Escándalo en Hollywood 14. Sofía
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14. Sofía

Sofía

—S i nos pillan, ¿cómo quedaremos? —me lamento mientras sostengo una linterna por encima de la cabeza de mi madre para iluminar el contenedor en el que acaba de zambullirse.

—No pasará nada, porque emplearemos el truco de las borrachas —responde ella desde el interior, y su voz hace eco con las paredes de metal.

—¿Borrachas, con una bolsa de basura llena de prendas?

—No está llena —disiente, asomando la cabeza por el borde—. Apenas está por la mitad.

—Pues yo creo que a los guardias de seguridad les parecerá que está llena.

—¿Y qué? Lo nuestro es activismo, Sofía —afirma muy convencida—.

Estamos combatiendo el hiperconsumo. ¿Sabes cuánta energía y cuántos recursos han tenido que emplear para producir estas prendas?

¡Y todo para acabar mandándolas directamente a la basura con la etiqueta aún puesta, solo porque alguna clienta las ha manchado de carmín al probárselas, o porque la cremallera no cierra bien!

Este consumismo incontrolado está destruyendo el planeta: ¡han convertido el desierto de Acatama, en Chile, en un vertedero a cielo abierto con cuarenta mil toneladas de ropa desechada!

—Atacama, mamá —la rectifico, suponiendo que me haya oído, porque ya ha vuelto a sumergirse y a escarbar—. Se dice «Atacama». Aunque estoy contenta de poder comprobar que por fin sigues mi TG.

—¿No es una vergüenza contribuir a este desastre medioambiental? Aquí y ahora, tú y yo estamos luchando por la supervivencia de la humanidad. ¡Oh! Este vestidito de Ralph Lauren es de tu color favorito —exclama lanzándome una prenda azul.

—Es de la línea «para niñas», mamá —le comento.

—Tu abuela ya se encargará de alargarlo. ¿Y qué me dices de este décolleté Miu Miu? Se le ha caído alguna perlita, pero seguro que encontraré el recambio.

—Lástima que sea dos tallas mayor que la mía.

—Podemos añadirle una buena porción de esponja para platos en la punta, a modo de relleno, y ya está. Usa la cabeza, Sofía —me exhorta, dándome unos golpecitos en la sien con el dedo índice.

Al grito de «Total, iban a acabar igualmente en el vertedero», mamá sigue pasándome una prenda tras otra: faldas Michael Kors con la orilla descosida, camisas Calvin Klein con algún botón de menos, tops manchados de maquillaje, vaqueros con la cremallera encallada y media docena de zapatos, ninguno de ellos de nuestro número. Mi madre y yo tenemos el mismo.

—Ya no me queda más espacio, mamá. Vámonos.

—He encontrado unos blazers Sandro con el forro rasgado. Podemos sustituirlo —dice, y sigue con la excavación, ignorando mis protestas.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —exclama una voz gutural.

De pronto, el haz de luz de una linterna me apunta a los ojos. Nos han pillado.

Golpeo tres veces en la pared metálica, que es la señal acordada entre mi madre y yo para alertar del peligro.

Ella asoma la cabeza por el contenedor, con los ojos dándole vueltas en las órbitas.

—Eschta es la última veschz que me tomo un Shescsh on the Beach —farfulla—. Dischculpe —prosigue, señalando al vigilante—, ¿sabe dónde eschtá la piscina?

—¿De qué piscina habla, señora? Salga inmediatamente del contenedor.

—Scheñorita, si no le importa.

—¿Es mi cabeza la que da vueltas, o está girando todo lo demás? —pregunto, sumándome yo también al espectáculo y caminando con torpeza, como si me fallara el equilibrio.

—El centro comercial ya ha cerrado, y esta zona está prohibida al personal no autorizado.

—Ah, ¿de verdad? —pregunto, haciéndome la distraída.

—Hay un cartel justo en la entrada del aparcamiento.

