Escándalo en Hollywood 12. Sofía
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12. Sofía

Sofía

—¿T e has acabado tú mis espaguetis con albóndigas?

—le pregunto a Michelle mientras observo el hueco en la nevera donde estoy segura de que había un táper con mi cena.

Eran las sobras de ayer de Cindy, que me había traído hoy, porque sabe que me encantan.

Cuando he llegado a casa, los he dejado en el frigorífico, y en el tiempo que he tardado en ducharme, han desaparecido.

Michelle, vestida con ropa y bisutería góticas, sentada en su silla de gamer a la mesa de la cocina, está observando atentamente unas secuencias de códigos en la pantalla de su ordenador y no me responde.

—¿Michelle? —insisto.

Nada. Le aparto un auricular de la oreja y vuelvo a ponerla en contacto con el mundo real.

—¿Te has comido los espaguetis?

—Sí.

—¿Por qué?

—Mi sistema operativo ha sufrido una bajada de potencia a causa de un déficit de recursos energéticos, dando como resultado un estado de inactividad que impide procesar y recibir los comandos de inputs necesarios —responde sin apartar la vista del monitor.

—¿Qué sistema? ¿De qué…? ¿Cómo?

—Tenía hambre.

—Michelle, tú tienes tu comida. Entonces ¿por qué te comes la mía?

—El paquete de datos estaba procesado y optimizado para su implementación inmediata, disponible para su instalación, sin necesidad de ulteriores elaboraciones.

—¿Qué pinta el paquete de datos en todo esto? ¡Te estoy hablando de los espaguetis!

—Ya estaban listos para comer.

—Muy bien, pues entonces yo me comeré tu sopa de soba —le replico en tono vengativo, sin que Michelle se inmute.

Mientras espero junto al fogón a que se caliente el agua para añadir los noodles deshidratados, le envío un mensaje a Rafael.

«Michelle es insoportable, se come mi comida, se pone mi ropa. No veo la hora de que regreses».

Pero, en cuanto lo he enviado, temo que al leerlo pueda pensar que solo estoy esperando a que vuelva para deshacerme de mi incómoda compañera de piso, de modo que añado: «Te echo de menos».

Y también le envío un corazoncito, para que no parezca un «Te echo de menos» fruto de la desesperación.

Y, como si tuviera un sexto sentido para detectar cuando tengo el humor por los suelos, me llama mi madre.

—Tengo una propuesta que hacerte —me anuncia en cuanto respondo.

—Disculpa, mamá, pero ahora no estoy de humor.

—Como todas las noches, desde hace un montón de tiempo —me replica—. Desahógate, sácalo fuera; puede que así no demos con la solución, pero al menos liberarás energía negativa. ¿O quieres que se lo diga a la abuela, y te haga una limpieza espiritual?

La abuela es una ferviente seguidora de la santería, pero yo no soy precisamente una fan de sus rituales. No creo que agitar hierbas quemadas alrededor de la cabeza pueda cambiarme la vida por arte de magia.

—En el periódico no estoy obteniendo resultados que puedan considerarse útiles —me lamento.

No es que los consejos que me dio West no sean acertados, pero ahora me doy cuenta de por qué los ha compartido conmigo sin poner la menor objeción: se requiere mucho tiempo para que resulten eficaces.

Y, por «tiempo», no me refiero a días, sino a años—.

En dos semanas solo he logrado acercarme a algunas estrellas de segunda fila, ofreciéndoles visibilidad mediante entrevistas, o de los llamados «retratos», pero sin conseguir ningún cotilleo relevante.

¡Y mucho menos una exclusiva digna de clics, como espera Oliver!

—Debes tener paciencia, Roma no se construyó en un día.

—Tengo la sensación de estar desperdiciando un tiempo muy valioso, a juzgar por todo el que me paso en las redes —sigo lamentándome—.

Me sé de memoria la beauty routine de Cheyenne Evans, que he seguido todos los días en busca de los famosos «detalles reveladores», ¿y para qué?

Para escribir una columna de relleno que Kim ha bautizado con el siguiente título «cazaclics»: «El secreto para tener la piel de una estrella GRATIS».

—¿Y cuál es el secreto?

Fantástico, mi madre también ha caído en la trampa.

—Ninguno. Simplemente guarda sus productos para el cuidado de la piel en la nevera, y así se beneficia del efecto drenante-hidratante-tonificante y otras chorradas por el estilo acabadas en «ante».

—¡Genial! Yo también lo probaré.

—¡Mamá, por favor! No empieces tú también.

