Escándalo en Hollywood 35. Hayden
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35. Hayden

Hayden

—P ide lo que quieras —le digo—. Invita Wild Wild West .

Saliendo de la Interestatal, a la altura de Covina, encontramos una cafetería-restaurante estilo años cincuenta, de esas que tienen el suelo de baldosas blancas y negras, sofás de vinilo rojo, mesas cromadas y pósteres de Harley Davidson y de pin-ups colgados en las paredes.

Por los anticuados altavoces de un jukebox grazna un vinilo con lo mejor de Paul Anka, y Sofía se balancea al ritmo de «Diana», mientras con la nariz levantada lee el menú que está pegado en la pared, con su pelo larguísimo ondeando sobre la espalda.

—¿Puedo exagerar?

—Debes.

—Creo que tomaré un Sinatra milk-shake : helado de vainilla, café, almendras tostadas al cacao, granillo de galleta y nata. Mejor que sea doble de nata.

—Pues yo te secundaré con el batido; ese Bingo es una sauna. Yo quiero el Marilyn: helado de chocolate, crema de leche, fresas, merengue y chocolate blanco —le pido al camarero—. Doble de nata también para mí.

Nos sentamos a la barra, sobre dos taburetes redondos, frente al cartel que anuncia «Joe DiMaggio comió aquí», mientras esperamos nuestra cena.

—Tiene encanto —observa ella mirando a su alrededor, y tamborilea con los dedos sobre el mostrador—. Podría ser un lugar perfecto para una cita de Richard y Olivia —bromea.

—La primera. A él le ha costado una eternidad pedirle salir —fantaseo.

—¿Richard y Olivia tienen una historia? —me pregunta.

—Claro. Olivia es… la profesora de pilates de la hermana de Richard. Él las acompaña a una clase, y, en cuanto ve a Olivia, se enamora a primera vista, pero Olivia ni siquiera repara en él —pienso en voz alta.

Sofía me mira atónita.

—¿Estás inventándote de verdad la historia de Richard y Olivia?

—Desde aquel día, Richard acompañará siempre a su hermana a pilates, con la esperanza de intercambiar unas palabras con Olivia.

—¿Y cuándo pasará?

—Después de una clase. Olivia necesita que alguien la lleve a su casa y Richard se ofrece. Empiezan a hablar y, desde entonces, Richard acompañará habitualmente tanto a su hermana como a Olivia.

—Pero dejando a Olivia la última —añade ella.

—Siempre. Y toma el camino más largo para estar más tiempo con ella.

—Y, en el fondo, a ella le gustaría que Richard la invitase a salir.

—Salen durante un año, y Richard compone una canción dedicada a ella para pedirle que se case con él. Y se le declara en el mismo restaurante donde tuvieron la primera cita.

—¿Richard es romántico?

—Mucho —le confirmo.

Nos miramos en silencio, y en los labios de Sofía se dibuja una enigmática sonrisa.

El intercambio de miradas se interrumpe con la llegada de dos grandes vasos de batido, coronados por unas monumentales cúpulas de nata, barquillos dorados cubiertos de chocolate fundido y virutas multicolores.

—Ya puedes ponértelo en el dedo correcto —le digo, señalando el anillo de su abuela que le pedí que se cambiara antes de la visita.

—Ah, ya. —Asiente—. Ahí tuviste una buena intuición.

—¿Ves? No soy tan chungo, después de todo.

—Yo nunca he dicho que seas chungo, Hayden.

—Pero lo has pensado.

—Es posible —admite mientras empieza con la nata. Hunde la cucharilla, se la lleva a la boca y la envuelve con sus labios, en un gesto que me obliga a apartar la mirada.

—¿Sabes? Si le dijera a la yo de hace ocho años que estamos tomándonos un batido en una cafetería, no se lo creería. De hecho, creo que se arrojaría por un puente en cuanto se enterara.

—Debías de detestarme mucho, por aquel entonces —le comento—. Pero ¿podrías decirme cuál era el motivo de ese odio visceral que me profesabas? ¿Qué te hice? Me refiero a un motivo de verdad, y no a una gilipollez como no haber podido entrar en una fiesta de mi fraternidad.

Ella toma un sorbo de su batido y satisface mi curiosidad al instante.

—Las prácticas en Los Angeles Record .

—Qué rápido has respondido. Esperaba que te lo pensases más.

—Era mi Meca. Estudié día y noche, los fines de semana y los festivos, para sacar las mejores notas y ganarme el puesto, pero, a pesar de todo, no fue suficiente, y te seleccionaron a ti —me explica con un deje de amargura en la voz—.

Entonces comprendí que ninguna noche en vela hincando los codos podría darme lo que da un apellido de prestigio.

¿Por qué contratar a una Cortez cualquiera, cuando puedes… ?

—¿Tener a un West? —completo la frase.

—Eso mismo. —Asiente convencida—. El privilegio es como el poder: desgasta a quien no lo ostenta. Aquello que para ti siempre ha estado garantizado, para mí ha supuesto una dura conquista, cuando no una derrota en el fotofinish .