—¿Aparcamiento? Opps… —Mi madre suelta una carcajada—. Pues al final va a ser verdad que no estamos en la piscina.

—Solo se lo repetiré una vez más, señora…, hum…, señorita. Salga del contenedor o la denunciaré por intrusión.

—¡Enseguida salgo! ¿Sería tan amable de ayudarme?

Mi madre trepa hasta lo alto del contenedor y, una vez que se sienta a caballo sobre el borde, le tiende las manos al vigilante, y este se las sujeta.

—¡Guau, vaya músculos, agente! ¿Va al gimnasio?

¡No me lo puedo creer, ha pasado de fingir que estaba borracha a fingir que flirtea con el vigilante!

—Vaya con cuidado, la plancha corta —la previene—. Apóyese en mí.

Mi madre le toma la palabra y se le pega como una lapa.

—La verdad es que me hace sentir como si fuera una pluma.

—Sí, bueno…, es usted bastante ligera —le comenta él, cuando la deja de nuevo en el suelo—. Y ahora quisiera ver sus documentos de identidad.

La magia del flirteo ha llegado a su fin.

—En realidad, nosotras preferiríamos dejar de causarle molestias cuanto antes. No creo que haya necesidad de cursar la denuncia por intrusión.

—Es verdad, pero igualmente tengo que anotar sus nombres, porque si reincidieran ya constarían en la lista de amonestaciones. ¿Llevan consigo el carnet de conducir? ¿El documento de identidad?

—¿Qué tal si le doy mi número de teléfono? —le dice mi madre, probando suerte.

—Necesito los documentos —insiste él.

Alzo los ojos al cielo.

—Ya sabía yo que la cosa acabaría así… ¡¡¡Qué diantres!!! —exclamo, sorprendida al divisar un resplandor anaranjado rasgando el cielo nocturno—. ¡Joder, eso de ahí es un incendio!

El vigilante resopla con fuerza, al límite de su paciencia.

—Ya basta de evasivas, estoy siendo demasiado condescendiente con vosotras.

—¡Estoy hablando en serio! A su espalda. —Señalo un punto, extendiendo el brazo—. ¡Gírese!

—Claro, y ustedes se escapan con la mercancía. No he nacido ayer.

—Algo muy grande está ardiendo. No es una maniobra de distracción —insisto.

El vigilante echa un vistazo rápido a su espalda y se sobresalta.

—¡Hostia, pero si es un incendio de verdad!

—¿Qué le estaba diciendo? —replico ofendida.

—Creo que es en el Livingston Inn —comenta.

—Hola, ¿hablo con el 911? Quisiera informar de un incendio en el… —digo a través del móvil—. ¿Estamos seguros al cien por cien de que es el Livingston Inn?

—Sí —confirma el vigilante—. Livingston Inn, al cien por cien.

—Incendio en el Livingston Inn, El Monte. Envíen bomberos y ambulancias, las llamas son muy altas —informo antes de colgar.

—¿Qué hacemos? —pregunta mi madre.

—¿Cómo que «Qué hacemos»? Vamos al hotel, ¿no?

Pero ella no parece convencida.

—¡¿Y para qué?!

—¿Para qué? Soy periodista, ¿ya no te acuerdas? Para dar la noticia, ¿para qué, si no?

—¿Y yo qué haré allí?

—Hemos venido juntas en el coche, mamá.

—Yo puedo acompañarla a casa, si le parece —propone el agente—. Termino el turno dentro de diez minutos; estaba haciendo la última ronda antes de finalizar.

—Okey, pues entonces me voy —digo, y me precipito hacia el coche.

—¿No será peligroso?

—No tengo la menor intención de arrojarme a las llamas, mama. —Enciendo el motor de mi Cady, sin tan siquiera cerrar la portezuela—. Te llamo en cuanto llegue a casa.

