Escándalo en Hollywood 36. Sofía
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36. Sofía

Sofía

E l deseo y el sentimiento de culpa me están corroyendo el alma hasta reducirla a una vorágine sangrante.

No tengo ni idea de qué ha podido pasarme. Solo sé que he llegado a rozar el techo de la estupidez.

—Asimismo, he de reconocer que me siento objetivamente atraída por Hayden (con Rafael y sin Rafael, con ovulación y sin ella), pero la cuestión es que debo tenerlo muy presente para no tropezar con esa piedra.

Aunque él diga lo contrario, está claro que en alguna parte hay una mujer especial llamada Ashley; pero no puedo confesarle que he visto el cajón en su cuarto de baño.

Y, puesto que sé cómo sienta ser la novia confiada que espera una llamada de su pareja en la lejanía, la cual pasa su tiempo en estrecha compañía de otra persona, nunca daré pie a convertirme en alguien que amenace su paz.

Me dolió ver la foto de Lynette en brazos de Rafael, y creo que Ashley también sufriría si viera una foto de Hayden dándome a probar un batido con una cucharilla. O viceversa.

El demonio de la ovulación me sugería una maléfica alternativa para la tercera degustación, directamente de sus labios, pero esa llamada llegó como una señal.

En el exterior ya es de noche, y Hayden conduce guardando un sereno silencio, mientras en el habitáculo resuena el zumbido de una emisora que transmite un viejo concierto de los Smiths en el que, más que las canciones, se escucha el murmullo del público.

Pero ya está bien así, porque, de hecho, no tenemos nada que decirnos.

Lo cierto es que no tenemos nada que decirnos, salvo que haga referencia a la investigación.

Si al menos mi nariz dejase de buscar su aroma…

¡Tendría que haber cogido el tren!

—Ya me dirás dónde está tu casa —dice la voz de Hayden surgiendo de la nada.

—No, vayamos primero a tu casa, y después ya volveré a la mía. Igualmente, tengo que devolver el coche a la empresa de alquiler mañana por la mañana.

—Puedo devolverlo yo, y que pongan la factura a mi nombre. ¿Dónde vives? Te prometo que no usaré tu dirección de forma inadecuada.

—En Hancock Street. —Introduzco las coordenadas en el navegador del teléfono—. Lincoln Heights, en East L. A.

—Ya sé dónde está el barrio de Lincoln Heights.

—Es una casa blanca, de una sola planta, tejado a dos aguas gris y porche con arcos —le explico.

A medida que nos adentramos en el barrio, mi vergüenza va en aumento: esto no es Santa Mónica, no hay complejos residenciales de lujo, ni coches de lujo aparcados en las aceras, ni una sola terraza con vistas al mar y jacuzzi, ni avenidas flanqueadas de exuberantes palmeras.

Las casas son viejas, parcheadas, con jardines descuidados o yermos en algunos casos, vallas desvencijadas, y los paseantes más glamurosos salen a tirar la basura en bata.

Tendría que haber cogido el tren.

—¿Es esta? —me pregunta Hayden parando el coche delante de mi casa—. Es mona —comenta.

—No tienes por qué hacer cumplidos, soy consciente de dónde vivo.

—Siento lo de antes —suelta de pronto—. En el restaurante me dejé llevar por el juego. No pretendía incomodarte.

—No te preocupes, también ha sido mi culpa.

—Sofía… —pronuncia mi nombre sin añadir nada más, y no sé por qué, pero me encantaría que sí lo añadiera.

—Éramos mejores cuando solo nos llamábamos por el apellido —le comento.

—Cuando solo nos llamábamos por el apellido, ni siquiera podíamos respirar en la misma habitación.

Yo tampoco puedo en este momento, si he de ser sincera.

—Creo que podemos llegar a ser dos colegas excelentes. Solo tenemos que aprender a respetar los límites que separan la profesión de la vida personal.

—Resulta más fácil decirlo que hacerlo. Te recuerdo que hoy he estado presente mientras te hacía la revisión el ginecólogo —responde él en tono divertido.

—Deberías haber tenido la decencia de salir —lo reprendo—. Yo no podía pedírtelo, porque al doctor Herbst le habría parecido extraño. Pero ¿a ti qué te impedía fingir que debías hacer una llamada urgente y salir de la consulta durante cinco minutos?

—Es una buena pregunta.