En definitiva, West siempre va un paso por delante y quema toda la tierra por donde pasa.

¿Que yo detecto un nuevo romance en potencia?

Pues él publica una foto de los dos tortolitos juntos.

¿Que yo sospecho que una actriz envuelta en una serie de relaciones peligrosas está embarazada?

Pues él confirma que en el set tiene a su disposición un asistente que solo se dedica a sostenerle el cubo cuando ella vomita entre toma y toma.

¿Que yo olfateo qué pareja de celebridades está atravesando una crisis?

Pues West ya ha husmeado cuál de los dos ha sido infiel, y con quién. Estoy agotada.

Esto es así porque él cuenta desde hace años con unas fuentes muy consolidadas, mientras que yo solo dispongo de una red deshilachada. Mi madre ha comprado su libro, El Un-Holywood , y yo se lo he birlado para leerlo. Lo cual no puedo por menos que confesar para mi gran vergüenza.

—Lo siento, cariño.

—Salgo casi todas las noches a la caza de una exclusiva, y regreso cansada y con las manos vacías; además, ya no transmito mi TG en streaming desde antes de la velada en El Cielo, Insider ha cerrado…

El último artículo que publiqué trataba de la recalificación de los terrenos de Mar Vista, y el recuento de visitas fue de veintidós lectores.

—No me has dicho si has hecho las paces con Rafael.

—Más o menos.

Ya, Rafael. Cuando le he dicho que Oliver me había trasladado a la sección de cotilleos, no se lo ha tomado bien.

—Deberías haber renunciado —me ha dicho en la última videollamada.

—Si pudiera permitirme el lujo de dar un portazo y largarme, lo haría.

—No es una cuestión de lujo, sino de integridad, Sofía —me ha reprochado.

—El alquiler no se paga con integridad —le he replicado yo. Pude hacer frente a los ochocientos dólares que le devolví a West por la habitación en el Chateau Marmont, pero semejante retirada de fondos le ha hecho mucho daño a mi cuenta bancaria.

—Ya veo —me ha respondido él en tono sarcástico—: Si puedes tirar por la borda todos tus principios , excusándote en el alquiler, entonces todo vale. No sé, llegados a este punto, podrías dedicarte a trapichear con droga.

—Ahora te estás poniendo dramático. ¡Los chismorreos y la droga no son lo mismo, caray!

—Oh, sí, ya lo creo. Ambos contribuyen a degradar la sociedad.

Forman parte de una cultura que tiende a nivelarlo todo hacia abajo.

Y, al participar en ella, tú también te conviertes en cómplice de este morboso voyerismo de masas que induce a adoptar los hábitos más insanos.

¿Sabes cuántas jovencitas arruinan su salud por querer tener los mismos cuerpos que exhiben las vips, sin darse cuenta de que estos son el resultado de tratamientos farmacéuticos o quirúrgicos?

¿Sabes cuántas de ellas acaban en el hospital?

—Yo nunca he exaltado esos modelos de belleza irreales y, desde luego, no pienso empezar a hacerlo ahora —indico en mi defensa.

—¿Y qué me dices del culto a la envidia social?

Esta se basa en imitar a los ricos porque, «si eres rico, eres mejor».

Hay gente que, en lugar de cuidarse y prevenir las enfermedades, se hipoteca para poder comprarse unos cochazos de lo más contaminantes, validando de este modo un sistema de valores totalmente errado.

¿Sabes que aquí, en Asunción, en los suburbios que se extienden a lo largo del río, malviven diez mil personas, y que con lo que cuesta una mansión en Beverly Hills podrían vivir dignamente toda una vida?

Me ha fulminado. ¿Cómo puede competir alguien como yo —una periodista de cotilleos de Los Ángeles— con un documentalista al servicio de una ONG, que se dedica a plasmar el estado de pobreza que impera en las favelas de Sudamérica?

—Escucha, yo tampoco estoy satisfecha con lo que hago, pero es temporal —le respondo, casi como si tuviera que excusarme.

Rafael tenía que volver al trabajo, y hemos concluido la llamada así, sin haber arreglado las cosas.

Seguimos llamándonos como si nada hubiera pasado, pero yo tengo la sensación de que ha quedado algo sin resolver, porque ahora mismo siento que no cuento con su consideración ni con su apoyo, y al no poder contar tampoco con su presencia, la consideración y el apoyo eran los dos elementos de nuestra relación que más me ayudaban a seguir adelante.

—Cariño, te noto triste… —suspira mi madre.

