Escándalo en Hollywood 26. Sofía
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26. Sofía

Sofía

—E res un rayo de sol —me dice Cindy, a modo de saludo, cuando llego al despacho. Abre un táper que contiene una porción de tarta de queso y me lo pasa—. Kim me ha dicho lo de Rafael, y he pensado que te vendría bien un trozo de tarta.

—No ha pasado nada entre Rafael y yo, pero estaré encantada de comerme la tarta. Necesito reponer energías. —Le doy un mordisco y noto el sabor del coco y la lima—. Cindy, ¿qué receta has usado para esta tarta de queso?

Me contengo para no escupir el bocado, pero sabe fatal.

—La de siempre, ¿por qué?

—Hum, la encuentro salada.

—¡¿Salada?!

Le devuelvo la fiambrera de plástico con el pedazo de tarta.

—Pruébala.

Le da un bocado y al instante lo escupe en la papelera.

—Qué asco, no te la comas. Dios mío, también he puesto un trozo en las tarteras de la merienda de los niños y en la del almuerzo de mi marido…

—Ya se darán cuenta por sí mismos. Pero te agradezco igualmente el detalle.

—He confundido los tarros. No me lo tengas en cuenta, aunque empiezo a creer que eso de la neblina de embarazada es verdad.

—Una buena dosis de azúcar no me habría venido mal, porque debo proponerle a Oliver un proyecto que entraña ciertos riesgos.

—¿Qué proyecto?

—Aún no puedo decirte nada, pero se trata de una investigación —le avanzo pletórica, con la cabeza hirviéndome de ideas.

—¡¿Una investigación?!

La voz de Oliver, a mi espalda, me pilla por sorpresa, y doy un brinco en la silla.

Con la cabeza asomando por la puerta, me lanza una mirada entre suspicaz y preocupada.

—¿Puedes dedicarme un par de minutos en tu despacho? —le pregunto—. Así podré explicártelo bien.

—A decir verdad, yo había venido aquí por el mismo motivo. Vamos.

Lo considero un buen auspicio —resulta extraño que Oliver esté libre cuando lo necesitas—. Así que cojo todas las páginas de mi investigación entre mis brazos y lo sigo.

Entro en el despacho, que tiene hasta la última superficie cubierta de documentos, periódicos y carpetas, como si allí dentro nunca hubiera entrado un ordenador.

Oliver cierra la puerta y me gruñe:

—Ponte cómoda.

—Creo que tengo entre manos algo gordo. Muy gordo —empiezo a decir, descargando toda la artillería, antes siquiera de que se haya sentado.

—¿Has descubierto el verdadero motivo de que Casey Jameson estuviera en el Livingston Inn? —me pregunta cruzando los brazos

—Sí.

—Estupendo. ¿Y entonces por qué no lo has publicado?

—¿Qué?

—Te has dejado quemar por West. No te culpo por ello, ¿eh?, Sofía. Él es un fuera de serie, y tú habías empezado bien, pero te perdiste por el camino.

—No me he perdido por el camino —disiento—. Si hay algo que me irrita a más no poder es escuchar el nombre de West pronunciado en mi propio territorio. Al menos aquí debería poder «jugar en casa».

—¿Y entonces por qué no has publicado nada en tu sitio?

—Porque no es posible. Antes de ponerse a escribir algo, es necesario investigar. Hacer averiguaciones.

Oliver frunce el entrecejo hasta convertir las cejas casi en una sola línea.

—¿Qué tenías que averiguar de una actriz que se ha lesionado?

—Una pierna amputada no es una simple lesión —le replico—. ¡Y ella solo es la punta del iceberg, aún hay mucho más!

A continuación, le explico de corrido lo que he hallado en los registros y lo que Casey nos contó ayer en el hospital, sin apenas detenerme a respirar.

—No —me interrumpe él.

—No, ¿qué?

—No a todo lo que acabas de decir —zanja—. Te destiné a la sección de cotilleos por un motivo muy concreto, y nada de todo esto nos proporcionará lo que necesitamos. Además, la Avila’s Clinic está en San Bernardino, fuera de la jurisdicción de Los Ángeles.

—Entonces ¿abrazar una causa justa carece de todo valor? —le espeto.

—Sofía, el mundo está lleno de causas justas que abrazar, pero no podemos abrazarlas todas nosotros. Además, no tenemos un departamento legal para poder llevar a cabo una investigación de carácter sanitario, así que, con mayor razón, vuelvo a decirte que no.

La mordaza de la injusticia me retuerce las entrañas.

—¿Y todo el trabajo que he hecho?

—Si no hay de por medio una traición o un divorcio, has trabajado en balde.

—Pero le prometí a Casey que la ayudaría.

—Apréndete esta lección y tenla bien presente: no prometas nada que no puedas cumplir. —Oliver se rasca la frente y masculla—. ¿Qué voy a hacer contigo, Sofía?

Abato los hombros, decepcionada, y solo tengo ganas de enroscarme sobre mí misma como un erizo.

—No me siento a gusto con la sección de cotilleos. No logro reunir las energías necesarias para tirar adelante con la sección.

—No quiero firmar tu despido. Me preocupo por ti, porque sé que tienes aptitudes.

—Pero me obligas a emplearlas de forma errónea. Si fueras capaz de ver lo que yo estoy viendo… —insisto agitando las páginas en su dirección.

