32. Sofía #2
—Perfecto. Richard y Olivia Carson, casados hace dos años, compositor e instructora de pilates.
—¿Haces pilates de verdad o es una trola?
—La paso canutas durante toda la clase, y solo pienso: «Esta vez, me muero», pero es verdad hasta cierto punto.
—Ya casi hemos llegado —me avisa, mientras consulta el mapa en su móvil—. El próximo cruce a la derecha.
—¿Lo ves? —exclamo tras aparcar—. Hemos llegado sanos y salvos, y eso que tú no te fiabas del Bingo.
—Tenía buenas razones para ello. ¿Qué, entramos en escena?
—Entremos.
Bajamos del coche, nos dirigimos a la entrada de la clínica y Hayden me coge del brazo.
—¿Qué haces?
—No sé… ¿Un marido no le ofrece el brazo a su mujer? —pregunta—. ¿La mano?
—Somos una pareja discreta.
—Vale, ¿pero te puedo abrir la puerta?
—Me parece bien.
—Espera —me dice antes de entrar. Me coge la mano derecha y me saca el anillo de la abuela—. Dame la izquierda. —Lo obedezco y él me pone el aro en el anular con delicadeza—. Así está mejor.
Claro, estamos casados, el anillo es necesario. Y el hecho de que mi dedo haya identificado el tacto de Hayden, enviándome una descarga eléctrica a través de la columna vertebral, para mí no tiene la menor relevancia.
Hayden sujeta el tirador y me invita a pasar.
—Después de ti, mi amor.
Casi me da algo al oírlo.
—¿Has dicho « mi amor»?
—¿Qué haces ahí plantada?
—No me llames «mi amor». —Me gustaría sonar autoritaria y decidida, pero creo que parezco más bien desesperada. Al menos, antes solo era el cerebro el que me engañaba, pero ahora también lo hacen mis oídos.
—¿«Cariño»? ¿«Querida»? ¿«Cielito»? ¿«Corazón»? ¿«Princesa»?
—Nada de nombres cariñosos.
Aunque me gusta cómo dice «princesa».
—A ver, o me dejas hacer de marido a mi manera, o me largo.
—Vale —transijo—, pero no me hagas pasar vergüenza.
Entramos en el vestíbulo, y en la recepción hay dos enfermeras.
Hayden va medio paso por detrás y apoya con suavidad su mano izquierda en mi hombro, pero yo la percibo como si me la estuviera marcando a fuego. No somos la única pareja. Hay otras dos, y cuatro mujeres más, ocupadas en sus gestiones.
—Hola —saludo—, tengo cita con el doctor Herbst a las cinco y media. Carson.
—Sí —confirma la secretaria—. Es la cita de última hora. El doctor Herbst la recibirá en un momento. Pueden esperar en las butacas.
—¿Yo también puedo estar presente en la visita? —pregunta Hayden—. Soy el marido de Olivia. Richard Carson.
—Claro, no hay problema. Enseguida los aviso.
Pero, cuando estamos a punto de sentarnos en las butacas, la enfermera nos llama.
—Guarda usted cierto parecido con Hayden West —le dice, con un brillo pícaro en la mirada—. Hayden West, de Wild Wild West .
Él alza los ojos al cielo y suspira.
—Ojalá me dieran un dólar por cada persona que me lo dice. Es la cruz de mi vida. Figúrese, hasta me paran por la calle para pedirme autógrafos. Deberían pagarme por hacer de su doble.
—Se le parece muchísimo —sigue comentando ella—, pero se lo digo como un cumplido, ¿eh?
West sacude la cabeza, como si estuviera cansado.
—Menos mal que el parecido es solo físico. Yo creo arte; él, basura.
—¿Lo ves? —le susurro—. Hicimos bien en coger el Bingo.
Mientras esperamos, no se me escapa que las mujeres allí presentes le lanzan miradas furtivas a Hayden. Algunas incluso le echan un vistazo rápido —las que van acompañadas—, mientras que otras lo repasan de arriba abajo.
A una de ellas la sorprendo in fraganti, y enseguida mira hacia otro lado, ruborizada.