Aunque el hotel queda detrás del centro comercial, he de dar toda la vuelta a la manzana para llegar hasta allí, pero tengo el depósito lleno y no me importa usarlo a tope.

Piso a fondo, cruzo todos los semáforos cuando están a punto de cambiar de ámbar a rojo y, al llegar ante el edificio en llamas, me parece estar en la antesala del infierno.

Bajo del coche y me envuelve una oleada de calor. Aquí, la noche es roja, la humedad se evapora en el aire, y empiezo a oír cada vez más cerca un frenesí de sirenas.

Cojo el móvil, entro en mi cuenta de la web de Hollywood y Alrededores , y empiezo a grabar un vídeo en streaming para documentar la intervención en tiempo real.

Los equipos de socorro se ponen manos a la obra de inmediato con escalas, mangueras y redes, tratando de hallar una abertura por donde acceder al hotel envuelto en llamas.

Me acerco lentamente con la intención de localizar a algún posible superviviente.

—Sofía Cortez, en directo para Hollywood y Alrededores .

Me encuentro frente al hotel Livingston Inn, en El Monte, donde acaba de declararse un incendio.

Los sanitarios y los bomberos están trabajando duro para apagar las llamas y socorrer a los huéspedes del hotel…

—indico, dirigiéndome a la cámara del móvil, para transmitir la crónica en vivo del suceso—.

Ya están sacando en camillas a los primeros huéspedes, todos ellos con mascarillas de oxígeno, lo cual nos induce a pensar que su estado de salud no es grave —sigo narrando.

—Señora, échese atrás —me ordena un policía.

—Soy periodista, yo he sido quien ha alertado a los servicios de emergencias —respondo.

—Muy bien. Mil gracias por cumplir con su deber cívico, pero retroceda, estar aquí es peligroso. El incendio aún es muy agresivo.

Cuento las camillas que desfilan por la entrada; todas las personas que van encima se mueven, y cada vez me siento más aliviada. He llamado a tiempo.

—Por el momento, no se sabe cuántas personas se encontraban en el hotel, entre huéspedes y empleados…

—Así que tú eres quien me ha cortado el paso antes —me sorprende una voz a mi espalda.

Quisiera poder decir que no la reconozco, pero sé perfectamente a quién pertenece. Me giro, y allí detrás está él: Hayden West.

Camisa azul, con los dos primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, como no podía ser de otro modo: parece que West vaya a desfilar por una pasarela, aunque se encuentre en el escenario de un incendio.

—Increíble, por lo visto es cierto que, si una llama al 911, respondes tú —comento con sarcasmo.

—Casi me partes en dos, en mitad de un cruce. Deberían retirarte el carnet, Cortez.

—Oh, al parecer, por una vez en la vida no has llegado el primero —le replico.

—Te estás acercando demasiado al edificio, deberías apartarte.

—La noticia —respondo extendiendo los brazos— es el pan de cada día para mí. No tienes que enseñarme a hacer mi trabajo. Es más, esta vez podría ser yo quien te diera algunos consejos.

—Lo dudo.

—Claro, porque tú crees que no tienes nada que aprender de nadie. Siempre tan arrogante.

—Si quieres asarte como un bistec a la plancha, adelante, no seré yo quien te detenga.

—Una respuesta de lo más predecible: tú no te ensucias las manos, eres un periodista de sofá. Me asombra que estés aquí. ¿Qué te trae por los bajos fondos del área suburbana?

—Yo podría hacerte la misma pregunta.

—Escribo para Hollywood y Alrededores , y ahora nos encontramos precisamente en los alrededores, por si no lo habías notado. Tú, en cambio, debes de haberte perdido.

—No, he venido por una razón en concreto, pero no existe ningún motivo para que la comparta contigo.

—Bien, pues entonces déjame hacer mi trabajo, y tú dedícate a hacer el tuyo, West —le digo, dándole la espalda de nuevo, para seguir participando en las tareas de socorro.

