Escándalo en Hollywood 35. Hayden #2
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35. Hayden #2

—Todos los méritos no van a ser para ti —me replica, metiéndose la pajita en la boca y sorbiendo el batido con ruido—. Además, hiciste méritos. Te paseabas por el campus como si acabaras de descender a la Tierra.

—Eso no es verdad.

—Yo trabajaba en la cafetería, y recuerdo como si fuera ayer cuando tú y tu equipo de remo veníais tras las competiciones a celebrar el resultado. Parecía que todos tuviéramos que estar a vuestro servicio. Siempre exigíais la misma mesa, la de los sofás.

—Vale, puede que fuéramos un poco ruidosos, pero creo que era lo normal en unos veinteañeros exultantes por la victoria.

—Y tu novia, Madison, disfrutaba humillando a los camareros.

Una tarde me devolvió cuatro veces su Coca-Cola porque no estaba como ella la quería.

«No es light », «Lleva poco hielo», «Falta la rodaja de limón», «El vaso está demasiado mojado».

Estaba sentada sobre tus piernas y tú no abriste la boca mientras ella se deleitaba tiranizándome.

—Ciertamente, recuerdas todos los detalles.

—Cuando sufres un abuso, no lo olvidas fácilmente.

—Entonces, cuando Madison se portaba mal contigo, ¿también tenía yo la culpa?

—No directamente, pero, si ves que alguien está tratando mal a otra persona y no intervienes, también estás siendo injusto. Y tú, como presidente de la fraternidad más codiciada del campus, capitán del equipo de remo, delegado estudiantil, tenías la suficiente autoridad para hacerlo.

—Supongo que ya es tarde para disculparme.

—Bastante, pero, si me das tu barquillo, podría reconsiderarlo.

—Todo tuyo —le indico, y la invito a cogerlo.

Ella se lo agencia y lo muerde con placer.

—¿Está rico?

—Mucho, aunque, cuando vi llegar tu batido, me arrepentí de mi elección.

—¿Quieres que nos lo cambiemos? —le propongo.

—Cada cual es responsable de su pedido.

—¿Qué te parece si tú pruebas un poco del mío y yo del tuyo?

Mira mi vaso con una mezcla de indecisión y avidez, suspira y, por fin, cede.

—Vale.

Hundo la cucharilla en el vaso y le ofrezco una buena ración de fresa y nata.

Sofía se inclina sobre la mesa para recibir la cucharilla en su boca, y en ese momento empieza a sonar «Put Your Head on My Shoulder», con Paul Anka pidiéndole a su amada que apoye la cabeza en su hombro, lo abrace fuerte, acerque sus labios a los de él y lo bese.

Sus párpados entrecerrados, sus labios atrapando voluptuosamente la cucharilla y su boca dejando escapar un gemido de placer al probarlo me hacen vacilar.

Me gustaría dejar de mirarla como si estuviera hipnotizado, pero no puedo.

—¿Por qué me miras como si estuvieras ido?

—Hum… Tienes nata en el labio.

—Ah… —dice, pero, en vez de limpiarse con la servilleta, la lame girando lentamente la lengua y, al hacerlo, aunque ella no lo sepa, me está matando.

—Has escogido bien; la fresa y el chocolate están muy buenos.

—Ahora me toca a mí —le recuerdo.

Sofía llena la cucharilla de batido, procurando que también haya galleta desmenuzada, y me la tiende.

Yo la recibo en mi boca como si fuera la última comida de un condenado a muerte. No estoy pendiente en absoluto del sabor, sino del hecho de que hemos intercambiado las cucharillas sin pensarlo dos veces.

Sofía me la saca de los labios, milímetro a milímetro, como si supiera que yo me la habría metido en la boca, aunque estuviera vacía.

—¿Qué tal está? —me pregunta con voz susurrante.

—Exquisito —respondo—. Mejor que el mío.

—¿Quieres más?

«Di que no, Hayden. Mantén la dignidad».

—Sí.

—Entonces, a cambio, tienes que darme otra cucharada a mí.

Y me incita a darle de comer, inclinándose y abriendo la boca de nuevo.

¡Arde Paul Anka! ¡Arde este lugar! ¡Arde todo! ¿Quién hubiera dicho que el infierno se parecía a una cafetería-restaurante de los cincuenta?

Lleno de nuevo la cucharilla y la acerco a sus labios, pero esta vez, en lugar de morderla enseguida, espera paciente a que sea yo quien la deslice lentamente por su lengua. Y, en vez de cerrar los ojos, me mira fijamente mientras traga, emitiendo de nuevo aquel gemido malicioso.

Vuelve a tener la boca manchada de nata, pero esta vez soy yo quien se la limpia con el pulgar, y a continuación me lo lamo.

¿Qué estamos haciendo? No tengo ni idea, pero tampoco quiero parar.

Sea lo que sea, Sofía tampoco quiere detenerse, y ahora es ella quien me ofrece la cucharilla, sin dejar de mirarme a los ojos mientras se muerde el labio inferior.

Acerco la boca, pero en ese preciso instante mi móvil, que había dejado encima de la barra, empieza a vibrar anunciando una llamada entrante.

Ashley.

¡Mierda! En qué mal momento. O en qué momento tan oportuno, según como se mire.

—¿No respondes? —me pregunta Sofía.

—No es urgente. Desvío la llamada y le escribo un mensaje diciéndole que la llamaré más tarde, pero, cuando alzo la vista, la cucharilla ha desaparecido y Sofía está removiendo el batido en el vaso.

—Escucha —me dice sin mirarme—. Tú y yo estamos trabajando juntos en esta investigación, y, como se trata de una operación anárquica y no oficial, corremos el riesgo de vernos metidos en situaciones…

, hum…, confusas. Por lo que el modo en que nos relacionamos también podría prestarse a confusión.

El estrés empuja a las personas a buscar vías de escape inusuales, que no tienen ningún sentido si se contemplan desde un punto de vista racional.

—No te sigo, Sofía.

—Te estoy diciendo que no pretendo ser un problema. No quiero ser «la compañera de la que no hay que preocuparse».

—Perdona, ¿quién debería preocuparse por ti?

Ella se encoge de hombros y niega con la cabeza.

—No lo sé… Alguna persona «especial». No me interesa tu vida privada.

No quiero inmiscuirme en ella. De hecho, no deberíamos inmiscuirnos en la «vida privada» de nadie, en ninguna circunstancia.

Mi relación con Rafael está en el aire, yo no siempre me comporto con lucidez, y no quiero, repito, no quiero ser la Lynette de nadie.

—No eres la Lynette de nadie.

Pero la rotundidad de mi afirmación queda en entredicho cuando Ashley llama de nuevo.

Sofía me mira como si yo fuera un caso perdido, y esboza una sonrisa que parece decirme: «¿Lo ves? Yo tenía razón».

—Será mejor que volvamos. Pensándolo bien, yo podría coger el Metrolink hasta Union Square Station y después el autobús…

—No deberías deambular por Union Station, sola y de noche —objeto.

—Es segura al cien por cien.

—¡Está a dos pasos de Skid Row!

—Pero no es Skid Row.

—Sofía, por favor, no insistas. Si quieres coger el transporte público, dejo aquí el Bingo y te acompaño.

—No seas ridículo.

—No seas ridícula tú. No ha pasado nada, y estás reaccionando como si…

—Han pasado demasiadas cosas —me dice, mirándome directamente de nuevo—. Y lo sabes.