28. Sofía
Sofía
S entada en el inodoro de diseño del cuarto de baño de diseño del apartamento de diseño de West, observo las vetas del parquet, y sigo flipando.
¡Es verdad que ha aceptado mi propuesta!
Cuando me puso en la puerta de su casa, me sentí fatal, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde, aunque, después de todo, aquel era el desenlace natural de nuestra conversación. Estaba decepcionada, pero me había preparado para ello.
Después apareció a mi espalda, jadeando, descalzo, como si no hubiera salido corriendo tras de mí, sin detenerse ni medio segundo a pensar… Y ahora estoy en estado de shock.
Alzo la vista, horrorizada, y veo mi reflejo en el cristal de la gigantesca ducha a ras de suelo: ¿West me ha visto en este estado?
Parezco la superviviente de un huracán. Tengo el pelo alborotado, la cola torcida hacia un lado y dos medias lunas oscuras bajo los ojos, y además la cerveza se me ha llevado el pintalabios.
¿Por qué, siempre que estoy con West, que parece recién salido de una foto de portada, acabo pareciendo una fugitiva?
Busco papel higiénico para limpiarme, pero no lo encuentro.
En este cuarto de baño de revista de decoración no hay portarrollos. ¿Es que los ricos no usan papel higiénico? ¡Esto, más que un váter, parece un jarrón para poner flores!
Ni papel, ni toallitas… Nada de nada.
A mi derecha veo el mueble del lavabo, presiono uno de los cajones invisibles con la esperanza de encontrar pañuelos de papel y, gracias al cielo, en el interior hay una caja.
Una vez limpia y de nuevo con la ropa en su sitio, me miro en el espejo para ver qué más puedo adecentar.
Cojo otro pañuelo para quitarme los restos de carmín, pero en el cajón detecto un contenido que no me esperaba.
Hay una goma para el pelo de color rosa. West lleva el pelo más bien largo, pero no tanto como para poder hacerse una coleta, y esta goma es muy… rosa.
Además de la goma, también hay esmalte de uñas color melocotón, un bálsamo labial con sabor a cereza, pinzas para las cejas, una mascarilla facial de tela, un rizador cónico y un cepillo para desenredar el cabello con una decoración de margaritas, idéntico al que uso yo.
No soy Sherlock Holmes, pero diría que estas cosas no son de West. Entre las cerdas hay un pelo rubio, que sin duda no pertenece a West.
Sean de quien sean estos objetos, si West les ha asignado un cajón en el cuarto de baño, significa que la persona que los usa va a su casa a menudo.
Y no es un «a menudo» de unas horas y adiós, sino un «a menudo» del tipo «hoy me arreglaré el pelo a fondo»; una práctica que yo llevo al menos dos días sin hacer en mi casa.
¿Así que el inefable Hayden West tiene una compañía femenina estable?
Cierro el cajón, tentada de buscar otros indicios —cepillo de dientes, cremas faciales, compresas—, pero, justo cuando estoy a punto de abrir una puerta del mueble, me detengo de golpe.
¿Acaso curiosear en los efectos personales de West y de su novia no me hace una persona horrible, en una escala entre cero y Charles Manson?
Si yo fuera ella, odiaría que una extraña husmeara en mis cosas y, por lo demás, si yo misma no dejo de repetirle a West que se meta en sus asuntos y deje en paz a Rafael, ¿no debería aplicarme el mismo cuento?
Me arreglo la cola de caballo —mi madre tiene razón, debería cortarme el pelo— y salgo.
Cuando aún estoy en el pasillo, oigo la voz de West, que sigue hablando por teléfono. Emplea un tono de voz suave, acariciadora, reconfortante, carente por completo de malicia o sarcasmo. En definitiva, es otro hombre.
Ralentizo el paso y logro captar alguna frase.
—Mañana por la noche te prometo que seré puntual. Hoy me ha surgido un imprevisto, pero al fin te he podido llamar —dice. Me huelo que el imprevisto soy yo.
—Sí, mañana pasaré a buscarte a la una —confirma—. Pero no podremos pasar toda la tarde juntos. Acaban de concertarme una cita, así que almorzaremos juntos y luego te dejaré en la hípica. Decide tú dónde comeremos.
Mañana por la tarde vamos a la Avila’s Clinic.
—¿A Da Alfonso? Pero si ayer ya comimos italiano. Siempre haces lo mismo: cuando te da por un restaurante, nos pasamos un mes yendo al mismo, hasta que te aburres, y ya no quieres volver a pisarlo en tu vida.
Vale, entonces es verdad, se trata de su chica. ¿Será la del rizador de pelo?
—Mañana por la tarde, no, pero la noche antes de mi partida la pasaremos juntos. Adiós, un beso.
Sí, es la del rizador de pelo.
Aunque está claro que yo me encuentro en casa de West, por motivos profesionales, siento que estoy de más.
Recorro los últimos pasos del corredor pisando de modo que me oiga llegar. Observo que, entretanto, se ha cambiado, y ahora lleva puestos unos pantalones de chándal y una camiseta blanca.
—¿Todo en orden? —me pregunta.
—Sí, claro. Solo estaba pensando que debería irme a casa. Me he presentado aquí sin avisar, y cualquiera tendría motivos de sobra para echarme. Creo que para el resto de la investigación bastará con que nos coordinemos a través de mensajes.
—Me parece lo más práctico —conviene conmigo—. Salvo por el hecho de que no tengo tu número.
—Ya.
He pasado por alto ese pequeño detalle.
—Yo diría que este es el mejor momento para intercambiárnoslos. —West me pasa su móvil—. Escríbelo, y así lo memorizo.
