26. Sofía #2
—Hoy le he expuesto mis intenciones al director de mi periódico, y me ha respondido sin ambages que mi reportaje no tiene cabida en su Hollywood y Alrededores .
—¿Cómo es posible que te haya dicho eso?
—Según él, no atraerá clics, como ya sucedió con mis otros reportajes anteriores —reconozco—. Quiere que siga ocupándome de los cotilleos, y ya me veo venir que tendré que acabar tirando a la papelera todo el trabajo que he realizado.
—Lo siento. Hasta donde yo sé, ibas por el buen camino, pero no acabo de entender en qué puedo serte útil.
Mis labios se tensan componiendo una sonrisa mefistofélica.
—Prueba a esforzarte un poco.
Nos miramos directamente a los ojos, y de pronto él sacude la cabeza.
—No.
—¡Vaaa…! —exclamo.
West se pone en pie de golpe.
—¡Ni hablar!
—Piénsalo bien: yo tengo un reportaje, y tú tienes un espacio donde publicarlo. Es perfecto.
—Es una locura.
—Yo cargo con todo el trabajo, pongo la mano de obra, consigo documentación, hago todas las llamadas y tú solo tienes que hacer el mínimo esfuerzo de cederme el espacio.
—Claro, y yo he de creerme que tú me proporcionarás los contenidos de forma gratuita, desinteresadamente.
—Bueno, no exactamente. El reportaje lo firmaré yo.
West me mira de reojo.
—Okey, lo firmaremos los dos.
—¿Por qué en Wild Wild West ? Usa tu blog, habla desde tu TG en streaming .
— Insider está cerrado, y nadie mira mi canal —admito, aunque apenas me salen las palabras. La verdad es dura de digerir.
—Yo me dedico a los cotilleos —puntualiza, como si fuera necesario mencionarlo.
—Hoy me ha venido a la mente una frase que nos dijo la señora Fuller en su clase de Legislación y Ética en los Medios de Comunicación: yo tengo la munición, pero nada con qué dispararla; tú tienes las armas, pero están descargadas.
West me mira desconcertado, como si de pronto toda su vida le hubiera pasado por delante.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—Ya veo, lo has borrado de tu memoria. —A una parte de mí le disgusta que no recuerde aquel episodio—. Estaba empleando una metáfora para decir que, por una vez, en lugar de enfrentarnos, podríamos ser aliados. Yo te doy mis municiones si tú me das tus armas.
Él vacía el vaso de cerveza de un trago.
— No sé.
—¿Qué quiere decir «no sé»? ¡Más sencillo no puede ser! Yo ya tengo un plan estratégico detallado.
—No tengo tiempo para investigaciones, estoy a punto de salir de gira por Europa.
—Es una causa justa —insisto—. ¿No oíste a Casey? ¿No te das cuenta del coraje que está demostrando, y de cuánto están sufriendo todas esas mujeres?
—Sí que me doy cuenta, es terrible.
—Entonces no es posible que una gira por Europa te impida hacer lo correcto. —Yo también me pongo en pie y lo miro directamente a los ojos—. Porque aún sabes reconocer lo que es correcto, ¿verdad?
—Por supuesto, pero debes entender que este no es mi campo. ¿Cómo piensas colar un reportaje de mala praxis médica entre «La cirugía plástica secreta de Cheyenne Evans » y «El amor oculto de Royce DeShawn»?
—¿No estás cansado de todo ese ruido de fondo?
¿De rostros de silicona e intrigas amorosas?
Es como si hubieras tirado la toalla. ¿Cuándo fue la última vez que trabajaste en una noticia?
¿Una noticia de verdad? ¿De esas que hay que sudarlas, de esas que pueden marcar la diferencia?
Porque te miro, y sí, veo éxito, fama, dinero, si es que alguna vez te ha faltado, veo comodidades, pero no veo a Hayden West.
—¿Te has vuelto loca?
—Nunca he estado más lúcida —le replico.
Tengo los puños cerrados, el cuello tenso y la barbilla alzada para no dejar de mirarlo a los ojos, y las mejillas ardiendo—.
Te he dicho muchas cosas, algunas malas, pero nunca te había dicho la pura verdad, y es que tú ya no eres aquel al que consideraba mi más temible rival en la USC.
Ya no queda ni la sombra de aquel chico combativo, audaz, convencido de que el periodismo era su camino, y que haría cualquier cosa por demostrar que era el mejor.
Yo apreciaba a aquel chico. Ciertamente, era un concentrado de esa arrogancia natural que destilan aquellos que siempre lo han tenido todo, pero, qué caray, tenía ambiciones.
Ahora, ya no sé a quién tengo delante, pero seguro que no es él.
Puede que sea alguien que se le parece, una copia descolorida, pero no es alguien a quien aprecio.
—Te estás poniendo dramática.
—No, soy sincera. Pero así son las cosas; en la vida se cambia, y no siempre para bien.
Solo lamento que malgastaras tu periodo de prácticas en Los Angeles Record , mientras que yo habría dado mi brazo derecho por tener aquella oportunidad.
Creo que nunca te he odiado tanto como aquel día, pero en mi fuero interno sabía que, aunque lo hubieras logrado gracias a tu apellido, tenías lo que había que tener para marcar la diferencia.
Sin embargo, lo has utilizado para convertirte en el rey del cotilleo. Y eso es lo que más me duele.
West agacha la cabeza y aparta la mirada.
—No sabes de lo que estás hablando.
—Ya me da igual. He sido una ilusa al pensar que… —le clavo el índice en el centro del pecho— aún quedaría algo del West que conocía.
—Lamento haberte decepcionado.
—Yo también lo lamento. —Entro de nuevo en el salón y recojo mi bolso del suelo. Encima de la cómoda está su pasaporte, listo para emprender el viaje—. Me voy. Disfruta de tu gira europea. —Con una gran amargura en el corazón, abro la puerta y salgo, procurando dejarlo todo atrás.
Una vez en el vestíbulo, el portero me dice que espere.
—Disculpe, señorita. Usted no me suena entre los vecinos. ¿Quién la ha dejado entrar?
—Hum, su compañero de antes —indico para salir del paso.
—Antes también estaba yo.
—Puede que estuviera ocupado con el correo y no me haya visto. Pero ya sabía a dónde iba…
—Los visitantes siempre han de ser anunciados antes a los residentes del complejo, aunque sepan a qué piso van. La próxima vez espero que…
—No se preocupe —lo interrumpo—, no habrá una próxima vez. Mis asuntos con West han terminado, desde hoy y para siempre.
Ya estoy fuera de The Palm, cuando de pronto alguien me sujeta la muñeca derecha.
—¡Espera! ¡No te vayas!