38. Sofía
Sofía
H ayden me ha citado en el muelle de Santa Mónica a las seis. Llego puntual, pero allí solo me espera una gaviota posada en la barandilla de madera, que empieza a avanzar hacia mí, apuntando a mi paquete de patatas fritas con su pico.
—Son picantes —le indico como si pudiera entenderme—. No creo que te gusten.
« ¡AAAAAAHHHHH!», grazna ofendida.
Han pasado cinco minutos y Hayden aún no aparece, de modo que me apoyo en la baranda y contemplo el mar, que parece una extensión de cobre fundido bajo el sol del atardecer.
Sopla un viento suave y cálido, y el agua forma unos rizos que se solapan entre sí. A mis pies, un grupo de surfistas espera el momento perfecto, flotando sobre sus tablas.
Me habría gustado aprender a surfear, pero es una de esas cosas que siempre he postergado.
Sigo a los surfistas, que, uno tras otro, se lanzan en pos de las olas, apostando entre ellos quién aguantará más.
Sin embargo, el que gana el desafío con el mar es uno que lleva un neopreno blanco y naranja, y que se desliza sobre el agua como si fuera Jesús.
Se sostiene con firmeza sobre la tabla, que parece una extensión de su cuerpo, para entrar en los remolinos, los cuales supera con una desenvoltura que desconcierta.
Los otros surfistas se han detenido a contemplar su clase magistral, paralizados por una mezcla de admiración y envidia, hasta que, tras su última acrobacia, incluso le dedican un aplauso.
Desde mi ignorancia, me limito a admirar la perfección escultural que, enfundado en el mono de neopreno, exhibe cada músculo de su cuerpo.
Puede que también sea la posición en la tabla, pero lo que más destaca del conjunto son sus glúteos, que sin duda constituyen la prueba irrefutable de una existencia divina.
¿Por qué no habré salido con surfistas en toda mi vida? ¡Viviendo en Los Ángeles, creo que debería ser obligatorio para cualquier mujer! Rafael es más de correr, una pasión que nunca he compartido e incluso detesto. Cuando corro me rebotan los pechos, el estómago, el cerebro… ¡Todo!
El dios del surf saluda al grupo y se dirige a la orilla. Clava la tabla en la arena y se seca el pelo con una toalla. Se gira hacia el muelle, desde donde he presenciado la exhibición, alza un brazo y empieza a agitarlo en mi dirección.
Dios mío, pero si es… ¡Es Hayden! Acabo de pasarme diez minutos mirándole el culo a Hayden West.
En un ataque de pánico, me echo hacia atrás de golpe y tiro al suelo las patatas fritas, que la gaviota se apresura a devorar.
Me asomo más por la barandilla, y él sigue allí con el brazo en alto, haciéndome señas para que me acerque.
«Tranquila, Sofía. Seguro que no sabe que lo estabas mirando».
Tras recuperar la compostura, empiezo a caminar por el muelle y bajo a la playa, donde Hayden se está quitando el neopreno. Se baja la cremallera desde el pecho hasta las ingles, se quita las mangas y el traje le queda colgando de las caderas.
¡Señor, ten piedad!
—Creía que llegabas tarde —le digo—. Estaba a punto de irme.
—Hoy el mar está demasiado bueno para desaprovecharlo.
—No sabía que practicabas surf.
—De vez en cuando. Ahora solo lo hago ocasionalmente.
—No me ha parecido la actuación de un surfista ocasional —le comento.
Hayden me lanza una mirada insinuante.
—¡Eso quiere decir que me has estado mirando! —exclama en tono triunfal.
—De pasada.
—¿Te he impresionado?
—Eres un exhibicionista.
—Te he impresionado.
—¿Me has citado para hablar de la investigación o para pavonearte? —le pregunto cruzando los brazos.
—Ambas cosas, en realidad —comenta divertido—, pero en vista de que ya he conseguido lo segundo, podemos pasar directamente a lo primero. En tu mensaje me has dicho que has dado con algo interesante: dispara.
Hayden extiende la toalla sobre la arena, se tumba en ella y me invita a acomodarme a su lado.
Me siento a una distancia prudencial de su cuerpo bronceado y goteante; los rayos del sol poniente acarician su piel húmeda, haciendo casi que brille.
Un hilillo de agua desciende desde su pecho marmóreo a través del surco de sus tensos abdominales, hasta desaparecer por el borde del neopreno, a la altura de las ingles.
«¡No mires, Sofía!».
Me llevo las manos a los ojos instintivamente, como para reconducirlos a donde deberían, en vista de que no me obedecen.
—¿Va todo bien?
—Sí, es que… Debe de haberme entrado arena en un ojo por culpa del viento.
—Déjame ver.
—No es nada.
—Si te tocas, es peor —insiste.
Me obliga a apartar las manos de la cara y, de pronto, me encuentro a diez centímetros de la suya. Me levanta el párpado derecho con el índice, sopla en el ojo con delicadeza y, a continuación, hace lo mismo con el izquierdo.
—¿Mejor?
—Mejor.
—Tienes las pestañas más largas que he visto en mi vida —comenta con la mirada perdida en ellas.
—¡La investigación! —insisto con firmeza, obligándome a no deleitarme con sus halagos.
