10. Sofía #3
—Obviamente, necesitarás ropa para poder frecuentar a los personajes del star system .
—De eso tengo, no te preocupes.
—¿Como esta camiseta? —me pregunta señalando la que llevo puesta, con el lema «F*ck the patriarchy».
—No acepto consejos de alguien que siempre viste una camisa azul y unos vaqueros blancos de la década pasada. ¿Cuántas tienes en el armario?
—No las he contado, pero tu argumento no me vale, porque lo mío es una imagen de marca personalizada.
—Por favor, sigamos avanzando, que ya me empiezan a sangrar las orejas.
—Excava en el pasado; a menudo los famosos olvidan que tienen uno.
Y también olvidan los cadáveres que han pisado para llegar a donde están.
Revisa sus comienzos, localiza a las personas con las que han trabajado: actores secundarios, coprotagonistas, guardaespaldas.
Los que han sido sobrepasados por la fama de otros no tienen nada que perder, y arden en deseos de volver a estar bajo los focos.
—Localizar a los envidiosos. —Anoto.
—No siempre se trata de envidiosos. Muchas veces son personas muy capaces, pero que han sido eclipsadas por los privilegios de otros: apellidos importantes, protección por parte de las redes sociales, mayor poder económico.
Me quedo con el bolígrafo suspendido en el aire en cuanto percibo que West está parafraseando lo que he dicho antes, cuando se refería a nuestros años en la universidad. ¿Acaba de admitir que yo soy buena y él un privilegiado, o necesito un buen otorrino?
—Y patéate los estudios como si fueran tu segunda casa: el ejército de gente que trabaja en el mundo del cine es indispensable; examina todo aquello que ha sido ocultado al mundo, las grabaciones desechadas, los ensayos, las escenas comprometedoras.
—Supone un trabajo enorme.
—Debes cambiar tu estilo de vida. Olvida Insider , tu TG en streaming , sal de caza por las noches y vuelve a tu apartamento con una exclusiva, o de lo contrario tu página estará vacía.
—¿Como hiciste tú conmigo en El Cielo?
—Yo no te pedí nada, fuiste tú quien me habló de Bracknell y de sus maquinaciones para favorecer a la sociedad NK-living. Yo solo me limité a vincular las informaciones.
Estoy a punto de preguntarle cómo lo hizo, pero en ese momento suena mi móvil. Lo saco del bolso: es Rafael.
—¡Ey, hola, cariño! —Le indico a West con una seña que me dé un minuto—. Esta mañana he tratado de hacerte una videollamada.
—Lo sé, pero estaba ocupado fuera de la base y tenía poca batería —se excusa—. ¿Cómo va? ¿Qué novedades tienes? ¿Qué hay de la investigación sobre Mar Vista?
—Hum… De momento está parada. Ahora ando en otro proyecto.
—¡Fantástico! ¿De medio ambiente? ¿Política? No, espera… ¡Derechos civiles! —aventura.
—En realidad es algo un poco diferente —divago, tratando de ocultar la punzada de vergüenza que me tortura desde que Oliver me cambió de sección—. Está más relacionado con el mundo del espectáculo.
—¡Ah, vas a volcarte en el mundo de la crítica! Fantástico, tendrás acceso a un montón de preestrenos, entradas gratis… ¿Ya sabes si también puedes obtener acreditaciones para las grandes entregas de premios? Pues entonces reservaré el vuelo.
—No disfrutamos de esa clase de ventajas, los pasajes para la vuelta son muy caros y… Un momento, ya tendrías que haber reservado el vuelo. ¿No regresabas para votar en las primarias?
—Ah, sí, yo… Verás… Estoy valorando qué tarifa me conviene más.
—Pero la organización te reembolsa los gastos —le recuerdo.
—Cierto, pero sería muy egoísta por mi parte no conseguir los más económicos. Quiero decir que debemos disponer de los fondos con prudencia. ¡Estamos hablando de niños que viven en favelas!
—Es verdad, haces muy bien. —El recurso de los niños pobres siempre desactiva mis argumentos instantáneamente—. Verás, el nuevo proyecto consiste en… —Estoy a punto de soltar el sapo de los chismorreos, cuando él me interrumpe.
—Ah, escucha, Sofi, he de pedirte un favor enorme. Tengo un montón de material que no puedo montar para los vídeos, o de lo contrario se convertirían en largometrajes, pero, si te los enviase, ¿tú podrías hacer una recensión del contenido en forma de artículo?