—¿Te gusta jugar con fuego? Pues ya puedes servirte.

—Alguien tiene que hacerlo. —Me giro y le lanzo una mirada cargada de desprecio—. También son necesarios aquellos que se ocupan de la gente normal. Además, ya estás tú para hablar de las estrellas, mientras que yo doy voz a aquellos que no son notic…

—¡Atención ahí abajo! —grita un bombero desde lo alto de una escala.

Aún no me ha dado tiempo de mirar hacia arriba, cuando siento que me agarran de la cintura y tiran con fuerza de mí.

Al cabo de un segundo, se oye un estruendo, pero algo me presiona contra el suelo y no puedo ver nada. El peso que me aplasta se eleva apenas lo suficiente para permitirme comprobar que me encuentro a un palmo del cuello desabrochado de una camisa azul.

Aunque la tela está impregnada de un penetrante olor a quemado, mi nariz también percibe el cosquilleo de un vago aroma a musgo y a ámbar.

Tengo el pecho de Hayden West encima, y yo estoy tendida sobre el pavimento, húmedo por el agua de las mangueras.

Sus manos sujetan mi cintura con firmeza.

No sé si el calor que siento es a causa del incendio o por su cuerpo, cada centímetro del cual sigue pegado al mío.

Él me mira, yo lo miro, sin saber qué decirle.

—¿Estás bien, Cortez? —me susurra.

Asiento con un gesto, pues sigo sin poder hablar.

—Se… Se ha derrumbado uno de los balcones de madera —me explica, señalando con la cabeza un armazón en llamas que arde en el punto exacto donde me encontraba hace apenas unos segundos.

—Podrías haber estado allí abajo.

—¿Tú me…, me has salvado? —Esta vez es West quien asiente, sin que sus labios emitan un solo sonido—. ¿Por qué?

Durante algunos segundos reina un enigmático silencio, tras el cual planta las manos en el suelo, se separa de mí y se pone en pie.

—Para evitarles a los sanitarios el trago de tener que curar a una petulante cabeza de chorlito que carece por completo del sentido del peligro, cuando ahí adentro hay gente que necesita mucho más su ayuda.

Eres un estorbo, Cortez. Los que son como tú resultan peligrosos porque dan más problemas que soluciones.

—¡Menudo capullo estás hecho! Mejor lo mío que quedarse mirando desde la distancia, comiendo palomitas, como sueles hacer tú —le espeto.

Cerca de nosotros se oye un gran alboroto. Una mujer baja de un Mercedes negro y corre hacia los equipos de rescate, gritando que la dejen pasar.

—¿Dónde está Casey? —pregunta con la voz temblorosa por la agitación—. ¿Está bien? ¿La habéis encontrado?

—Señora, aléjese y déjenos trabajar —la reprende un hombre del equipo sanitario.

—Yo estoy haciendo el mío —le replica con firmeza—. ¡Necesito saber si está a salvo! Se encontraba ahí dentro.

—Estamos sacando a los supervivientes.

—¿Hay alguna víctima mortal? —insiste ella, atenazada por la ansiedad.

Escucho lo que dicen con el teléfono en modo «grabación», sujeto en la mano.

—Aún no estamos autorizados a proporcionar información al respecto. ¿Es usted pariente?

—No, pero…

—¡Solo podemos informar a los parientes! —zanja el sanitario, y se aleja

—Me cago en la puta, entonces todo es verdad —exclama West.

—¿Todo qué? ¿Quién es esa mujer? —le pregunto.

—Soy Eve Prescott, la representante de Casey Jameson —se identifica la mujer, dirigiéndose al sanitario, y de paso respondiéndome a mí, en lugar de hacerlo West.

—¿Casey Jameson? —inquiero desconcertada, y él asiente.

Ahora ya está claro por qué Wild Wild West se encontraba en El Monte.

—Casey Jameson está en el hotel.