24. Sofía
Sofía
A lgo sujeta con fuerza mi mano izquierda. No es una fuerza agresiva, sino protectora, reconfortante. Hayden la cubre por completo con su palma, y nuestros dedos se entrelazan.
Apenas soy consciente del contacto, la retiro con rapidez, pero no tengo excusa: soy yo quien la ha puesto sobre su rodilla.
No tengo ni idea de qué pretendía con aquel gesto, pero mi brazo se ha movido por voluntad propia en cuanto Casey nos ha dicho que conocía a todas las personas de la lista.
Sea cual sea la razón, no puede ser relevante, y, por lo demás, el shock que me ha provocado su confesión ha hecho el resto.
Desde luego, no existe una sola razón en el mundo que pudiera inducirme a tocar a Hayden West, ni siquiera con el mango de una escoba.
—No podéis repetir ante nadie lo que vais a escuchar ahora —nos advierte Eve Prescott.
—No se trata de ningún juego —nos previene Casey.
—La escuchamos. Nada de notas —digo, al tiempo que hago clic en mi bolígrafo, para ocultar la punta, y lo dejo sobre la cama.
—No hace falta que me trates de usted, después de lo que estoy a punto de contaros.
Hace cuatro años, Mark y yo tuvimos gemelos; fue un embarazo difícil, lleno de complicaciones, que sometió mi cuerpo a una dura prueba.
Tanto que contemplé la posibilidad de retirarme.
Habíamos decidido no tener más hijos, y yo me hice implantar un dispositivo de esterilización definitiva.
Se trataba de un procedimiento ambulatorio que duraría apenas unos minutos, y con el cual me ahorraría una intervención y el postoperatorio propios de los métodos tradicionales.
Elegí una clínica de San Bernardino por dos motivos: en primer lugar, porque quería privacidad, y, como ya os debéis imaginar, aquí en Los Ángeles todo el mundo lo sabe todo de todos.
Cuando me quedé embarazada, la noticia llegó antes a los tabloides que a mi madre.
—Por el tono agudo de su voz, está claro que no bromea—.
En segundo lugar, la Avila’s Clinic había sido una de las primeras en utilizar esta técnica, de modo que mi elección no podía ser más obvia.
—Ha pasado mucho tiempo desde entonces —señala West.
—Con el paso del tiempo, las molestias fueron en aumento.
Lo más fácil era culpar de ello a lo agotador que resultaba criar a dos niños y trabajar ininterrumpidamente al mismo tiempo; las migrañas eran debidas a la falta de sueño; los trastornos gástricos los provocaba una alimentación desequilibrada y las dietas a las que debía someterme para interpretar a personajes de lo más dispares; los dolores musculares y articulares me los causaban los entrenamientos diarios.
En definitiva, nada de particular. Después llegó el insomnio, las amnesias, la caída del pelo, y me diagnosticaron una depresión, lo que explicaría todos mis trastornos.
—¿Por eso te reemplazaron en varias películas en las que se había anunciado previamente tu participación?
—Sí, no contaba con los recursos energéticos ni mentales suficientes para resistir en el set. Y el hecho de que una de estas películas la dirigiera Mark fomentó los rumores.
—De una crisis matrimonial —concluye West.
—Divorcio a la vista, compartiendo la misma casa, pero separados. Yo, convertida en una mujer con mal carácter, amantes jóvenes y ambiciosos al acecho —enumera ella—. Han escrito de todo.
—No somos una pareja perfecta, pero, con sus altibajos, nuestro matrimonio sigue siendo uno de los más estables —señala Mark.
—He empezado a tener ciclos cada vez más extraños, con pérdidas que parecían no acabar nunca —sigue explicándonos Casey—.
De modo que, llegados a este punto, volví a la Avila’s Clinic para que el doctor Herbst, el médico que me había colocado el implante, me hiciera un control y me dijera si todo estaba en orden.
Me sometí a una visita tras otra, y en una de ellas escuché al doctor hablando por teléfono con una paciente que se lamentaba de tener los mismos problemas que yo.
Durante los controles de los meses siguientes, en la sala de espera coincidí con otras pacientes: todas llevaban el mismo implante que yo, y todas se quejaban de padecer trastornos para los cuales no tenían explicación.
