13. Hayden
Hayden
E stoy tendido en el sofá clasificando las informaciones que me llegan de mis fuentes: quién está dónde, q uién está con quién y quién hace qué.
Delante de mí, en la mesita de café, tengo dos portátiles, una tableta y dos teléfonos, como si fuera el centro operativo de un servicio de inteligencia.
La cosa no está en recibir informaciones —cada vez hay más mitómanos, y después están los haters , que cobran por divulgar informaciones falsas—, sino en verificar los contenidos.
Más de la mitad son desechables; la mitad restante se subdivide en burradas sin importancia —no extraigo noticias de las sobras—, autoproclamaciones que no suelen ser más que peticiones de atención, y por fin están los contenidos sustanciosos.
Corey siempre me recomienda que delegue en otra persona, porque mi tiempo es muy valioso y este trabajo absorbe mucho, pero no me fío de nadie.
Y además debo acumular material para todo el tiempo que esté en Europa.
Me asusta un poco la idea de dejar el sitio web en pausa durante mi gira europea — Wild Wild West jamás deja de publicar, ni siquiera en Navidad—, pero esta vez he decidido que ya es hora de desconectar.
Dentro de poco estaré en Londres, y me gustaría subirme al avión lanzando una bomba de esas que bloquean los servidores.
Por desgracia, no hay gran cosa en este momento
La única pista interesante es la de Casey Jameson, una actriz ganadora de dos Oscar, casada con el director de cine Mark Wilbur, que lleva semanas llamándome la atención.
Ha abandonado el último proyecto cinematográfico de su marido y la han sustituido deprisa y corriendo antes de que empezara el rodaje; sé que ha contratado un abogado, y Mark Wilbur apareció solo en la última alfombra roja.
El aire trae efluvios de divorcio, y una de mis fuentes me indica que la actriz se está hospedando en un hotel de categoría media-baja, en El Monte.
¿Qué puede estar haciendo una estrella de su talla en un hotel turístico de la periferia?
Sospecho que debe de ir allí para un encuentro clandestino, y el único modo de descubrirlo es presentándome en el lugar: sea quien sea el visitante, tendrá que salir igual que ha entrado, y yo estaré allí para documentarlo.
Cojo el teléfono y llamo a la recepción de mi edificio.
—Buenas noches, señor West, ¿en qué podemos ayudarlo?
—He de salir de forma imprevista. Me voy ahora, pero no sé cuándo regresaré.
—¿Necesita un guardia de seguridad, como de costumbre?
—No sé qué haría sin ti. Gracias, Ari.
Una vez asegurado mi cuartel general, bajo a por mi coche en la planta subterránea y conduzco hasta El Monte, en dirección al Livingston Inn.
Me detengo en el semáforo de uno de los cruces de Ramona Boulevard y empiezo a cambiar de emisora, porque todo lo que suena es música de mierda, publicidad y locutores que explican chistes de antes de la guerra, hasta que las notas de una canción impiden que mi dedo prosiga con su zapping neurótico.
Es aquella que hablaba del color de las bragas, la que puso Charli XCX, y de pronto empiezo a pensar en Cortez.
Han transcurrido dos semanas desde nuestro almuerzo en el Sal Negra, y ya no nos hemos vuelto a ver, ni nos hemos cruzado, aunque sea de forma casual.
El caso es que no he sabido nada más de ella, y eso es indicativo de un hecho inapelable: sea lo que sea, lo que esté escribiendo en materia de cotilleos, no ha trascendido. De lo contrario, yo lo sabría.
Por una parte, me alegro: yo estaba en lo cierto. No bastan un par de consejos míos para empezar a sacar a la luz una exclusiva, como haría un perro buscador de trufas.
Por la otra, tengo unas ganas, hasta cierto punto insanas, de preguntarle cómo le va. ¿Y a santo de qué? Quizá solo quiero regodearme con sus fracasos, pero ¿por qué, después de todo? Ella no está a mi nivel, no supone una amenaza.
Aún sigo perdido en mis pensamientos, canturreando la canción, aunque ya haya dejado de sonar y estén emitiendo el noticiario de la noche, y casi no me percato de que el disco ya está en verde.
Arranco, y, en cuanto llego a la mitad del cruce, un coche me corta el paso a toda velocidad.
Clavo el freno justo a tiempo y evito que acabe aplastándose contra mi flanco.
—¡Imbécil, lo tenías en rojo! —le grito a la trasera del coche pirata: un Cadillac Fleetwood de color rosa.
El mismo que conduce Cortez. ¿Cuántos puede haber como ese en Los Ángeles?
De pronto, por delante de mí pasan tres coches de bomberos, tres ambulancias y dos vehículos de la policía.
«Última hora: les informamos de que esta noche se ha declarado un incendio en la zona comercial de El Monte.
Por el momento, ninguna residencia se ha visto afectada.
Si bien se aconseja a las personas que viven en las proximidades del hotel Livingston Inn que evacúen sus viviendas hasta que los bomberos hayan sofocado el fuego por completo y el edificio sea declarado seguro.
Los servicios de emergencias están acudiendo al lugar del siniestro.
Por el momento se desconoce si ha habido víctimas… ».
—¡¿Un incendio en el Livingston Inn?! —repito sorprendido.
Meto la marcha y piso a fondo el acelerador tras la estela del Cadillac de Cortez, que a este paso llegará antes que yo.