—Veo algo que no es adecuado para nosotros, en este momento. Siento rechazar tu proyecto, pero vuelvo a decirte que no. Te pido que escribas sobre cotilleos porque es lo que necesitamos, y no le confiaría nada tan importante a alguien a quien no tengo en gran estima.

—Ahora no me dores la píldora.

La derrota duele el doble porque ha sido infligida por fuego amigo.

—Sé que ahora me odias. Deja que se te pase la rabia y tómate el doble de tiempo para el almuerzo.

Pero soy incapaz de que se me pase.

Vuelvo a mi despacho con la moral por los suelos, hasta el punto de que me como la tarta de queso salada de Cindy, con quien tampoco puedo desahogarme porque está hablando por teléfono con un experto en criptomonedas.

Cargo de nuevo la página con el vídeo que grabé la noche del incendio, y veo que hoy hay el doble de visualizaciones.

Es bien cierto que la gente quiere sangre, dramas, como cuando se para a curiosear los accidentes de los demás, formando inútiles colas.

Vuelvo a visionar el vídeo en busca de algún detalle que me sirva para cotillear, pero no encuentro ninguno.

De pronto, me fijo en algo que se me había escapado. Antes de que yo acabe en el suelo, placada por West para evitar que el balcón en llamas me aplaste, una voz grita «¡Sofía!» con toda claridad.

Es la voz de West.

Nunca le había oído pronunciar mi nombre. Para él, siempre había sido «Cortez», sin más.

Vuelvo a escuchar ese «Sofía» hasta que se me gastan los tímpanos, con tanta insistencia que después de cerrar el vídeo sigo oyéndolo en mi cabeza.

Necesito a West.

«¡¿Tú otra vez?!» es la reacción de West en cuanto me abre la puerta de su apartamento. Lleva el torso desnudo, va descalzo y con los vaqueros desabrochados, dejando a la vista la goma de los bóxers.

—¿Llego en un mal momento?

—No existe un buen momento para que te presentes en mi casa, y siempre eres una molestia, por si también te lo estabas preguntando.

—¿Estás bien acompañado?

—¿Qué quieres?

—Proponerte un asunto.

—No compro nada.

Hace el gesto de cerrarme la puerta, pero se lo impido interponiendo la mano.

—¿Ni siquiera quieres oír mi propuesta?

—¿Tengo pinta de querer oír propuestas?

—Sabes perfectamente que no me iré hasta que me hayas escuchado, así que ¿qué te parece si nos ahorramos la escenita y me dejas entrar? —Levanto el brazo y le muestro un pack de cuatro cervezas colgando de mi dedo—. Vengo en son de paz.

—Mueve ese culo tuyo de aduladora y entra, Cortez.

Se hace a un lado y me invita a pasar.

—Qué puesta de sol tan espectacular —exclamo sin poder evitarlo en cuanto miro en dirección a su terraza con vistas al mar y veo el cielo rosáceo reflejándose en el océano.

No puedo por menos que mandar a la porra a quienes dicen que la Costa Este es mejor que la Costa Oeste. De eso nada, chicos, vosotros, una puesta de sol en el mar como esta, no la habéis soñado en vuestra vida.

Nunca he sentido envidia de West, aunque la vida le haya dado todo en abundancia, pero estas vistas me dejan sin aliento. Y él incluso puede disfrutarlas desde el burbujeante jacuzzi que tiene instalado en la terraza.

—Te permito que abuses de mi paciencia, pero dispones de poco tiempo —me advierte.

En cuanto me giro de nuevo, ya se ha abrochado los vaqueros y se ha puesto la camisa, pero sin abotonársela del todo.

—Ante todo, mi enhorabuena por tu entrevista a Casey. Ha causado un impacto enorme. Podrías haber jugado la carta del sensacionalismo, pero has sido muy discreto —lo felicito.

—No creas que tus zalamerías me harán más proclive a tu propuesta.

—Pásame un abridor y hablemos.

Abre uno de los cajones invisibles de su cocina futurista y me pasa algo que yo jamás habría identificado como un abridor, junto con dos vasos.

—¿Sabías que ofrecer cerveza a los dioses formaba parte de un ritual propiciatorio? —le comento mientras vierto el líquido oscuro en los vasos—. Esta la elabora una destilería artesanal costarricense. Es del tipo oscuro, con sabor afrutado y un retrogusto a melaza.

—¿Y si me gusta la cerveza clara?

—No, a ti te gusta la oscura.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Trabajaba en la cafetería del campus, y allí todo el mundo sabía que West prefería la cerveza oscura.

Entrabas y pedías una cerveza, sin especificar de qué clase, dando por sentado que tus preferencias eran una verdad reconocida universalmente.

—Le paso el vaso deslizándolo por la reluciente superficie de mármol de la isla de la cocina—. Te gusta oscura.

—Vaya memoria. —West toma un sorbo de su vaso—. Muy buena, debo reconocerlo.

—No tengo la menor duda de que lo es. ¿Y ahora estás dispuesto a escucharme?

Cojo su vaso y el mío; me indica con un gesto que lo siga a la terraza y nos sentamos en un sofá de dos plazas.

—Te concedo el tiempo que tarde en acabarme la cerveza. Mejor que vayas al grano, porque me la beberé enseguida.

—En el hospital, tú y yo nos repartimos las tareas: tú, las declaraciones de Casey sobre su presencia en el Livingston Inn y la amputación; yo, la investigación sobre la Avila’s Clinic.

—Un reparto limpio y cristalino.