34. Sofía
Sofía
S olo nos separa un palmo de alta tensión.
En la consulta se oyen nuestras respiraciones y la vibración del aire acondicionado.
Puede que esté encendido, pero yo ya estoy sacando espuma por la boca.
Estoy a esto de tirar por la ventana mi dignidad y mi amor propio. Su rostro, sus manos, su aroma han derribado mis defensas una tras otra, y me siento cerca del punto de no retorno.
Acerco mi cara a la suya, con nuestros labios apenas separados por un diabólico milímetro.
—Para descubrirlo, tendremos que besarnos —le susurro.
—Creo que no hay otro modo.
—Lástima que debas quedarte sin satisfacer tu curiosidad.
—Ya estoy aquí. Es como si hubiera desaparecido todo el gel de la clínica. Yo diría que alguien se dedica a robarlo… ¡Oh! —exclama al vernos abrazados en la camilla—. Lamentablemente, debo interrumpirlos.
—No está interrumpiendo nada —le aseguro mientras planto una mano en el pecho de Hayden y lo aparto de mí.
¡Lo he logrado, ha vencido la racionalidad!
Salto de la camilla y le ordeno que se aleje con un gesto.
—Quédate aquí, tengo que terminar de desvestirme.
Corro la cortina verde que separa el espacio del escritorio del de la consulta.
—A tus órdenes, consejera delegada.
El doctor Herbst es una persona discreta y eficiente, y durante la exploración solo hace los comentarios que cree necesarios: «Endometrio regular », «Trompas sin alteraciones », «No se observan anomalías, aparte de un quiste de un tamaño insignificante».
Pero, cuando creo que ya lo tiene todo anotado, me suelta:
—Actividad folicular en su punto álgido: ovulación en curso. Si no queréis niños ahora, os aconsejo que esta noche veáis una buena película.
Quisiera que la tierra se me tragase mientras oigo a Hayden aguantándose la risa al otro lado de la cortina.
Bueno, al menos eso explicaría los sofocos: no es que me haya vuelto loca, simplemente sucede que la disponibilidad reproductiva de mi cuerpo me invita a aprovechar los estímulos.
Mi ovulación no sabe distinguir entre Hayden y Rafael, teniendo en cuenta todo el tiempo que hace que no ve ni siente a este último.
—Bien, señora Carson, ya puede vestirse.
—Herbst retira la sonda y me pasa unos cuantos pañuelos de papel para que me limpie el gel—.
No veo ningún obstáculo para implantar el Nomyra.
Como ya les he dicho, tienen tiempo hasta el próximo ciclo para decidirse, ahora que disponen de la información necesaria, y, si optan por seguir adelante, llamen dentro de dos semanas para concertar la cita.
Mientras me acabo de vestir y de arreglarme, el doctor aparta la cortina, tras la cual espera Hayden, de pie y con una sonrisa burlona en los labios.
Ya sé que el viaje a Los Ángeles será larguísimo, y me pasaré todo el tiempo esquivando sus bromitas y sus frases con doble —y hasta triple— sentido.
Abono la visita, regresamos al aparcamiento y vamos a buscar nuestro Bingo, que, tras una hora bajo el sol, aún está más caldeado que antes.
—¿Estás enfadada conmigo? —me pregunta Hayden
—No —mascullo—. No más de lo habitual, al menos.
—Es que pones una cara…
—No hemos obtenido ninguna respuesta interesante de Herbst, salvo la confirmación de que ha omitido los trastornos que sufren Casey y las otras pacientes. Esperaba salir de aquí con alguna pista, pero no tenemos nada.
—Siento que hayas tenido que soportar en vano la exploración con la sonda.
—De todos modos, tenía que hacerme la revisión anual.
—¿Conduzco yo? —me propone, tendiéndome la mano para que le pase las llaves.
—No soy una inválida, ¿sabes?
—No, es que así podré decidir qué escucharemos en la radio, consejera delegada.
