Escándalo en Hollywood 38. Sofía #3
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38. Sofía #3

—Ya sé que esto implica renunciar a la privacidad de vuestra intimidad como pareja —admito—. Pero, si nadie obliga a la Avila’s Clinic a afrontar sus responsabilidades, ¿tenéis idea de cuánto daño seguirá causando? ¿Cuántas mujeres sufrirán inútilmente?

—«Mi cuerpo, mi elección», dicen, pero la opinión siempre es de todos. Llevo enfrentándome al «derecho a opinar» del que todos disfrutan desde que soy una adolescente.

—Sin tu fuerza, nuestro trabajo pierde fuelle —insiste Hayden—. Todos en esta habitación sabemos que, si el incendio del Livingston Inn tuvo cierto eco mediático, se debió a que tú estabas allí. De lo contrario, solo habría sido una noticia para tapar algún hueco.

—En este momento, tu notoriedad es más importante que tu dinero —le explico.

Casey mira a su representante.

—¿Eve?

La interpelada alza las manos y guarda silencio por un instante.

—La decisión es tuya.

A continuación, se vuelve hacia su marido.

—¿Mark?

—Fui yo quien te dijo que hablaras con ellos, así que sería un hipócrita si te sugiriera que te echaras atrás. Creo que ahora este asunto ya no nos concierne solo a nosotros.

Casey apoya la mano en el punto del muslo donde termina su pierna y tamborilea con los dedos.

—¿Vosotros qué proponéis?

—Dijiste que querías celebrar tu suerte por haber sobrevivido, ¿no es así? —le pregunta Hayden.

—Claro, estoy agradecida por seguir viva.

—Hemos pensado que podríamos organizar una fiesta en El Cielo Club e invitar a las pacientes de la Avila’s Clinic.

Allí, con la colaboración de Folger, podríais explicar cuánto habéis sufrido tú y las otras mujeres que llevan el Nomyra, proponer una visita de evaluación para discernir si vuestras dolencias son atribuibles a la mala praxis del doctor Herbst y de la Avila’s Clinic, y proceder contra ellos, tumbando de una vez por todas la afirmación de que solo están afectadas unas pocas pacientes —le expone Hayden.

¿Una «fiesta chic»? Qué buena idea.

—Tengo sus contactos, será fácil convocarlas —añado.

—Y nadie dirá que no a una fiesta en El Cielo Club.

Casey acepta la propuesta.

—De acuerdo.

—¿El lugar es seguro? —pregunta Mark.

—Estará blindado —le garantiza Hayden—. Escogeremos uno de los días que el local cierra.

—Habéis estado fantásticos —nos felicita Casey—. Francamente geniales…

Hayden la interrumpe alzando la mano derecha.

—Si no llega a ser por Sofía, que localizó a todas las pacientes y recopiló sus cuestionarios, no habríamos llegado hasta aquí.

—Sí, pero, si Hayden no hubiera obtenido los datos de las pacientes, yo no habría sabido cómo entrar en contacto con ellas —señalo.

—Cierto, pero tú fuiste a la consulta.

—Y tú me acompañaste, aunque creyera que no era necesario —discrepo.

—De acuerdo, pero la idea de hacerte pasar por una paciente interesada en el Nomyra para conocer a Herbst fue tuya —insiste Hayden.

—Y, si tú no hubieras aceptado publicar el reportaje en tu sitio web, yo ni siquiera habría empezado…

Casey da unas palmadas para que nos callemos.

—Muy bien, ya lo he pillado, el mérito es de ambos, y los dos habéis contribuido de formas distintas a obtener estos resultados. ¡Guau, qué bien os compenetráis! Me recordáis a Mark y a mí cuando nos conocimos —nos comenta, dándole un codazo a su marido.

De pronto, en la sala reina un incómodo silencio.

—Estaba bromeando —continúa Casey—. Nosotros éramos demasiado empalagosos. Y no exagero cuando digo «demasiado».

Hayden se pone en pie, dando por concluida nuestra visita.

—Os mantendremos informados si hay novedades. Sofía sigue recopilando y catalogando los cuestionarios, y yo me encargaré de hablar con los de El Cielo Club. ¿Qué os parece si nos vemos la semana que viene, antes de que me vaya a Europa?

—Perfecto —asiente Casey—. No veo la hora de poder lucir mi pierna biónica. Por cierto, Sofía, ¿qué talla usas?

—¿Por qué? —le pregunto, desconcertada.

—Tengo que deshacerme de todos mis vaqueros ajustados; ahora ya no les daré uso.

Además, estoy pensando en lanzar una marca de ropa para personas con prótesis, que sea práctica y confortable, y al mismo tiempo elegante y moderna.

Yo diría que usamos más o menos la misma talla, y, si me ayudaras a vaciar el armario, me harías un favor —me propone.

—¿Me estás diciendo que quieres regalarme tus vaqueros?

—Total, yo ya no me los pondré…

Mark me sonríe resignado.

—Has de saber que, aunque ella finja que te lo está preguntando, ya lo tiene decidido.

Casey se acopla la pierna biónica y, en cuanto Mark le pasa las muletas, me invita a seguirla al ascensor.

—Vamos al armario.

El armario de Casey ocupa la mitad de la planta de la mansión.

—En las cajas de ahí debajo he apilado todo lo que voy a tirar. Elige lo que más te guste.

Hay tres cajas de mudanzas llenas hasta arriba de vaqueros y otros pantalones, entre los cuales destacan un par de Dolce & Gabbana con la etiqueta aún puesta. Mi madre no tendría escrúpulos y se los cargaría todos al hombro

—No sabría cómo pagártelo —le digo sin atreverme ni a tocarlos.

