18. Sofía
Sofía
—¡ E l muy canalla, envidioso, pendejo! —exclamo mientras camino arriba y abajo por la cocina de la abuela, blandiendo un buñuelo de plátano. Es el quinto que me como, y no será el último.
—Desde luego. Rafael es un pendejo, sin la menor duda —convienen las tres del club del cupón desde su sofá. Están inclinadas sobre el móvil de mi madre, observando la foto incriminatoria.
—No estoy hablando de Rafael, hablo de Hayden West.
—Roxana, por favor, lee lo que hay escrito, que no lo veo —le pide Paloma.
—«La heredera y el reportero» —recita mi madre como si ardiera en deseos de hacerlo—.
«La familia Van der Graaf siempre se ha distinguido por su capacidad de pasar inadvertida y de mantenerse lejos de los focos.
Sin un solo escándalo conocido en toda su historia, sus miembros han sido trabajadores incansables, entregados a sus empresas y al buen nombre de la dinastía que lleva siglos engrandeciéndose, a la par que su ancestral patrimonio.
Sus matrimonios, siempre entre miembros del «círculo», son sólidos, sin que hasta el momento haya habido un solo divorcio —¿amor verdadero o férreos contratos prematrimoniales?
—, y actualmente la nueva generación ya parece estar sentando la cabeza.
Las herederas de la nueva hornada, Emily y Lynette, han crecido lejos de las alfombras rojas y de los teleobjetivos, así que las únicas cámaras ante las que se exhiben son las de sus propios móviles.
Lynette, de veintiún años, ha suspendido temporalmente sus estudios de Ciencias Políticas en Yale, el ateneo donde se han graduado todos los Van der Graaf, para formar parte de una misión de la ONG Better Tomorrow en las áreas más desfavorecidas de América Latina.
Aunque apenas publica en sus redes sociales, en el perfil de su hermana, que suele interactuar con Lynette enviándole comentarios alentadores, aparecen unas fotografías de unas vacaciones en Saint Barth, donde podemos ver a una feliz Lynette acompañada de un joven al que prodiga su cariño.
Se trata de Rafael Tate, de treinta y tres años, un reportero gráfico que pertenece a la misma ONG.
La misión en la que ambos participan ha sido bautizada con el nombre de Galeota.
No podemos asegurar que el de los niños de las favelas será «un mañana mejor», pero sin duda sí lo será para Lynette y Rafael».
La abuela se vuelve hacia mí y me mira decepcionada.
—Aquí no hablan de ti —objeta, como si fuera un fallo.
—El objetivo de este artículo no es hablar «de mí», sino hablarme «a mí». Es a mí a quien me lo ha escrito, el muy capullo —le replico.
—Bueno, yo creo que no importa demasiado que lo haya escrito para ti o para cualquier otro —apunta mi madre encogiéndose de hombros—. Lo siento, querida.
—Solo son conjeturas. Meras conjeturas —afirmo con firmeza, tragándome el cabreo que me roe el pecho desde esta mañana.
Rafael tendría que haber regresado para las vacaciones de Navidad, pero «tenía demasiado trabajo», y verlo solazándose a bordo de un yate en el Caribe, ante una fuente de langostas, con una heredera de veintidós años sentada en su regazo, no es lo que yo entiendo por «demasiado trabajo».
—Estoy segura de que habrá una explicación lógica para ese…, ese viaje a Saint Barth.
Paloma se ajusta las gafas en la nariz.
—¿Tú crees?
—West ha encontrado un resquicio a través del cual poder joderme, y lo está explotando. Quiere distraerme, quiere darme mala vida para que no pueda concentrarme en el trabajo.
—¿Tan malo es?
—Hoy no he hecho nada. ¿Recordáis el incendio de El Monte?
—Ese en el que Casey Jameson sufrió un percance —confirma mi madre—. Pobrecita, con la cara tan linda que tiene, espero que no haya quedado desfigurada.
—Había otras muchas personas —señalo—. He telefoneado como una obsesa a la policía, a los bomberos, a la compañía de seguros, a la Livingston Inn Company, para obtener las actas de las intervenciones, la lista de empleados, la lista de huéspedes…
En definitiva, algo de donde poder partir.
Y no he conseguido nada. Solo he logrado hablar tres minutos por teléfono con el recepcionista, que terminó su turno de día, y fue reemplazado por un tal Jimmy, al que no tengo ni idea de cómo localizar, y que sin duda sabrá mucho más acerca del incendio.
Y, como estoy intoxicada por el veneno de West, el cerebro no me funciona.