—¿Quieres que lo visione y lo resuma?
—Tú eres mucho mejor que yo para tratar el tema de la escasez de alimentos y de las injusticias. Yo tengo una visión demasiado técnica.
—Por supuesto que te ayudaré. ¿De cuánto metraje extra estamos hablando?
Al oír mi respuesta, West alza los ojos al cielo.
—Más o menos…, unas diecinueve horas.
—¿Diecinueve horas? —exclamo consternada.
El muy payaso de West me señala, y a continuación hace el gesto de atarse una cuerda al cuello y ahorcarse. Qué divertido.
—Ni te imaginas cuánto queda por contar. ¡El mundo debe saberlo! Tenemos la obligación moral de divulgar estas desigualdades, pero yo solo no puedo hacerlo todo, cariño.
—¿Para cuándo lo necesitas?
—No hay prisa, puedes trabajar a tu ritmo. Para la semana que viene sería perfecto.
—¿U-u-una semana? —balbuceo sin saber qué responderle.
El mundo debe saberlo, pero yo también tengo que vivir.
—Sí, lo sé, incluso para ti es demasiado, pero, si lo acabas antes, mejor que mejor.
—En cuanto al tema del plazo de entrega, precisamente he de hablarte de mi nuevo trabajo.
—Perdona, pero debo irme… ¡Voy, Lynette, enseguida subo a la camioneta contigo! —grita a cierta distancia del micrófono—. Ya me contarás cuando hablemos de nuevo, ¿okey, amor?
—Vale. Adiós, tesoro… Y saluda a Lynette de mi parte… —Ya ha colgado.
West se balancea en su silla y esboza una sonrisita petulante.
—Déjame adivinarlo: ha colgado antes de que te despidieses.
—No es asunto tuyo —le replico mientras cojo unos nachos del plato que compartimos.
—Conque «tesoro», ¿eh? Resulta que la inflexible Cortez se convierte en un angelito cuando habla con su novio.
—Ser amable con la persona a la que quieres es algo de lo más normal. Aunque, por lo visto, a ti esta práctica te resulta extraña.
—No acostumbro a rebajarme como tú.
—Tranquilo, para eso hace falta un corazón, y tú careces de él, te lo aseguro.
—¿Dónde está tu «tesoro»?
—Se llama Rafael, y en este momento está en Paraguay, al servicio de una ONG que opera en Sudamérica, para documentar el trabajo que realizan.
—Muy noble por su parte.
—Sí, es noble, más que perseguir a las estrellas que se han hecho un trasero nuevo.
—¿Y también es noble hacerte escribir a ti los reportajes?
—Son artículos de awareness , de sensibilización —puntualizo—. Y resulta que se me dan muy bien. Yo, en las clases de Psicología de la Comunicación que impartía la señora Cole, no dormía como otros.
—Yo descansaba los ojos. Dime una cosa, ¿finalmente enmarcaste el diploma de campeona de empatía que ganaste a fin de curso?
—Se perdió hace dos años, durante la mudanza.
—Qué lástima —se lamenta burlón—. En cualquier caso, olvida todo lo que te he dicho, porque tampoco te servirá de nada si vas a pasarte el día rebobinando el trabajo de tu chico mientras él se va de paseo con Livette.
—Lynette. Es una de las responsables de la organización —le explico—. Ha consagrado su vida a esta causa.
—Supongo que debe de ser una dulce señora de aspecto tranquilizador que ha sacrificado los mejores años de su vida para salvar a los hijos de los demás. Una segunda madre a la que Rafael-Tesoro venera con desmesurada admiración.
—Tiene veintidós años. ¿Tú, a su edad, qué hacías, aparte de holgazanear de fiesta en fiesta?
—Lo que yo hacía a los veintidós años no es de tu incumbencia, pero ¿sabes lo que sí debería interesarte? Lo que Rafael y Lynette hacen en la jungla de Uruguay, o donde sea que estén.
—¡Paraguay! ¡Cómo es posible que siempre os equivoquéis todos!
El camarero retira los platos y yo le pido la cuenta.
West apoya los codos en la mesa, se inclina hacia mí y me dice:
—Escucha, Cortez, a mí me da lo mismo cómo gestiones tu tiempo, aunque puedo asegurarte que dedicarse al mundo del cotilleo es un trabajo muy serio, te obliga a invertir muchas energías, pero, si quieres emplearlas en hacer de secretaria de tu novio, al que no ves desde… ¿Cuánto tiempo hace que está fuera?