—Esas mujeres —la interrumpo— eran Anete Smithson, Chloe Hutton, Paula Baker, las hermanas Granger… —leo los nombres de la lista de huéspedes del hotel.
—Sí —me confirma Casey—. Briony Kelly, Irene Moskovitz y Louisa Franklin.
—¿Por qué?
—La Avila’s Clinic no ofrecía respuestas útiles, y ni el doctor Herbst ni los otros médicos parecían ver un origen obstétrico en nuestros trastornos.
Así que le consulté a otro médico para una segunda opinión.
No sin escrúpulos, porque no suelo cuestionar a ningún profesional cuando estoy ante otro.
—Benjamin Folger —indico. Es el único ginecólogo de la lista.
—La comadrona que me hizo el seguimiento durante todo el embarazo me recomendó a Folger, pues tenía plena confianza en él.
Folger me visitó y, en su opinión, mis trastornos se debían a una mala colocación del dispositivo esterilizador.
Pero el único modo de estar seguros era extrayéndolo mediante una intervención.
—¿Y no te lo pudo extraer? —pregunta West.
Casey se lo queda mirando como si estuviera viendo a un marciano.
—Es permanente. No está concebido para que pueda extraerse. Al menos en teoría.
—¿Qué significa «en teoría»? —pregunto.
—Volví a la Avila’s Clinic y le pedí al doctor Herbst que me extrajera el Nomyra, pero como no era un dispositivo removible…
—No quiso practicar la intervención, ni firmar un documento que exonerara a Folger —sugiero.
—En efecto —asiente Casey con un suspiro, como si estuviera exhausta—. Volví a la clínica de Folger y, asumiendo todos los riesgos, firmé un talón de siete cifras e hice que me extirparan el Nomyra. Me ofrecí como conejillo de Indias.
—¿Cómo fue? —le pregunto.
—Todas mis molestias desaparecieron. Tengo la sensación de ser una persona nueva, distinta de la que era estos últimos años.
Sin embargo, yo gozo del privilegio de ser rica, pero el resto de las mujeres que estaban en el Livingston son rehenes de una firma, porque para la Avila’s Clinic firmar una exoneración sería como firmar una admisión de culpa.
—Entonces ¿el motivo de vuestro encuentro en el Livingston Inn era…? —inquiere West sin andarse por las ramas.
En mi fuero interno espero que su memoria dactilográfica esté registrando hasta el último suspiro que se produzca en esta habitación.
—Explicarles a las otras pacientes que era posible salir de aquel infierno y unirnos para hacer causa común contra la Avila’s Clinic. Paula, la joven abogada, que también llevaba el implante, sería nuestra representante legal.
—¿Por qué no contratar a un despacho de prestigio que amedrente a la Avila’s Clinic? —pregunta West.
—Porque cualquiera nos diría que es más fácil acordar una indemnización y dejar de practicar las intervenciones, que arrastrar a la clínica a una demanda.
Y así ya no tendrían que comprometerse jamás a extraer los dispositivos.
No solo es una cuestión de dinero, sino sobre todo de que estas mujeres recuperen sus vidas —exclama Casey con gran determinación—.
No os podéis ni imaginar lo que he llegado a sufrir.
—Entonces, organizasteis el encuentro para instruir la causa —concluyo—. ¿Y existe alguna posibilidad de que alguien de la Avila’s Clinic estuviera al corriente de vuestros planes?
—No lo excluyo. Nuestra relación no acabó bien. La última reunión que celebramos con sus directivos, en la que también intervino Folger, acabó con un portazo.
—Sin embargo, me parece raro —indico, pensando en voz alta—. Vosotros sois muy poderosos.
—Está visto que no lo somos lo suficiente —masculla Mark.
—¿En qué podemos ayudaros? —pregunto.
—He tratado de obtener la lista completa de las pacientes que se hicieron implantar el dispositivo en la Avila’s Clinic, pero, como era de esperar, se han negado a proporcionármela. Quizá vosotros podríais conseguirla —sugiere ella.
—Dalo por hecho —respondo, como si le estuviera haciendo una promesa.
—Yo te reitero que tienes totalmente a tu disposición mi sitio web, para que hagas todas las declaraciones que creas oportunas —le dice West—.
Creo que todos estaremos de acuerdo en que por ahora es mejor no mover el tema legal.
