Escándalo en Hollywood 30. Sofía
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30. Sofía

Sofía

E ncerrada en el ascensor, me apoyo con fuerza en las gélidas paredes de acero del cubículo y me percato de dos cosas: de lo caliente que estoy y de que las rodillas me fallan.

No. De tres cosas: el corazón me late desbocado.

Siento los latidos por todas partes: no solo en el pecho, también en las orejas, en los ojos, en la garganta, en el vientre y…

Dios mío.

Entre las piernas.

La mano derecha me arde, por todo el calor que le ha sustraído a la de Hayden.

—Hayden… —susurro entre dientes. Cierro los ojos para no ver mi rostro en el espejo.

¿Qué ha pasado?

¿Por qué hasta hace solo cinco minutos éramos «West» y «Cortez», y ahora somos «Hayden» y «Sofía»? ¿Por qué no ha cambiado nada y, sin embargo, me parece que ha cambiado todo?

Ni siquiera he pulsado el botón de la planta baja.

Cruzo las piernas y aprieto instintivamente los muslos, pero la fricción resultante, en lugar de aliviarme, me provoca más tensión en la base del vientre.

Todo está mal.

Todo.

Recupero la compostura.

En cuanto el ascensor llega a la planta baja y se abren las puertas, salgo disparada, dispuesta a alejarme de semejante infierno, sin tan siquiera responder al conserje, que me saluda con un «Hasta luego, señorita Cortez».

No sé si estoy huyendo de Hayden o de mí misma.

El taxi que me ha pedido ya me esperaba. Me subo y le doy la dirección, pero, en mi estado, podría haberle dado la de mi dentista.

Cuando llego a casa, como siempre, Michelle está sentada delante de su ordenador, con toda la ropa que uso para hacer pilates puesta, y está comiendo la que sospecho que es la ensalada de arroz que me preparé ayer.

—Voy a darme una ducha —le anuncio directamente sin saludarla.

—Comando no ejecutable por paquete de datos no suministrable. Descarga no autorizada en unidad de descarga fuera de la red. La CPU no autoriza el comando hasta la recuperación.

—Vale.

Me encierro en el cuarto de baño y me desnudo, abro el grifo de la ducha, pero no cae una sola gota de la alcachofa.

—Michelle —la llamo asomando la cabeza por la puerta—. ¿Sabes por qué no hay agua?

—Sí, acabo de decírtelo hace un momento

—¿Y qué tiene que ver la CPU con nuestra ducha?

—Ha habido un gran escape en la calle. El Ayuntamiento ha cerrado el agua hasta mañana para reparar la avería.

—Fantástico —mascullo para mis adentros.

Me arrojo sobre la cama, aún desnuda, con la esperanza de que se evapore el calor, pero la estrategia no funciona: en la mesita de noche aún tengo el ejemplar de El Un-Holywood que le robé a mi madre, con la foto de Hayden mirándome desde la cubierta. Aún siento sus dedos en mis nudillos.

Cojo el libro y le doy la vuelta.

El móvil me vibra anunciándome que tengo un mensaje. Usuario no registrado en la agenda.

«Soy Hayden, así ya podrás guardar mi número».

Dios mío, es verdad que nos intercambiamos los números. Quisiera abofetearme por ese saltito que acaba de darme el corazón cuando he leído «Soy Hayden».

No existe una respuesta válida y sensata que explique mi estúpida reacción: me siento frustrada, ignorada, y no recibo las atenciones de un hombre desde hace demasiado tiempo, hasta el punto de que mi cuerpo reacciona incluso ante el menor estímulo.

Ciertamente, desde que Rafael se fue, nuestra relación se ha ido enfriando cada vez más con el tiempo, y verlo con Lynette ha minado en gran medida mis certezas, pero eso no significa que yo no pueda reavivar la chispa.

Podría enviarle un mensaje más bien provocativo. Quizá eso lo anime a hacerme una llamada «íntima». O, mejor aún, ¡una foto!

Así no podrá decir que no ha sabido interpretar mis intenciones.

Empiezo a posar y disparo: de pie, de rodillas, a cuatro patas, tendida boca arriba, boca abajo, de lado. Las guardo todas, y a continuación selecciono la que más me gusta, ajusto un poco la luz, se la envío y me pongo a esperar la respuesta.

Al principio de todo, cuando nos apañábamos con el sexo telefónico, se lo curraba mucho, y respondía en tiempo real, pero últimamente los intercambios no solo son cada vez más laxos, sino también más fríos.

Esta noche necesito que me responda enseguida.