16. Sofía
Sofía
C uando llego a la redacción, a la mañana siguiente, me reciben con una gran ovación.
—¡Una avalancha de clics! —exclama Oliver, al tiempo que me ofrece una taza de café—. Felicidades, Sofía: la mujer adecuada, en el lugar adecuado, en el momento adecuado.
—Di la verdad, estás arrepentido de haberme infravalorado destinándome a la sección de chismorreos.
—¿Qué? No, al contrario.
—Las noticias de actualidad son lo que mejor se me da. Tú mismo lo has visto, ¿no? He sido la primera periodista en llegar y en documentar en directo el salvamento.
Él sacude la cabeza.
—¡No me estoy refiriendo al incendio! Hablo de la representante de Casey Jameson, que aparece en el vídeo preguntando dónde está la actriz.
—El link de nuestro vídeo ha sido compartido por más de doscientas setenta cabeceras, y se ha visualizado dos millones y medio de veces desde esta noche hasta ahora —contabiliza Kim.
—¿Por qué Casey estaba allí? ¿Con quién estaba? Descubre todo lo que la gente quiere saber —me ordena el jefe.
—Yo creo que primero deberíamos partir de las hipótesis sobre las causas del incendio, hablar con los bomberos, los testigos y los supervivientes que están en buenas condiciones de salud… —enumero, pasando lista mentalmente.
—La buena noticia es que no hay víctimas; la mala noticia es que una buena noticia no es una noticia —me replica él—. Indagar sobre las dinámicas del incendio no le interesa a nadie, como tiene que ser: es cosa de los bomberos y de las aseguradoras.
—Hay personas en el hospital, Oliver. Intoxicadas, con quemaduras. ¿No crees que las familias querrán respuestas? —insisto.
—Puede que las haya, pero no aquí. Estamos en California, no pasa un día sin que se declare un incendio, y los motivos son siempre los mismos: la red eléctrica obsoleta, cables de corriente que cuelgan de los postes y chocan con ramas, matas o árboles, aire seco, viento…
, et voilà , la hoguera está servida. —Oliver ventila el tema con rapidez—.
El año pasado, en mi barrio, una casa se incendió porque un coche rozó el bordillo de la acera con la llanta; el propietario lo aparcó en su garaje sin percatarse de que la rueda estaba ardiendo.
—¿Y a ti te parece normal? —le pregunto perpleja.
—¿Sabes lo que no me parece normal? Que la actriz más joven ganadora de un Oscar en los veinte últimos años estuviera en un hotel de segunda en el extrarradio, cuando posee una mansión con treinta y seis habitaciones en Beverly Hills.
Descubre qué hay detrás de todo ello. Esta noche has obtenido un gran resultado, no lo desperdicies.
—De acuerdo —le digo apretando los dientes. Tiro el café a la papelera sin probarlo, pues se me han pasado las ganas.
En cuanto el cubículo se vacía, me percato de que Cindy no está. No estaba en el baño, y en su escritorio tampoco veo su bolso.
Ojalá estuviera aquí para escuchar mis quejas y mimarme.
Le envío un mensaje preguntándole si estará aquí a la hora del almuerzo para comer con ella, pero me responde que se ha tomado un día de baja menstrual retribuida.
—«Te envidio», le escribo, y ella me responde al instante: «No te lo deseo, estoy hecha polvo. Tendría otro hijo solo para no tener que soportar estos dolores otros dos años».
«No se te ocurra dejarme sola otra vez», la amenazo con una vocal.
Escribo cinco vocales más, pero las borro antes de enviar el mensaje.
En cada uno de los mensajes trato de contarle lo de mi casimuerte bajo un balcón en llamas, y cómo Hayden me puso a salvo, pero, cada vez que llego al momento en que estoy tendida debajo de él, mi voz se vuelve extraña.
Por esa razón, alterno cada palabra con un medio suspiro, y acabo balbuciendo pensamientos inconexos.
Puede que esté sufriendo un síndrome de estrés postraumático. Quiero decir que, en estos momentos, podría estar en la cámara frigorífica de un tanatorio, así que cualquiera en mi lugar tendría dificultades para formular frases coherentes.
Echo un vistazo a mi alrededor para asegurarme de que no está Kim, dispuesta a atacarme por la espalda, y en la barra del buscador tecleo «Wild Wild West» con cautela, como si estuviera haciendo algo ilegal.
Hay una nueva noticia: él, antes que nadie, ha logrado descubrir cuál es el estado real de Casey Jameson.
A primera hora de la mañana, su representante y el marido de Casey han hecho unas breves declaraciones: necesita terapia, cuidados especiales y descanso para recuperarse por completo. Sin dar más detalles.
En cambio, según West, Casey está ingresada en la Unidad de Quemados Graves, la mantienen sedada y en aislamiento, para evitar que pueda contraer infecciones. Mark, su marido, está con ella y se sabe que no ha abandonado el complejo hospitalario desde que ingresó su esposa.
No tengo ni idea de cómo demonios puede tener acceso a informaciones tan reservadas. ¡¿Se estará follando a las enfermeras del hospital?! Yo no lo descartaría…
La cuestión es que debo descubrir qué hacía Casey allí, o con quién, y el único modo posible no es investigarla a ella, sino a su «entorno». Y también, tanto si a Oliver le gusta como si no, investigaré el incendio.
Buscaré la lista de huéspedes que se encontraban en el edificio, me informaré de qué habitaciones estaban ocupadas y cuáles vacías, y hablaré con el resto de los supervivientes.
Oliver puede decirme qué resultados espera que le traiga, pero no cómo obtenerlos. También me resultarán de utilidad los informes de los bomberos y de la policía, para empezar.
Estoy confeccionando una lista de las personas con las que necesito contactar cuando West adelanta una nueva noticia. En mi fuero interno rezo para que no haya metido las narices en algo, tras lo que yo también ando.
—¡La… madre… que lo parió! —mascullo mientras observo atónita la news titulada «La heredera y el reportero»—. ¡Será cabrón…!