Escándalo en Hollywood 23. Hayden
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23. Hayden

Hayden

E ve Prescott no se ha inmutado al ver que Cortez se ha unido a nosotros. No lo admitirá, pero creo que lo está pasando fatal por la situación en que se encuentra Casey Jameson, sea cual sea el motivo, y no sabe cómo gestionar la comunicación.

—Casey está exhausta, tanto física como psicológicamente; os ruego que lo tengáis en cuenta y no hagáis que se sienta observada.

Además, podría mostrarse ofuscada por el efecto de los calmantes.

Así que, si sus respuestas os parecen vagas, no lo interpretéis como una actitud beligerante por su parte.

Está en modo «protección», y no lo oculta.

—Ya estamos frente a la habitación de Casey, y su representante entra y nos anuncia.

—Ya están aquí, ¿los hago entrar?

Dos voces murmuran entre sí, y me parece escuchar algo parecido a «Tú no digas nada». «¿Y si lo descubren?», en un intercambio de frases que nos induce a West y a mí a mirarnos a los ojos. Los dos nos hemos puesto de acuerdo sin decirnos nada.

Tras un instante de silencio, un débil «sí» nos confirma la presencia de Casey.

Para alegría de sus muchos fans, el célebre rostro considerado «la reencarnación de Liz Taylor», y que la ha hecho famosa en todo el mundo, no presenta ningún desperfecto.

Podría parecer superficial por mi parte entretenerme en consideraciones estéticas, estando ante la superviviente de un incendio, pero teniendo en cuenta que esta superviviente ha sido merecedora de dos Oscar a la mejor actriz antes de los cuarenta, y que su imagen está valorada en cientos de millones de dólares entre sus películas y sus promociones, estamos hablando de su principal herramienta de trabajo, y, por consiguiente, mi observación no tiene nada de frívola.

Niña prodigio, adolescente de talento versátil, graduada en Princeton, codiciada actriz protagonista de las películas más taquilleras, aclamada por las firmas de moda, rostro de las principales marcas de cosmética, activista proderechos de los niños, embajadora de Unicef, Casey Jameson es la perfección encarnada en un ser humano.

La única cicatriz que puede ensombrecer su carrera es su rivalidad con la también actriz Lauren Lee: ambas pasaron de ser buenas amigas a convertirse en enemigas.

Lauren le arrebató importantes papeles, aprovechando la fascinación que despertaba en los productores, y Casey, en respuesta, le arrebató el marido.

El mismo que en este momento se encuentra a su lado, sentado en el borde de la cama.

Mark Wilbur era un joven prometedor que empezó con muy buen pie en el cine independiente, pero su brillante carrera se vio absorbida por dos blockbusters horrendos, tras los cuales ningún productor estuvo dispuesto a confiarle ni siquiera la filmación de la fiesta de cumpleaños de su hijo.

De modo que tuvo que volver a empezar de nuevo, con poco dinero y mucha intuición; en la actualidad tiene su propia productora, con la que bate un récord de taquilla tras otro.

Ambos forman una de las parejas de la realeza de Hollywood; sin embargo, algo no cuadra.

—Con permiso —digo—. Soy Hayden We…

—Ya sabemos quién eres —se me anticipa Casey con la voz ronca.

—¿Y ella? —inquiere Mark, señalando a Cortez.

—Me llamo Sofía Cortez y soy periodista —se presenta a sí misma—. Colaboro con West.

—¿Colaboramos? —le pregunto en un susurro.

—Colaboramos.

—Has divulgado detalles sobre mi estado de salud, Hayden. ¿Sabías que no puedes hacerlo sin mi consentimiento? —me espeta Casey con un deje de resentimiento en la voz.

—Pero ahora estoy aquí, así que tengo su permiso.

—Has escrito mucho, pero no lo has escrito todo. He aceptado que nos viéramos para decirte que esto… —señala la mitad inferior de su cuerpo— aún no debe salir.

—¿A qué se refiere? —pregunta Cortez.

Mark se levanta de la cama despejándonos el campo visual, y entonces podemos observar que en la zona donde debería dibujarse la silueta de las piernas de Casey, bajo las sábanas, hay un vacío. La pierna derecha, desde el muslo hacia abajo, no está.

¿Una carrera truncada? Tal vez no. ¿Una carrera considerablemente mermada? Es muy probable que así sea.

—Lo siento muchísimo.

—Al parecer, me cayó una viga encima, y no han podido salvar la extremidad —me explica—. Sentaos. Veros ahí, de pie, me provoca ansiedad.

—Aunque esto no salga a la luz de inmediato, será difícil que la gente deje de asociarla con el incendio y, por desgracia, a nadie se le ha escapado lo chocante que resulta su presencia en un hotel de la periferia —le explica Cortés.

—¿Acaso una mujer no puede tomarse una noche libre para comportarse como una persona normal? —pregunta la actriz, en un tono demasiado sarcástico para resultar creíble.

—Estamos aquí para ayudar —añade Cortez, mucho más diplomática que yo.

—Ahora me doy cuenta de que me he tomado demasiadas libertades en cuanto a su expediente. Hoy he venido a ofrecerle mi espacio para que haga la declaración que quiera. En este momento, mis canales gozan de mayor credibilidad que los suyos, sin embargo… —Casey me lanza una mirada gélida.

—Sin embargo, ¿qué?

—Lo que quiere decir West es que antes deberíamos ponerla al corriente de algunos aspectos que no nos cuadran. —Cortez se vuelve hacia mí y me pide vía libre con la mirada.

