Escándalo en Hollywood 32. Sofía
35%

32. Sofía

Sofía

—¿A ti te ha pasado alguna vez lo de enviar una foto a un contacto equivocado?

—Una mía, no, pero una vez envié una foto de una caca de Sadie a mi padre, en lugar de al pediatra. No le hizo mucha gracia porque estaba desayunando en ese momento, pero lo entendió. ¿Por qué?

—Por curiosidad.

Rafael no contestaba, así que revisé el chat, y entonces caí en la cuenta de que, en lugar de enviársela a él, se la había mandado a Hayden.

Quería morirme. La borré en cuanto me percaté, pero no sé si la habrá visto.

Tiene las marcas de visualización desactivadas, de modo que mi foto es como el gato de Schrödinger: puede haberla visto y también puede que no.

Creo que, si la hubiera visto, no se habría podido resistir y me habría enviado una de sus corrosivas ocurrencias. Lo cual no ha sucedido. Así que mi corazón está casi tranquilo. Y, en cualquier caso, estoy a punto de descubrir la verdad.

—Tu vídeo del incendio sigue acumulando visualizaciones, después de todo este tiempo. Esta noche ha habido otras mil.

—Qué bien —comento, haciendo ver que el dato no me impresiona.

¿Cómo le digo que al menos la mitad de las visualizaciones son mías? Después del desastre de la foto, con la dignidad por los suelos, me regodeé en la humillación y seguí escuchando una y otra vez la parte en que Hayden me grita «¡Sofía!» y me salva del incendio.

Y es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre invocó mi nombre con tanto arrebato, y mi imaginación se aferra literalmente a la nada.

—Hoy salgo antes: toca visita al ginecólogo —anuncio sosteniendo mi vaso de café aún por la mitad.

—Yo también debería pedir cita, llevo unos días con molestias en la barriga, pero siempre lo aplazo porque no tengo ganas de escuchar: «Señora, después de cinco hijos, tiene que recuperar el suelo pélvico. Debe hacer ejercicio». ¡Ojalá! ¿Y de dónde saco el tiempo, con cinco hijos?

—¡Aquí, en la redacción! Puedes practicar pilates como hago yo, durante la pausa del almuerzo: una colchoneta, media hora de videoclase y lista.

—Sofía, la pausa para el almuerzo es literalmente mi tiempo de vacaciones —protesta ella mirándome con sus ojos verdes y ojerosos—.

Vas apañada si crees que pienso sacrificar media hora al dios del fitness.

¿Cómo es posible que en un país donde todo lo levantamos a base de cirugía plástica, aún no hayan inventado el lifting de suelo pélvico?

—No descarto que lo hagan, pero tampoco subestimes el pilates: cansa más, pero es más barato.

—¡Tráete unas muestras! —me grita mientras salgo.

Cuando llego a The Palm, Hayden ya me espera en la acera.

Toco el claxon y me asomo por la ventanilla.

—¡Eh, estoy aquí! —lo llamo agitando la mano.

Viene hacia mí, bañado por la cálida luz del atardecer, con sus vaqueros blancos que parecen hechos a medida, su camisa blanca que envuelve unos hombros bien torneados, gafas de sol y el paso firme, propio de quien ha nacido seguro de sí mismo.

Y, al verlo, trago saliva. La palabra «Hayden» susurrada a media voz brota de mis labios. Es como si realmente lo viera por primera vez.

Se para delante de mi puerta y examina el coche.

—Vale. ¿Qué demonios es esto?

—Un Bingo —respondo dándole un golpecito al volante—. Sube.

—¿En «esto»? ¿Seguro que está matriculado?

—¡Por supuesto! Además, es muy ecológico. Lo he alquilado: el mío se lo he prestado a la abuela y a las chicas del club del cupón para una compra en grupo, y no podemos usar el tuyo porque es demasiado reconocible —le explico.

—No se sabe cuál es la parte de delante y cuál la de atrás —comenta, dándole la vuelta al vehículo.

—Sube, o te dejo aquí —lo amenazo.

—Entonces ¿piensas conducir tú?

—Ese era el trato, ¿no?

Él transige, da la vuelta al coche y se sube en el asiento del pasajero. El habitáculo es tan compacto que el asiento no puede echarse hacia atrás, obligando a Hayden a mantener las rodillas pegadas al salpicadero.

—Empezamos bien.

—¡Tenemos que ir a San Bernardino, no emprender una travesía de costa a costa!

—¿A San Bernardino? Si ni siquiera sabemos si llegaremos al final de la calle.

Pongo el vehículo en marcha y, al pisar el acelerador, damos tres saltos hacia delante, como si fuéramos canguros.

—Aún tengo que cogerle el tranquillo.

—La oferta de ir con el mío sigue en pie.

—Claro, pero eso sería como llevar una flecha de neón apuntándonos a la cabeza —disiento—. Mejor que configures el navegador con la dirección de la Avila’s Clinic.

—Ya me gustaría —responde él, mientras pulsa la pantalla—. Pero aquí todo está en… No sé. Parece chino, aunque no estoy seguro.

—Pues entonces usa el móvil.

—¿Cómo se enciende el aire acondicionado? —pregunta, poniendo la mano delante de una de las rejillas.

—Ya está puesto —le indico, señalando la lucecita en forma de copo de nieve que está iluminada.

—¿Y está al máximo? —Gira la ruedecilla y suspira—. Está al máximo.

—Ya te dije que es ecológico.

—Porque nos matará, y entonces seremos dos seres humanos menos contaminando el planeta —comenta sarcástico—. Tiene sentido.