—Puedo hacerte una limpieza espiritual, si quieres —me propone la abuela—. ¿Te leo las conchas? Yo no creo que Rafael sea tu espina. En mi opinión, es tu parásito.
—Ya hemos cambiado de tema, abuela. Basta de conchas, basta de Rafael, basta de rosas y basta de espinas.
—Puedo pedirle ayuda a Patrick, si quieres —me propone mi madre.
—¿Quién es Patrick?
—¿Te acuerdas del vigilante que nos pilló ayer por la noche? —me pregunta con una vocecilla un poco demasiado meliflua.
—No me lo puedo creer. —El buñuelo de plátano se me atraganta—. ¡No me digas que ya te has acostado con el vigilante, mamá!
—Pues claro que no —me responde ella ofendida—. Solo nos besamos cuando me acompañó a casa. Dos horas.
Alzo los ojos al cielo.
—Me lo debería haber imaginado, tonta de mí.
—Es un buen hombre: cincuenta años muy bien llevados, divorciado, sin hijos, con un trabajo estable. Le gusta ir en bicicleta, cocinar y ver documentales —me recita sus virtudes.
—Gracias por la información, pero ¿cómo podría ayudarme «tu» Patrick?
—Verás, él era policía antes de abrir su agencia de seguridad privada, y aún tiene un montón de contactos entre sus excolegas. ¿Quieres que se lo pida? —me suelta ansiosa.
—No sé, tal vez pruebe de nuevo por los conductos oficiales.
—¡Por favor, Sofía, dame una excusa para escribirle! —me implora.
—¿Pero no os pasasteis toda la noche besándoos? —le pregunto, perpleja—. Seguro que no necesitas una excusa.
—Claro que sí. Si le escribo sin motivo, parecerá que estoy desesperada.
Después de todo, si me diera acceso a los partes de intervención, supondría una gran ayuda.
—De acuerdo.
—¡Sííí! —exclama ella—. Se lo comentaré enseguida.
—Es muy guapa la tal Lynette —comenta Juana, metiendo el dedo en la llaga—. Rubia, con los ojos azul celeste. Puede que West no haya escrito sobre ti, pero yo aquí leo que Rafael la prefiere a ella antes que a ti. Además, es más joven…
—Ahora lo apañaré yo a West —exclamo furiosa—. Mamá, prepárate.
—¿Para qué?
—Ponte el mejor vestido que tengas. Tú y yo nos vamos a El Cielo Club.
—Este es el famoso Cielo —le digo a mi madre en cuanto entramos—. Por lo que más quieras, no hagas vídeos ni fotos. Nada de nada. Es más, por si acaso, no saques el móvil en ninguna circunstancia, ¿entendido?
—Ya lo he pillado. No te pongas histérica. ¿Aquel de allí es Tom Cruise?
—No lo sé, es posible. Pero no es él quien me interesa. Estoy buscando al desgraciado de West.
—También está esa cantante rubia, ¿cómo se llama? ¡Tayreen Hill!
—Ya lo veo. ¡Localizado! West está al fondo de la sala.
—Madre mía, ¿es posible que sea tan alto en persona?
—Sí, un metro noventa de infamia. Voy para allá. No armes ningún estropicio —la advierto.
Venzo la tentación de tomarme un Espresso Martini en la barra y empiezo a seguir a West, que se aleja de mi trayectoria. Enfila un pasillo y cruza varias puertas, pero le piso los talones. Esta vez no se me escapa.
—No huyas, maldito cobarde, que eso es lo que eres —le espeto desde atrás.
Él se vuelve, me mira y alza los ojos al techo.
—¡Cortez! ¿Qué diablos haces aquí?
—Tengo una tarjeta de miembro, ¿recuerdas? —le digo plantándosela ante las narices—. Me la conseguiste tú.
—«Fophia» —lee con sorna lo que pone en la tarjeta—. No me refería al Cielo, sino al hecho de que estamos en el servicio de chicos. ¿Lo ves? —me dice, señalando el cartel con la palabra «Caballeros» que hay en la puerta.
—Si este es el servicio de caballeros, entonces tú no deberías estar aquí —le replico—. Los caballeros no apuñalan a las mujeres por la espalda.
—No entiendo a qué te refieres.
—Al artículo sobre Rafael: lo has escrito para herirme.
—Yo he escrito un artículo sobre el presunto nuevo amor de una heredera de Montauk.
Las grandes familias estadounidenses siempre son objeto de mis crónicas.