Y también se me ocurre un modo de disipar todos los rumores que se han propagado estos últimos días.
—Gracias a los dos —indica Eve—. Seguiremos en contacto.
—Si me concedéis unos minutos para que me laven el pelo, pues aún lo tengo ahumado, grabaremos una entrevista en exclusiva para Wild Wild West .
Por mucho que haya sufrido una amputación, con este vídeo pienso dar la campanada —propone Casey—.
Ve a tomarte un café, Hayden, porque te quiero bien despierto.
Tras el encuentro, West y yo bajamos a la cafetería y pedimos dos iced coffee —el mío con leche de almendras—, pero esta vez me ofrezco a pagarlos yo.
—Estoy en deuda contigo —le digo, poniendo las manos por delante—. Si no me hubieras dejado entrar, jamás habría escuchado la historia de Casey.
—Suscribimos un acuerdo, ¿no?
—Sí, pero yo aún no había dado con la «Sustancia ».
—Esto no es algo «Sustancioso», es algo «Gigantesco».
Él me acerca mi vaso y, mira por dónde, nuestros dedos vuelven a rozarse.
Nos apoyamos en una mesita alta y redonda, el uno frente al otro.
—Quería pedirte disculpas por lo de antes. He apoyado la mano en tu rodilla, así, de pronto, pero no pretendía molestarte. Estaba tan sorprendida que he perdido el control, y he tratado de reclamar tu atención instintivamente mediante un contacto físico —me apresuro a explicarle.
—Teniendo en cuenta que, por lo general, para reclamar mi atención me cubres de insultos, supongo que una mano en la rodilla puede considerarse un progreso considerable.
—No tiene gracia.
—Te recuerdo que, mientras tú te estás excusando por ponerme la mano en la rodilla durante tres segundos…
—No han sido tres segundos —le replico.
—¿Dos y medio?
—Dos —pujo de nuevo como si estuviéramos regateando en un mercado.
—… por ponerme la mano en la rodilla durante dos segundos, «tu» Rafael se lo pasa en grande a bordo de un catamarán, en compañía de dos bellas herederas. Por cierto, ¿ya habéis hablado de ello?
—Sí —miento. Aún no le he dicho nada. En más de una ocasión he estado a punto de pedirle explicaciones sobre aquellas vacaciones y sobre Lynette sentada sobre sus piernas, pero al final lo he pospuesto. La verdad es que no sé si quiero saber la respuesta—. Solo fue un malentendido.
West asiente, aunque no parece convencido.
—En cualquier caso, es cosa vuestra.
—Sí, de hecho, ya lo era antes de que tú metieras las narices.
—Tienes bigote, Cortez
—¡¿Cómo te atreves a burlarte de mi físico?! —exclamo ultrajada.
Él coge una servilleta y me la pasa por el labio superior.
—Café —señala, mostrándome el cuadradito de papel blanco con una mancha marrón en el centro.
—Ah.
—Veo que tienes una pésima opinión de mí.
—No me has dado muchos motivos para mejorarla, West.
—¿Hoy tampoco?
—Puede que algo sí. Tú tienes tu exclusiva para tu página web, y yo una investigación en la que profundizar; diría que estamos empatados.
Él se encoge de hombros.
—Sin embargo, cada vez que creíamos que estábamos a la par, acabamos volviendo a las andadas.
—Quizá porque en realidad ninguno de los dos quiere que haya un empate.
—Pues ahora mismo te daré una ventaja hipotética. Sé que harás un excelente trabajo con la investigación de la Avila’s Clinic.
—No me gusta que me den nada hipotéticamente. Estoy acostumbrada a ganármelo todo por mí misma.
Él tira su vaso en el cubo de la basura.
—De hecho, no lo hago por ti. Lo hago para estimularme a mí mismo, sabiendo que ya me llevas ventaja.
—En cualquier caso, ir a la zaga tiene su ventaja —digo mientras le doy la espalda y me marcho—. Perseguir siempre es mejor que ser perseguido.
—Ir detrás de ti tiene otra ventaja —me replica.
Me giro y lo sorprendo lanzándome una mirada maliciosa, que remata con un guiño.
—Idiota —exclamo mientras me vuelvo de nuevo y me dirijo a la salida.
—Te estás riendo.
—No es verdad.
—Lo veo en el reflejo de la cristalera.