Escándalo en Hollywood 27. Hayden
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27. Hayden

Hayden

N o habría bajado las escaleras más deprisa ni aunque me persiguiera un criminal psicópata con una motosierra. Aún voy descalzo, y ni siquiera he cerrado la puerta de casa.

Cuando llego al vestíbulo, Cortez ya está saliendo del complejo, y la retengo como si me fuera la vida en ello.

¿Qué le ha pasado a mi cabeza? No tengo ni idea.

—¡Espera! No te vayas —le digo con el último aliento que me queda. Tardo un par de segundos en darme cuenta de que eso ha sonado a súplica desesperada.

Ella se vuelve y me mira con desprecio. No, no es desprecio. Esta vez es distinto. Su mirada de desprecio la he visto miles de veces, pero nunca antes me había mirado como ahora.

Es como si le diera lástima. Y yo no quiero inspirarle lástima a nadie.

—¿Qué quieres, West?

—Me apunto —le indico—. Hagámoslo.

Me observa en silencio, escéptica, como si no me creyera.

—No estoy para bromas.

—Te juro que hablo en serio. Tienes razón, aquí hay un reportaje importante, con cotilleo o sin él; si tu periódico no te concede el espacio que necesitas, yo pondré el mío a tu disposición. Y te ayudaré.

Ella da un paso hacia mí y suelta la puerta, que se cierra a su espalda.

Una vez dentro de nuevo, me invade una extraña sensación de seguridad, y, en cuanto vuelvo a inhalar oxígeno, me percato de que aguantaba la respiración. Le suelto la muñeca, con la certeza de que piensa quedarse.

Cortez asiente.

—Vale, gracias.

—¿Qué te parece si volvemos arriba, nos tomamos otra de esas estupendas cervezas que has traído y hablamos de la estrategia que adoptaremos?

—¿Te refieres a ahora mismo?

—Ya te he dicho que hablaba en serio.

—Pues vamos. No perdamos ni un minuto; como no sé cuánto tiempo seguirás estando en estado de gracia, tengo que aprovecharlo mientras dure.

De camino a los ascensores, pasamos por delante del mostrador de recepción.

—Ari, ella es Sofía Cortez, mi invitada —le informo al conserje de guardia—. Sofía, con «f».

—Por supuesto, la inscribo en el registro: Cort… Disculpe, señor West, pero resulta que usted le prohibió la entrada en su apartamento a la señorita Sofía Cortez.

Ella me mira con fuego en los ojos.

—¡¿Que hiciste qué?!

—¿Qué pasa? A estas alturas ya deberías de estar acostumbrada —le respondo en tono jocoso y vuelvo a dirigirme a Ari—: Le levanto la prohibición. Desde hoy mismo, Sofía Cortez puede visitarme cuando quiera.

—Qué generoso.

—No hagas que me arrepienta —le advierto, apuntándole con el dedo.

Tomamos uno de los ascensores y, una vez dentro, pulso el botón de la séptima planta.

Permanecemos unos segundos en silencio, pero ella lo rompe al fin.

—West.

—Dime.

—Sabes que vas descalzo, ¿no?

—¿Esta vez también dispondré únicamente del tiempo que tardes en tomarte tu cerveza? —me pregunta mientras se sienta en uno de los taburetes de la isla.

—Sí —respondo, cogiendo una de la nevera—. Pero te prometo que me la beberé a sorbitos.

—Okey, West. Partamos de la premisa de que esto es un reportaje, no una exclusiva; no es un polvo rápido, es una relación a largo plazo; no es una prueba de fuerza, sino de resistencia; no es un fuego de artificio, es una brasa; no es un…

—Ya me habías convencido cuando dijiste lo del «polvo rápido». —Le vuelvo a llenar el vaso y se lo acerco—. Y también me acuerdo perfectamente de lo que es un reportaje. Tiempos largos, progresos lentos, resultados milimétricos.

—Todo lo que no os gusta a los hombres —comenta en plan listilla, y bebe un sorbo.

—Debe de ser a los hombres que tú conoces, Cortez.

—Y, por desgracia, a ti te conozco bien, West.

—Podría sorprenderte.

—¿Para mejor o para peor?

—Recuérdamelo, ¿qué estás haciendo aquí? —la desafío.

