Escándalo en Hollywood 17. Hayden
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17. Hayden

Hayden

—H oy estás nervioso —señala Corey. Reclinado en la hamaca del balcón, comparte conmigo el itinerario de mi gira europea, pero yo solo le respondo con gruñidos y balbuceos—. No creo que te siente bien estar cabeza abajo.

—Como bien has dicho, estoy nervioso, así que deja que me desfogue entrenando.

—¿Cómo te las apañas para mantenerte en vertical tanto rato sin caerte? —me pregunta.

— Empujas con los dedos cuando el peso te desequilibra hacia delante, y con las muñecas cuando te desequilibra hacia atrás.

—En realidad, no quería saberlo. Solo fingía que me interesaba, en vista de que tú no muestras el menor interés por mí.

—La he vuelto a tener con Cortez esta pasada noche.

Me dirigía al Livingston Inn, porque me habían dado el soplo de que Casey Jameson se hospedaba allí, y no solo llegó antes que yo, sino que ya sabía lo del incendio.

Y no solo eso, ¡ella fue quien avisó a Emergencias!

Cuando yo llegué, ella estaba transmitiendo en directo el suceso, y entonces apareció la representante de Jameson.

—Pero tú descubriste el estado en que se encuentra realmente Jameson.

Por suerte para mí, esta mañana, mi técnico de hidromasaje estaba instalando las nuevas piscinas para partos en el agua en la planta de Maternidad, y ha escuchado a dos comadronas cotilleando entre ellas.

—Sí, pero no es una exclusiva —le replico—. He ido a remolque. La «Sustancia» era Casey Jameson en un hotel en llamas. Y también haber podido decir que la salvé de una muerte segura.

—¿A Casey Jameson?

—No, a Cortez.

Me incorporo de la vertical, pero, al hacerlo, me entra un mareo tan intenso que acabo tendido en el suelo. Puede que Corey tuviera razón: no debería haber estado tanto tiempo cabeza abajo.

Pero sentía una necesidad imperiosa, que pasaba por encima de todo lo demás: forzar a mis manos a que olvidaran la forma del cuerpo de Cortez.

La sujeté por la cintura y la estreché contra mí apenas unos segundos, y ahora las palmas de mis manos saben dibujar con precisión el ancho de sus caderas, al centímetro.

Y también por eso tenía que invertir el flujo sanguíneo y enviarlo al cerebro, tanto para aclararme las ideas como para evitar que mi cuerpo asociara ciertas reacciones con Sofía Cortez.

Ella y cualquier estado de excitación por mi parte son dos rectas paralelas que no deben cruzarse nunca.

—Decía —toma la palabra Corey de nuevo, tratando de retomar el hilo— que en Londres también te he concertado una serie de entrevistas (con Hello!

, The Sun , OK Magazine ), pero he pedido que dispongan una sala de prensa en el hotel para que podamos recibir a los periodistas, uno detrás del otro, y así no tener que ir dando tumbos por media ciudad.

Además, esta gira europea llega en el momento justo, porque está a punto de salir la nueva novela de Blacke Avery, así que ya estaremos preparados para cederle el podio…

—Teniendo en cuenta que yo fui quien desveló la exclusiva de su infidelidad a Tayreen Hill, pienso cederle el puesto sin dudarlo un instante.

El sonido del timbre nos interrumpe.

—Creo que ha llegado el tentempié postentrenamiento.

Esta mañana me he levantado con un hambre de lobo, y ninguna de todas las cosas saludables que tengo en la nevera ha logrado saciarme.

—Mister West, su pedido —me dice Marvin, uno de los empleados de la recepción, pasándome unas bolsas del Burger King— y su ropa recién traída de la lavandería. Como siempre, los efectos personales hallados en los bolsillos están en el sobre que cuelga del gancho.

—Muchas gracias.

Lo meto todo y vacío el contenido de los sobres en la encimera de la cocina. El olor a grasas saturadas impregna el aire.

—¡¿Patatas fritas, queso y beicon?! —exclama Corey, observando consternado mi plato—. ¿Qué ha sido de tu batido proteínico con plátano y mantequilla de cacahuete?