—Es una excelente pregunta.

—Por mucho que me consideres un desecho de la sociedad, carente de toda moral, estaba a punto de salir, cuando me di cuenta de que quedarme detrás de la cortina verde me brindaba una oportunidad irrepetible.

—No lo estás arreglando precisamente, si quieres saberlo.

—Me acerqué hasta el ordenador de Herbst y abrí la base de datos de sus pacientes. Introduje la palabra clave, Nomyra…, et voilà . —Hayden coge el móvil, teclea algo en la pantalla y, al cabo de unos segundos, el mío vibra, avisándome que tengo una solicitud para compartir archivos.

Acepto y, cuando veo las nuevas imágenes en la galería, casi me da un infarto.

—¡Has conseguido los nombres de todas las pacientes que llevan el implante! —exclamo.

—Y sus respectivos contactos —añade satisfecho—. Son doscientas veinticuatro.

—¡Pero esto es ilegal!

—También lo es no informar al paciente de los efectos colaterales. Y, además, perdona, ¿desde cuándo te preocupan las ilegalidades? ¿Tú no encontraste la dirección de mi casa empleando el mismo método, o acaso me equivoco?

—Sí, pero…

No le falta razón.

Hayden me lanza una mirada victoriosa.

—¿Sabes lo que has de hacer a continuación, o te lo tengo que decir yo?

—Sé lo que he de hacer —le confirmo.

—Algo del tipo «Gracias por lograr que esta visita no acabara siendo un completo fiasco» podría sonar bien en este momento.

—¿También quieres una medalla?

—No, esa te la cedo a ti, que te has dejado introducir una sonda por amor a la causa.

—¿Cuánto tiempo piensas burlarte de mí con este tema?

—No mucho. Creo que, después de esta noche, os dejaré en paz a ti y a tu fase folicular, en su fase álgida.

—Que te den.

—De algún modo tengo que vengarme por el apodo de «Waste».

Alzo las manos en señal de rendición.

—Buenas noches, me voy.

—Espera. —Hayden baja del coche y da la vuelta hasta mi lado para abrirme la portezuela.

—Adelante, «consejera delegada».

Asciendo por el corto caminito de piedra roja llena de grietas que conduce a la puerta de entrada, mientras Hayden permanece de pie, observándome.

—Ya puedes irte, ¿sabes? —le digo mientras hurgo en el bolso buscando las llaves.

—Esperaré a que entres.

—Ya sé que provienes de los barrios altos de la noble San Francisco, y no estás acostumbrado a las zonas populares, pero te aseguro que esta calle es menos peligrosa de lo que parece. No es la primera vez que vuelvo de noche.

—Pero sí es la primera vez que yo te acompaño. —Lo dice como si fuera a ocurrir de nuevo—. Richard esperaría a que Olivia entrase.

Y a Olivia la volvería loca que lo hiciera.

Ya hace un rato que tengo las llaves en la mano, pero finjo que aún no las he encontrado, solo por el placer de prolongar la espera un poco más.

—¿Estás segura de que no las has perdido? —me pregunta.

—Hum, sí… Llevo el bolso superlleno. —Por fin decido sacarlas, y se las muestro victoriosa—. Encontradas.

—Tienes que hacer que reparen esta verja —me aconseja, señalando la puerta metálica que siempre dejamos entreabierta. Rafael tenía que hacerlo. Era uno de nuestros proyectos para el jardín: una barbacoa, un huerto, un cenador con dos tumbonas y una mesa con dos bancos sobre el piso de cemento.

—Solo tiene un metro de alto, cualquiera podría saltarla —señalo con las llaves ya dentro de la cerradura.

—No lo digo por si alguien la salta. Es para que todos vean que alguien cuida de la casa. Eso disuade a los intrusos.

Toda esa atención por los detalles está ofuscando mi autoimpuesta lucidez en lo referente a no fantasear con él.

—Tienes razón, mañana llamaré a un cerrajero. Buenas noches, Hayden —me despido y entro en casa, con las luces apagadas.

Cierro la puerta a mi espalda y observo a través de la cortina de la ventana lateral, sin encender la lámpara del vestíbulo.

Hayden espera unos diez segundos, ajusta la verja desvencijada y se sube al Bingo.

Lo pone en marcha, pero no arranca enseguida. Un nuevo mensaje suena en mi móvil.

«Buenas noches, consejera delegada».