Escándalo en Hollywood 38. Sofía #2
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38. Sofía #2

—Has oído bien, a casa de Casey Jameson —le repito—. Necesito el vestido negro de Prada. Aquel al que le acortamos el dobladillo para que no se viera el roto.

—Pero yo quería ponérmelo esta noche. Salgo con Patrick.

—Patrick lo entenderá. Además, te conseguiré un autógrafo —añado.

—Te maquillo y te peino —se ofrece al instante, poniendo a calentar la plancha.

—Toma, come —me ordena mi abuela plantándome debajo de las narices un plato de pollo sazonado con pico de gallo, que le devuelvo.

—¿Cebolla cruda? ¿Quieres que los extermine a todos?

—La cebolla es un desinfectante natural —masculla Paloma, ocupada en amasar tortillas.

Juana, por su parte, se dedica a pelar frijoles.

—Eso es el ajo, tonta.

—A los hombres les gustan las mujeres flacas como el palo de una escoba —añade Paloma.

Mientras mi madre le da los últimos retoques a mi peinado, le envío un mensaje a Hayden con la dirección donde debe recogerme y me como un buñuelo de plátano frito para contentar a la abuela, que me persigue por toda la casa farfullando:

—El saco vacío no se sostiene.

Hayden : estoy fuera, te espero.

—Tengo que irme —exclamo, saltando rápido del taburete de la cocina.

—¡Pero si aún no he acabado de aplicarte el brillo de labios! —protesta mi madre, dándome toquecitos con el pincel pringoso.

—Hayden me espera fuera.

—¡¿Hayden?! —exclaman las presentes casi al mismo tiempo que mi madre, la abuela, Paloma y Juana clavan sus miradas en mí.

—Hayden West —confirmo.

Y las cuatro se precipitan a la ventana para espiarlo tras las cortinas de ganchillo.

—¡Es aún más guapo que en la tele! —opina Juana.

—¡Y también es más alto que en la tele! —prosigue Paloma.

—¿Está casado? —pregunta la abuela.

—¡Cambio de planes! ¡Nada de brillo de labios! —grita mi madre, que sale corriendo en busca de un pañuelo de papel y me lo restriega por la boca—. Todo fuera.

—Vamos a una reunión de trabajo —murmuro por debajo de sus enérgicas instrucciones.

Hayden camina de un lado a otro por la acera con las manos en los bolsillos, siempre impecable con su camisa azul celeste y sus vaqueros blancos de rigor. Un grupito de golfillos se agolpa alrededor del Porsche y lo contemplan con admiración.

—¡Menuda bomba!

—¡Fantástico!

—¡Una pasada!

—¡Ya estoy aquí! —lo aviso al salir de casa y enfilo el caminito de entrada.

—Por favor —me dice, abriendo la puerta del pasajero para invitarme a subir—. Decir «deslumbrante» es quedarse corto.

—¿No te parece patético felicitarte a ti mismo por el coche que llevas?

—No me refería al coche —responde, y cierra la portezuela. Me deja con la palabra en la boca y el cinturón de seguridad en la mano.

Hayden ocupa su asiento, arranca el coche con un estruendo sordo y se vuelve hacia mí.

—Hola, Olivia.

—Hola, Richard.

—¿Capota arriba o capota abajo?

—Arriba —respondo, preocupada por mi pelo, pero me lo pienso mejor—. No, abajo.

—Muy buena elección.

Pulsa un botón del salpicadero y el techo empieza a bajar a nuestra espalda, para partir hacia Beverly Hills.

Hay un buen trecho, pero la distancia no se nota como con el Bingo, porque los asientos son cómodos, uno no se derrite de calor y Hayden conduce con suavidad y elegancia.

Con la mano derecha sostiene el volante y posa la izquierda en el perfil de la puerta.

A propósito de la puerta, me fijo en el bolsillo lateral de la mía y veo una goma para el pelo, también de terciopelo, pero esta vez blanca.

Ashley también está aquí para recordarme que le estoy robando su tiempo y su espacio con Hayden, y que debería exterminar las mariposas que siento en el estómago con un buen insecticida.

Ardo en deseos de preguntarle por ella, sin medias tintas. Pero entonces parecería que estoy desesperada y, al menos mientras me quede un ápice de dignidad, no quiero parecerlo.

Entonces, si no estoy desesperada, ¿por qué mi esperanza de pillar todos los semáforos en rojo y todos los atascos posibles aumenta a cada kilómetro?

Vistos desde fuera, realmente podríamos ser Olivia y Richard saliendo para su segunda cita, pero solo se trata de una estúpida y malsana fantasía. Entretanto, Rafael, al lado de Hayden, se desvanece cada vez más en mi cabeza.

El cartel que reza « Beverly Hills » nos anuncia que ya hemos alcanzado nuestro destino, y una vez allí llegamos a una verja de hierro forjado de tres metros de alta que, tras llamar al videoportero, se abre de par en par.

Al final del sendero hay una segunda verja de seguridad que nos da acceso a la mansión: un palacete blanco de estilo pseudoneoclásico, donde ya nos está esperando Eve, la representante de Casey.

—Bienvenidos —nos saluda.

—¿Cómo está Casey? —le pregunto de inmediato.

—Incansable —responde Mark, que acaba de aparecer por la puerta—. Debería descansar, pero, en vez de eso, se dedica a estresar a un pelotón de fisioterapeutas para poder ponerse de pie lo antes posible.