«Te pillé».
Hayden extiende la mano hacia mi cuello, me recoge el pelo entre sus dedos y lo aparta a un lado sobre mi hombro. Ahí va otro escalofrío.
Resulta extraño. Odio que me toquen el pelo —las únicas personas autorizadas son mi madre y Rafael—. Sin embargo, cuando Hayden lo ha hecho, no me ha incomodado en absoluto. Al contrario.
—¿Tienes calor? ¿Quieres un vaso de agua? —me pregunta.
«Lo que quiero es un extintor».
—Estoy bien. En el coche hacía mucho calor, pero ahora estoy mejor, gracias.
—Carson —dice un hombre de unos cincuenta años con bata blanca. El doctor Herbst—. Pasen, por favor.
Lo seguimos a su consulta y nos presentamos.
—Olivia y Richard, una hermosa pareja joven. Veamos, ustedes están aquí para… —comprueba la agenda de citas— una consulta preimplante del dispositivo Nomyra.
—Sí —le confirmo.
—Antes de proceder, debo preguntarles si han contemplado otros procedimientos anticonceptivos, porque estamos hablando de un dispositivo esterilizante permanente con el que, desde el momento en que se inserte, ya no podrá quedarse embarazada, señora Carson —nos advierte.
—Sí, no quiero tomar anticonceptivos hormonales —le explico—. Y ya llevamos tres años casados. La industria de los preservativos la estamos financiando nosotros —interviene Hayden.
—Dos años casados —le susurro entre dientes.
—Pero es que para mí estamos casados desde el día que nos prometimos.
—Al juez le encantará escuchar eso cuando nos divorciemos.
—Según mi experiencia, esta es una muy buena señal: las parejas que bromean sobre el divorcio suelen contarse entre las más sanas —comenta Herbst sonriendo—.
En cualquier caso, veo que ya lo han decidido, y estoy de acuerdo con su elección: la vasectomía y la ligadura de trompas implican intervenciones quirúrgicas.
Mientras que el Nomyra se aplica en unos minutos aquí mismo, en la consulta, mediante histeroscopia y sin anestesia. ¿Tienen hijos?
—No —respondo.
—Sí —dice Hayden, al mismo tiempo que yo, con lo cual se gana otra de mis miradas asesinas. Está bien que quiera ser marido a su manera, pero un ginecólogo, durante una visita, puede saber si una mujer ha tenido algún embarazo.
—¿Sí o no? —pregunta el doctor, confundido.
—Lo que mi marido quiere decir es que los tendremos algún día. He congelado los óvulos y, cuando estemos preparados, recurriremos a una gestación subrogada.
—Pero no en un futuro próximo —añade Hayden—. Olivia acaba de abrir con éxito su academia de pilates, y cada día tiene más clientes. Este no sería un buen momento, y yo no quiero obstaculizar su crecimiento profesional.
¡Ah, por lo que veo, los pódcast feministas se le han metido en la cabeza!
El doctor asiente.
—Bien, yo ahora procedería con una visita interna para comprobar que la imagen está limpia y no hay embarazos en curso.
Tras lo cual, dejaría pasar un ciclo antes de la implantación del Nomyra.
Al tratarse de una esterilización irreversible, quiero darle a la paciente todo el tiempo necesario para que lo considere.
Ustedes quizá estén seguros de seguir adelante con esta opción, pero hay personas que cambian de parecer.
—¿Existen efectos secundarios? ¿Qué molestias pueden manifestarse?
—En una paciente sana, que no presente patologías como endometriosis, ovario poliquístico o fibromas, no tiene por qué haber ninguno. Quizá sienta un dolor leve los primeros días, cuando empiece a formarse el tejido cicatricial alrededor del Nomyra.
—Y las pacientes a las que se les ha implantado, ¿qué dicen al respecto? —pregunto, pensando en Casey y en las otras mujeres que estaban en el Livingston Inn.
—En general, los resultados del Nomyra han sido muy buenos —me asegura.
—¿De cuántas implantaciones estaría hablando? —«insisto».
—Desde que comencé a implantar el Nomyra hasta hoy, unas doscientas, aproximadamente.