Yo asiento y accedo a que prosiga.

Ella dispone sobre la cama todas sus páginas, llenas de subrayados y notas, con el semblante serio.

—Sospechamos que el incendio no fue accidental, sino intencionado.

En lugar de mostrarse sorprendida, Casey se tensa y permanece muda.

Cortez parece desconcertada, porque sin duda esperaba alguna réplica.

—Continúa —le digo, animándola a seguir.

Le explica lo del cortocircuito en una habitación vacía, lo del sistema antiincendios que no funcionaba, el cambio de empleado en la recepción, entre el que debía estar como portero de noche y el tal Jimmy, al que nadie conoce.

—¿Y por qué habéis venido a contármelo precisamente a mí? —pregunta Casey, a la defensiva.

—Ante todo, porque la habitación donde se declaró el incendio estaba al lado de la suya —le explico.

—Y, en segundo lugar, porque tengo la lista de los otros huéspedes del hotel, los he investigado y no me parece que den el perfil de posibles criminales.

Casey arquea una ceja.

—Y yo, ¿sí?

—Con todos mis respetos, Casey, ha crecido bajo los focos, tiene una larga lista de acosadores que la han perseguido, por no mencionar el hecho de que Mark y usted son una pareja que ostenta mucho poder, y cualquier competidor aspira a destronarlos.

—También me dirijo a Mark, quien, a diferencia de su esposa, parece un grifo que gotea.

Se sorbe la nariz, camina por la habitación, jadea.

Su actitud me resulta sospechosa. Sé que será el primero de los dos en ceder; solo hay que presionarlo un poco más.

—Me cuesta creer que alguien quiera hacerles daño a unas productoras de muesli, a una pensionista, a unos pizzeros —enumera Cortés, con la lista de clientes registrados en la mano—, o a un tío que regenta una empresa de alquiler de coches.

Casey se sobresalta de pronto.

—¿Cómo están los niños? —pregunta.

—Cortez no ha mencionado a ningún niño —señalo.

—Sí, yo, esto… —balbucea, como si quisiera enmendar sus palabras—. Los vi jugando en el vestíbulo cuando llegué. Me refería a, hum…, a todos los niños (si es que había alguno en aquel momento), ¿están bien?

—Sí —le confirma Cortez—. Los tres, es decir, las dos hermanitas y el niño.

Estaban en la primera y en la tercera planta.

Las personas que siguen ingresadas eran las que se alojaban en la segunda, donde se declaró el incendio.

Discúlpeme, Casey, pero debo preguntárselo.

Si no quiere responder en presencia de Mark, lo entenderé, pero ¿conocía a alguno de los huéspedes?

¿Que estuviera allí expresamente para verse con usted?

—Os habéis dado mucha prisa en pensar que tenía una cita con un hombre —comenta Casey, molesta.

—O con una mujer —apunto yo—. No tenemos prejuicios al respecto.

—El motivo no tiene que ser forzosamente mantener una relación —observa Casey, que acerca las manos a Cortez y le coge la lista de huéspedes.

—Pero es posible que conozca a una de estas personas.

Casey observa la lista de nombres, suspira y niega con la cabeza.

—Adelante, díselo —salta de pronto Mark.

—Habíamos acordado que no —masculla ella.

—Lo acabarán descubriendo igualmente. —Él parece enfadado, pero no con su mujer—. A lo mejor pueden ayudarte.

—Yo ya tengo quien me ayude —insiste Casey, impertérrita.

—¿Sí?, pues mírate. —Extiende el brazo y señala sus piernas—. ¡Díselo, por Dios!

Yo ya sabía que sería el primero en ceder.

Esta vez soy yo quien se gira hacia Cortez y ambos nos miramos. Tenemos algo con mucha «Sustancia».

Tengo una especie de flash y me viene a la memoria lo que dijo una vez la profesora Fuller, de la asignatura de Legislación y Ética de los Medios de Comunicación: «Vosotros dos sois vuestro mayor recurso y vuestro mayor límite.

Cortez tiene la munición, pero va desarmada; tú, West, tienes las armas.

Puedes emplearlas para asustar, pero reza a Dios para que nadie descubra jamás que están descargadas.

Juntos podríais ganar una guerra, pero sois tan estúpidos que lucháis el uno contra el otro».

Ahora comprendo el sentido de su frase.

Cortez ha investigado, ha ordenado los hechos y los ha relacionado entre sí, pero, si yo no le hubiera franqueado la entrada, solo habría utilizado sus hojas impresas para construir aviones de papel y lanzarlos por la ventana.

Yo hubiese podido acceder a Casey Jameson sin Cortez, pero solo habría vendido humo.

Un humo carísimo, pero humo a fin de cuentas.

En cambio, aquí estamos los dos: yo con mis armas y ella con sus municiones.

—Mark tiene razón. —Esta vez es Eve quien anima a hablar a Casey—. Ya es hora de que le pases el balón a otro.

—Tal como hemos dicho al principio, estamos aquí para echarles una mano —le recuerdo.

Casey asiente, y le devuelve la hoja a Cortez.

—No conozco a una persona en concreto de esta lista. Las conozco a todas. Yo fui quien las convocó al Livingston Inn.

Entonces suceden dos cosas extrañas: Cortez apoya su mano izquierda en mi rodilla derecha, en una especie de impulso repentino, y yo, instintivamente, pongo mi mano encima de la de ella.