—Hoy necesitaba esto —respondo mientras me meto en la boca una goteante porción de chédar amarillo.

Entre los «restos» de mis pertenencias que habían ido a parar a la colada —monedas, chicles, un preservativo, tarjetas de visita— aparece el contacto de aquel camarero que estaba interesado en Cortez.

Caigo en la cuenta de que, pese a mi intensa vida social digital, nunca la he buscado en ninguna plataforma. El instinto puede más que el hambre, de modo que me olvido de las patatas fritas y me apresuro a activar la pantalla del móvil.

Uso mi cuenta «secreta» y, para mi alegría, descubro que, como casi todos los periodistas, tiene un perfil público.

No suele subir contenidos. La última foto se remonta a fin de año, y aparece ella, sola, en pijama, sentada en un sofá, enseñando un termómetro que indica 38,5 de fiebre.

En la primera foto sale con dos mujeres, una ya adulta y otra anciana, con una tarta delante. Las tres tienen los mismos ojos, y en la descripción pone: «Feliz cumpleaños, abuelita».

En la siguiente, sonríe a la cámara y tiene una mariposa de alas amarillas posada en la nariz. Quien le hizo la foto estaba muy cerca.

A continuación, vuelve a salir ella mostrando un pin con barras y estrellas, en el que pone «He votado», aludiendo a las elecciones a la alcaldía.

También sale haciéndose un selfi en un desfile, durante una manifestación por los derechos de las mujeres.

Se ha pintado dos rayas rojas en las mejillas, lleva una camiseta con la cara de Ruth Bader Ginsburg y agita un cartel. Decididamente, es Sofía Cortez.

En otra, una versión más joven de ella misma sonríe orgullosa al fotógrafo de la orla; esta imagen la subió el día del aniversario de nuestra graduación, y se me hace extraño pensar que aquel día yo también estaba.

La segunda foto de la serie también es de ella, siempre con la toga, pero esta vez acompañada de su madre y su abuela —ambas llevan sendas camisetas con la frase «La primera graduada de la familia»—, y la tercera es la foto de grupo con todos los alumnos y alumnas que íbamos a obtener la licenciatura.

Me sorprendo a mí mismo haciendo zum como un loco, y allí estamos, ella y yo, los mejores estudiantes del curso, los valedictorian y salutatorian de la ceremonia, respectivamente, a la derecha y a la izquierda del rector.

—No me lo puedo creer —murmuro. En internet existe una foto de los dos juntos.

—¿Qué estás mirando? —me pregunta Corey.

—El perfil de Cortez —respondo mientras sigo desplazándome por la página.

—¡Otra vez! Estás obsesionado.

Corey aprovecha mi distracción para agenciarse un puñado de patatas fritas, pero no digo nada.

—Estoy investigando; ya sabes que debo saberlo todo de todos.

Sigo curioseando en sus fotos, hasta que aparece un selfi en el que sale con un tío. La geolocalización indica Marina del Rey. Ambos llevan un impermeable K-Way y les está cayendo encima un diluvio. Se abrazan. «Bañarse dos es mejor que bañarse uno solo», se lee en la descripción.

La etiqueta que aparece en la foto de él es «Rafa-T8».

¿Qué os apostáis a que él es el amado Rafael?

Cliqueo sobre el nombre y voy a su perfil.

Rafael Tate, banderita mexicana y banderita estadunidense, emoji de la cámara fotográfica, acompañado de la palabra «reportero», un mapamundi con el lema «La Tierra es mi casa».

—Que te jodan —mascullo.

—¿A quién? —murmura Corey, que ya se ha acabado mis patatas.

—Al novio de Cortez.

Paso más fotos de él, siempre en situaciones heroicas: descalzo en una favela, distribuyendo comida ante una cola de niños, en compañía de un equipo médico que visita a unas personas enfermas en un hospital de campaña; con unos carpinteros que reparan los techos de unas barracas con chapas y paneles de aglomerado; con unos niños que tocan música, empleando tapas de ollas y cubos de basura a modo de batería.

Todo ello, geolocalizado en lugares donde la expectativa de vida es, en todos los casos, superior a la renta per cápita.