No pienso darle tregua.
—¿Y ninguna paciente ha tenido problemas?
Herbst suspira y niega con la cabeza.
—Alguna ha sentido molestias, pero no son atribuibles al Nomyra, y, en cualquier caso, eran mujeres que ya arrastraban pequeños problemas anteriores. Percibo cierta desconfianza por su parte.
Estoy a punto de abrir la boca de nuevo, pero Hayden posa la palma de su mano en el dorso de la mía.
—Solo está un poco nerviosa. Trabaja con su cuerpo.
Vale, quizá he sido un poco demasiado insistente. Ha hecho bien en frenarme.
—En cuanto a las relaciones —prosigue—, ¿cuándo podremos empezar a tenerlas mi mujer y yo sin protección?
—A partir del ciclo siguiente, después del implante —responde el médico—. ¿Creen que podrán resistir un par de semanas?
Hayden entrelaza sus dedos con los míos.
—Contaré los días.
Tras lo cual, se lleva mi mano a la boca y la besa, mirándome a los ojos.
Una oleada de calor me recorre todo el brazo hasta el cerebro. No, ¿qué digo? Hacia abajo, hasta el bajo vientre, y me provoca la misma sensación que experimenté ayer en el ascensor.
Me libero de su presa y oculto la mano bajo el trasero.
—Ejem, nos portaremos bien.
—Hasta entonces, pueden dedicarse a agotar las reservas de preservativos que aún les quedan. Desaprovecharlos sería un terrible desperdicio.
—Entonces, tendremos que ponernos manos a la obra, porque detestamos desperdiciar, ¿verdad?
Hayden, que sigue girado hacia mí, no me quita la vista de encima, y al final me guiña un ojo.
¿Está tratando de avergonzarme? Será mejor que lo ignore.
—¿Entonces no tendré problemas de rechazo? Es un cuerpo extraño, después de todo —le comento, para cambiar de tema.
—No existe el menor riesgo, Nomyra es de titanio.
—¿Me dolerá cuando lo inserte?
—Después se lo mostraré, ya verá qué pequeño es. No se preocupe, señora Carson, todo el esfuerzo lo haré yo. Para las molestias que pueda sentir tras la implantación, bastará una pastilla de paracetamol. Y ahora, si quiere acomodarse en la camilla, realizaremos la revisión rutinaria.
Hayden extiende la mano hacia mi bandolera.
—Ya te sostengo yo el bolso, prince… —al ver mi mirada, se interrumpe—, consejera delegada.
El doctor Herbst vuelve a mirarnos con el ceño fruncido.
—¿Consejera delegada?
—Es una broma entre nosotros —le explica Hayden—. En casa, Olivia es quien tiene la última palabra en todo. Por eso no quiere que la llame «princesa», sino «consejera delegada».
—Qué monos. Desnúdese, señora Carson, y tiéndase en la camilla. Yo voy a buscar un frasco de gel nuevo para el ecógrafo —nos informa el doctor antes de salir y dejarnos solos.
—¿Consejera delegada? —le susurro a Hayden, arrojándole el bolso en el regazo—. ¡¿Cómo se te ocurre semejante cosa?!
Él se pone en pie, frente a mí.
—Tú fuiste quien me dijo que no te llamara «princesa», aunque, si lo piensas, es original.
—Es una estupidez. Gracias por hacer que parezcamos la pareja menos creíble del planeta. «¿Tenéis hijos? Sí».
—Me dejé llevar por la historia, estaba metido en el personaje. Además, no habíamos acordado ese detalle.
Me siento en la camilla y empiezo a desatarme los zapatos.
—Me has puesto en una situación embarazosa —le reprocho—. La insistencia en el sexo sin protección, lo de esforzarnos en gastar todos los condones… —le enumero, enojada.
—Se supone que quieres implantarte un dispositivo esterilizante, para practicar sexo a tope, sin tener que preocuparte de posibles embarazos. ¿O acaso no es así? —Se sitúa a mi lado y empieza a curiosear el ordenador del ecógrafo—. ¿Para qué sirve esta vara?