—Maaaaaark —lo llama Casey desde dentro—. ¿Has visto si los gemelos han cogido mis gomas para practicar estiramientos?

—Ya lo veis —nos dice alzando el dedo—. Entrad.

—Es una buena noticia —comenta Hayden—. Las consecuencias del accidente podrían haberla deprimido.

Seguimos a Eve y a Mark al interior de la mansión, que es un derroche de mármol blanco y brillante, de espejos, obras de arte y cascadas de flores frescas allí donde mirases.

En una sala de estar, donde podría caber mi casa entera sin problemas, Casey se entrena en una máquina futurista que no había visto en toda mi vida, y en el suelo, a su lado, yace una prótesis que asombra por lo mucho que se parece a una pierna real.

—Bienvenidos, poneos cómodos —nos dice a modo de saludo—. ¿Me traéis buenas noticias?

—Más o menos —respondo—. ¿Tú cómo estás? Veo que te estás recuperando.

—Tengo grandes proyectos —exclama ella entre un jadeo y otro—.

Estoy creando una nueva fundación benéfica, Hermanas con Buen Pie, para facilitar el acceso a prótesis de nueva generación, fisioterapia y la inserción en el mundo laboral a las personas que han sufrido amputaciones.

Además, para despejar cualquier duda sobre una pausa o una retirada del cine por mi parte, he pedido que modifiquen mi papel en La superviviente para que no me sustituyan, y traten de disimular mi prótesis con los encuadres o con vestidos especialmente diseñados a tal fin.

Quiero que forme parte del personaje. Espero volver al plató dentro de dos semanas…

—Muy ambicioso por tu parte —comenta Hayden—. ¿No te resulta agotador?

—¡Y también quiero dar una fiesta! Una gran fiesta, para hacer callar a todos aquellos que hablan de mí como una pobre infortunada sin pierna.

Lauren Lee, entre otros —afirma con determinación, y un evidente desprecio en la voz al mencionar a su eterna rival—.

No me siento desafortunada por haber perdido una pierna, me siento afortunada porque estoy viva, y todo el mundo debe saberlo. ¿Dónde he puesto mi kombucha?

Mark recupera la botella de debajo de la máquina y se la pasa.

—¿Y lo de restituir la paz en el mundo, en qué lugar de la lista lo has puesto?

—También llegaremos a ello, cariño.

—Me prometiste que descansarías.

—Ya descansé en el hospital —le replica ella—. Odio estar postrada.

—Me alegro de encontrarte tan activa y motivada. No quisiera molestarte si te encuentras en un periodo de recogimiento —le dice Hayden.

—Para mí, esto es una forma de recogimiento: hacer, planificar, crear.

Ya sufrí una depresión, tras el parto. Tardé un año en salir, y no permitiré que nada me meta de nuevo en ese túnel, aunque tenga que luchar contra ello hasta mi último aliento.

Quiero noticias: ¡disparad! Estáis aquí por el tema de la Avila’s Clinic, ¿verdad?

—Así es —le confirmo—. ¿Recuerdas que nos dijiste que la clínica no se tomaba en serio tus quejas ni las de las otras pacientes sobre el Nomyra, porque decían que erais una minoría?

Vale, pues Hayden y yo hemos conseguido localizar a todas las mujeres que llevan el dispositivo que el doctor Herbst les implantó y las he entrevistado acerca de su estado de salud: todas padecen molestias en distinto grado, similares a las tuyas y a las de las ocho mujeres que estabais en el Livingston Inn. Y hay muchas más.

Casey suelta la barra, y el ruido de las pesas al caer al suelo resuena por la habitación.

—¡¿Cuántas dices?! —inquiere Casey—. ¿Has oído, Mark? ¡Doscientas veinticuatro!

—Lo he oído —asiente su marido.

—Ahora bien, sufren trastornos, pero no tenemos la certeza de que estén relacionados con el Nomyra, de modo que también tendría que visitarlas el doctor Folger.

—Eso supone un montón de trabajo. Benjamín tendría que mantener la consulta abierta incluso de noche —observa Casey—. Aunque, estando así las cosas, la Avila’s Clinic y Herbst se verán obligados a tomarse muy en serio su mala praxis.

—La cuestión es, Casey, que creemos que, si logramos reunir a estas mujeres y convencerlas de que actúen contra la Avila’s Clinic, tu presencia haría que esta iniciativa fuera mucho más eficaz —indica Hayden—.

Sé que querías mantenerte al margen, pero el movimiento necesita una portavoz, y creo que nadie podría hacerlo mejor que tú.

Casey mira al suelo y niega con la cabeza.

—Puedo soportar que me compadezcan, una pierna amputada, ¿pero que me enjuicien por haberme sometido a una esterilización? ¿Y, además, que todos sepan que me ha provocado un malestar permanente? ¿Sabéis cuánta gente dirá: «Ella se lo ha buscado»?

Mark la ayuda a incorporarse de la camilla de entrenamiento y la acomoda en el sofá que está al lado.

—No estamos preparados para permitir que todo el mundo entre en nuestro dormitorio.

—Eso por no hablar de la etiqueta que le pondrán —apunta Eve Prescott—. Aún tendrá más dificultades para trabajar que con la pierna amputada.