— Poverty washing —sentencio en tono despectivo.

—¿Eh?

—El novio de Cortez, uno de esos que proclaman a los cuatro vientos lo mucho que aman a los menos afortunados, porque «yo no soy como vosotros, que miráis hacia otro lado».

No tengo nada en contra de los misioneros, ni contra quien hace el bien de forma desinteresada, pero no soporto a quienes utilizan la beneficencia para satisfacer su narcisismo y para lucirse ante los demás.

—¿Lo conoces?

—No lo he visto en mi vida.

—Pues da la impresión de que lo odias.

—Detesto a los que son como él. —Y, cuando detesto a alguien, necesito encontrarle defectos.

Al escrolear por su perfil, me he dado cuenta de una cosa: Cortez no aparece nunca.

Sin embargo, en muchas de las imágenes, sale al fondo, o medio fuera del encuadre, una rubia.

Después de abrir al menos una treintena de fotos en busca de su etiqueta, acabo rindiéndome y entro en el perfil de la ONG Better Tomorrow.

Allí sí que está etiquetada en algunas fotos con su perfil: «EttyVDG».

Su feed resulta aún más críptico y, aparte de mencionar el nombre de la ONG, en su «bio» se define únicamente como «ser humano».

¿Todos ellos no serán una panda de sanos portadores del virus de la idiotez?

Aparecen varias fotos de esta heroína de los desamparados en acción.

Pero, en medio de semejante ostentación de miserias, hay una imagen que chirría: una mesa atestada de manjares, vajillas y cubiertos de lujo y personas vestidas como si asistieran a un desfile de la Fashion Week.

Fecha: Fin de Año. Descripción: «Año Nuevo en familia». Geolocalización: Montauk.

Desde luego, esa no es una favela, sino una mansión en Long Island.

Hay una persona etiquetada: Emily van der Graaf, que comenta la foto con la palabra «hermana» y un corazoncito.

Tardo un segundo y medio en descubrir que EttyVDG es Lynette van der Graaf, y que ella y su hermana Emily son las herederas de la familia Van der Graaf; una antigua estirpe de millonarios de la costa oriental: bajo perfil, alta cuenta corriente.

Emily tiene un máster en Arte, está a cargo del fondo de colecciones de la familia y, además, es la «prometidísima» de un tal Bates, perteneciente a otra gran dinastía. Por su parte, Lynette se ha tomado un año sabático de Yale para vivir «experiencias» a lo largo y ancho del mundo.

Cliqueo en el perfil de su hermana Emily, que, a diferencia de la pequeña, exhibe sin pudor el estilo de vida que su familia le permite.

Aunque lo hace de forma discreta y elegante, resulta evidente que estamos ante una persona que pertenece al famoso uno por ciento.

También lo identifico porque, cuando vivía con mi familia, mi vida era así: asistir a galas exclusivas, relacionarse con los amigos «adecuados», frecuentar los lugares «adecuados » —no aquellos a los que van quienes piensan que son los que más les gustan a los ricos—, hacer las vacaciones «adecuadas».

Sin ir más lejos, el 2 de enero, Emily estaba a bordo de un catamarán en Saint Barth.

En la galería hay fotos de chapuzones, hogueras en la playa, almuerzos a base de langosta…

—¡Espera! —exclamo, con un subidón de adrenalina recorriéndome la espina dorsal

—¿Qué pasa?

—Mira.

—No los conozco.

—Estas seis personas son Emily van der Graaf con su novio; el primo Van der Graaf con su marido, y esos dos que se abrazan son Lynette van der Graaf sentada en el regazo de Rafael Tate.

Corey sacude la cabeza.

—Sigo sin saber quiénes son.

—Este —hago zum sobre Rafael— es el novio de Cortez. El que ella cree que está haciendo de reportero en las favelas de Sudamérica —exclamo, más exultante que si los 49ers hubieran ganado la Super Bowl—. Pásame el portátil, que tengo una noticia que escribir.

—Pero esto no es noticia.

Abro el ordenador y empiezo a teclear como un poseso.

—Te aseguro que para alguien sí lo será.