—¡Eh! —exclama Michelle, sin despegar los ojos de la pantalla en ningún momento—.

El proceso de volatilización de los datos húmedos en proceso ha provocado una reducción del volumen de recursos líquidos en el sistema, la unidad de elaboración ha superado el umbral térmico de seguridad y se ha producido un error crítico de sobrecarga energética.

—¿Qué?

—El agua se ha evaporado y el cazo se está quemando.

—¡Oh, cielo santo! —exclamo mientras apago el fogón y tiro el cazo con la lava humeante en el fregadero.

—Hoy no es mi noche, mamá. Me he quedado sin cena y he quemado un cazo. Saldré a buscar una pizza. Adiós.

Me pongo los zapatos, cojo las llaves y, cuando salgo, en la puerta me encuentro nada menos que a mi madre.

—¡Justo a tiempo, Sofía! —exclama, y me estampa un beso pegajoso de brillo de labios en la mejilla.

—¡Mamá! ¿Qué haces aquí? —No es una pregunta muy aguda, teniendo en cuenta que vivimos a dos calles de distancia.

—La abuela ha hecho chicharrón —deja caer mi madre con voz tentadora. Sostiene un plato cubierto con papel de aluminio—. Y picadillo.

Aún no ha acabado de decirlo, cuando mi madre y yo ya estamos sentadas en los escalones de casa, pellizcando chicharrones del plato. Comérselos dentro resulta imposible, a menos que no importe que la casa apeste a corteza de cerdo frita durante los próximos tres años.

—Creo que, si un médico nos viese ahora, nos cancelaría la póliza del seguro sanitario delante de nuestras narices —comento, mientras tomo un crujiente bocado.

—Estos no son para el estómago, sino para la cabeza —dice, pinchándome la frente con el índice.

—¿Qué idea querías proponerme?

—¿Puedo ayudarte con tu trabajo?

—¿Perdona…?

—He notado que no estás tranquila, siempre pones cara de pocos amigos, ¡y no quiero que te salgan arrugas! Yo era hermosa a tu edad, pero tú… —Me aprieta las mejillas con las palmas de las manos—. ¿Cómo pude hacerte tan perfecta?

—¡Mamá, por favor! Que tengo treinta y un años, no trece.

—Perdona, es orgullo materno. Yo también tengo derecho a presumir de mis méritos.

—Mi autoestima te lo agradece, aunque muy imparcial no es que seas.

—Escucha —farfulla con la boca llena—, tú has de escribir de chismorreos, y los chismorreos son mi profesión.

—Eres peluquera.

—¿Y de qué te crees que hablamos las clientas y yo todo el tiempo? Hagamos un trato: tú me llevas contigo de expedición por los locales y yo indago sobre las celebridades por cuenta tuya.

—Por fin se ha desvelado el misterio: tu presencia no obedece a un impulso espontáneo de ayudarme, solo es una excusa para ir a los clubes.

—Los conozco a todos: de las estrellas de primera fila, me sé hasta cómo son las luces traseras y las ruedas de recambio de sus coches. Hace años que sigo hasta el último detalle de sus vidas. Adelante, pregúntame los nombres de todos los maridos de Lorna Pryn.

Me la quedo mirando, resignada.

—Ya sé cuántos maridos tiene Lorna Pryn.

—Muy bien, pues entonces dime sus nombres —me desafía sin titubear.

—Callum Douglas, Will Glasgow, Mich Sulley y Peter Glasgow, el hermano de Will —enumero sin mucho entusiasmo para complacer a mi madre.

—Me falta uno.

—Son cuatro, los he dicho todos.

Ella sacude la cabeza con aires de superioridad.

—Steve Baker, compañero de instituto, se casaron después de graduarse y el matrimonio duró seis meses. ¿Lo ves? Sé mucho más que tú —señala la mar de orgullosa—. ¡Puedo serte muy útil!

—Tienes razón —reconozco. En el fondo no me vendría mal una guardaespaldas, y sin duda ella está mucho más al corriente que yo en cuanto a la pirámide social del star system —. Pero ya sabes que para frecuentar locales como El Cielo hay que tener un guardarropa de alfombra roja.

—¿Y dónde está el problema? Iremos de compras. —Al pronunciar la palabra «compras» sube y baja las cejas—. ¿Vamos?

—No —respondo sacudiendo la cabeza con determinación.

—Me enteré de que había un nuevo centro comercial en El Monte, eché un vistazo, y resulta que hay muchas tiendas de marca… Y un montón de contenedores que piden ser revisados.

—Ni hablar.