Vanderbilt, Getty, Forsyth, Sloan, Bates…
y los Van der Graaf no son una excepción.
—West se me acerca y me mira de arriba abajo—.
Solo descubrí que Lynette tiene un romance con un reportero de la ONG en la que trabaja, ¿por qué habría de escribir esa columna para herirte a ti?
—Porque Rafael Tate es mi chico.
—Ah, ¿sí?
—Deja ya de hacerte el tonto.
Él estalla en una carcajada arrogante.
—Espera, ¿tu novio se lo monta con una heredera que apenas tiene veinte años, mientras finge estar grabando un reportaje en las favelas, se va de vacaciones con ella al Caribe, en lugar de regresar aquí contigo, y tú me echas a mí la bronca?
¿Estás segura de que el que se está haciendo el tonto soy yo?
—El fin de año estuve enferma. Fui yo quien le dijo que cambiase de planes y no pensara en mí.
—Según mi modo de ver, si la chica a la que quiero y a la que no veo desde hace seis meses está enferma, yo vuelvo a su casa, aunque sea escalando los putos Andes descalzo. Así que prueba con otra historia, Cortez, porque esta no me convence.
—Son colegas.
—Entonces ¿se puede saber por qué, en lugar de estar al teléfono pateándole el trasero a él, me estás sometiendo a mí a este interrogatorio?
—Porque tú eres quien ha escrito ese artículo venenoso solo para hacerme daño.
—No, yo te diré por qué estás aquí. —Da otro paso en mi dirección, y ahora lo tengo tan cerca que reconozco la fragancia a musgo y ámbar de ayer por la noche, cuando estaba encima de mí—.
Porque, aunque tu novio sea Rafael, prefieres saber la verdad por mí.
Quizá porque en el fondo te fías más de las palabras de un capullo que de las de un embustero, y eso dice mucho de vuestra relación.
Pero yo no soy psicólogo; eres muy libre de volver a casa a rebobinar su trabajo y a escribirle artículos cuyo mérito se atribuirá él.
Dime la verdad, ¿te ha dado las gracias por aquellas diecinueve horas de grabaciones que le has resumido?
Acaba de demolerme palabra por palabra, convirtiéndome en una pila de escombros.
—Vete a la mierda, West.
—Me parece que esta frase querías dirigírsela a él.
—No me he equivocado, va dirigida a ti.
—La acepto —me responde, encogiéndose de hombros; pulsa un interruptor que hay junto a uno de los espejos de la hilera de lavabos, y en menos de cinco segundos tengo un gorila a mi derecha y otro a mi izquierda.
—¿Algún problema? —me pregunta el de la derecha.
—No —respondo.
—Sí, al parecer la señorita se ha perdido. ¿Serían tan amables de indicarle dónde está la salida?
Me lo quedo mirando alucinada, con la boca abierta.
—¡¿Estás de broma?!
West ni siquiera pestañea.
—Además, en su tarjeta de miembro hay algo que no cuadra. No creo que se llame Fophia.
—Adelante, bonita, vamos —me dice uno de ellos, y ambos me sujetan de los brazos y me escoltan hasta la salida.
—¡Esto no acaba aquí, West! —lo amenazo antes de perderlo de vista.
En una especie de paseo de la vergüenza, atravieso El Cielo Club bajo las miradas perplejas de los presentes hasta la puerta, mientras mi madre me sigue, bebida en mano, y grita:
—¡Apartad esas manos de mi hija!
Ya en la acera, quisiera excavar una fosa.
—Menos mal que era yo la que no tenía que montar ningún escándalo —me suelta mi madre, pasándome el vaso que se ha llevado consigo—. ¿Margarita?
—Tengo que conducir. Aunque, bien pensado… —Cojo el cóctel y lo vacío de un trago—. Mejor que conduzcas tú. Ufff… ¿Existe un universo donde West no salga ganando siempre?
—Bueno, tú tienes los informes de los bomberos, con los detalles de la intervención, la estimación de daños y toda la pesca —me dice mi madre.
—¡¿Qué?!
—Patrick me los ha enviado hace poco —me aclara con una naturalidad pasmosa—, junto con la propuesta de desayunar juntos mañana como pago por el favor. Ya te dije que mi idea era buena, y ahora las dos tenemos lo que queríamos: tú, tu reportaje, y yo, mi cita. ¡Dale un beso a tu madre!
—¡Eres un genio! —exclamo abrazándola con todas mis fuerzas.
—Cuidado, cariño, que me arrancas las extensiones.
—Perdona.