—Vas a seguir llamándome así, ¿verdad?
—Hay una alta probabilidad de que sea así, si no me das esas llaves.
—Toma.
Conducir el Bingo ha sido una pesadilla y, a pesar de mi deseo de erradicar a toda costa el estereotipo de la mujer «paquete», le cedo encantada el volante.
Sin embargo, él se pasa al asiento del pasajero y luego me abre la puerta.
—¿De verdad?
—Hasta que salgamos de este aparcamiento, sigues siendo mi mujer.
—La próxima vez seré yo quien elija el coche de alquiler —exclama Hayden con un resoplido—. El volante vibra, no gira, y, si piso el freno con un poco más de fuerza, nos veremos catapultados a Guadalajara.
—Claro, y elegirás uno bien discreto, como el tuyo.
—Elegiré uno con el que no me sienta amenazado hasta cuando se me cruce una bicicleta.
Y, por si hiciera falta confirmarlo, una furgoneta nos corta el paso, y al frenar acabamos con la cara pegada al parabrisas.
—Vale, quizá pequé de optimista cuando lo elegí. Pero era el más económico.
—Por eso no debes preocuparte: pásame todos los gastos y te los reembolsaré.
—¿Por qué? —inquiero, herida en mi orgullo al instante—. No quiero tu caridad, Hayden.
—¿Quién está hablando de caridad? El reportaje se publicará en mi sitio web, ¿no? La regla prescribe que la cabecera sufrague los gastos de los colaboradores. ¿Es que Hollywood y Alrededores no te los abona?
—Sí, pero yo soy oficialmente tu colaboradora. Que incluyas en los gastos lo que pagas de tu bolsillo es una cosa, pero ¿cómo ibas a justificar ante tu contable los honorarios de un ginecólogo?
—Está claro que a mí no me habrían podido revisar. Pero, tratándose de un reportaje sobre la contracepción femenina, creo que la implicación de una mujer resulta fundamental, así que tú eres una… consultora.
—¿Una consultora?
—Consultora o coautora, pero hoy en concreto eras una consultora. Cualquier cosa que debas pagar en el transcurso de la investigación, me pasas la factura. Tanto si es un coche de alquiler como un taxi, gasolina, comida, ropa… —enumera.
—¿Ropa?
—Si necesitas comprarte un vestido, porque así lo requiere la investigación, lo pones en la cuenta de gastos.
—¿Y zapatos? —me aventuro a preguntar.
—Zapatos también, y maquillaje, y peluquería.
—Esto último no es necesario, mi madre es peluquera. El pelo solo me lo toca ella.
—Pues debe de ser un trabajo a tiempo completo, teniendo en cuenta que te llega hasta la cintura.
—Ella quiere cortármelo.
—En mi opinión, así está perfecto.
Hayden alarga una mano y, tal como hizo en la sala de espera, me aparta el pelo del cuello y lo recoge sobre mi hombro. Pero esta vez, aísla un mechón y lo desliza entre el pulgar y el índice.
Una vez más, no me molesta en absoluto.
—En la Avila’s Clinic, todas las mujeres te miraban —me sorprendo a mí misma haciéndole ese comentario.
—Ah, ¿sí?
—No me digas que no lo notaste.
—Solo tenía ojos para mi mujercita adorada.
—Vamos, por favor.
—¡Te lo juro! Verás, a diferencia de ti, yo me esforcé en interpretar mi papel.
—Puede que demasiado.
—Y, según tú, ¿por qué me miraban las mujeres en la Avila’s?
—No lo sé. Quizá porque necesitan un oculista —le miento. Sé perfectamente por qué lo miraban: porque, cuando Hayden West pasa, hasta las piedras se giran para mirarlo.
—Es posible, pero yo, en cambio, noté que todos los hombres presentes en la sala te miraban a ti.
—En este caso, es fácil decir «todos», porque solo había dos —señalo.
