37. Hayden
Hayden
C orey me está enumerando la apretada lista de compromisos que ha cerrado para la gira europea, pero yo no estoy pendiente de lo que dice.
Nos encontramos en Rodeo Drive, en House of Century, donde me estoy probando las camisas nuevas que he encargado para ir a Europa, y mi representante está marcando cada una de las citas concertadas, persuadido de que ha llenado cada minuto de mi viaje.
Menos mal que iba a ser una excusa para tomarme unas vacaciones.
Cuando acepté, me entusiasmaba la idea de alejarme durante diez días de Los Ángeles, pero ahora ya no estoy tan ansioso por partir.
—¿Qué te parece? —me pregunta.
—¿Qué?
—La entrevista que te he concertado con El País —responde Corey.
—Ah, ¿esa? ¡Sí, genial! —le indico mientras me abrocho los puños.
Corey me fulmina con una mirada siniestra.
—No existe tal entrevista con El País . Sabía que no habías escuchado ni media palabra de lo que te he dicho.
—Sabes perfectamente que realizo todo lo que me dices que haga, así que no entiendo por qué pides mi opinión —le replico mientras el sastre me ajusta la caída de hombros.
—En realidad, no te pedía opinión, sino que estaba poniéndote a prueba. No estás a lo que deberías estar, Hayden.
—Me estoy relajando antes de la gira —le respondo con una mentira.
—Este color te queda de pena: ¿púrpura? ¿Quién eres, el papa? Y encima te viene estrecha de mangas.
—Para empezar, el papa viste de blanco —lo corrijo—. Y, además, me estoy planteando cambiar de imagen.
—Necesita una chaqueta de lino —le comenta Corey al sastre—. No se te ve relajado, Hayden. Es como si algo te preocupara. ¿Qué te preocupa?
—Si te lo digo, ¿me prometes que no te cabrearás?
—¿Es algo por lo que debería cabrearme?
—Se trata de una investigación.
Corey arruga la frente, perplejo.
—¿Una investigación sobre qué? Tú no te dedicas a las investigaciones.
—Pero Sofía Cortez sí.
—¿Te está investigando? ¡Si esa loca anda acosándote, llamaré al abogado y le pediré que solicite una orden de alejamiento! —dice, agitando el teléfono—. Solo tardaré un momento.
Lo detengo, sujetándole el codo.
—No es sobre mí. Es conmigo. Estamos investigando juntos.
—¿Y por qué?
—Todo empezó con Casey y el incendio. Sofía ha dado con una pista interesante, y estamos haciendo indagaciones, pero no puedo explicarte más.
—¿Cómo que no puedes contarme nada más? ¡Yo soy el responsable de tu imagen, no puedes dejarme al margen de lo que hagas!
—Esta vez tienes que confiar en mí.
—Confío en ti, pero no en los que te rodean; me pagas para eso. Piénsalo: estás en la cresta de la ola y, casualmente, esta vieja conocida de la universidad se te pega a los talones. ¿No te parece sospechoso?
—No empieces a ponerte paranoico, como de costumbre. Corey, tú ves actitudes sospechosas por todas partes.
—Y no suelo equivocarme.
—Sofía es una buena persona, y podría decirse que yo no siempre la he tratado correctamente. Así que, si hubiera que cuestionar la conducta de alguien, tendría que ser la mía. Sofía trabaja duro, no le da miedo ensuciarse las manos. Para ella, el periodismo no es un trabajo, es una misión que…
—Te gusta.
—¿Qué?
—¿Estás sordo? He dicho que te gusta —repite, vocalizando las palabras.
—¿Alguien ha pedido una pizza? —pregunta el sastre, señalando al repartidor que acaba de entrar con una caja de Domino’s en la mano.
—Yo —responde Corey, que se apresura a tender las manos.
El sastre lo mira contrariado.
—Cómasela lejos de las prendas, por favor.
—Y habíamos almorzado antes de venir aquí —le recuerdo.
—Aquella ensalada de pollo que me has hecho comer no me ha llenado lo suficiente —se lamenta—. Y, en cuanto a lo otro, no hace falta que digas nada más: Sofía te gusta, y punto.
—Es una chica guapa, desde luego.
—No es una cuestión de estética. Continuamente, de tu casa entran y salen modelos de todo tipo… Bueno, «entraban», porque en el último mes no me consta que hayas tenido ninguna cita. Aunque es cierto que nunca las mencionas.
—Con Sofía estoy por trabajo.
—¿Le has pasado el contacto del camarero del Sal Negra? —farfulla con una loncha de salami asomándole en los labios.
—¡No era para ella, es un crío!
—Y tú, en cambio, sí.
Negaré hasta la muerte que me gusta Sofía, porque no me gusta. Solo se trata de mera atracción física. Y, aunque la otra noche maldije a todos los santos del cielo cuando la llamada interrumpió nuestro juego de las degustaciones, a la mañana siguiente no podría haber sido más feliz.
—Estás viendo algo donde no lo hay —afirmo, tratando de zanjar la cuestión.
—O puede que tú no veas lo evidente —me replica riéndose—. ¿Quieres una loncha?
—Así te atragantes.
Me suena el teléfono y Corey lo coge de la mesita donde yo lo había dejado, para pasármelo.
—¿C onsejera delegada? —pregunta mirando la pantalla—. ¿Consejera delegada de quién? ¿De un patrocinador?
—Es Sofía.
—¿Y por qué leches la tienes guardada como «consejera delegada»?
—Son cosas nuestras, dame el teléfono.
—¡Uuuy! «Son cosas nuestras» —canturrea con voz melosa mientras agita el móvil en el aire.
—Te he dicho que me pases el teléfono —insisto.
—Y, si no te lo paso, ¿qué harás? —me desafía.
—Si no lo haces, te tragarás la pizza de golpe, con caja incluida. Vamos, dámelo de una vez —le ordeno.
Él parece estar pasándoselo en grande.
—Tienes muchas ganas de responder, ¿eh?
—Corey, dame el puto teléfono.
—¿Quieres que responda yo?
—Deja de hacer el imbécil, podría ser importante.
—Mira cómo te estás calentando —se burla, pasándose el móvil de una mano a la otra para que no pueda cogérselo.
—Ya me estás tocando los cojones, Corey, dámelo.
Me abalanzo sobre él para placarlo y, cuando lo tengo tendido en el suelo, levanto el brazo para arrebatarle el móvil. De pronto, además del timbre del teléfono, también se oye el ruido de una tela que se rasga.
—Señor —me dice el sastre con voz fúnebre—, acaba de cargarse la manga de la camisa.
El móvil deja de sonar y fulmino a Corey con la mirada.
—De todos modos, este color te quedaba fatal.
El teléfono, que ahora vuelve a estar en mis manos, vibra notificándome la llegada de un mensaje.
Es ella.
«Tengo algo».