Abro la agenda, guardo mi número y le devuelvo el móvil, no sin antes percatarme de que en el registro de llamadas aparece el último número marcado, perteneciente a una tal «Ashley».
La chica ya tiene un nombre. Sé que Ashley tiene el pelo rubio, liso y largo, que a veces se lo ondula, se inclina por un look fresco y natural —estilo «agua y jabón»—, le gusta la comida italiana y es atlética.
Quisiera estrangular a la voz de mi subconsciente, que me susurra: «Es justo tu opuesto».
—¿Paso a buscarte yo? —me pregunta West.
—No, pasaré yo. Ya que te presentarás como mi marido controlador que se entromete en mis métodos anticonceptivos, al menos yo seré la mujer que conduce.
—Pero no esta noche —me advierte—. Te has bebido dos cervezas, así que te pediré un taxi.
—Gracias por preocuparte. —Me cuelgo el bolso del hombro y me dirijo a la puerta. Pero esta vez la abro con delicadeza y no salgo hecha una furia, a diferencia de la anterior.
—En realidad, soy yo quien debo darte las gracias a ti.
Su frase me desconcierta.
—¿Por qué?
West apoya el hombro en el marco y hunde las manos en los bolsillos del pantalón. Debo admitirlo, ese look casual le queda muy bien, y el blanco de la camiseta resalta su bronceado.
—Por haber pensado en mí. Como tu…
Estamos allí plantados como dos bobos, mirándonos con la boca entreabierta. Él busca una palabra que no encuentra, y yo espero una palabra que no sé cuál será.
—… pareja.
—¿Pareja?
¿Estoy tonta o qué me pasa? ¿Por qué lo repito todo como si se me hubiera apagado el cerebro?
—No «pareja» en ese sentido —se apresura a aclararme—. Esto… Hum… Quiero decir… ¡Colaborador!
—Sí, ya he entendido que querías decir colaborador.
Bueno, ha sido una elección natural; después de todo, los dos estábamos en el lugar del incendio, y después fui contigo a ver a Casey.
—Me muerdo el labio inferior, sin saber qué añadir más —.
Pero, ahora que has aceptado, espero que no te eches atrás.
West me tiende la mano derecha.
—Te lo prometo.
Tras dudar un instante, se la estrecho.
—No sé lo que vale una promesa tuya, pero me gustaría poder fiarme de ti.
¿Cuánto tiempo dura un apretón de manos? ¿Dos segundos? ¿Tres? ¿Cinco? Seguro que hemos superado los cinco.
Yo sigo sujetando su mano, y él la mía. Me hace cosquillas en los nudillos con el pulgar.
—Tienes las manos frías —me dice en un susurro.
—Siempre las tengo frías.
—Te espero mañana por la tarde, Sofía —añade tras una prolongada pausa—. Creo que deberíamos empezar a llamarnos por el nombre.
—Hasta mañana, Hayden.
Sonríe y me guiña un ojo.
—Guau, es la primera vez que nos llamamos por el nombre. Yo diría que estamos progresando.
—Es increíble —murmuro a mi vez, como si estuviera flotando, sumida en una especie de trance.
Su pulgar sigue subiendo y bajando por mis nudillos, y se detiene en un anillito de oro que llevo en el anular. Lo observa, lo hace girar alrededor de mi dedo y me mira a los ojos, como si me estuviera preguntando algo.
—Es la alianza de mi abuela. Se la regaló a mi madre en su fiesta de quinceañera, y después mi madre me la pasó a mí en la mía —le explico.
Hayden entrelaza sus dedos entre los míos, y yo lo secundo, reacia a interrumpir el contacto. Él, por el contrario, tiene las manos calientes.
Imito su gesto de antes y paso mi índice por encima del grueso sello de platino que luce en el anular, con las siglas de los Eta-Delta-Theta, la hermandad de la cual fue presidente.
—Fue un regalo de la hermandad por mi graduación —responde—. Sin duda, es menos antiguo que el tuyo.
—Pero ello no significa menos para ti.
Él asiente, y esta vez su índice se detiene en una pequeña protuberancia de mi dedo medio, a la altura de la última falange.
—El callo del escritor.
—Me gusta el papel y la pluma.
—Lo sé. —Su voz es apenas un susurro.
Seguimos cogidos de la mano, pero esta vez tengo la sensación de que nos estamos tocando por todas partes.
Lo dejo hacer. Nuestros dedos se buscan como si no estuvieran gobernados por nuestra voluntad, mientras nos miramos a los ojos. Me percato por primera vez de que sus iris no son azules, sino turquesas, de un color entre el cielo y el mar.
Hayden entreabre los labios, como si fuera a decir algo.
De pronto, suena un ding-dong en el rellano, y un grupo de chicos cargados con cajas de pizza sale riendo del ascensor.
Hayden y yo nos sobresaltamos, como si alguien nos hubiera pillado in fraganti, interrumpiendo un contacto que se estaba prolongando más allá de cualquier límite aceptable.
—Me voy —indico con voz firme, más como si me lo dijera a mí misma que a él.
—Buenas noches, Sofía.
—Buenas noches, Hayden —me despido mientras pulso el botón del ascensor.
—«Hayden» suena bien, tal como tú lo dices.
—¿Sabes una cosa? Esta no es la primera vez que me llamas «Sofía» —le digo.
Me mira perplejo.
—¡¿Y cuándo lo hice, si puede saberse?!
—La noche del incendio, cuando me salvaste del balcón en llamas. Si miras el vídeo, se escucha.