—Pues esos dos, en cuanto entramos, te hicieron una radiografía de cuerpo entero. Por eso te puse la mano en la espalda, para marcar los límites.
—¿Así que Olivia Carson tiene un marido territorial?
—Lo que pasa es que a Robert Carson le encanta presumir de tener una esposa que despierta el deseo de todos los demás.
—Pero Olivia no tiene el menor interés en que otros hombres le pongan los ojos encima, solo anhela los de Richard.
—Si no llega a volver el doctor Herbst, Richard le habría puesto encima mucho más que los ojos. —El tono con que lo dice, grave y ronco, me resuena por dentro.
¿Aún seguimos hablando de Olivia y Richard o…? ¡Dios mío, ¿pero qué estoy diciendo?!
—¡Qué canción más bonita! —exclamo al tiempo que subo el volumen de la radio, en un desesperado intento de llenar el silencio—. Es mi preferida.
Pero no he elegido el mejor momento: la voz de Meredith Brooks se expande por todo el habitáculo, cantando «What Would Happen».
¿Qué pasaría si nos besáramos?¿Si tu lengua se abriera paso entre mis labios? ¿Huirías o te quedarías? .
Quisiera abrir la portezuela y arrojarme del coche en marcha, pero aspiro a un final mejor que acabar aplastada en la Interestatal 1. Así que aguanto el tipo, aunque me embarga un sentimiento de vergüenza monumental.
Y eso que yo tengo un umbral de vergüenza bastante alto.
Mantengo la vista fija en la carretera, a bordo del Bingo, que avanza hacia la puesta de sol.
Ni Hayden ni yo decimos una sola palabra.
No me atrevo a girarme para mirarlo.
Siguen sonando otras canciones, algunas de ellas antiguas, otras recientes, publicidad, un noticiario que ambos fingimos escuchar.
En un momento dado, Hayden pulsa el botón de apagar y en el habitáculo se hace el silencio.
—¿Sabes por qué he aceptado participar en tu investigación? —me pregunta de pronto—. Me refiero al verdadero motivo.
—¿Acaso hay más de un motivo?
—Cuando ayer por la noche viniste a mi casa, mencionaste aquella vieja metáfora de la señora Fuller, según la cual tú tienes las municiones y yo las armas.
—¡Así que te acordabas! —exclamo sorprendida.
—No solo la recordaba, sino que me vino a la mente estando en el hospital con Casey. Cuando la mencionaste, me quedé consternado: ¿Cuántas probabilidades había de que tú y yo la recordáramos al mismo tiempo?
—No fue al mismo tiempo, Hayden.
—Ya has entendido lo que quiero decir. No marees la perdiz como haces siempre, Sofía.
—Entonces usaré las citas de la Fuller más a menudo, si sirven para hacerte razonar.
—Me gustaban las investigaciones, me gustaban mucho, y en la universidad pensaba que ese sería el camino que tomaría, pero después empecé a hacer otras cosas y me fui alejando de aquella modalidad de periodismo.
—«Alejarse», en tu caso, es un eufemismo.
—A los veinte años no sabes lo que te deparará la vida, pero ahora siento que tengo la oportunidad de volver a hacer algo que me apasionaba.
—¿Entonces no te sientes como si tuvieras una pistola en la sien?
—Para mi sorpresa, no.
En medio del muro del silencio que reina, de pronto suena una especie de gruñido sordo.
—¿Qué ha sido eso? ¿Lo has oído?
—Hum, sí —balbuceo.
—Me parece que el Bingo está a punto de dejarnos tirados.
—No es el Bingo, son mis tripas —admito bastante avergonzada—. Tengo un poco de hambre.
—¿Quieres que paremos a comer algo?
—No, ya casi hemos llegado.
Pero mi estómago disiente, lanzando otro rugido de protesta.
—Vamos a parar.
Hayden pone el intermitente.
—No hace falta, de verdad.
—Richard nunca permitiría que Olivia desfalleciera de hambre.