—Desde el pasado julio.
—Desde el pasado julio, es cosa tuya. Yo ya he cumplido con mi parte. A partir de ahora, el resultado dependerá de ti, y, si quieres lograrlo, tendrás que poner los cinco sentidos en ello.
—Aquí está la cuenta —dice el camarero, y se la entrega a West sin dudarlo un instante.
—Pagamos a medias —le advierto.
—¿A medias? Si solo te has comido un burrito, y encima estaba medio vacío —me responde.
—Pero me has dado tus gambas, y hemos compartido el bol de nachos.
—Yo solo no me los habría podido acabar.
—No insistas, dividamos la puñetera cuenta —le repito.
—Perfecto, son quince dólares por cabeza —dice sin inmutarse.
—Déjame ver esa hoja —le ordeno, tendiéndole la mano.
—¿Por qué?
—Porque sí, déjamela ver… ¡Oh, no! —exclamo en tono dramático.
—¿Qué pasa?
—Tienes una mancha de guacamole en la camisa.
—¿Dónde?
West baja la cabeza en busca de la mancha, y yo aprovecho para arrancarle la cuenta de la mano.
—¿Qué haces?
—Tarde o temprano, tu vanidad acabará contigo —me burlo—. Eh, la cuenta asciende a cincuenta dólares; tocamos a veinticinco dólares por cabeza. ¿Te parece que necesito un descuento de diez dólares?
—¡Solo pretendía ser ecuánime, pero tú haces que sea imposible cada vez que lo intento!
Deposito un billete tras otro sobre la mesa.
—Escucha, West, toda esta pantomima de la falsa cortesía no conduce a ninguna parte.
Puedes jugar esta carta con quien no te conozca, pero desde luego no conmigo.
Tú y yo sabemos perfectamente que las rencillas del pasado y el desprecio que nos profesamos mutuamente hacen imposible que podamos disfrutar, ni aunque sea mínimamente, del placer de mantener una conversación civilizada.
Me robaste una noticia (aunque no lo admitas, sabes con total certeza que es así) y me has compensado por ello.
Ahora estamos a la par. —Dicho lo cual, cojo una barra de carmín del bolso y me lo paso por los labios, dándome aires de superioridad.
Él asiente.
—A la par.
Me cuelgo el bolso del hombro y me levanto.
—Que tengas un buen día.
—¿No te lo has pasado bien? —me pregunta él, que sigue sentado con los brazos cruzados sobre el pecho—. ¿Ni siquiera un poco durante la última hora?
—Tú, ¿sí?
—Estás en lo cierto, únicamente acabamos de concluir una transacción. Pero, de hecho, hay un dato que resulta incontestable: ha sido nuestro primer almuerzo desde que nos conocemos. Y hemos sobrevivido.
Esta frase me fulmina el cerebro, como si me hubieran sometido a un electroshock .
Nunca en la vida nos habíamos encontrado cara a cara, en una mesa, compartiendo una comida, y no se me ha hecho extraño ni por un segundo.
Hasta el punto de que no le he dado importancia.
Si West no llega a hacérmelo notar, ni me habría percatado.
—Solo han hecho falta doce años —comento, esperando que el matiz sarcástico de mis palabras baste para enmascarar mi sorpresa.
—Deberíamos brindar —comenta, señalando los dos vasos de sangría, que siguen llenos.
—Brindemos —concuerdo con él de forma espontánea.
Cojo el vaso, y él me imita y lo entrechoca con el mío.
—Por nuestro primer almuerzo.
—Por nuestro primer y último almuerzo —puntualizo—. Ha salido bien, así que no nos la juguemos repitiéndolo.
—Puede que de aquí a otros doce años.
—Doce años me parece un periodo aceptable.
Él toma un sorbo de su copa, yo bebo de la mía, y por un instante nos miramos en silencio. El almuerzo ha terminado, ya no hay ningún motivo para permanecer aquí.
—Yo… Me voy
Empiezo a alejarme de nuestra mesa, dejando atrás a West de una vez por todas.
—Saluda a Rafael de mi parte, si vuelve —grita a mi espalda.
—Vete a la mierda, West.
—Doce años, recuérdalo, Cortez.
—Ya me lo he apuntado en la agenda.