Escándalo en Hollywood 11. Hayden
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11. Hayden

Hayden

S igo holgazaneando unos minutos más en el restaurante. El sol está alto, en la playa hay un equipo de cheerleaders profesionales entrenándose; una incluso me ha guiñado un ojo, pero no acabo de decidirme a levantarme e ir a saludarla.

Sigo con la mirada fija en el borde del vaso en el que ha bebido Cortez, donde ha quedado impreso su carmín. Para ser más precisos, estoy mirando su labio inferior. La verdad es que no para de decir burradas con esa boca suya. Y lo bueno es que encima se cree lo que dice.

Nunca he acabado de saber si es demasiado inteligente o demasiado ingenua.

Demasiado inteligente, hasta el punto de ser capaz de mirarnos a todos desde su altura como si fuéramos hormigas que caminan en fila, llevando miguitas a su escondite, de pensar en el año tres mil, mientras que nosotros a lo sumo somos capaces de pensar en lo que haremos pasado mañana, de sacrificar su propio bienestar en aras de aquello que aún está por nacer.

O demasiado ingenua, hasta el punto de tragarse cualquier paparrucha buenista y progresista que la haga sentirse mejor persona y le permita dormir con la conciencia tranquila.

Y de nuevo ha vuelto aquella sensación que experimentaba en la universidad: quisiera preguntarle cómo se las apaña para poder mantener a distancia sus propias necesidades materiales, y a la vez sujetarla por los hombros y decirle que espabile de una vez.

—Ya estoy aquí, Hayden —me saluda Corey, dándome una palmada en el hombro—. ¡Guau, nachos!

Se sienta en la silla de Cortez y se lleva a la boca un puñado de triángulos de maíz.

—No has ido al entreno. Y esta mañana tampoco —le digo.

—Estaba trabajando para ti. Escucha: gira promocional por Europa.

—¿Europa? —inquiero sorprendido.

—Lo sé, lo sé, pero los resultados de las ventas también han sido excepcionales fuera de aquí, y no podemos pasar por alto otros países importantes.

Recuerda que Wild Wild West es una marca.

No se vive solo de los ingresos, sino también del boca a boca —empieza a decir con su «voz persuasiva»; esa con la que me arranca un «sí» cuando quería decir «no»—.

Estas oportunidades pasan por delante a toda velocidad.

Si no nos subimos ahora a este tren, corremos el riesgo de perderlo.

—En eso no te equivocas.

El tren del que habla son los espónsores.

—Tómatelo como unas vacaciones. Un Grand Tour al viejo estilo: diez días, cinco etapas. Londres, París, Berlín, Roma y Madrid, vuelos en primera, hoteles de cinco estrellas, todo incluido.

—No suena mal. ¿Cuándo partiríamos?

—En el Graham Norton Show te esperan dentro de un mes —por el tono de su voz deduzco que ya está confirmado.

—¿El Graham Norton ? Joder…

—Yo, a ti, solo te busco lo mejorcito.

—¿Puedo recoger? —pregunta el camarero, que acaba de volver a la mesa—. ¿O el señor quiere pedir?

—Ya estamos bien —digo.

Corey se aprieta contra el regazo el bol con los nachos.

—Estos me los quedo yo.

El camarero mira los billetes que Cortez ha dejado encima de la libreta en la mesa.

—Ah, sí, falta mi parte. Aquí tienes la otra mitad —indico, añadiendo la cantidad restante.

Me observa con curiosidad.

—La cosa no ha ido muy bien, ¿eh?

—¿Qué?

—La cita —responde mientras apila el montón de dólares—. Ha pagado su parte y se ha marchado.

¡Él ha pensado que Cortez y yo estábamos disfrutando de un almuerzo romántico!

—¿De qué cita hablas? ¿Qué narices te ha hecho pensar eso? Era una reunión de trabajo.

—La conversación parecía muy intensa. Esa ha sido mi impresión.

El joven se encoge de hombros, se guarda el dinero en el bolsillo y retira los platos vacíos.

—Perdona, ¿una reunión de trabajo con quién?

A Corey ya se le han encendido las alarmas. Él sabe todo lo que hago, de modo que para él este «agujero» supone un incumplimiento, en caso de que me haya olvidado de informarle, o traición, si he llegado a algún acuerdo con alguien sin su conocimiento.

Lo tranquilizo de inmediato, antes de que se le dispare la tensión:

—¿Te acuerdas de la loca del ascensor, la mañana del show de Elsie Kepler?

—¿Aquella que había ido contigo a la universidad?

—Esa. Teníamos que hacer cuentas.

—¡Pero si no os veíais desde que os licenciasteis!

—Podríamos decir que obtuve la exclusiva del divorcio de Nikki Kent gracias a una pista que compartió conmigo en un momento de escasa lucidez por su parte, dos noches atrás, en El Cielo Club.

—Le robaste la noticia —resume Corey.

