches. Sofía se ha quedado dormida en el coche, porque lleva dos días sin dormir, y no he sido capaz de despertarla. Encantado, soy Hayden West, un compañero. Le daría la mano, pero no puedo.

—Entra, ¡adelante! Juana, Paloma, ¡levantad el culo del sofá! A casa, que es tarde —les grita.

Supongo que son el club del cupón, porque las dos recogen una pila de revistas y, después de hacerme un TAC de pies a cabeza, se marchan.

—Por favor, déjala en el sofá.

Coloco a Sofía en el sofá que hay en el pequeño comedor y la cubro con una colcha de ganchillo. Ella ni siquiera pestañea, e incluso se vuelve hacia el otro lado.

—Ahí la tiene, sana y salva —le digo—. Solo está agotada. Necesita descansar.

—¿Habéis cenado? —me pregunta la señora, que me imagino que es su abuela.

—No. De hecho, Sofía esperaba que hubieran sobrado unas tortitas, pero no la despierte —le respondo mientras me dirijo a la puerta—. No las molesto más, que pasen una buena noche.

—¿Y tú? ¿No comes? —me pregunta muy seria la señora.

—Tomaré algo de camino a casa.

—¡No puedes irte sin comer! —Su voz suena como si estuviera ofendida—. Has acompañado a Sofía, y debo agradecértelo.

—No es necesario.

Creo que Sofía me mataría si me quedase.

—Siéntate, que voy a poner la mesa —me ordena en tono perentorio, y empieza a trajinar en la cocina.

—Vale, pero solo un rato.

Salgo de la casa e inspecciono la calle a derecha e izquierda.

—¡Eh, Doris! —la llamo—. Tengo un trabajo para ti.

La mujer se acerca medio a rastras por la acera, tambaleándose.

—¿Qué quieres, Rockefeller?

—Estos cincuenta dólares son para ti —le digo, tendiéndole el billete. Hace el gesto de cogerlo, pero se lo impido—. Voy a quedarme a cenar. Si cuando acabe la cena, el coche está aquí, te daré otros cincuenta.

—¡Por cien dólares, le saco brillo! —Dicho lo cual, Doris se escupe en la manga, dispuesta a pasarla por el capó.

—¡No, gracias! Ya está brillante. Tú solo vigílalo, por favor.

—Lo que usted mande, señor Rockefeller —indica, y se aposta delante del vehículo con mirada amenazadora.

Cuando vuelvo a entrar, en la mesa hay toda clase de manjares.

—Siéntate, Hayden —me dice la abuela.

—Gracias, señora Cortez. Esto es demasiado —le comento encantado mientras me llena el plato.

—Me llamo Blanca.

—Pues entonces gracias, Blanca —repito antes de hincarle el diente a una tortita con guacamole, que una vez en la boca me parece suave como una nube.

—¡Jesús! —exclamo.

—¿Qué pasa?

—Sofía me había dicho que sus tortitas eran buenas, pero no me imaginaba hasta qué punto.

—Es la receta de mi madre, tal como la hacía su abuela y, antes, su bisabuela —me explica orgullosa—. Prueba un buñuelo de plátano.

—¿Hace mucho que viven aquí? —le pregunto para iniciar una conversación formal.

—Desde siempre. Aquí he criado a mi Roxana desde que llegamos de Limón. Era pequeña, tenía dos años —me explica—. Pero al principio la compartíamos dos familias; una por planta.

—¿No hay ningún señor Cortez?

—¿Te refieres a mi padre o al de mi hija?

—¿A ambos?

Blanca suspira y se encoge de hombros.

—Mi Grancito tenía que reunirse con nosotros, pero no pudo. No teníamos suficiente dinero para tres pasajes de avión, así que nos mandó aquí a Roxy y a mí. Después, él se nos uniría viajando en autocar.

—Pero Costa Rica es un país con una economía bastante sólida —le comento—. En cuanto a calidad de vida, es uno de los mejores de Centroamérica.

—Tiene una buena economía, sí, pero no para todos. En la periferia de Limón, cada día podía ser el último. Marcharse nos pareció la mejor opción.

—¿Grancito llegó a venir?

—No. Su autocar fue asaltado por unos bandidos mientras cruzaba Honduras; la banda mató a todos los pasajeros. No supe hasta meses más tarde que Grancito viajaba en ese autocar.

—Lo siento mucho.