—Ya sé que te estoy pidiendo mucho, pero intenta desarrollar un poco tu capacidad de adaptación —le propongo.

Vale, tiene motivos para quejarse; este Bingo es incómodo, pero era el más económico.

—¿Al menos podemos escuchar algo decente?

—Esto es más que decente.

—Es un debate sobre la violación.

—Es Salem Survivors , un pódcast que sigue y analiza las causas judiciales relacionadas con los derechos de las mujeres —le explico—.

Hannah Lawson, la mujer de la que están hablando, fue violada y se quedó encinta.

Por desgracia, en su estado el aborto es ilegal, y ahora no solo ha dado a luz a un hijo nacido de una violación, sino que el juez también ha reconocido el derecho de paternidad al violador.

El sábado habrá una manifestación en todas las ciudades del estado.

—Déjame adivinarlo: tú asistirás.

—¡Por supuesto! —le replico—. ¿Te parece gracioso?

—No, pero… ¿Estas manifestaciones no os parecen todas iguales? Quiero decir que, al final, siempre pedís las mismas cosas.

—¡«Pedimos»! Al parecer, los derechos de las mujeres no son asunto de los hombres.

—Si estamos hablando de los derechos de las mujeres, me parece evidente que es a ellas a quienes les conciernen.

—Claro. En cambio, a vosotros no. ¡Al parecer, los hombres se reproducen mediante esporas, como los hongos!

Ninguno tenéis una madre, una abuela, una hermana, una prima, una esposa, una hija a quienes desearles que vivan en condiciones de igualdad, con los mismos derechos y oportunidades.

Porque esto es lo que piden las mujeres: no más derechos que los hombres, sino los mismos derechos —proclamo convencida.

—Disculpa —dice alzando las manos—. Tienes razón, tú conduces, tú decides qué escuchar. Pues que sean pódcast feministas.

Dejamos que la emisión llene el silencio del habitáculo, desgranando la historia de Hannah Lawson, los comentarios de los periódicos, las opiniones, e invitando a todos los oyentes a sumarse a la manifestación del sábado por la tarde.

—¿Y este programa cuenta con mucha audiencia?

— Salem Survivors es uno de los más seguidos. Tendrías que conocer a Leandra y a Ossy O’Connor, las dos hermanas que lo han creado. Son muy famosas.

—Me informaré.

—No te vendría mal. Si quieres, puedo enviarte algunos enlaces.

—Por cierto, ¿a quién le enviaste algo ayer por la noche? Hay una foto borrada en tus mensajes.

No, Dios mío, ¡te lo ruego! ¡Que no fuera mi foto desnuda!

—Hum… ¿Una foto? No lo recuerdo.

«Hazte la loca, Sofía, veamos lo que sabe».

—Ayer por la noche, después de que yo te escribiera, me respondiste con una foto, pero la borraste. ¿Era algo importante?

—Ah, ¿esa? Te envié por error la foto de…, de… —¡¿De qué?!—. ¡De unos análisis de sangre! De mi gato.

—¿Tienes un gato?

No.

—Sí. Bueno, en realidad, no. Es de Michelle, mi compañera de piso, pero mi madre le ha cogido cariño y quería echar un vistazo a los análisis.

—¿Cómo se llama?

—Roxana. Mi madre lleva el nombre de la bisabuela paterna, y yo el de la materna.

—Me refería al gato, no a tu madre.

—Ah. Se llama… Linux. Michelle es programadora informática —improviso.

—Qué mono. ¿Y de qué raza es?

—No es de raza, lo recogió de la calle.

—¿Es un cachorro?

—No, es adulto.

—¿De qué color?

—Me estás empezando a tocar las narices con el dichoso gato, Hayden.

Tensa y llena de ansiedad al recordar mi estúpido error de ayer por la noche, aferro el volante con tanta fuerza que se me están poniendo los dedos blancos.

Además, hace un calor insoportable, y en este coche tan microscópico las notas de ámbar y almizcle de su loción para después del afeitado saturan el aire.

Mis sentidos envían señales contradictorias a mi cerebro: mis oídos le dicen «Menudo imbécil está hecho Hayden», y mi nariz le dice «Huele a Hayden».

—Pelirrojo —farfullo—. Es pelirrojo.

—Solo trataba de mantener una conversación cordial. Si hablo de las feministas, te cabreas, el gato te saca de quicio… No sé, hablemos del tiempo. Hace mucho calor para ser mayo.

—No seas capullo. Además, no estamos obligados a conversar. Nuestro viaje no es de placer, sino para cumplir una misión. Es más, hablemos de la visita.

—Dime.

—Tenemos que mantener la misma versión de por qué quiero esterilizarme. Y, antes que nada, ¿cuánto tiempo llevamos casados?

—No sé… ¿Tres años?

—Dos —discrepo.

—Si ya lo tienes decidido, ¿por qué me lo preguntas?

—Para hacerte sentir que participas. ¿De qué trabajamos?

—¿Nuestros trabajos no valen?

—¿De periodistas? ¿Estás loco? Ya puestos, entremos directamente empuñando una metralleta. Podemos decir que tú eres un compositor de bandas sonoras para el cine.

—¡Qué imaginación!

—Y te llamas Richard.

—Richard no me gusta.

—Qué más da, total, soy yo quien debe llamarte por ese nombre.

—Entonces tú serás Olivia.

—¡¿Olivia?!

—Qué más da, total, soy yo quien debe llamarte por ese nombre —me imita.