—¡No se la robé! ¡Ni tan solo era una noticia! —puntualizo, a la defensiva—. En cualquier caso, ella no se lo tomó bien, y, como ahora ha de ocuparse de la sección de cotilleos de su periódico, le he dado un par de indicaciones, a modo de compensación simbólica.

—Discúlpenme de nuevo. —El camarero acaba de volver a nuestra mesa—.

Verá, yo antes no quise decírselo porque me daba apuro, y me parecía que no era el momento, pero querría pedirle un favor…

Siempre que no le suponga una molestia. —Me mira con incertidumbre y con esperanza al mismo tiempo.

Me inspira ternura; no tendrá más de veinte años.

Lleva un bolígrafo y una hojita de papel que sin duda no son para tomar nota, porque aquí los pedidos los apuntan electrónicamente.

—¡Ya ves, menudo problema! —Aunque preferiría decirle: «¡A buenas horas!». Si lo que quería era mi autógrafo, podría habérmelo pedido antes, y eso habría puesto aún más de los nervios a Cortez—. Dame el bolígrafo.

—No hace falta.

—Okey, ¿prefieres que nos hagamos un selfi? —le propongo mientras me pongo de pie a su lado.

—No, yo quería pedirle, en vista de que la chica que lo acompañaba no es su novia, si pudiera darme su nombre para seguirla en sus redes sociales. —Baja la vista al suelo y se ruboriza—. Era muy mona, y me gustaría salir con ella, si a usted no le interesa.

No es fan mío; se ha prendado de Cortez.

Corey trata de reprimir una risa histérica embutiéndose nachos desmenuzados en la boca.

—Es al menos diez años mayor que tú —señalo, como si ese fuera un argumento válido. Yo mismo a su edad salía con chicas mucho más de diez años mayores que yo.

—Es que me gustan las maduras.

—Escucha… ¿Cómo te llamas?

— Eddie.

—Escucha, Eddie, hagamos una cosa: dame tu contacto, y yo se lo pasaré cuando vuelva a verla. Si ella está interesada, te lo hará saber. ¿Qué me dices? Mejor que stalkearla en las redes, ¿no?

—¿De verdad? ¡Gracias!

Solo le falta menear el rabo. Seguro que no es de por aquí.

—No hay de qué. ¿De dónde eres, Eddie? —le pregunto.

—De Grangeville, Idaho.

—¿Y qué estás haciendo en Los Ángeles?

—Estudio Diseño Gráfico Computarizado; me gustaría trabajar en el sector de los efectos especiales.

—Pues a por ello, Eddie.

—A muerte. Ah, este es mi contacto. —Escribe su nombre y sus distintas cuentas en la hojita y me la pasa—. Cuento con ello.

—Por supuesto —respondo, guardándome el papel en el bolsillo—. ¿En serio no me has reconocido?

El chico sacude la cabeza.

—Hum… ¿Debería?

—Suelo venir por aquí —le comento.

—Es mi primera semana. Entonces ¡hasta la vista! —se despide antes de marcharse.

Eddie vuelve al trabajo y yo me quedo con Corey, que aún se está tronchando de risa.

—Menuda plancha, West. ¿Quieres que te traiga hielo?

—Muy divertido.

—Tú nunca vienes a este restaurante.

—¿Y dónde podía quedar con Cortea, si no?

—Déjame que lo adivine: no piensas pasarle su contacto, ¿verdad?

—Ni que yo fuera su secretario.

—Dale una oportunidad. ¡Que al menos se cumpla uno de sus sueños! Seguro que, estando aquí, no accederá ni de coña a los estudios para trabajar en los efectos especiales. Los Ángeles es la ciudad de los sueños, pero no todos se cumplen.

Observo a Eddie tomando nota a una mesa, llevándole la bebida a otro cliente, y cómo este lo regaña porque el combinado tiene una piel de naranja en lugar de una monda de limón.

Él se disculpa con aire compungido, y entonces regresan a mi mente las palabras de Cortez sobre el mundo de la restauración.

—Eddie —lo llamo levantando el brazo.

—Dígame.

—Olvidé la propina.

—Estaba incluida en la cuenta —me aclara, en un arranque de ingenuidad que solo podría ser propio de alguien de Grangeville, Idaho.

Introduzco la mano en el bolsillo trasero de mis vaqueros y recupero el sobre que me ha dado Cortez.

—Toma, esto es para ti.

Mira el contenido del sobre y al verlo casi le entra un ataque de pánico.

—Cien, doscientos, trescientos… ¿Ochocientos dólares? Es muchísimo dinero, no puedo aceptarlo.

—Considéralo una inversión en tu curso de Infografía.

Eddie se deshace en agradecimientos y se retira casi haciendo reverencias.

—¿Te estás ablandando, Hayden? —me pregunta Corey.

—Si espera que le pase su contacto a Cortez, está apañado, porque no creo que vuelva a verla hasta el próximo almuerzo, dentro de doce años.