—Es la sonda para la ecografía interna.
—Interna, es decir, que te la… —comenta, mientras la agita arriba y abajo.
—Me la meterá dentro, sí —le confirmo—. Es lo que suele pasar en una visita al ginecólogo.
Se queda mirando la varilla, alucinado,
—¡¿Toda?!
—Toda —afirmo.
—Parece el cambio de marchas de un coche.
—¿Qué pasa? ¿Al señor 911 le entra ansiedad al pensar en su propio rendimiento? —le pregunto a modo de provocación.
—No es que sea asunto tuyo, pero, si conocieras mis prestaciones, sabrías que no corro el menor peligro de padecer ansiedad.
Me gustaría responderle en los mismos términos, pero la zona de mi cerebro encargada del habla no produce frases con sentido. Mi cabeza se ha convertido en un cine porno, sin mi permiso.
—Maldita sea —rumio, presa de la frustración.
—¿Qué pasa?
—He apretado demasiado el nudo, y ahora no puedo desatar el lazo del zapato —mascullo.
—¿Puedo? —Hayden coge el abrecartas del escritorio del doctor, introduce la fina punta de metal en el nudo, lo afloja y lo deshace sin esfuerzo—.
No hay de qué. Y, por cierto, yo creía que interpretar el papel de marido prendado de su esposa y deseoso de compartir con ella una pasión desenfrenada contribuiría a que nuestra tapadera resultara más verosímil.
No habría estado de más que tú me hubieras seguido el juego.
—¿Y qué tenía que hacer? ¿Saltarte encima?
—Mis expectativas no son tan altas. —Se me acerca más, hasta el borde de la camilla, y se detiene en el espacio que hay entre mis muslos.
Apoya las manos en mis caderas y me encierra en la jaula virtual que forman sus brazos, con nuestros rostros a un palmo el uno del otro, y con su perfume tan embriagador, que mi olfato capta al instante con una avidez vergonzosa.
—Podrías haberme dedicado una caricia. O una sonrisa.
Le dedico una sonrisa que parece más una mueca hostil.
—¿Algo así?
—Una sonrisa como aquella de la foto en la que una mariposa se posó en tu nariz.
Ay, Dios, ¿la ha visto?
—¿Así que ahora stalkeas mis redes sociales?
—Es mi trabajo. ¿Cómo crees que llegué hasta Rafael? ¿Le sonreías a él? ¿Fue él quien te hizo la foto?
—Fue mi madre. Sí —miento. No tengo por qué soltar una trola, pero sin embargo lo estoy haciendo. Necesito hacerlo—. ¿Te gusta? —le pregunto en tono provocador.
—La luz está bien —me comenta con frialdad.
—¿Eso es todo?
—Bonitos ojos —añade, pero esta vez su voz suena más suave, y la expresión de su cara también se suaviza.
—Gracias.
Debe de haberse acercado más, porque ahora percibo su calor en mi rostro.
—Bonita boca —susurra.
—¿De verdad? —Solo son dos palabras, pero me cuesta pronunciarlas.
Hayden asiente y acerca su índice a mi labio inferior.
—Tienes una arruguita profunda, justo aquí, en el mismo centro.
Me roza con la punta del dedo y vuelvo a sentir esa oleada de calor que desciende hasta la barriga. Debería apartarme. Debería.
—Ah, ¿sí?
—Mmm, mmm.
Su caricia se desplaza a lo largo del perímetro de mi boca, dibujándola con exasperante lentitud.
—Sí que te has fijado bien.
—La descubrí en el rastro de carmín que dejaste en el vaso de cerveza, ayer, en mi casa.
Mi reacción es tan instintiva como imprevista: aprieto los muslos alrededor de sus caderas y lo inmovilizo, atrayéndolo hacia mí.
—Perdona, la próxima vez me lo quitaré antes.
—No te he dicho que no me gustara. ¿Es el mismo que llevas ahora?
—Sí.
—Te queda muy bien. —Desliza el dedo por debajo de mi barbilla y alza mi rostro hacia el suyo—. Me pregunto cómo te quedaría, todo manchado después de un beso.