Tomo un sorbo de mi batido, pero no noto el sabor. Le doy vueltas a la pajita en el vaso, buscando las palabras adecuadas para expresar algo que nunca me he atrevido a admitir en voz alta.

—Siempre he sabido que el Record me eligió a mí por ser de la familia que soy.

O, mejor dicho, el primer día de prácticas aún estaba convencido de que tal vez habían visto en mí vete a saber qué talento, pero, conforme pasaron los días, me fui dando cuenta de que su interés por mí era meramente instrumental.

—¿Qué quieres decir?

—Tras una semana dándome palmaditas en la espalda, evasivas e insinuaciones que no captaba (o, mejor dicho, que captaba, pero ignoraba expresamente), el director me llamó a su despacho y me explicó, educadamente, pero de forma inequívoca, que mi presencia en un periódico tan importante como aquel se debía a que esperaban que les proporcionase información de primera mano sobre el mundo de la política.

—Sobre West Wing —señala ella.

—Todos los miembros de mi familia se dedican a la política, con distintos cargos y a distintos niveles.

Durante mis años en la universidad, mi padre era uno de los asesores del Pentágono; estábamos a dos llamadas telefónicas del Despacho Oval, y el director esperaba que yo me convirtiera en un canal de informaciones reservadas.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que, además de no estar autorizado, no sabía nada de las actividades de mi familia.

Lo cual no era cierto, pero en aquel momento era la única excusa a la que podía recurrir para salir del paso, y que yo estaba allí para aprender el oficio de periodista sobre el terreno.

Ante mi velado rechazo a hacer de «garganta profunda», me sacaron de la sección de crónicas de actualidad y me asignaron la columna de cotilleos.

Sofía parpadea sorprendida.

—Ahora lo entiendo. No me explicaba por qué no utilizaste el Record como trampolín para emprender una brillante carrera periodística en el USA Today o el Washington Post . Siempre te había considerado un perezoso que contaba con gozar de los privilegios inherentes a su apellido.

—Todo tiene un precio, incluidos los privilegios.

Aunque no te lo creas, no quería hacer carrera valiéndome de la red política de mi familia.

Al principio odiaba los cotilleos, no me importaban lo más mínimo, y al cabo de un mes me presenté ante el decano de la facultad y le dije que renunciaba a seguir con mis prácticas en el Record , y que le cedía el puesto a la segunda persona de la lista de candidatos.

—Yo era la segunda.

—Lo sé. —Miro a Sofía, y sus ojos castaños nunca me habían parecido tan grandes y profundos como ahora. Podría ahogarme en ellos.

Pero ella aparta la mirada y se encoge de hombros.

—No recibí ninguna llamada.

—Porque nadie te llamó. El rector me dijo que el Record me había solicitado a mí, y a nadie más, al igual que otros tres periódicos, que tampoco contrataron a nadie en mi lugar.

Insistió en que rechazar un puesto en un periódico tan importante constituiría una ofensa y perjudicaría la estrecha relación que este mantenía con la universidad desde hacía décadas.

De modo que yo debía comportarme como un profesional y terminar las prácticas. Y así lo hice.

—En la sección de cotilleos.

—Trabajé con Vernon Abbot, un hombre que fue muy paciente conmigo y me proporcionó las herramientas propias del oficio.

No me trataba como los demás; a él mi apellido no le importaba en absoluto.

Puede que no fuera un gran escritor, pero comprendía la psicología de las personas.

Sabía lo que querían y era capaz de leer su comportamiento, entrar en sus costumbres, descifrar sus vidas incluso basándose únicamente en cómo se tomaban un café.

Él me proporcionaba las exclusivas y yo las «cocinaba».

Estuve trabajando con él hasta que se jubiló, al cabo de tres años.

—Siempre pensé que querías ir a Washington.

—Cambié de planes. Como te decía antes, nunca puedes saber si lo que querías a los veinte años se corresponderá con lo que desearás hacer el resto de tu vida.

Ella deja escapar un pequeño bufido y niega con la cabeza.

—No sabes hasta qué punto te odié cuando te convocaron para ir al Record . No pude dormir en toda la noche.

—Pues no te perdiste nada: todos son una panda de capullos. Salvo Vernon, claro.

—Hay algo que quizá debería contarte, y sé que voy a quedar fatal, pero, en vista de que al parecer estamos siendo sinceros… —Sofía duda mientras remueve la crema con la cucharilla—. No, creo que será mejor no decírtelo.

—Demasiado tarde.

—Vale. ¿Recuerdas el mote que te sacaron en el periódico universitario?

—¿«Waste»? ¿Cómo olvidarlo? Un juego de palabras inteligente, debo admitirlo. «Hayden basura». Horrible pero inteligente.

Ella traga saliva y cierra los ojos.

—Fue un error tipográfico.

Dejo caer la cucharilla en el vaso.

— ¡¿QUÉ?!

—Estaba cansada. Escribí el artículo sobre el nuevo presidente de los Eta-Delta-Theta a las dos de la madrugada, y puse «Waste » en lugar de «West». Cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde.

—Puedo entenderlo, ¡pero seguiste usando «Waste» cada vez que escribías sobre mí! —la regaño.

—Como bien has dicho, era un juego de palabras inteligente.

—Qué cabrona eres.