—He confeccionado una lista de las pacientes de Herbst, extrayendo los nombres de las fotos que me pasaste ayer, y he empezado a contactar con ellas, una por una.
Me he hecho pasar por una empleada del Centro de Salud para Mujeres del distrito, y les he dicho que estaba seleccionando candidatas para un proyecto de seguimiento gratuito.
Para poder participar, las candidatas deberían responder una pequeña encuesta —le explico.
—Por favor, recuérdame cuán ilegal era fotografiar sus datos —me dice para pincharme.
—Tienes razón, no es legal, pero escucha: mi idea era preguntarles siguiendo una serie de puntos (respondiendo con un «sí» o un «no»), si habían sufrido uno o más trastornos como los que padecían Casey y las otras ocho pacientes, y así comprobar si en efecto eran una minoría.
En el caso de que fuera así, muchas de ellas responderían con un «no» a mis preguntas.
Supuse que tardaría unos cinco minutos por persona y, por tanto, completaría toda la lista en dos días, pero con la primera paciente estuve más de media hora al teléfono, anotando todo su historial clínico de los últimos cuatro años; con la segunda, veinte minutos, y con la tercera, otros tantos.
—Apuesto a que lo escribías todo a mano.
—Al principio sí, pero enseguida me di cuenta de que sería imposible, así que creé un formulario de encuesta digital y se lo envié a todas. —Cojo mi bolso y saco un aparatoso montón de hojas—. Y ya me han respondido ciento sesenta.
Hayden coge una hoja de encima de la pila.
—¡Incluso has creado el logo del Centro de Salud para Mujeres del distrito! —exclama él señalando el encabezado.
—Las cosas hay que hacerlas como es debido, Hayden.
Sigue examinando el contenido de mi trabajo.
—Es muy… ¡completo!
—Gracias. —Recupero la hoja y la restituyo a la pila—.
La cuestión es que de ciento sesenta cuestionarios que han llegado, sobre un total de doscientos veinticuatro, ninguno es negativo.
¡Al contrario! La mayoría de estas mujeres presenta trastornos múltiples y algunas, en el apartado de «Otras evidencias clínicas», ¡han añadido dolencias que ni siquiera sospechábamos.
—Pero puede que no estén relacionadas con el Nomyra —sugiere.
—Cierto, pero todas llevan el No… —Se me escapa un bostezo a media palabra—. El Nomyra.
—¿Cuánto hace que no duermes, Sofía?
—Desde que volvimos de San Bernardino. Primero tuve que transcribir todos los contactos de las fotos y, por cierto, podrías haberlas enfocado mejor para sacarlas.
—Ya tuve bastante con encontrar todas las pacientes de Herbst en los diez minutos escasos que duró tu visita.
—No importa, a fin de cuentas, resultaban legibles, y pude confeccionar una hoja de cálculo con los nombres, apellidos, fechas de nacimiento, fecha en que se implantó el Nomyra, dirección, contacto telefónico y email, pero me llevó toda la noche.
Al día siguiente, empecé con la rueda de llamadas, y desde ayer estoy recopilando y catalogando las fichas de la encuesta de cada una.
—Podrías haberme pedido ayuda —me regaña.
—Ya me estás ayudando mucho: el espacio en tu sitio, los gastos, la obtención de los nombres, el contacto de Casey…
—Sí, pero quiero que me impliques en la investigación de forma activa, no solo instrumental —insiste.
—Vale, entonces, las próximas fichas que lleguen te las pasaré a ti.
¿Contento? Pero ahora el tema se complica: no se trata de unas pocas mujeres que se quejan de un trastorno y de un médico que no asume la responsabilidad.
Estamos hablando de la práctica totalidad de las pacientes.
La Avila’s Clinic está haciendo estragos, y ninguna paciente lo sabe.
—Con un peso en el corazón y un nudo en el estómago, dejo escapar un suspiro, y miro la pila de cuestionarios, indecisa—.
Bien, llegados a este punto necesito saber si estás decidido a continuar, Hayden.
Si quieres dar marcha atrás, este es el momento propicio, y así, al menos, no malgastaré más energías.
Hayden apoya la mano bajo mi barbilla y me obliga a mirarlo.
—Sofía, sigamos adelante, joder.
De pronto siento el estómago más ligero y respiro con regularidad. La convicción que desprende la mirada de Hayden le inyecta nueva energía a mi cuerpo exhausto.
—Tampoco hace falta ser vulgar.
—Es para reforzar la afirmación.
Saca el teléfono de su bolsa y hace una llamada.
—Hola, ¿cómo estás? Yo estoy bien. ¿Cuándo estarás por casa, para charlar contigo? ¡Perfecto! Hasta luego. —Tras decir aquellas pocas frases telegráficas, cuelga—. Vamos.
—¿Adónde? ¿Cuándo?
Hayden se pone en pie dando un salto atlético.
—A casa de Casey. Esta noche.
—¡¿A casa de Casey?! —exclamo aterrorizada—. ¡No puedo presentarme en casa de alguien que ha ganado dos Oscar con estas pintas! ¡Parezco recién fugada de la cárcel!
—Yo tampoco pienso ir así, ¿qué te creías? Ve a casa, arréglate y tómate un café. Pasaré a buscarte dentro de una hora y media.
—¿Adónde dices que vas? —me pregunta mi madre, incrédula.