—¿Y tú me lo dices? ¡Tú avisaste a los bomberos la noche del incendio, soy yo quien está en deuda contigo! Y eso por no hablar de la investigación. —Apunta hacia la pila de vaqueros con la muleta y añade—: Vamos, pruébate unos, a ver cómo te van. Si no te quedan bien, te prometo que no insistiré.

Elijo uno de estilo vintage , Gucci, azul claro, casi blanco, que casi me avergüenzo de tocar con mis manos profanas.

Me levanto hasta la cintura el vestido de Prada, proveniente del dumpster diving y remendado por mi abuela, con el que he venido, y me los pruebo, consciente de que probablemente me quedarán más ajustados que a Casey.

Subo la cremallera: se cierran.

—Puede que solo me vengan un poco largos —comento, indecisa, casi como si estuviera buscando algún defecto para poder rechazar tan generosa oferta.

—Con unos tacones de doce centímetros, el problema está resuelto.

Casey da un saltito hasta un estante donde reposan todos los zapatos ordenados por colores. Elige unos zapatos de salón Casadei, cuyas suelas jamás han tocado el suelo, y me los pasa.

—A ver qué tal.

Me los pongo y, efectivamente, el problema de la longitud desaparece.

Ella se me queda mirando, como si me dijera: «Ya no tienes excusa».

Rendida ante su generosidad, me dispongo a quitármelos.

—Déjate puestos los pantalones —me ordena.

—¿Por qué?

—Porque, cuando Hayden te vea con ellos, se derrumbará. Te lo juro, te hacen un trasero de diez. Le quitarás el sueño.

—Ese es un buen motivo para no ponérmelos.

Casey se me queda mirando y parpadea, incrédula.

—¿De verdad no pretendes quitarle el sueño? Y yo voy, y me lo trago —me dice en plan juguetón—. Y llévate también las sandalias.

—No son de mi talla —le indico a alguien que en su zapatero tiene todos los números, del 37 al 42.

—¿Acaso crees que no veo cómo os miráis? No sois tan buenos actores como para ocultar los pensamientos que pueden leerse cuando os observáis.

—¿Y tú qué lees? Deja que lo oiga.

—Algo así como «Vayámonos de aquí y saltemos el uno encima del otro» —dice con desparpajo—. También «Eres la criatura más celestial que Dios ha puesto sobre la tierra», y, en cuanto a ti, diría que eres del tipo «Por favor, sé el padre de mis hijos».

—¿Todo eso está escrito en nuestros ojos? —le pregunto en tono sarcástico, fingiendo que estoy centrada en elegir unos vaqueros de entre el montón de descartes.

Los golpes sordos de las muletas de Casey suenan cada vez más cerca, hasta que finalmente se sienta en el puf que hay a mi lado.

—Pero la verdadera pregunta es ¿por qué os contenéis?

Me arrodillo junto a ella, con unos vaqueros Balenciaga negros de pitillo apretados contra el regazo.

—Es complicado, Casey. Yo estoy en una relación, y Hayden se ve con alguien.

—¿Y qué tal tu relación?

—Es a distancia. Regular. Más mal que bien —admito con honestidad, por primera vez en voz alta.

Puede que, porque Casey es una extraña, no me conoce, y con ella no tengo que fingir esa increíble positividad e integridad que muestro delante de mi madre o de Cindy.

—Si te sirve de consuelo, Hayden no tiene fama de mantener relaciones estables y duraderas. Es posible que esa persona solo sea la aventura de una noche.

—Se llama Ashley, y en el cuarto de baño de su apartamento tiene un cajón con sus productos de belleza y un rizador de pelo —le confío, sintiéndome más liberada de pronto—. Pero Hayden finge que no existe, al menos conmigo.

—Ay… —Es el escueto y lacónico comentario que hace Casey.

—Son dos situaciones complicadas, a las que cabe sumar el hecho de que estamos trabajando juntos: solo nos traería problemas.

—Por mucho que os resistáis, no podréis evitarlo.

Lo sé por experiencia personal: por Mark y por mí.

Yo salía con Greg Irvine, mi compañero de reparto en la película que dirigía Mark.

Mark estaba casado con Lauren Lee (o, para ser más exactos, el suyo era un matrimonio en crisis.

Hacían vidas separadas bajo el mismo techo, pero oficialmente seguían juntos).

A mí me tacharon de rompehogares, mi reputación nunca estuvo tan por los suelos, Lauren me declaró la guerra públicamente, el Departamento de Producción se echó las manos a la cabeza cuando Greg y yo rompimos, porque habían basado toda la promoción de la película en nuestras apariciones como pareja.

Tanto Mark como yo sabíamos que no podíamos malograr el proyecto, por lo que debíamos comportarnos como adultos responsables y mirar hacia otro lado —me cuenta con un matiz de nostalgia en la voz—.

Contenerse hizo que todo fuera más divertido, y cuando caímos…

—Casey deja vagar la memoria por un recuerdo que le encanta, porque sonríe y aparta la mirada—. Discúlpame, soy patética.

—No lo eres. Estás enamorada, y eso es precioso.

—¿Cuántos años tienes, Sofía?

—Treinta y uno.

—Yo podría ser tu hermana mayor, pero, aunque no lo sea, acepta un consejo: no renuncies a la oportunidad de ser feliz solo porque las circunstancias sean difíciles. Las dificultades se pueden superar, pero el arrepentimiento de no haberlo intentado te perseguirá para siempre.

—Pensaré en ello.

—Y deja de rebuscar tanto entre los vaqueros, llévatelos todos. Déjate estos puestos: ataremos el vestido a tu cintura, y así lo convertiremos en un top con un lazo. Camina despacio, contonea las caderas y haz que le dé vueltas la cabeza a él, por la desesperación.