31. Hayden
Hayden
E stoy a punto de entrar en la ducha cuando el móvil me notifica un nuevo mensaje.
«Sofía Cortez te ha enviado una nueva foto».
Convencido de que, fruto de su incontenible adicción al trabajo, me ha enviado más notas suyas, descargo la imagen y, cuando la abro, por poco no me caigo en redondo.
Aparece ella, tendida boca arriba en la cama, con el brazo derecho levantado enmarcando su rostro, junto con una panorámica completa del resto: su espalda sinuosa, las suaves caderas, sus piernas bien tonificadas, recogidas hacia atrás, con los pies cruzados, y un trasero firme y redondo, que debería estar prohibido.
Solo el velo de su cabello le oculta los pechos. Está desnuda.
En el pie de fondo ha escrito: «Apuesto a que ahora te gustaría coger un avión y VENIRTE para acá». La palabra «venirte» está en mayúsculas, jugando con un doble sentido nada sutil.
Me obligo a cerrar el mensaje. La foto no es para mí, se ha debido de equivocar.
Creo que cualquier ser humano, independientemente de cuál sea su orientación, no dudaría un segundo en comprar el pasaje. Yo, que estoy en Santa Mónica, lo haría.
Giro el grifo de la ducha y me sumerjo bajo el chorro.
No conozco a Rafael, pero en este momento me gustaría cogerle la cabeza y estampársela contra el Machu Picchu, o donde cojones esté, porque es posible que no sea consciente de lo que se está perdiendo.
Sí, Sofía es petulante, criticona, presuntuosa, obstinada. En la definición de «incordio» que ofrece el diccionario, aparece su cara, pero sería un hipócrita si dijera que es mala, porque justo en este momento mi cuerpo está mostrando cuánto la aprecio. ¡Sobre todo, la mitad inferior!
Lucho contra la tortura satánica que me sugiere mirar la foto de nuevo.
«Solo un par de segundos».
—¡No! —exclamo, asestándole un puñetazo a la pared. No pienso permitir que mi subconsciente fantasee con Sofía. Ya antes, con su vaso, he estado a punto de perder la razón.
«Una miradita de nada, con un solo ojo».
—¡No! —repito.
«Solo le miraremos la cara».
—No, no y no.
Cierro el grifo, me envuelvo con el alborno. La borro.
«¿Y los ojos? ¿Tiene unos ojos bonitos?».
Abro nuestra conversación, decidido a borrar la prueba incriminatoria, pero me llevo una sorpresa al ver que ya no está.
«Sofía Cortez ha borrado la foto».
Y, aunque yo también estaba dispuesto a hacerlo, me siento mal. Al menos he borrado las marcas de visualización, y no sabrá que la he visto.
Me dejo caer en la cama, enciendo la tele y voy pasando los comentarios deportivos de los partidos, pero no me interesa nada.
Aunque solo he mirado la foto de Sofía durante un segundo y medio, tengo la sensación de llevarla tatuada en el cerebro. Los labios entreabiertos, los párpados bajados ofreciendo una mirada pícara, el canalillo de sus senos…
Cojo el teléfono de nuevo y pongo una vez más el vídeo del incendio en modo «repetición», y me duermo con el sonido de su respiración anhelante.