—Vale, mi idea es reconstruir el historial clínico de Casey y de todas las mujeres con las que ha contactado.

—Casey no quiere aparecer en la investigación —le advierto.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Me lo ha dicho ella. Apoyará económicamente a las otras mujeres implicadas en la batalla legal, pero no desea aparecer como rostro público.

Se hablará de dispositivos de esterilización, de temas íntimos, femeninos…

Hollywood se cubre con una pátina progresista bajo la cual oculta su ADN conservador.

No quiere mostrarse. Se presta a todo lo que haga falta, menos a exhibir su rostro.

—El reportaje perderá mucha resonancia —comenta con amargura.

Nos miramos en silencio, diciéndonos lo que ambos sabemos. A todo el mundo le importa mucho más lo que se dice cuando hay una estrella de por medio. La salud de las personas normales y corrientes es un argumento de serie B.

—Tendremos que hacerlo sin ella.

—Lo haremos. Hablaremos con el resto de las mujeres y registraremos sus experiencias clínicas.

Para empezar, iré a la Avila’s Clinic, donde ya he concertado hora con el doctor Herbst para una consulta sobre un preimplante.

Será una buena ocasión para entrevistarlo sin que él lo sepa y, sobre todo, para confrontar lo que diga con lo que les ha sucedido a sus otras pacientes.

—Perfecto, ¿cuándo piensas ir?

—Hay una lista de espera de un mes, pero he tenido suerte y me han adelantado la visita a mañana por la tarde, gracias a que ha habido una baja de última hora.

Tomo el móvil y abro la agenda.

—¿A qué hora?

—¿Por qué quieres saber la hora?

—Para anotar a qué hora debemos salir hacia allí —respondo, como si fuera lo más obvio del mundo—. ¿Vendrás tú aquí o paso a buscarte?

—¡Eh, para el carro! —exclama, poniendo las palmas de las manos por delante, en actitud defensiva—. Queda fuera de discusión que tú no vendrás conmigo.

—¿Me he dado un golpe en la cabeza, o habíamos dicho que llevaríamos esta investigación juntos?

—Es una visita «ginecológica», West

—Vamos a dejar las cosas claras: no hay nada que me interese menos en esta vida que ir a una consulta ginecológica, y mucho menos contigo, Cortez, pero igual se te ha olvidado que toda la investigación gira alrededor de un implante esterilizador uterino.

—No me convencerás de que te permita acompañarme al ginecólogo —se empeña.

—Piénsalo bien: una mujer se presenta sola en la Avila’s Clinic para informarse sobre un implante esterilizador que el doctor Herbst ya ha insertado a otras pacientes.

Sería extraño que una mujer soltera optara por este implante, ¿no te parece?

Por eso tendría más sentido presentarse con un «marido».

El esposo con el que has decidido no tener hijos, pero sin renunciar al sexo.

Cortez me lanza una mirada asesina.

—Jodido patriarcado de mierda… Tienes razón, maldita sea: las mujeres sometidas y acompañadas por su «guardián» no levantan sospechas.

—Hemos de decidir las preguntas, y las haré yo —propongo.

—¡Ni hablar! —salta ella—. Tú no dirás ni una palabra sobre mi salud.

—Finge, Cortez, por favor. Métete de una vez en el papel. Ahora bien, si has de sentirte más cómoda, podemos pedírselo al tal Rafael, tu caballero valeroso y sin mancha…

—No empieces con el tema de Rafael.

—Un tema este que, por lo que veo, aún no has resuelto.

—No es de tu incumbencia.

—Cierto, pero tienes que hacerme partícipe de la investigación; yo no soy solo un espacio en la web con muchos seguidores, incondicionalmente a tu servicio.

—Prométeme que no mirarás —me exige amenazante.

—Si hay alguien por quien podrías poner la mano en el fuego a este respecto, ese soy yo.

—Cuento con ello. Ten en cuenta que contigo estoy haciendo un gigantesco acto de fe.

—Y eso es algo que yo valoro muchísimo.

—¿Serías tan amable de decirme dónde está el baño? Empiezo a notar el efecto de las dos cervezas.

—Sigue el pasillo, tercera puerta a la izquierda. Aprovecharé para hacer una llamada rápida. Haz como si estuvieras…

—… en tu casa, ya lo sé.