Escándalo en Hollywood 22. Sofía
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22. Sofía

Sofía

—S oy una periodista de Hollywood y Alrededores —explico—. Estoy investigando el incendio del Livingston Inn, y hay una serie de detalles que, en mi opinión, a la señora Jameson le interesaría conocer.

—Lo siento —se excusa la enfermera—, pero la señora Jameson y su marido no aceptan visitas, y menos aún de la prensa.

—Ya, pero, si pudiera explicarle a ella el motivo que me ha traído hasta aquí, estoy segura de que haría una excepción —insisto.

—Puede decírmelo a mí —me propuso—. Si tiene una tarjeta de visita, ellos se pondrán en contacto con usted, si lo consideran oportuno.

—Eso está fuera de discusión, mis informaciones son de carácter reservado y…

—Las condiciones de la señora Jameson también lo están, le ruego que no insista.

La serenidad está abandonando mi cuerpo y le está cediendo el puesto al cabreo, que, unido al cansancio que arrastro por lo poco que he dormido, también me está haciendo perder la lucidez.

—Escuche, las dos estamos aquí para hacer nuestro trabajo, y lo que acabo de descubrir es muy importante. ¿Puedo hablar con algún superior?

—Yo soy la directora —me aclara, visiblemente molesta.

—¡Pues entonces con alguien que me tome en serio! —exclamo abriendo los brazos, cada vez más frustrada.

Miro a mi alrededor en busca de ayuda, y mis ojos se detienen en una silueta alta, ceñida por unos vaqueros blancos y una camisa azul con las mangas remangadas, al fondo del corredor.

—Entonces ¿qué está haciendo él aquí? —le pregunto a la directora de Admisiones mientras apunto a West con el dedo—. ¿No ha dicho que la prensa no estaba autorizada?

—Lo ha recibido la señora Prescott —responde impasible.

¡Cómo no! Él siempre gana, y, por si ya no me acordaba, el karma se encarga de refrescármelo al instante. Así que, a grandes males…

—Pues creo que me acercaré a saludarlo y dejaré de molestarla. Gracias por atenderme.

Y una mierda. Pienso vender caro mi pellejo mientras siga conservándolo.

—¡West! ¡Qué feliz coincidencia! —le digo en el tono más afable que soy capaz de articular, tratándose de él. Estoy forzando tanto la sonrisa que me duelen los pómulos.

—Llevo un disco duro en el bolsillo —afirma.

—¿Qué? ¿Te encuentras bien, West? ¿Has decidido aprovechar para que te visite la neuróloga, ya que estás aquí?

—Es lo que pone en tu camiseta. —Señala las letras blancas impresas en mi prenda—. Pone: «¿Llevas un disco duro en el bolsillo, o estás contento de verme?». Y, como quiero ser claro respecto al hecho de que no estoy contento de verte, respondo «disco duro».

¡Maldita sea Michelle y su puñetero sarcasmo informático! Doblada, parecía una camiseta negra de lo más vulgar.

—Yo tampoco estoy contenta de verte.

—Yo estoy aquí para una entrevista.

—Y yo tengo algo —le replico, agitando mis papeles con sus correspondientes subrayados delante de sus narices—. Que tú no tienes.

—¿Qué?

—Antes hagamos un pacto: tú me llevas contigo a tu entrevista con Casey Jameson, y yo te digo lo que he descubierto.

—Sea lo que sea, seguro que no vale tanto.

—¿Crees que estaría aquí, implorando que me dejen hablar con la superviviente de un incendio, si no tuviera nada sustancioso?

—Tú dime primero lo que tienes, y yo decidiré si vale la pena intercambiarlo por una entrevista.

—Tengo las actas de la intervención: los pormenores del rescate, los informes de los bomberos y la lista de empleados del Livingston Inn.

West me mira sorprendido.

—¿De dónde leches lo has sacado?

—No eres el único que cuenta con fuentes fiables —le respondo desafiante.

West se muerde el labio inferior, pensativo, y por fin acepta.

—Vale, entra conmigo. ¿Qué has descubierto?

Nos sentamos en las butacas de la sala de espera, uno al lado del otro, y le muestro los puntos más destacados de cada página.

—Trabajas con papel, como en la vieja escuela.

—Es que todo se ve mejor sobre el papel. Aquí, por ejemplo, consta que el sistema de alarma contra incendios no funcionaba —le indico.

—«Hotel de categoría media-baja». A saber cuántas cosas más no cumplían la normativa. Ni siquiera tienen un sistema de videovigilancia.

—En cuanto al incendio, han excluido causas ambientales externas, pero el origen más probable es un cortocircuito.

—Exacto. Alguna instalación deteriorada —concluye él—. Hasta ahora no tienes nada.

—El fuego se inició en la habitación 215, pero según el registro de ese día… —consulto la página correspondiente— no estaba ocupada.

—Ah.

—Y hay una inconsistencia en cuanto al personal.

Según los cuadrantes, en la recepción debía de estar un tal Emilio Suárez, pero tanto él como el conserje de aquel turno dicen que, en lugar de Suárez, entró un tal Jimmy, que había solicitado el cambio.

Emilio me ha confirmado de viva voz que no solo no trabajó en el hotel ayer por la noche (de hecho, no aparece en las actas de los servicios de emergencias), sino que tampoco podía constar su incorporación al trabajo en los registros digitales porque le habían robado la cartera con su tarjeta de identificación dentro.

—Hago una pausa para que digiera la información antes de soltar la bomba final—: He hablado con el Departamento de Recursos Humanos de la Livingston Inn Company, y resulta que no enviaron a ningún Jimmy para cambiar el turno con Emilio.

El único Jimmy que tienen en nómina estaba trabajando en el hotel de Harbor City.

¿Qué me dices ahora, West? ¿Esto es noticia?

—No, esto es un problema. —Baja la voz hasta que resulta casi inaudible—. Porque, visto así, todo me induce a sospechar que el incendio fue provocado.

Observo su rostro y percibo que ha adoptado una expresión muy seria: en él ya no se aprecia el menor rastro de desafío, malevolencia o burla.

—¿Premeditado? ¿Por qué?

—No lo sé, tú eres la detective. ¿Alguna idea?

—¿Hayden? —lo llama una voz de mujer. Es Eve Prescott, que asoma la cabeza por la puerta del pabellón.

—Casey está de acuerdo en que os veáis. Diez minutos, no más.

—Gracias. —Coge un jarrón con una orquídea amarilla y se lo pasa—. Esto es de mi parte.

—Es alérgica. Démosle un momento para ponerse presentable y te aviso —le indica antes de volver a cerrar la puerta.

—Me has mentido —lo reprendo en tono acusatorio, golpeándole el pecho con el pliego de documentos—. Aún no habías acordado ninguna entrevista con Casey

—La había acordado con Eve —alega en su defensa.

—No es lo mismo. Yo te he contado todo lo que he descubierto porque habíamos acordado que entraríamos a verla juntos, cuando en realidad no tenías nada asegurado. Si ella hubiera dicho que no, tú ya te habrías agenciado igualmente toda mi investigación.

—Vale, me he tirado un farol. Si quieres marcharte, ahí tienes la puerta… Ah, claro, olvidaba que tu especialidad es que te echen de todas partes. Te recuerdo que tu permanencia aquí depende de que lo permita, así que no me tientes.

Qué ganas tengo de arrearle una hostia.

—Eres despreciable, West.

—Y sin embargo sigues aquí.

—Adelante —dice Prescott.